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A la memoria de  Carla Olga Garrido

 

PRÓLOGO

El día 26 de Septiembre del año 2.012 debía ser un nuevo amanecer de esperanza para los noventa y dos seres humanos, niños, mujeres y hombres, que seducidos por la sociedad perfecta situada en un país que algunos ni habían oído mencionar en su existencia: España, les esperaba más allá del desierto del Sáhara. Invirtieron todos sus ahorros y se lanzaron en busca del paraíso. Ninguno podía imaginar que la avería del camión en un punto indeterminado del desierto les iba a suponer el abandono a su suerte por las mafias en aquel lugar inhóspito, sin vida, mar de arena de cielo rojizo, sin apenas agua ni comida. La fuerza de una mujer, Nmachi (Belleza de Dios), emergerá para intentar dar esperanza a los desamparados y luchar por su último fin: reencontrarse con su esposo Mustafá en el lugar soñado y que en esos momentos  se encuentra como francotirador al servicio del Gobierno de Siria para pagar el pasaje de su mujer, hijo y sobrina a las mafias Nigerianas que les condujera hasta Madrid a través del الصحراء الكبرى (Desierto del Sáhara)…

Carla Olga Garrido ha sido maltratada durante toda su vida y, lejos de rendirse a ojos de su verdugo, creará una red nacional de ayuda a las mujeres maltratadas porque como ella siempre decía antes de que su luz se apagara: “La mujer es una Diosa”…

Adanya pasó mucha hambre desde su llegada a la península ibérica y solo encontró el abrigo del mal: Hacer de guardiana al cuidado de los pequeños que son secuestrados, drogados y operados para extraer uno o dos órganos que vender a los poderosos que ostentan el dinero. El ama de llaves de las mafias destinadas al tráfico de órganos en territorio español, algo que no podía imaginar ni en la peor de sus pesadillas: El ser humano no respeta  la vida de sus semejantes…

Sarah nació en una sociedad cerrada al mundo exterior bajo las reglas del Ordung: Los Amish. Aceptó cuando llegó su adolescencia o periodo de la Rumspringa permanecer en aquel círculo sin contactos exteriores hasta que le sorprendió el amor de Saúl, persona totalmente ajena a ellos que no pertenecía a los Amish e imposible de aceptar en su seno por la Comunidad. Esa era una de las reglas que se aprendía cuando apenas se empezaba a tener uso de razón impuestas por el jefe religioso: Su padre. Pero el amor está para destruir las reglas salvo que el asesinato se cruce en tu camino. Mentiras, riesgos, dolor, secretos, una senda difícil de llevar y más si se trata de alguien que acaba de entrar en la pubertad pero posee una fuerza innata imposible de controlar…

Gloria padecía fuertes depresiones. Nunca debió dejar Colombia, país que la vio nacer y viajar al país del engaño. Su marido parado devorado por la crisis que asola España desde hace más de tres años se ha convertido en alcohólico y ella la única salida que encuentra a su amarga vida son las pastillas que la transportan a otro mundo. Sin luz en la vivienda, agua, ni un solo bocado que llevar a la boca fuera de lo que las asociaciones no gubernamentales le pueden acercar, poco o nada pueden hacer para salir de aquel infierno. Pero algo reactiva su furia interior al conocer que su esposo y sin su conocimiento, ha pactado la venta de un  riñón de su única hija, María, para salir del fango de la desesperación. Pero la situación se vuelve dramática cuando además su hija desaparece secuestrada por las mafias y solo puedes recibir la ayuda de un ex policía alcohólico apartado del cuerpo y que vive en la calle arropado por el silencio y el arrullo de su dura vida…

Almudena es una joven drogadicta que ha visto como su vida pasa entre papelinas, palizas y desprecio por parte de su pareja. Una noche decide poner fin a su calvario y lo hace matándolo. La sociedad española no perdonará a quien considera actuó con saña frente a un hombre indefenso. Un joven abogado intentará demostrar que detrás del homicidio había una causa muy importante que justifica ese crimen…

El 7 Junio de 1.992 un espantoso doble crimen horrorizó a la sociedad jienense y marcó de por vida a dos familias y al abogado de una de las defensas. Una joven pareja  fue asesinada en un olivar cercano a la ciudad del Santo Reino. Dos acusados, dos juicios, dos absoluciones. Pruebas en mal estado, negligencia policial y un Tribunal con dudas. Ese día comenzó la lucha de una madre por buscar respuestas al asesinato de su  hija; la lucha que todas las madres que han perdido a un vástago comienzan cuando la vida te golpea de frente. La madre de Ana luchó hasta que su vida se apagó. Y en su lucha mantuvo viva a su hija en el recuerdo con los diálogos que tenía con ella noche tras noche en una larga vela…

Siete mujeres en un mundo machista y sin escrúpulos donde ellas son  para el sexo opuesto lo que un cero a la izquierda en nuestro sistema numérico.

Sin embargo hay algo que se ve con solo mirar a estas Diosas; algo que el hombre no tiene: Poseen el secreto de LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ…

الصحراء الكبرى

SÁHARA UNO

Primer día en el desierto del Sáhara. Septiembre del 2.012

Nmachi alzó la vista hacia el horizonte y supo que no tardarían en morir. Su figura alargada de dulces y onduladas curvas permanecía de pie, alejada del grupo, observando cuanto les rodeaba: Un mar de arena de olas marrones bajo un cielo rojizo. Hacía ya unas diez horas que se habían marchado y no había ni la más mínima señal de remolinos de polvo en dirección al sur. “No vendrán” pensó. Estaba segura de ello. “¿Cuánto puede resistir un ser humano sin agua y sin comida?” se preguntó con voz baja en su interior. “¿Quién o quiénes iban a acudir en su ayuda?” Sólo sus seres más íntimos sabían de la huída que habían emprendido con aquellos hombres en busca de una vida mejor a cambio de endeudarse con ellos durante los próximos diez años de su existencia. Pensarían que habían conseguido su objetivo y que nada ni nadie podría destrozar, ahora sí, la felicidad que iban a alcanzar lejos del país que les vio nacer, alejados también de sus hambrunas y guerras. Sin embargo  estaban allí, en aquel lugar inhóspito  para la vida como náufragos sin barca, bajo aquel cielo color cobre que empezaba a quemar con la puesta en escena de los primeros rayos de sol. No había refugio donde esconderse o cobijarse de ellos, de las tormentas de arena o de los tornados que todos conocían eran habituales en el desierto del Sáhara. Miró hacia atrás y vio a todas aquellas personas sentadas formando un círculo sobre  la arena con las cabezas agachadas y pensativas, acariciando en algunos casos a sus hijos como si intentaran protegerlos o alejarlos de la muerte lenta que les esperaba. Agonizarían suplicando una gota, solo una gota de ese líquido que te permite seguir viviendo, pero nadie les escucharía porque nadie podría atender su petición. El camión que los había llevado a través del desierto quedaba algo más retrasado de su posición en la arena, averiado, y las mafias que los habían conducido hasta allí habían huido en el otro con la promesa de ir a buscar recambios  y ayuda que les sacase del bello infierno donde se encontraban. Porque a pesar de la ausencia del más mínimo signo de vida, de la imposibilidad de encontrar en kilómetros agua, de algo con lo que alimentar sus cuerpos delgados y esqueléticos por el maltrato diario de la vida, aquel lugar era bello, majestuoso, imponente. Era como un gigante que no permitía la vida en él. Ahora los abrazaba en su regazo de arena, los calentaría hasta deshidratar sus cuerpos y luego los engulliría hasta dejarlos en huesos, como les ocurrió a otros muchos grupos que antes que ellos se habían aventurado huyendo de la nada, de la maldad del ser humano en busca de un lugar donde vivir con dignidad. Solo vivir. الصحراء الكبرى le habían escrito al alba sobre el barro que se formaba cerca del pozo donde mañana tras mañana se apresuraba a coger agua en su población de Arlit, en Níger. Desierto del Sáhara. A través de él se llegaría hasta la frontera con Argelia. Después llegarían hasta marruecos y el salto hasta España sería solo cuestión de días.  “¡Qué ingenuos!” pensó, y una mueca entre amarga y pesimista brotó en su rostro de bellas facciones, cabello largo recogido en rastras abrazadas por gomas de diferentes colores, cuerpo escultural escondido bajo una falda ancha que imitaba al arcoíris y labios gruesos. Se alisó las rastras mientras ponía en orden la multitud de ideas y pensamientos negativos que abordaban sobre su cerebro como personas indeseadas que aparecen una y otra vez en tu vida. Todo iba a terminar en unas horas, quizás en unos días, como pasó con el anterior contingente de inmigrantes  según contaron en su pueblo. Encontraron sus esqueletos en el desierto desperdigados en varios metros del punto exacto donde también la camioneta que les trasladaba se averió. Nadie lloró por los hombres, mujeres y niños que ya no estaban en esta vida como tampoco lo iban a hacer ahora por las familias que habían formado aquella comitiva en búsqueda de una existencia diferente a la que hasta entonces vivían. No había contado el número de personas que se hallaban con ella y con su hijo Elin y su sobrina llamada Abeke de apenas cinco y catorce años de edad. Si sabía el número de niños, cuarenta y cinco contando a los suyos. Porque su sobrina era como su hija desde que su hermana murió a consecuencia de una infección generalizada adquirida por ingerir agua en mal estado y quedó bajo su protección. Sintió pena por el triste final que les esperaba cuando el sol empezaba a ponerse sobre sus cabezas desperezándose de una larga noche de vigilia. Ni una solo ave, ni una palmera en kilómetros a la redonda y solo unas garrafas de agua para abastecer a un grupo muy numeroso. “Hacía años que no llovía en el desierto” meditó, así que no cabría esperar el milagro de la lluvia. Les dijeron que no llevaran nada, que pronto estarían en un mundo opuesto al conocido y así lo hicieron. Una sola bolsa con lo imprescindible. “Sí, en el paraíso” “Bonito lugar para morir”. Habían comido algo hacía ya más de doce horas y su estómago empezó a protestar, pero no era por ella por quien se preocupaba sino por quienes no tenían forma de defenderse: los niños. El llanto de uno de ellos la sacó de sus pensamientos, giró su cuerpo y los miró. “Hay que hacer algo antes de morir” pensó. Volvió hacia el grupo arrastrando los pies descalzos sobre la arena y masculló:

-¡ الصحراء الكبرى ¡ Quizás exista una sola posibilidad de desprenderse de tus garras asesinas. Si la hay, la encontraré –se dijo mientras andaba en dirección a los demás apretando los puños sobre las palmas blancas de sus manos huesudas.

Alepo. Siria

El adolescente había salido de entre los escombros tan solo hacía unos minutos. Le había llamado la atención la cría de perro que se escondía bajo el esqueleto del tanque calcinado en la población de Alepo, en Siria. Sus doce años parecían no  hacerle comprender el peligro que acechaba en su ciudad en guerra. Aventurarse durante la noche con la notable tranquilidad que lo hacía aquel niño en la soledad de la calle era algo que no cuadraba con la forma de actuar de cualquier otro ser humano. No debería apreciar mucho su vida y apenas comprendería la cantidad de ojos por los que era observado aún en la oscuridad reinante en aquel país desolado y destruido. La mirilla del francotirador apuntaba directamente a su cabeza. A Mustafá no le gustaba aquel trabajo, sembrar el pánico entre la población matando a inocentes, pero estaba bien pagado por el régimen Sirio de Bashar al-Ásad. Desde la ventana del edificio en ruinas ya había visto a otros francotiradores abatir al menos a quince personas y, aún a pesar de ello, siempre sentía un terrible remordimiento interior. Tenía un hijo pequeño y una sobrina a la que amaba tanto como a su esposa que debía de acompañarles en la travesía peligrosa del desierto del Sáhara y precisaba dinero para poder mandarlo a su país, Níger, para sustento de ellos y de su mujer Nmachi y poder pagar a las mafias el viaje hacia España que comenzaba con aquel terrible viaje entre dunas de arena. El último mes, una vez entró en Siria, fue el más largo de su vida. Nunca había estado lejos ni apartado de su familia tanto tiempo, pero era necesario. No había otra forma para obtener aquel dinero que el trabajo sucio que ahora desarrollaba. Porque si sucio es matar, peor aún es hacerlo a traición, sin posibilidad de defensa, cuando tu víctima está abstraída en algo, buscando comida, buscando cobijo, buscando el amor de los que aún le pueden quedar en un país en guerra. Debía seguir matando a personas que nada tenían que ver con el conflicto armado que azotaba el país y cuyo único pecado era vivir en el lugar y tiempo equivocado. Había salido de su población natal Arlit con destino a Argelia y luego desde allí, con ayuda de las mafias y de personas adscritas al gobierno consiguió entrar con facilidad en Siria para ayudar al régimen. Ahora se encontraba atrapado en un país que no era el suyo, trabajando para personas sin escrúpulos y asesinando a inocentes. El hambre, las guerras, la falta de cosechas en su país eran amigos silenciosos de la muerte. Su única esperanza era vivir al menos tres meses en el país Sirio y ya llevaba dos, cobrar y pagar para escapar de la realidad que les había tocado vivir. “Porque tu vida y el desarrollo de ella no la eliges tú” pensó mientras apuntaba al niño. Tampoco el chico que debía ser el siguiente en caer habría pensado que aquella sería su forma de morir. Matar a alguien que no conoces es fácil, le dijeron. “Maldito trabajo” pensó. Apuntó a su presa de forma directa hacia su frente, contuvo la respiración y disparó…

Elche

“La primera bofetada es la que más duele” pensó Carla, porque también es la que te desnuda en lo más intimo de tu dignidad. Tras la primera que suele aparecer en los primeros meses de convivencia, no tardará en venir la segunda, la tercera, el primer puntapié, el plato caliente lanzado en tu dirección, los abusos en la noche aún cuando no lo desees, el primer puñetazo y, lo que duele más que nada: la primera paliza a quien salió desde el interior de tu ser, tu hijo. Los golpes físicos recibidos van orientados a  no dejar marcas que avisen a tu familia o a tus amigos más cercanos del calvario que estás pasando junto a él, como los psicológicos, difíciles de ver por persona normal pero que aminoran la fuerza interior y, sobre todo, te hunden en la mierda con intención de que nunca más puedas salir de ella si no es con él, junto a él. El proceso de anulación es paulatino, silencioso a ojos de los demás, premeditado, pasito a pasito, día a día. Al final no eres nadie. Eres un cero. Una patada atrás, en la espalda, que siempre se pueda confundir con una caída desgraciada o un golpe con fuerza en tus partes más íntimas para avisar que eso es de él y de nadie más. Un escupitinajo en el plato recién cocinado y, todo, si es posible, ante el niño. Que el temor que tú tienes hacia él lo vaya aprendiendo el menor pues el rey de la casa es él y nadie más. Los demás son animales enfermos en la selva que él ha creado, en su territorio. Cuando se pasan de violentos y dejan marcas, te recluyen en casa hasta que los efectos de la paliza pasen. Te sientes atrapada e intentas pedir ayuda a tu familia, pero pocas veces te creen porque él, ante ellos, se comporta como un ángel, un caballero que te ama y trata como a una princesa. “Está loca, ¿acaso no lo veis?” escucha decir de ti. Y en ocasiones piensas y asumes que así es, que estás loca; que te mereces lo que te pasa. Es en la soledad de tu casa, en la intimidad de tu alcoba donde te trata como él quiere que seas: un objeto. Solo tus hijos escuchan tu llanto cuando él no está, o cuando te está pegando y martirizando. La noche en que decidió terminar con todo tomó lo imprescindible y necesario en un pequeño macuto. Le escuchó preguntar al niño por él pero, previendo su precipitado final junto a quien era su padre, decidió contarle un cuento hasta que se durmiera antes de que el criminal silencioso llegase al hogar. La cena, como siempre, fue un verdadero infierno donde palabras como puta, asquerosa, sucia, gorda y mala madre, se mezclaron con la sopa de letras que había puesto para cenar. Finalmente el plato voló una vez más en su dirección y la golpeó en el ojo derecho. Se levantó de la mesa y corrió a esconderse en el servicio; sabía que vendría a por ella y no estaba dispuesta a recibir más. Tenía que ser fuerte, ahora sí, estaba decidida. “¿Para qué vivir con una persona que te trata peor que a un cuadro de la casa o a los desperdicios que se amontonan en el cubo de basura?”, pensó mientras ahogaba sus lágrimas acurrucada junto al lavabo. Cuando se durmió el mal por la ayuda del alcohol que había ingerido y después de declinar en su actitud para que Clara le abriera la puerta del aseo, treinta golpes después sobre ella, decidió poner  en marcha su plan, aquel que llevaba ya tiempo rondando sobre ella como si le acompañara a todos sitios: Ninguna Diosa debe ser tratada de esa forma, porque la mujer es una Diosa…

Madrid.  Vallecas

Cuando fue a la habitación cerrada, nombre con el que se dirigían al lugar donde tenían retenida a su presa, puso el oído sobre la puerta para intentar escuchar algún ruido. Nada. Solo escuchó sus propios jadeos y su respiración agitada. Moverse era para ella todo un suplicio por los kilos que invadía su cuerpo por todas partes como si quisieran escapar de su propio pellejo negro. Jadeaba al andar y se sentía profundamente cansada con un simple esfuerzo como suponía el caminar unos pasos desde una habitación a otra.  Adanya miró el reloj en su muñeca hinchada y se sintió preocupada. “¿Se habría pasado con la dosis del tranquilizante?” Ya tenía que estar despierto el niño. No le gustaba nada su trabajo pero no había encontrado otro en aquel lugar al que algunos, en su Niger natal, llamaban el cielo. “Si, el cielo” pensó. Y ahora tocaba andar al margen de la ley para poder obtener algo con lo que subsistir y mandar a sus padres en su país. Sacó la llave del bolsillo  y abrió el candado que cerraba la puerta por fuera. Siempre daba la dosis que le encomendaba el médico que trabajaba para la organización, Eswansiba, ese mal nacido al que le gustaría comérselo vivo, sin medicación alguna que paliara el dolor que debía de sufrir al ser devorado. Era un bicho sin escrúpulos ni conciencia  que disfrutaba con su trabajo de extracción de órganos y que había escapado por poco y por culpa de un policía alcoholizado a la red de la débil justicia española. Medía milimétricamente la jeringa y se la ponía en vena al niño antes de que pudiera ofrecer algo de resistencia al estar aún adormilado por los efectos del tranquilizante anterior. La habitación del piso situado en el extrarradio de Madrid estaba oscura. Se dirigió hasta la ventana y subió la persiana levemente, solo unos centímetros para dejar pasar algo de luz hacia el interior. Tenía órdenes expresas de que siempre permaneciese bajada como si allí nadie viviera. No podía cruzarse con ninguno de los vecinos y para ello tenía que hacer siempre su entrada y salida en la vivienda a altas horas de la madrugada, cuando el silencio de la noche arropara a los seres que habitaban en este maldito mundo. Si alguien se topaba con ella diría que era la mujer que venía a limpiar por orden de los dueños. No le agradaba la vida que le había correspondido seguir en España pero no le quedaba otro camino. Estaba mejor en el infierno, su país, que allí en aquel paraíso imaginario invadido por seres malvados que eran quienes movían el dinero en el mercado negro del tráfico de órganos y de mujeres. O ese era su destino, el que voluntariamente no había elegido, o el hambre nuevamente, y no estaba dispuesta a seguir pasando hambre y penurias. Los doscientos veinte kilos que marcaba la báscula le demandaban comida en todo momento y debía conseguirla aunque fuera haciendo algo a lo que muy pocos se prestarían. Se acercó el niño que dormitaba sobre la cama y le apretó el brazo a la altura del bíceps todavía con las marcas diminutas de la jeringa sobre él, como si fueran picotazos de mosquito, y comenzó a darle pequeños empujones para traerle del lugar donde los sueños le hubieran llevado. “Unos sueños lejos de donde se hallaba” meditó.”Unos sueños abrazado a su madre o jugando con sus hermanos, si los tenía” “Unos sueños rotos” Un leve suspiro del menor la tranquilizó. Entonces sonó el móvil. Lo extrajo del bolsillo de donde antes sacó la llave, el delantero de su pantalón de tela enorme y contestó fatigada por el simple esfuerzo de alzar un poco la ventana:

-Adanya –dijo su nombre, como si el que estaba llamando no lo supiera ya. Se miró los tobillos hinchados. Debería de acudir a alguien que se los mirara. Quizás retuviera líquidos.

Habían sido muchas las veces que había guardado la presa, un niño rubio, otro moreno, alguno pelirrojo, todos menores de diez años e hijos de mujeres que debían dinero de su traslado hasta España desde sus países de origen y que forzaban las mafias a vender su cuerpo para pagar las deudas bajo amenazas de no volver a ver a su retoño como ahora estaba haciendo.

Al otro lado una respiración entrecortada, ronca y distorsionada. No conocía nada más que a Eswansiba, el médico que extraía los órganos y que se encargaba de todo lo relacionado con las compatibilidades entre el donante forzoso y el receptor afortunado.  Nunca había visto a ningún otro miembro de la organización y  los hombres que le acompañaban cuando terminaba su trabajo y le pedían que se marchara siempre eran diferentes, de rasgos distintos, de países ajenos al que habitaba; imposible para ser humano quedarse con sus rostros o facciones al verlos tan solo una vez. Así se aseguraban de que en un juicio nunca fueran reconocidos.

-Quieren hablar al niño. Ve a la habitación cerrada –escuchó nuevamente aquella voz que le ocasionaba tanto miedo, tanta desazón y angustia.

Adanya no quiso decir por el gran temor que le infundía quien a ella se dirigía que ya estaba allí. Una regla fundamental que debía aprender: nada de relacionarse con los menores; nada de hablar con ellos con excepción de lo imprescindible para darle órdenes; nada de hacerse visible ante ellos y, ante todo, nada de permanecer en el dormitorio donde lo retenían bajo ningún concepto. Esas reglas las había cumplido a rajatabla durante los primeros cautiverios pero, poco a poco, fue incumpliendo una a una todas ellas. Los días eran largos y solitarios y ella precisaba hablar con alguien, aunque fuese un niño que en muchas ocasiones, por la diferencia en el idioma, ni entendía. Siempre había estado sola. Desde pequeña había sido una niña obesa a la que nadie se acercaba. Ahora era ella quien necesitaba acercarse a alguien, tocarlo, olerlo, sufrir junto a él la separación de sus madres. Total, de ninguno de los niños a los que había vigilado, cinco en total antes que éste, había sabido nunca más de ellos sin poder imaginar qué suerte habrían corrido.

-Sigue dormido –le dijo al cabo de unos segundos en los que mantuvo la respiración. Se acarició la enorme papada en la que crecía una barba corta blanquecina sobre su piel negra como el carbón y que se la ocasionaba, según un médico clandestino de inmigrantes sin papeles como ella, las pastillas para atenuar los síntomas de la grave depresión que padecía y a la que le había abocado una vida sin movilidad, relaciones o cariño de tipo alguno.

Silencio al otro lado.

-Despiértalo.

Obedeció con inusitada rapidez. Dio varios empujones ahora sí fuertes y el menor pareció volver de un mundo del que no le hubiera gustado salir.

-Eh, eh, vamos, despierta.

El chico la miró. No temía que la reconociera si alguna vez tenía que declarar contra ella pues estaba cansada de hacer algo tan cruel, contribuir a apartar a un menor de sus lazos para que su progenitora fuera estrujada en lo más íntimo de su persona hasta soltar el último euro con intereses del pago debido para traslado al mundo civilizado, el de España, desde el incivilizado: el de la pobreza. Había pasado muchas horas solo con esa negra gorda que había incumplido la regla de no permanecer junto a la presa en el cuarto oscuro y, si algo había perdido frente a ella, era el temor que en un principio le infundió su gran estatura y barriga y la sorpresa que le ocasionó que una mujer tuviera barba, como si de un circo la hubieran sacado para que estuviera allí, con él.

-Es tu madre –sonrió al menor y dejó entrever su blanca caja de dientes.

El menor se incorporó aún aturdido por el somnífero. Frente a él la soledad y la oscuridad. No veía apenas nada. Entreabrió los ojos levemente.

-Ma..ma..ma –titubeó cuando Adanya le puso el móvil en su oreja.

-Martin, Martin, ¡mi niño! ¿Estás bien? –escuchó Andaya la voz  alterada de su madre al otro lado.

El chico percibió también sus  gemidos.

-Ma…ma. Quiero que vengas a por mí, quiero que vengas a por mí –sollozó-.

Adanya permanecía cerca del menor, escuchando la conversación. Se puso triste. Ella también tenía madre y sabía lo que era echar de menos a un ser querido separado por la distancia o por el simple hecho natural de la muerte.

-Ama, Ama –escuchó los gritos de su jefe al otro lado llamándola por el apodo que recibía diferente a su nombre cuando alguien no debía escuchar el de pila, como si Adanya en España solo hubiera una-.

Tomo el móvil arrancándolo de las manos del pequeño que aún intentaba aferrarse al sonido de la voz de su madre. Sentía tanto terror como él.

-El viernes irá a veros Eswan… –no terminó su nombre-; llevará todo lo necesario. Hasta entonces no volveré a llamarte.

-Precisamos comida…-atinó levemente a decir-.

La comunicación se cortó.

-¿Y mi mamá? ¿Dónde está mi mama? –Alzó la voz el niño sentado en la cama con los ojos nublados y llorosos, mirando a Adanya a la que fácilmente reconocería en cualquier Tribunal si así se lo pidieran –Quiero ir con mi mama.

Adanya le tapó la boca.

-Sabes que si alzas la voz tengo que ser mala contigo –movía la cabeza de pelo corto y rizado, como el que descansaba debajo de su barbilla, hacia un lado y otro.

El niño la miraba atemorizado. Ahora sí sentía pánico de ella. Los ojos de la mujer parecían querer salir de su órbita y tenían surcos inyectados en sangre. Mejor callar. Movió la cabeza asintiendo y Adanya fue retirando lenta y paulatinamente su mano de la boca. Metió la mano en su bolsillo izquierdo y sacó un tarro de pastillas. Esta vez no eran para el menor. Tomó dos. Quería tranquilizarse y dejar de sufrir aunque fuera solo por un momento. En cuanto los principios básicos de la Griffonia hicieran su efecto, el halo de la felicidad pasajera pasaría por ella. Respiró hondo y le dijo después de tragarlas sin agua:

-Si te portas bien veremos dibujos.

Y le mostró su sonrisa bobalicona. Nuevamente iba a ir contra el sistema de reclusión y vigilancia impuestas. Se sentía bien cuando cruzaba su enorme brazo por encima de los hombros del menor mientras comía chocolatinas junto a él viendo dibujos animados en un pequeño televisor en blanco y negro, fácil de transportar desde la habitación contigua donde debía de estar custodiándolo, hasta la habitación oscura donde estaba el niño, antesala de la muerte.

-Quiero ver a mi mama…

Andaya sintió un pellizco en su corazón. Pero ella no podía hacer nada por él. En una sociedad como en la que vivían, ocupaba el último escalafón e  intentar ascender pasaba por obedecer órdenes y ella eso era lo único que deseaba y el dinero que recibía por la custodia. Sacó una chocolatina de su bolsillo y se la mostró al niño que abrió los ojos de par en par.

-Toma, para ti –le dijo.

Al sentarse junto a él le besó la frente. Si le habían anunciado momentos antes que el médico vendría muy pronto, la guardia sobre el pequeño finalizaría. Ella cobraría y se marcharía. Era obvio que ya estaba puesta en marcha la venta del órgano del menor y, lo que aún era peor: la venta ya estaba cerrada. Intuía Andaya que aunque la madre del pequeño pagara, el menor sería devuelto en el mejor de los casos sin el órgano. El negocio era doble: se obtenía dinero con la prostitución de la madre y con el órgano del menor. ¿Quién iba a denunciarlos? A esa mafia criminal compuesta por hombres a los que la vida les importaba un bledo era muy difícil echarle el lazo. Y cuando lo hicieron se toparon según supo con un investigador alcoholizado que dio con toda la investigación al trate y que terminó apartado del cuerpo.

-¿Si me porto bien veré a mi mama?

Andaya no contestó. En el fondo sabía que solo podría ver a su mama en los sueños a los que le abocaría el tranquilizante que en poco tiempo iba a recibir de ella. De pronto una pregunta la intranquilizó: “¿Y si su madre no pagaba qué sería del niño?” Mordió la chocolatina y suspiró.

DOS

Alepo. Siria

En la mira telescópica del arma de Mustafá solo se veía la cabeza del niño. El siguiente paso era aún más sencillo: había que apretar el gatillo y todo habría terminado en unos segundos. Así de fácil era, desde su posición, terminar con la vida de una persona. Para eso le pagaban. Pensó en el dolor que iba a ocasionar a sus padres cuando supieran que su hijo no había vuelto a casa a la noche y que su cuerpo lo encontraron cerca de los restos metálicos calcinados de un tanque que dormitaba en una arteria principal de Alepo, cerca de la entrada a la escuela de la ciudad. Ajustar la mira telescópica es un trabajo relativamente cómodo. “La cruz que aparece ante tu ojo derecho, hace descansar el punto central donde se alojara la bala” le dijo en los primeros días el Verdugo. Odiaba al verdugo por su frialdad. “¿Podía un ser humano ser tan frío al ocasionar la muerte de su semejante?” pensaba cuando en su pupila tuvo la frente del pequeño. Estaba apuntando sólo en aquella habitación donde aún había pupitres envejecidos y dañados. En algunos de ellos había restos de sangre seca, de alguien que antes que él había estado con vida en aquel lugar dónde no hacía mucho un maestro enseñaba álgebra, ciencias, matemáticas o cualquier otra ciencia a sus jóvenes alumnos. Su postura ante el alfeice de la ventana era cómoda, dejando descansar el tubo por donde se deslizaría la bala sobre el marco horizontal del hueco derruido de la ventana y apoyando su cara en la culata del arma. Una pizarra se dejaba estar sobre la pared, como si de un momento a otro fuera a entrar el profesor para decir a todos los niños, incluido a él, que solo habían habitado en un mal sueño;  que la guerra había terminado y ahora era el momento de comenzar a crear un nuevo mundo, a reconstruir la clase y a llamar a los compañeros que perecieron en el conflicto para que volvieran a vivir. Le pareció escuchar recitar la gramática y quizás alguna cuenta de sumar o de rectar. Otra vez le vino hasta la mente la imagen del Verdugo, esta vez disfrazado de profesor que enseña a matar. “Porque el ser humano está disfrazado según las conveniencias de la vida”. Respiró hondo, sin perder de vista su objetivo que ensimismado en algo que se movía, perdía de vista el verdadero lugar hacia donde tenía que haber mirado: la ventana de la escuela. Bajó la mira telescópica para ver qué era lo que tanto llamaba la atención del adolescente, porque no aparentaba más de doce años. Vio un cachorro de perrito husmeando cercano a él y le pareció tierna la escena: Niño que desea salvar a perrito y perrito que  en unos momentos se sentirá aturdido al escuchar caer cerca de él el cuerpo del menor ya sin vida. Alzó nuevamente la mira y situó el punto en la frente del chico que había tomado entre sus manos al cachorro.

“Pum” “Pum”.

El disparo resonó hueco y seco en la calle vacía llena de escombros y el eco se transmitió rebotando en cada una de las casas derruidas que conformaban el resto del paisaje que atinaba a ver desde su posición de lo que antes fue lugar de aprendizaje en la vida y ahora era lugar de viaje hacia la muerte. En un incierto segundo, el perro voló por los aires de las manos del adolescente que milésimas de segundo antes lo había cogido y que desorientado miró alrededor suyo intentando comprender de dónde había venido aquella bala. Sus ojos se clavaron en las filas de ventanas sin cristales de la tercera planta de la escuela. Allí estaba su clase donde antaño aprendía a escribir y a leer. Ahora, sin embargo, aprendía una importante lección en la vida; algo que no enseñaban en las escuelas: Que de la vida a la muerte hay solo un paso, un suspiro. “Piénsalo. Piénsalo bien” meditó Mustafá. Su visión nocturna no sería suficiente para salvarle la vida y nada ni nadie merecía unos segundos de atención en una ciudad en guerra, menos aún un cachorro de perro. El perrito lo había llevado a bajar su guardia  descuidando el mayor de los principios que se aprendían en un país en guerra: Desconfiar de todo y de todos ante cualquier escenario.

-Vete. Vete –musitó Mustafá y le hizo señales al menor que pudo ver el pañuelo a cuadros sujeto por una cinta de color negro anudada a su nuca y que ocultaba la cabeza de la persona que, pudiéndole disparar a él, lo hizo al perrito quizás avisándole de que otros francotiradores no serían tan benévolos-. Otro día, con otro francotirador, no tendrás tanta suerte –musitó en voz baja Mustafá.

El niño permaneció aturdido durante unos segundos. Miró el cuerpo destrozado del animal y lo que la bala había hecho con él. Pensó en lo que hubiera hecho en su cabeza de haber querido disparar sobre él el francotirador.

-¡Maldito zagal! –masculló Mustafá soltando la fusta de tabaco que pendía de su labio inferior.

Tomó el arma y apuntó con su mira telescópica cerca de los pies del joven que parecía embalsamado como hecho en cera. Apretó el gatillo y una estela de casquillos de hormigón saltaron sobre él golpeando algunas partes de su cuerpo.

-Vete, vete –quiso gritarle con fuerza pero solo hablaba en voz muy baja temiendo que el Verdugo, el hombre al mando de aquella milicia de francotiradores en la escuela de Alepo le pudiera escuchar.

Fue entonces cuando huyó despavorido grabando en su cerebro la imagen del hombre al que vio con nitidez, pañuelo a cuadros sobre su cabeza, tercera planta, clase central: Su clase. El cachorro de perro quedó destrozado cerca del esqueleto del tanque. Su madre salió desde su escondrijo, lo olfateó y se lo llevó hacia el interior del hueco que formaba el tanque con un bloque de hormigón desprendido de una de las viviendas como si pensara que quizás dormía como cuando mamaba la poca leche que le quedaba en sus entrañas.

-Hoy comerás –habló en voz alta Mustafá mientras nuevamente ponía el seguro a su arma, a la espera de otro infeliz que se cruzara en su camino-. Te comerás a tu propio hijo. Su vida te dará vida a ti y a los otros cachorros.

“Espero que ese maldito zagal no vuelva a aparecer por aquí” comentó para sus adentros. Puso el ojo nuevamente sobre la mira y buscó la diana de su nuevo disparo, alguien que no fuera humano. Porque Mustafá no pensaba matar a nadie si no era en defensa de su propia vida y, menos aún, a un niño indefenso. Poco le importaba que los demás lo hicieran. Él no.

OHIO.  PENNYLVANIA. COMUNIDAD AMISH

El caballo trotaba por el camino levantando el polvo a su paso. La adolescente miro como su padre regía el Buggys como su propio destino y el de su comunidad: con una rectitud y seriedad imponente, indiscutible para ningún miembro de los Amish. Así era el líder religioso de los Amish. ¿Cómo decirle que se había enamorado del joven que vio en la tienda al paso de la carreta durante el pasado verano mientras disfrutaba de la temporal libertad que le proporcionaba el periodo de la adolescencia? Nunca lo iba a comprender y tampoco lo iba a aceptar. Nada de casamientos o uniones fuera de los miembros de la Comunidad. Peor aún explicarle, pues nunca lo comprendería, que se habían visto en alguna ocasión ocultos a las miradas de los demás y que el chico le había propuesto abandonar su vida sencilla, de humildad, cerrada al mundo exterior, fuera de la comunidad de los Amish, de ese conjunto de reglas estrictas que suponía el Ordnung y que su padre aplicaba con estricta severidad. Vivir anclado en el pasado en pleno siglo veintiuno era algo que no comprendía ella ahora que el amor había golpeado con fuerza en su corazón. Se podía renunciar a la electricidad, a los teléfonos, a cualquier símbolo o invento que supusiera progreso y que les rescatara de la forma de vivir que para cualquier persona supondría retroceder doscientos años en el tiempo, pero: ¿Quién está preparado para decirle no al amor cuando aparece? Y, aún peor: ¿Quién lo está para hacerlo por razones de las reglas de su fe? Al amor no se le puede decir no. Aparece y es imposible quitarlo de encima aunque pienses que puedes hacer daño a cuantos te rodean. La adolescente de ojos azules no podía apartar de su mente al joven  que le había arrebatado el jugo de su corazón y le había enseñado cosas que nunca habría llegado a ver en su corta vida; era como si le estuviera abriendo una puerta a un mundo desconocido; como si a las personas que viven fuera de las rígidas reglas de los Amish le presentaran un espíritu o una ventana desde la que pudieras observar a un marciano en sus quehaceres habituales. Así se sentía ella cuando le mostró un aparato que te permitía hablar con personas al otro lado: ¡¡¡Un móvil!!! “Si lo guardas te llamaré todos los días y podremos hablar a solas” recuerda que le dijo. Y ella lo ocultó como quien oculta una fortuna. Escuchar la voz de la persona a la que amas a diario era como bañarse desnuda en un riachuelo de aguas cristalinas y cálidas al atardecer lejos de los ojos de los demás, escuchando el bello canto de las aves que desde las ramas de los árboles buscaban el placer que solo puede aportar la naturaleza o buscando entre ellas el amor que ella ya sí había encontrado. Saúl, como se llamaba aquel chico, le explicó el funcionamiento del móvil y quedó maravillada. A ellos no se les permitía nada relacionado con la tecnología, salvo en contadas ocasiones y siempre para los miembros más destacados de la Iglesia; pero su padre por sus fuertes principios lo había prohibido de forma expresa. Observó las largas barbas de su padre mientras el caballo que tiraba del Buggys avanzaba parsimonioso, como si a él no le esperara al llegar nadie, deleitándose con el sonido de sus cascos sobre el asfalto, alzando sus peludas orejas para escuchar con nitidez cualquier ruido proveniente de ambos lados del camino. Las barbas de su padre presentaban canas; no se las había cortado desde que se casó. Su madre  decía que de joven tenía una cara ondulada, de  facciones duras pero hermosas, con unos ojos luminosos como el sol. Esas facciones ahora las ocultaban la barba y el sombrero de ala ancha. Bajo su nariz no había bigote pues sus principios relacionaban al mismo con la guerra; por eso desde que adoptaran su  fe no se permitía bigote a ningún hombre. A su madre, ser débil y dócil en quien tanto confiaba tampoco le contó lo que su alma sentía, la persona en quien pensaba en cada amanecer. Aquella imagen última que se quedaba grabada en su cerebro al cerrar los ojos al anochecer cuando la luz de la lámpara de petróleo se apagaba. Temía que le dijera algo a su padre o tan solo hiciera una pequeña mención y no supiera guardar un secreto que supondría enormes problemas para ella y para su familia frente a la comunidad a la que pertenecían, y más aún viniendo de la propia hija del líder religioso. Su hermana era la única que sabía que su corazón latía de forma diferente y con ritmo acelerado desde hacía tiempo; era su confidente, a quién podía reservar su más íntimo secreto: ¡enamorarse de alguien prohibido! Observó los musgos que en aquellos días primeros del otoño se asían a las piedras del camino, donde alguna lagartija se asomaba entre los recovecos para tomar los primeros rayos del sol en un mes de septiembre del año dos mil doce que ya se iba para dar la bienvenida al florido octubre y que lejos de inquietarse al  paso de la carreta,  parecían mirarla extasiadas por su belleza. Porque Sarah era linda. Dejaba traslucir su rostro la inocencia que llevaba dentro. Ella había pasado ya el periodo de la Rumspringa y había optado por el bautismo y permanecer en la Iglesia pero eso fue mucho antes de conocer a Saúl. El verde de la vegetación y las bellas amapolas rojas  nacían a la derecha del camino y los tulipanes que crecían a la izquierda multiplicaban la belleza de aquellos días o al menos eso le parecía a ella al sentirse enamorada por vez primera. La habían cotejado varios jóvenes de la comunidad pero nunca se había encendido dentro del horno de su estómago algo tan fuerte como lo que ahora sentía, algo que la abrasaba  hasta el punto de no poder dejar de pensar en él, en sus palabras, en sus gestos, en su mirada dulce. “Sarah, debes venir conmigo. Viajaremos fuera de Ohio. Llegaremos a algún país europeo donde podamos amarnos porque no somos tan diferentes como puedas pensar” le decía en la incipiente oscuridad detrás del granero, mirando a las estrellas y observando como la luna empezaba a desperezarse de un día de sueño. “Mi padre me buscaría hasta dar conmigo, Saúl. No permitiría una vergüenza así frente a los otros miembros de la Iglesia. Ya sabes lo que piensa de quienes no pertenecéis a nuestra comunidad” escuchó nítidamente lo que le contestó su corazón mientras se acicalaba el delantal que descansaba sobre su larga falda y entonces, se palpó la mano que él había acariciado tan solo unas horas antes intentando olfatear algo de su olor característico. Sonrío cuando olisqueó la mano que no se lavaba porque él la había tocado. El silencio del camino y el trotar de los cascos del caballo golpeaban de cerca sus pensamientos. Todo lo que veía le recordaba a Saúl, a los ratos pasados con él, a su expresión corporal, al eco de su habla adolescente. Cuando los dedos de ambas manos se rozaban sin llegar a entrelazarse,  su rostro se sonrojaba como las amapolas del trayecto que ahora la conducían a la comunidad. Ellos eran como dos polos distintos de dos imanes que se buscan y atraen pero que nunca se llegan a unir por razones físicas que  tampoco llegaba a entender relacionadas  con los dos mundos diferentes en los que habitaban. El uno en el del progreso, el otro anclado en el pasado, sin posibilidad de avanzar y comprender que ya se vive en otro siglo. Pero esa comparación, buscarse y no poder unirse era aplicable a su vida porque entre ellos se interponía la rigidez de una sociedad a la que pertenecía y su desvinculación con todo lo que fuera ajeno a los Amish.

-Vamos directos al infierno por lo que estamos haciendo–murmuró con  voz débil sentada en la parte trasera de la carroza, mirando a través de su ventana, sin llegar a creerse lo que estaba afirmando cuando invadió su pensamiento el deseo de fundirse desnuda con Saúl.

Afortunadamente su padre Lebanon no la escuchó. Él era el protector de la Comunidad y, aunque estaba estrictamente prohibida la violencia, conocía Sarah que tenía un arma escondida para protegerlos de cualquier intrusión peligrosa. Adoptó esa terrible decisión después del espantoso crimen de cinco niñas pequeñas Amish en una escuela infantil a manos de un camionero desquiciado. Aquello fue horroroso para todos y, antepuso la necesidad de mayor protección por la vulnerabilidad en la que vivían. No confiaban ni en la policía ni en la justicia que no fuera la que provenía de las reglas impuestas por su fundador. Era precisa pues el arma. Con ella se ahuyentaría a cualquier ser humano ajeno a su orden.

Recordó cuando lo conoció a la salida de la tienda a la que su padre había ido a intercambiar productos lácteos producidos en la Comunidad por otros bienes necesarios para la supervivencia de ésta y sus miembros, actividad aquella no prohibida y que le permitía algo de contacto con el exterior. Chocaron con las miradas. Sarah tenía su cabeza cubierta por un gorro blanco y ambos extraños sonrieron. “El amor es algo que nace con una sola mirada” escuchó decir a su hermana que aún siendo menor, portaba una madurez superior a cualquier joven de su edad. “Si al verlo saltan chispas ante tus ojos, entonces ya está allí” la escuchó como si fuera sentada a su lado. Y ello, precisamente, era lo que le había ocurrido a Sarah. Aquellos encuentros detrás del establo se habían acrecentado con el tiempo después de aquel primer y fugaz encuentro que revivía en cada momento. Se sintió sorprendida cuando un día a  la salida de la Iglesia, su hermana, con voz pícara, le dijo que alguien le pedía que fuera detrás del establo. Fue la primera vez. Aquel acto prohibido la excitaba y, aunque su conciencia no la dejaba dormir a la noche, estaba segura que ello era porque no le permitía pensar en otra cosa que no fuera en él. Primero fueron encuentros  esporádicos, una vez a la semana, pero cuando ambos vieron que no podían pasar el uno sin el otro se multiplicaban a diario ante la ayuda y complicidad de la hermana de Sarah que la protegía. El caballo siguió trotando, dejando que su baba salpicara a un lado y a otro del camino y haciendo saltar bajo sus casos los guijarros que pisaba. Estaba deseando llegar hasta la Comunidad pues Saúl la estaría esperando donde siempre; tenía necesidad de chocar sus labios contra los suyos mientras cerraba los ojos y pensaba en él, pero aquello no estaba bien. No sabía ni conocía hasta entonces el tacto de unos labios ajenos en los suyos; ni siquiera el sabor de los fluidos intercambiándose con el chocar de sus lenguas. Nunca había besado y ni siquiera, a pesar de las veces en las que ya se había visto con quien consideraba alguien del que no podía separarse, aún no lo había besado. No le faltaron ganas, pero Saúl era prudente y nunca se acercó hasta sus labios. Si lo hubiera hecho, pensó, se hubiera comido su lengua. Una nueva sonrisa invadió la luz de su ser. Su pensamiento vagaba buscando la forma de explicar a su padre el deseo de  abandonar la Comunidad, de huir fuera de ella con alguien al que por primera vez en sus diecisiete años amaba. El caballo se detuvo, relinchó y su padre miró hacia atrás para ver a su hija.

-Hemos llegado, Sarah –le indicó con su característica voz ronca y firme.

Su corazón estalló de alegría. Se relamió los labios y sintió una extraña sensación cálida: le parecía que le ardían. Bajó de la carreta despacio recordando aún el regalo que guardaba con celo en el interior de su Biblia y que Saúl le había hecho la tarde anterior: una margarita marchita totalmente plana con sus pétalos blancos aún relucientes y su tallo verde en forma de corazón. “Un príncipe árabe regaló una igual a su amada la noche en que los iban a separar por razones familiares. Le dijo que sus lágrimas si eran de verdadero amor harían resplandecer nuevamente a la margarita”. Sarah rememoraba aquellas dulces palabras. La tomó entre sus manos con delicadeza de que los pétalos no se desprendieran y decidió olerla todas las noches para sentirse más cerca de Saúl antes de sumirse en sus sueños. Ella le regaló un botón gigante de color rosa y aún recordaba lo extraño de la mirada del ser que ante ella se preguntaba con el ceño fruñido el motivo de aquel extraño regalo. “No los usamos en comunidad, son como algo prohibido en nuestras ropas aunque muy deseado por las mujeres que la componemos. Tú de momento eres algo prohibido para mí. Ese es el significado del botón aunque muy….” Saúl se quedó pensativo, no entendía bien qué le quería decir. Al recibir un beso en la mejilla escuchó: “Me gusta lo prohibido”. Observó la mirada pícara hacia él. Tomó el botón entre sus manos y lo llevó hasta sus labios.

Recogiendo su larga falda para no tropezar pronto se encontró ante el griterío de los chiquillos y el relinchar de algunos caballos cerca de donde él debía de estar esperándola. Alzó la mirada y miró en dirección hacia el establo. Tenía que buscar la forma de burlar la atenta mirada de su padre. Ya pensaría.

-Irás a dar gracias a Dios por nuestro retorno –le ordenó con voz  potente mientras comenzaba a descargar los productos intercambiados en la ciudad.

-Sí, padre. Así lo haré –le dijo en tono dulce.

Vio como ya llegaba hasta él para ayudarle Levi, aquel gigante imponente que le infundía  respeto y algo aún peor: miedo. Era el encargado junto con padre de la herrería y sus ojos enormes destilaban pavor para quien se fijara en ellos. Los brazos musculosos y su voz rota en la Iglesia al leer el sermón dominical como mano derecha de su padre infundían sumisión para quienes le oían. En alguna ocasión le dijo  su hermana que creía que en él se había reencarnado el diablo. Ella rompió en risas. Aquel ser la miraba con lujuria. Poco podría imaginar en ese momento, cuando la llama del deseo corroía su interior, que no tardarían en cruzarse sus caminos. El Diablo no tardaría en dar muestras de presencia en la Comunidad. Así era el “Gottes Wille”, la voluntad de Dios.

Jaén. Cortijo de la Casimira. Noche del  7   de Junio de 1.992. 22 Horas.

El ambiente huele a rancio en cada una de sus derruidas habitaciones. Desechos humanos se mezclan con litros de cerveza vacíos, botellas de alcohol apuradas y jeringuillas. La noche del 7 de Junio no está muy concurrido el palacio de los desheredados, drogadictos y alcohólicos que pasan la madrugada entre sus paredes. El motivo no es otro que las fiestas patronales que están a punto de  vivirse  en la ciudad el día once de Junio, la Virgen de la Capilla. Tres hombres celebran el ambiente previo a la festividad con litros de cerveza en una de las habitaciones a través de cuyo techo golpeado por las inclemencias del paso del tiempo y compuesto de vigas atravesadas y amenazantes con desplomarse en cualquier momento, se puede ver la luna llena. Risas y codazos cómplices y alguna que otra canción flamenca. Al lado, en otra habitación, un borracho intenta dormir. Ya ha espantado a una de las miles de ratas que conviven con ellos en más de tres ocasiones, y el cante en la habitación de al lado le impide abrazarse a un sueño que ni tan siquiera el abundante alcohol que ha introducido en su cuerpo para intentar recordar días mejores, le permite conciliar. Se incorpora de su posición retrepada en la pared como saco de patatas apoyado sobre ella y toma la botella de Dyc barato y se la empina. Esta vez apenas una gota cae en sus labios cuando al alzar la vista se topa con la figura de los tres hombres.

-¿Vienes, Benito?

Los mira. No sabe qué contestar a una pregunta que no entiende. Un día pensó en dejar el alcohol, pero la vida le condujo por  vericuetos inimaginables por persona humana. Siempre se decía que su existencia estaba protegida de cualquier imprevisto que te cambia la vida en un momento, que a él nada le podía ocurrir. Luego trataba de transmitir aquel pensamiento equivocado a cuantos le rodeaban cuando el alcohol le infundía un estado de bienestar y olvido al que siempre deseaba aferrarse. Desde entonces era su mejor compañero, el que le ayudaba a olvidar que en tiempos lejanos tuvo una familia a la que perdió por su maldita afición.

-¿A…dóndeeee? –se trastabilla al hablar y lo hace balbuceando, con palabras enlentecidas por mor del alcohol que martillea ya en su cerebro adormecido y corre por la sangre en grandes cantidades como vehículos en una autopista vacía.

-A beneficiarnos a una tía –dice el mayor en edad de los tres mientras se acaricia sus partes. Los otros dos rompen en risas.

“Parecen que están muy contentos. Han debido beber como yo” piensa.

-No, no tengo dinero –esputa tocándose los bolsillos de la camisa lisa sin botones que cubre su cuerpo, roída y sucia, llena de manchas de vino tinto.

Los tres ahora estallan en carcajadas.

-¿Y qué piensas? –le dice el más alto y fuerte, de aparente menos edad que sus acompañantes-, que nosotros tenemos.

Sus alientos huelen a podrido como las mierdas que en cada uno de los rincones del cortijo de la Casimira presiden la estancia.

-¿En…enton…ces? –atina a preguntar sin saber muy bien a qué se refieren.

-“Entonces” es una de las chicas que están con sus novios en estos parajes. Todos los días vienen a montones. Eso lo sabemos bien porque los vemos y ellos a nosotros… –mira a sus dos compañeros y calla realizando una mueca cómplice con los labios.

-Noooo –explota el más viejo terminando la frase- Somos sombras en la noche…

Uno de ellos se acaricia nuevamente sus partes y se las agarra con fuerza. Parecen que le van a estallar.

-¿Vienes? –le da una patada el más joven en las piernas al alcohólico que solo desea dormir.

-No, no…esto…y borracho –se justifica.

-Vámonos –grita el viejo-. Aunque quisiera no podría hacer nada, nunca se le empalmarían.

Carcajadas en la noche de luna luminosa y redonda. La figura de los tres individuos se pierde en la claridad parcial que la luna llena filtra en el cortijo de La Casimira. El borracho intenta conciliar el sueño. Poco o nada puede imaginar de lo que en unas horas va a ocurrir a dos jóvenes que empezaban a vivir y a quienes el destino les va a jugar una mala pasada cuando solo deseaban amarse. A quienes el destino les escupió en sus propios rostros y en el de sus familias para no poder ya nunca más quitar ese escupitinajo malvado en forma de borrón imborrable en el camino que aún le quedaba por vivir a una madre destrozada.

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