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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

TRES

Carabanchel. Madrid

Y después el silencio. Observó el cuerpo apuñalado de quien hasta aquella noche había sido su esposo sobre la cama. Sus manos estaban ensangrentadas y su pelo largo alborotado y enmarañado descansaba sobre una cara salpicada de sangre. Junto al lugar donde yacía el cadáver había una cuna de la que sobresalía la cabeza de una niña de muy corta edad que la miraba con ansias, estirando los brazos para esperar ser cogida. “¿Qué he hecho?” se preguntó. Miró los rasgos blanquecinos del rostro, la camiseta de tirantes antes blanca y ahora roja, la sangre en las sábanas, las manos del que un día amó intentando tapar el lugar por donde se le iba la vida y empezó a calibrar el alcance de su acción. Estaba harta. Harta de pedir ayuda, harta de acudir a los Tribunales para denunciarle, harta de palizas, harta de no ser nadie, harta de perdonarle…Todo ocurrió deprisa, sin apenas pensarlo. Cuando recibió el último puntapié sobre su estómago y le vio dirigirse hacia su pequeña, no volvió a pensarlo. No podía permitir que siguiera haciendo a la niña lo que le hacía día tras día después de su dosis. Porque esas cosas no las piensas; si lo haces nunca darás el paso. Y aquella noche fue la última. “Matar, matar, matar” escuchaba la voz de su conciencia una y otra vez. “¿Y ahora qué?” Le esperaba la cárcel y a su hija un orfanato a la espera de ser dada en adopción. Llamaría a su padre para contarle lo que había hecho; aquel que tantas veces le pidió que lo dejara y al que nunca hizo caso. El hombre que la condujo a un mundo de drogas permanecía con los ojos abiertos. La última sobredosis se esparcía por la mesita de noche. Cuando recordó cómo lo hizo se estremeció. Mientras esnifaba sentado al borde de la cama su bestia, se puso detrás de él, le abrazó y tuvo la fuerza suficiente para besarle detrás de su oreja. Cuando se sintió confiado sacó el cuchillo que guardaba bajo la almohada y que tantas veces pensó en utilizar y se lo clavó en el pecho, por debajo del corazón. Aquel factor sorpresa y el estado en el que estaba la ayudó a culminar la acción. Cuando introdujo el cuchillo ninguna costilla se topó en su camino y, una vez dentro, lo retorció con saña. Sabía que había alcanzado el motor del ser humano. Tomó a su hija en brazos que ahora lloraba y la intentó consolar. Al menos ella no sería testigo de los golpes sufridos por su madre. Descolgó el teléfono y miró el número escrito en la agenda del joven abogado que llevaba los temas de su esposo por drogas. El mismo que lo había sacado absuelto del juicio por maltrato en el que fue enjuiciado con la ayuda de ella, que le bastó con no declarar en él tras ser asesorada por ese joven que utilizaba el derecho con habilidad y lo expresaba con claridad ante el Juez. Porque si no declaras contra tu marido o pareja, derecho al que tienes y que antes de comenzar a hablar te lo explica el Juez, la justicia española en el noventa y cinco por ciento de los casos  absuelve al maltratador. Son las reglas sucias del juego. Las pruebas a las que han de someterse las sentencias son, en su mayoría de las veces, las articuladas en el juicio oral. Y si la asustada pareja decide no declarar la dama ciega se lava las manos, como Pilatos. Cuando recibió la contestación al otro lado de David, el abogado, se expresó con miedo y temblando:

-¡Lo he matado! ¡He matado a mi Goliat!, David.

Los quejidos de la niña apenas si le permitían entenderse con su interlocutor. El abogado pareció conocer la voz que le hablaba. “Lo que faltaba” pensó. Después de su cita con los policías que presuntamente habían apaleado hasta la muerte a un senegalés en dependencias policiales y de la versión increíble sobre los hechos que le habían dado, esperaba relajarse tomando unas cervezas con su primo, ese obeso gigantón hijo de uno de los socios principales del despacho. Ahora se encontraba con una llamada patética y tenebrosa. Eran muchas las comunicaciones que habían tenido por los diferentes juicios en los que ya había prestado sus servicios a la pareja, porque conocía a la perfección su voz, pero ninguna como aquella: la llamada de una mujer desesperada que acaba de terminar con la vida de su compañero. Almudena se quedó paralizada cuando escuchó las palabras del joven abogado.

-Tenía que pasar. Era algo que esperaba –bebió un sorbo de cerveza. Su primo degustaba una tapa de callos madrileños que se deslizaban por la comisura de sus labios como una barca por un riachuelo de aguas tranquilas-. Ahora habrá que ver cómo se lo presentamos a un jurado.

Almudena rompió a llorar ahora sí, consciente de lo que había hecho.

-¿Qué pasa, primo? –Preguntó Gómez mirándole con ojos desorbitados- Dos  cervezas más –pidió al camarero- A mi me pones de tapa otros callos, para mi primo tortilla.

-Algo muy gordo –atinó a comentarle levantándose del taburete y buscando algo de intimidad para seguir hablando con la mujer.

-¿Qué debo hacer? –sollozó.

-Dime tu dirección exacta. Te recogeré y  nos entregaremos en la comisaría más cercana. ¿Te ha pegado?

Suspiros de pena al otro lado.

-Sí. Varios puñetazos y una patada en la barriga. También….

Se detuvo. No siguió. No quería contarle lo escabroso de aquello que se escondía en su mente. Los abusos a los que sometía a la pequeña cuando se drogaba.

-¿Por qué esta vez? Quizás la comida no estaba caliente o no has hecho la cama…

Un breve silencio interrumpió la comunicación entre ambos. Luego la voz rota continuó.

-No deseaba que se drogara delante de la niña, eso fue el desencadenante de la discusión. Tenía la jeringuilla en su brazo y le di un manotazo.

“Hijo de puta” pensó. “Le está bien empleado lo que le ha pasado. Otra cosa es lo que dictamine la justicia” pensó mientras escuchaba a la mujer desesperada. Aquello precisamente era otra de sus especialidades en  defensas: Juicios penales por maltrato. Con la nueva ley promulgada por el gobierno en protección de la mujer habían proliferado como setas los juicios por maltrato de pareja, si bien también eran muchos los que surgían tras una denuncia sin fundamento, con la necesidad de agilizar  medidas para hijos comunes, utilización de viviendas habituales, pensiones compensatorias y alimenticias y todo ello ante la lentitud de los procesos civiles que se eternizaban por el grueso volumen de asuntos que soportaban los juzgados de familia. En España los divorcios eran tan comunes como los engaños bancarios a familias sin recursos. “Lo que ha unido Dios que no lo separé el hombre” escuchó decir un día a un cura. Esos tampoco progresaban y no se adaptaban a la sociedad y sus nuevos pensamientos. “La Iglesia es arcaica” meditó.

-Bien, iremos antes a un hospital para que te reconozcan. Después pasaremos por comisaría. Allí nos echaran una mano con la denuncia policial.

“Y con la inspección del lugar del crimen” pensó para sí sin transmitirlo.

-¿Y la…niña?

-¿Tienes con quién dejarla?

-No.

Silencio.

-¿No tienes familia, acá en Madrid?

-No.

-¿Amigos?

-Todos tienen problemas con las drogas, como nosotros.

-Bien, la traeremos a mi casa. Mi madre no tiene nietos y la cuidará con mucho gusto hasta que el Juez decida sobre su custodia.

-Gracias, David.

-No toques nada. Ahora dame tu dirección exacta.

Almudena hizo lo que el abogado le dijo. Media hora después cerró la puerta y miró por última vez el cadáver de su pareja. El polvo blanco se extendía por su nariz como la sangre por su pecho y la jeringuilla permanecía impávida en el suelo. Fin. Lamentó no haber pensado lo que hizo y lo que era aún peor para su conciencia, lamentó no haberlo hecho antes, mucho antes.

-Nos vamos –gritó a su primo que apuraba los callos.

-Ahora… estoy comiendo.

-Sí, tú siempre estás comiendo.

-¿Dónde? –se limpió la boca con la mano y soltó un billete de veinte euros en la barra.

-Tenemos un caso de asesinato en defensa propia.

-¿Defensa propia en asesinato? –me encantan esos casos.

David lo miró. Jamás había intervenido ante un tribunal. ¿Cómo podía decir aquello?

Salieron fuera y le contó lo que ocurrió. Su primo se quedó paralizado, sin moverse.

-¿Qué te ocurre? –preguntó mirándole a la cara de bobo que presentaba.

-¡Le caerán doce años! –afirmó.

-Es posible. Pero debemos llegar al piso antes que la policía.

-¿Qué pretendes?

Se montaron en el coche Audi A4 de David. Puso la música de Camarón y escuchó como si le gritaran al  oído la voz del mito.

-Presentaremos el asunto como una legítima defensa. El padre intentó drogar a la niña. La madre, drogadicta, lo impidió, y después de ser agredida no tuvo más remedio que defenderse.

-Pero la niña… hablará.

-Por su edad, tres años, no habrá ningún psicólogo capaz de hacerle contar la verdad. En estos casos, donde se intenta drogar a un   niño por su progenitor drogata, el jurado suele ser muy condescendiente, tienen hijos y ello les llega al alma. Es la única forma de salvar a esa desgraciada.

Su primo le miró descaradamente y bajó algo la música.

-Sube la música –le gritó- o te tiro del coche.

-Pero, lo que vas a hacer va en contra de los principios de nuestro despacho –hizo una pequeña pausa y siguió-: mentir para salvar a alguien.

Frenazo brusco en el arcén.

-Querido primo, estoy hasta los huevos de defender la verdad y la justicia española nunca me toma en serio. Defendamos la mentira y llegaremos al puerto que deseamos. ¿Has visto algún defensor de un asesino defendiendo la verdad? ¿Acaso ya no recuerdas aquel famoso crimen de los novios de Jaén donde intervine defendiendo al viejo?

Gómez le  miraba como un auténtico bobo pensando las palabras de su primo David.

-¿A qué puerto quieres llegar? –preguntó utilizando la metáfora con la que con anterioridad él le había contestado.

-Si deseas salvar a un inocente en España y no tienes medios económicos, entra en el corazón del jurado con una mentira piadosa. Ellos no entienden de la justicia del derecho, pero saben mucho de la justicia de la calle.

Arrancó bruscamente y tomó la carretera en busca de la dirección que Almudena le había facilitado.  Aquel nuevo caso en defensa de alguien que presuntamente había cometido un asesinato trajo hasta él el recuerdo del primer juicio  en el que participó de forma activa en la defensa, hacía ya veinte años, cuando apenas llevaba unos meses como  Abogado y era tan solo un  simple pasante. De esos que comienzan en el mundo del derecho, se ponen un traje y una corbata y piensan que se van a comer el mundo cuando aún no saben, en la facultad de derecho solo se aprende la más variada forma de los culos de chicas, fiestas variadas y a memorizar algo que luego, tras el examen se olvida. Cuando se sale de ella no se sabe  ni redactar una simple denuncia. El crimen de los novios de Jaén que martirizaba aún con el paso del tiempo muchas de sus noches de sueño era un asunto tremendamente difícil que le tocó defender en sustitución de quién había sido su mentor. A éste le había llegado el caso a través del turno de oficio, por los años que llevaba trabajando y su experiencia profesional, pero el alcohol le impedía enfrentarse al día a día en su trabajo con un mínimo de garantía. “Bebo para olvidar” le escuchaba decir siempre con la botella de JB en la mano. Así que le pidió que lo hiciera él. En un principio se negó, solo era un pasante aprendiendo los vericuetos de la profesión; pero su maestro, el que le había abierto las puertas le dijo que no lo dejase, que era una oportunidad profesional para él inigualable. Los dos acusados de asesinato de una pareja de jóvenes en la localidad de Jaén ya habían sido condenados por la sociedad. Por tanto si la sentencia era condenatoria, como se esperaba, nada ni nadie se lo iba a reprochar. Sin embargo si conseguía la absolución del viejo, el que le tocó en defensa, muchas puertas se abrirían ante él. Ahora, a sus cuarenta y seis veranos volvía a la defensa de un asunto de asesinato.

Abriéndose la línea de la carretera que separaba ambos carriles ante él mientras se dirigía a casa de la chica que había matado en defensa propia, según su propia manifestación, a su camello y pareja, recordó cuando tuvo ante él los primeros folios del Sumario de aquel infame crimen que muchos aún, recordarán con los dientes apretados en el reino del Santo Rostro…

CORTIJO DE LA CASIMIRA. NOCHE DEL 7 DE JUNIO. 22 HORAS

-Hi…joputas –atina a decir antes de que una bocanada de comida impulsada por el alcohol intente escapar por su garganta hacia el exterior del cuerpo de Benito Collado.

Escucha las risas de fondo y el sonido de un vehículo arrancar. Las palabras llegan hasta él como en un sueño.

-Mira lo que tengo –parece que ha hablado el que le ha dado la patada o quizás haya sido el más viejo.

-¡Una escopeta de cañones recortados! –afirma el otro asombrado mientras Benito solo piensa en escuchar la radio y aquel partido que es como una final para el Madrid pues se juega el título de liga en Tenerife bajo la amenaza de maletines cruzados llenos de dinero que llegan desde la ciudad Condal.

Risas y más risas.

-¿Pretendes atracar un banco?

-Y si oponen resistencia –es lo último que escucha Benito como si estuviera ya  en su sueño, el que le hace olvidar y no sentir que está vivo. Porque hay ocasiones en la vida en que deseas estás  muerto. Son esas ocasiones en las que como él, te encuentras solo, sin amor. Solo con el cariño del alcohol.

La furgoneta blanca avanza sigilosa por el camino de las cuevas. Ya lo han recorrido  en otras ocasiones para mirar, solo para mirar. Pero esa noche todo será diferente. Esa noche sí, pasarán a la acción. Eso es lo que les gustaba, mirar sin ser vistos. Los novios que allí se ocultan de miradas ajenas desconocen si quienes van en ella son otros que como ellos, buscan intimidad bajo los olivos de Jaén. Bajo una de esas olivas que conforman un  mar verde que le da color a la ciudad.

-Mira –señala el conductor un turismo. Es más joven que sus acompañantes y su rostro está marcado por los avatares de una mala vida donde las drogas y el alcohol fueron sus padres, quienes le criaron hasta convertirse en el ser depravado en que se había convertido.

El coche que han señalado es un Renault Clio. Desde fuera, observan como  su conductor lo ha apartado del camino y se ha adentrado en un recodo de éste hacia la izquierda. Una ligera explanada se abre bajo las ruedas del vehículo. Allí parece estar tranquilos. Los tres hombres respiran agitados. Pueden ser las víctimas perfectas.

-Pasa de largo –le dice el más viejo, ocupante en la parte trasera, al conductor golpeando sobre su hombro mientras el que viajaba en la parte del ocupante delantero se frota los labios para no dejar escapar la saliva pegajosa que le sobreviene motivada por lo caliente de la situación.

Lo hace. No quieren levantar sospechas en los jóvenes amantes. Unos metros más adelante adonde se halla el Renault Clío dejan la furgoneta blanca bien aparcada. Como era de esperar no se han dado cuenta de que en el vehículo que se acaba de detener no viajan otros jóvenes que como ellos han decidido amarse. Viaja la misma muerte. Se bajan despacio y el joven toma la escopeta de cañones recortados. Solo la luna llena es testigo de su acción. Del bolsillo de atrás del pantalón saca una linterna. Se acercan por detrás del Renault Clío despacio, sigilosos. Enciende la linterna y apunta a la parte trasera. El novio se queda cegado por la luz y aterrorizado…

-Fuera  -les grita desencajado.

El miedo en el interior del habitáculo hace su entrada. Apenas milésimas de seguros para decidir la acción que has de tomar. Gritar, correr, intentar arrancar el coche. Escucha gritar a su novia.

-Fuera os he dicho –vuelve a gritar.

-No, no –escucha balbucear a la chica.

-Fuera hijos de puta o os pego un tiro –apunta con la escopeta a través del cristal cerrado.

Lejos de obedecer y pensando que no acometerán sus amenazas, el novio, Oscar,  intenta saltar hacia adelante, al asiento del conductor. ·No va a disparar, no va a disparar” piensa mientras su acción desesperada es dificultada por el pantalón a medio bajar. Ella, Ana, no tiene fuerzas para moverse de su posición en la parte trasera. Sus gritos espantan los monstruos que de pequeña le asustaban bajo su cama y, sin embargo, los humanos no se marchan, siguen allí, apuntando con la escopeta a Oscar.

-No lo hagas, hijo puta, no lo hagas –grita el más joven a Oscar que intenta arrancar el vehículo y que ya ha conseguido introducir la llave en la boca oscura del contacto del turismo.

Son las últimas palabras  que escucha…

CUATRO

SAHARA. SEGUNDO DIA EN EL DESIERTO

Su  hijo descansaba  aún dormido ajeno a cuanto ocurría a su alrededor, seguro de que su madre le protegería y le conduciría con su papa que había partido días atrás para ganar el dinero con el que pagar el pasaje hacia la felicidad, dejando atrás el dolor. Le había prometido que iban a viajar a un lugar donde los niños soñaban y jugaban. Al  estar con ella, su mama tan poderosa que todo y a todos podía, nada ni nadie podría terminar con él ni con su prima. Ella les protegería. Nmachi suspiró hondo. Sabía que los que les habían abandonado en búsqueda de aquellas piezas de recambio que les salvarían  no podían pedir ayuda a las autoridades  porque serían detenidos y encarcelados. ¿Cómo iban a contar que habían salido del país hacia otros puntos del mundo con otros noventa y dos seres vivos si precisamente aquello era perseguido y penado hasta con la muerte? El tráfico de personas por las mafias era una de las cuestiones por las que  su país se había comprometido a erradicar al coste que ello supusiese con Europa, la tierra prometida, a  cambio de ayudas. “Habría sido mejor continuar con aquella vida llena de penalidades y enfermedades. Al menos su hijo tenía una cama de paja y comida dos veces al día. Cuando no conoces otra cosa desde que naces tampoco es tan malo vivir así; es como el ciego que nunca ha visto y le prometen la visión. La visión sería lo deseado, pero si finalmente se quedaba como está, al no conocer nunca el color de la luz, tampoco ello era descerebrado” “¿Y ahora qué?” meditó.

-Vendrán a por nosotros –dijo una de las mujeres del grupo, treinta y cinco en total. Se la veía confiada en sus palabras. Su aspecto rechoncho y su voz grave desprendían para quien la escuchaba  confianza. Era Folami, la hechicera de su pueblo y la mayor de todas ellas. Honor y respeto significaba su nombre. Había perdido a sus dos hijos y a su marido en la hambruna que asolaba su país y decidió buscar la muerte en otro que no fuera el suyo.

“Ojalá fuera verdad” se dijo Nmachi engullendo como pudo las palabras de la madre Folami. Ella, en sus adentros, sabía que no iba a ser así. Recordó las historias de gente muerta en el corazón del desierto del Sahara. El encontrarlos desperdigados en diferentes kilómetros a la redonda no tenía otro significado que la fe del ser humano ante un inminente final para buscar en la situación en que se encontraban algo de comer o de beber. Habrían permanecido los primeros instantes de desconcierto juntos como lo estaban haciendo ellos ahora para luego buscar cada uno la meta a la que todos llegarán: ¡La muerte! Algo así iba a terminar sucediéndoles. Porque cuando la muerte te aborda es algo tan íntimo que prefieres que sea a solas.  Apenas unas páginas en un periódico para persuadir a aquellos que intentaran llegar a Argelia desde Níger y la promesa de la horca para los cabecillas que se atrevieran a traficar de aquella forma con seres humanos. “Seres humanos. Desechos humanos. Mierda humana” pensó Nmachi y una mueca de sonrisa irónica invadió su rostro de facciones suaves. Se mordió los labios hasta el punto de hacer brotar la sangre a través de ellos. Si el camión que te transportaba hacia el oeste se estropeaba, entonces ya no cabía esperar otra cosa que no fuera la muerte. Tamanrassett ubicada en pleno desierto del Sáhara era el nombre de la ciudad, el primero de sus destinos al inicio de una nueva vida, una vida mejor para quienes amaban. Así lo pensaron todas aquellas familias que ahora miraban al cielo poniendo sus manos como viseras sobre sus ojos para otear algún signo de vida sobre sus cabezas. Lejos quedaba ya Arlit, el pueblo donde nació y creció feliz, con hambre, mucha hambre, pero feliz. Porque en Arlit la sonrisa iluminaba sus días junto a Mustafá, su esposo. Allí corrían su hijo y su sobrina sin peligros, sin alimañas que les acecharan, sin un futuro en el horizonte pero al menos los cuatro juntos. Luego vinieron aquellas malditas guerras, la sequía, las enfermedades y, las palabras de aquel hombre cuyo rostro aún mantiene fijado en su retina: الصحراء الكبرى. Él convenció a Mustafá para adentrarse como mercenario en la guerra de Siria. Una vez allí pagaría en unos meses su pasaje y el de su mujer, hijo y sobrina para llegar al punto y final donde sus vidas volverían a unirse. La primera parada para cambiar de vehículos y tomar avituallamientos para el resto del camino  en Tamanrassett nunca llegó. Debe ser todo un horror morir de sed bajo un sol abrasador, pero aún peor debía ser ir viendo morir a tus hijos sin poder hacer nada por ellos. El lugar de destino al inicio de una nueva vida para su hijo y sobrina estaba en un país de Europa del que le habían hablado maravillas, donde sus gentes eran alegres y solidarias; donde el racismo solo se podía contar en pequeños brotes aislados; donde serían recibidos como uno más, como si fueran oriundos de aquel país, y donde las necesidades básicas estaban cubiertas por asociaciones no gubernamentales que te ayudaban día a día ya fuera con un plato caliente o con ropa de abrigo. Así lo debieron pensar todas aquellas familias que ahora miraban al cielo como si de este viniera la salvación. Allí solo estaba él, el sol, el que les haría agonizar poco a poco, el que les quemaría sus cuerpos hasta absorber la última gota de líquido y les daría el pasaporte al mundo de los muertos del que tanto conocía Folami, la que acababa de afirmar que vendrían a por ellos. Todo parecía tan fácil, tan bello cuando se lo contó aquel hombre primero a su marido y luego a ella que no lo pensó” ¿Y ahora qué?” “¿Quién está preparado para ver morir a sus hijos?” Se acordó de su esposo que se jugaba la vida en Siria para mandarles dinero con el que pagar aquel pasaje mortal. España los esperaba a ambos si todo marchaba bien en menos de  un año. Cuánto daría por poder abrazarlo, por sentirse protegida junto a él; por contarle el horror que iba a ir apareciendo en el grupo cuando la esperanza del rescate desapareciera de sus mentes. Cuando vieran el primer muerto y todos comprendieran que ese iba a ser el punto y final de cada uno de ellos bajo el abrasador astro rey del Sáhara.

-¡No vendrán! –alzó la voz dirigiéndose a Folami.

Miradas asustadas se volvieron hacia la joven y delgada mujer que avanzaba hacia el grupo.

-¡No vendrán! ¡Nos han abandonado! –Afirmó con contundencia y decisión-.

Nmachi tenía la fuerza que solo algunas elegidas llevan dentro. Mujeres que no tienen miedo a nada ni a nadie y que son capaces de mover montañas para conseguir sus objetivos pero incapaces de mentir y llevar esperanza a gente más débil que ellas, algo que el viento, desde tiempos inmemoriales, había susurrado al ser humano.

Folami se dirigió hacia Nmachi que le sostuvo la mirada y la esperó erguida. Le llamó la atención el pañuelo de colores que tapaba su cabeza.

-No debes asustar a los niños –le reprendió con autoridad.

Llantos de pequeños se mezclaron en el ambiente. El calor empezaba a ser insoportable y solo llevaba luciendo el sol apenas unos minutos sobre ellos. A la tarde, cuando el desierto alcanzara su temperatura más álgida sería terrible. La joven no se amilanó.

-Folami, esto no es Arlit, tu pueblo, ni Níger, tu país, donde dejaste los cuerpos de tus hijos y de tu esposo –miró alrededor y señaló con su dedo índice hacia diferentes puntos al norte, al sur, al este y al oeste-. Esto es un lugar sin vida. Solo nuestras vidas habitan en él. Cuando te digo sin vida –alzó la voz ante el silencio de todos cuantos la rodeaban- me refiero a que cualquier signo de vida ha muerto bajo sus inclemencias insoportables por ser vivo…-se detuvo y mantuvo la mirada con la hechicera.

-Dijeron que vendrían a por nosotros –la espetó con contundencia, agarrando su brazo derecho.

Nmachi posó sus ojos sobre la mano de la hechicera que apretaba su brazo. Folami dejó de presionar ante la mirada de decisión que la joven sostenía sobre ella y que le provocaba respeto. Entonces le  habló con palabras suaves, casi dulces.

-Folami, madre de todos los Dioses, honor y respeto, -hizo una pequeña pausa para alzar la voz-  moriremos en unos días, dos, tres a lo sumo si no nos movemos y salimos de aquí por nuestros propios medios. No estamos lejos de Arlit y aún quedan algunas botellas con agua. Desconocemos la distancia que nos separa en este punto de Tamanrassett  Si no desandamos el camino recorrido o nos dirigimos a Tamanrassett, algún día encontrarán nuestros esqueletos como ya les ocurrió a otros antes que a nosotros.

La mujer la observó con rabia en sus ojos pero comprendiendo que cuanto le había dicho era cierto.  Los  hombres del grupo discutían aparte lo que hacer.

-¡Vendrán! –afirmó la anciana mujer sin apenas convicción y en un tono de voz tan bajo, que solo ella pudo escuchar sus palabras en la que ni ella misma creía.

Nmachi sintió la mano de su pequeño Elin acariciar sus pantorrillas. Se agachó y lo tomó sobre su pecho. Besó su cabeza, su frente, su cara. Abeke dormitaba aún. Una lágrima recorrió por la mejilla y se la enjugó con su mano.

-¿Dónde os he metido? –susurró.

Uno de los hombres se situó en el centro del grupo. Era el de mayor edad. Su pelo y barba cana le delataban y los huesos que componían su cuerpo a la vista de los demás pues se había despojado de su camisa superior, parecían un puzle a punto de descomponerse. Sobresalían tanto de la piel que parecían fuera a sajarla de un momento a otro. Adisa era su nombre y Nmachi pronto reconoció en él a una persona mayor siempre dispuesta a ayudar a los demás en Arlit. Viajaba solo, como Folami. Atrás quedó su pasado de recuerdos.

-Nmachi tiene razón. Conozco a quienes nos han traído hasta aquí y ninguno se jugará el resto de sus días en prisión o su vida por pedir ayuda –dijo con  voz ronca y entrecortada por la fatiga de los años-. Así son Obayana y Ola, capaces de vender a su madre por un trozo de pan y a sus hijos si los tuvieran. Son gente sin escrúpulos y de mal corazón. Sus almas debieron ser vendidas al nacer al propio Belcebú –se atragantó con su propia saliva al pronunciar el nombre.

La joven se acercó hasta él con su hijito en brazos para tomar la palabra:

-Propongo que dos de nosotros, los más fuertes,  vuelvan hacia Arlit en busca de ayuda. Otros dos irán dirección a Tamanrassett.  Los demás esperaremos aquí –hizo una pausa después de señalar con el dedo índice las dos direcciones que había indicado al este y al oeste de su posición-. Intentaremos arreglar la camioneta y limitaremos las escasas provisiones que nos quedan para aguantar el mayor tiempo posible.

El silencio majestuoso invadió al grupo. Sólo el gemido de algunos menores lo rompía por momentos. Debían de seguir las indicaciones de Nmachi, no había otra solución. ¿Pero quién se iba a aventurar a andar por el desierto? Aquello sí que supondría una muerte anticipada, caminar bajo temperaturas cercanas a los cincuenta grados centígrados. Hacer lo contrario era, no obstante, esperar a la muerte con los brazos bajados y, en la vida de sufrimientos que les había tocado, aquello no debía de  suceder.

-¿Alguna otra propuesta? –sugirió mirando alrededor suyo.

Silencio. Soltó a su hijo en el centro del círculo y se mantuvo erguida ante todos.

-Vamos a morir, no lo dudéis –dijo alzando su dedo corazón y señalándolos como si en él estuviera la varita mágica que decide quién vive o quien muere-. Pero mientras  exista una única oportunidad, una sola posibilidad de salir de aquí con vida, Nmachi la buscará. Algún día Obayama y Ola se reencontrará con alguno de nosotros. Si uno solo sobreviviera, deberá hacer pagar a ambos con sus vidas lo que a ellos les importó las nuestras.

Folami agachó la cabeza y un escalofrío recorrió sus pies. Luego la levantó levemente y miró a Nmachi hasta dejar que sus ojos chocaran con los suyos. El choque de dos miradas que parecían flotar en la calina del desierto abrazadas por un intenso cielo azul en el que alguna nube blanca lo atravesaba de forma fugaz y tímida. Fue entonces cuando Folami observó en aquella mirada el poder de la montaña, la magia del cielo y la fuerza devoradora de la tierra en movimiento y del fuego devastador.

ALEPO. SIRIA

A sus doce años sabía que para sobrevivir en una ciudad en guerra era necesario adoptar la forma de comportarse en su día a día que tenían las ratas. Porque si algo había en Siria inmunizadas a las bombas y a cualquier tipo de enfermedad eran las ratas. Y él, que lo sabía mejor que nadie, observaba la forma en que actuaban, como buscaban comida, como se ocultaban bajo tierra, donde las bombas en muchas ocasiones no llegaban y, ante todo, como se reproducían. En poco tiempo no se harían con la ciudad de Alepo ni el ejército Sirio, ni los Rebeldes, ni tampoco el estado Islámico. Serían las ratas las dueñas y señoras de todo pues ahora, más que nunca, tenían comida a mansalva. Cadáveres abandonados en las calles, bajo tierra, en las alcantarillas. Ellas daban cuenta de sus festines felices de que los hombres como seres irracionales se matarán entre sí.  No quería vivir en el orfanato donde terminaban todos los niños destrozados por la contienda cuando perdían a sus padres. El destino quiso que también los suyos perecieran bajo las balas de un francotirador cuando hacían cola ante una tienda para adquirir pan en su ciudad de Alepo. Entonces supo que él no iría al orfanato. El frío, el hambre, las balas y las bombas eran tan cotidianos en él como los juguetes, los besos, los abrazos y las golosinas en un niño en una ciudad en paz. “Bajo los escombros de las calles se esconde un entramado de laberintos donde habitan las ratas”, le dijeron un día: ¡las alcantarillas! Allí difícilmente le encontrarían y siempre habría algún mendrugo de pan duro para saciar el martilleo de las ansias por comer en el  estómago y si no, siempre habría carne en abundancia: ¡Roedores! Un año malviviendo le habían convertido en un experto en el arte de robar comida y, ni los roedores que se contaban por miles allá abajo se atrevían a molestarlo. El mejor momento para salir al exterior era la noche. Ni de un bando ni de otro se atrevían  a entrar en combate y, sus ojos, acostumbrados a la oscuridad se adaptaban a la perfección al negro manto del cielo ensangrentado de Siria. Aquella noche todo sería diferente y sin saberlo, su vida iba a cambiar. El gemido de un cachorro de perro había llamado su atención debajo de aquel tanque destrozado devorado por las llamas de un lanzallamas aplicado sobre él por uno de los guerrilleros que peleaban contra el gobierno de Bashar al-Asad y  que a diario le daba parte de su ración de comida. Hacía días que no lo veía y que no sabía de ese hombre. En Siria un día es el último para cualquier persona, como también lo puede ser en el mundo occidental, pero allí aquella premisa tomaba toda su fuerza e importancia en orden a su significado: no existe el mañana. El mañana es hoy, ahora. Eso se aprendía rápido; al siguiente no sabías si serías el próximo en ocupar sitio en la morgue de la ciudad de Alepo donde se hallaban y que se encontraba atiborrada de cadáveres en descomposición. Combatientes, padres, madres y niños. Ellos no debían de encontrarse allí, ni quizás ningún otro, pero lo estaban. Se acercó hasta el cachorro sin perder de vista las ventanas sin cristales que se abrían a su alrededor y de las que parecían salir miles de ojos sedientos de sangre. Pensaba que aquel denso manto negro le iba a proteger.

-Ven, ven –intentó alcanzarlo estirando su brazo pero no llegaba hasta donde se encontraba agazapado-. Perdiste a tu madre, como yo –le habló en voz baja introduciendo parte de su cuerpo entre la abertura que dejaba el  tanque y un trozo de hormigón- Te atra…peeé.

Se arrastró hacia fuera con el perrito entre sus manos y besó su cabeza para intentar tranquilizarlo. Temblaba y tenía frío. No debía tener más de unos días de vida. Aquel cachorro blanquito y sin apenas pelo intentó olfatearlo. Aquello le hizo gracia y también perder de vista el principal objetivo que nunca debía de obviar cualquier ciudadano de Alepo: las ventanas. Aquél debía ser quien le acompañara en su soledad y por eso se arriesgó tanto. Desde que perdió a sus padres el estar solo todo el día era lo peor en su vida; algo muy superior al hambre era la soledad. Te mataba poco a poco interiormente porque sin alguien al lado, sin su abrazo, también era una forma de morir en Alepo. No tener a nadie a quien poder echar una mano por encima de su hombro para abrazarlo es algo parecido a un tiro en la frente. Fue entonces cuando un disparo destrozó el cuerpo del animal y le hizo volar unos metros desde sus manos hasta caer justo cerca de la parte delantera del tanque. Se quedó paralizado,  esperando recibir el próximo. Recibiría el disparo en su cabeza y todo habría terminado. ¿Cómo había descuidado la atención sobre las ventanas de la escuela a sabiendas que allí había francotiradores? Se había quedado embobado con el animal y aquello fue lo que le hizo bajar la guardia, lo que había permitido que el francotirador le viera y le tuviera ahora a su merced. La perra madre del cachorro y que él creía que no existía se  llevó entre sus dientes el destrozado cuerpo del animal. Fijó su mirada en la ventana desde donde había salido el disparo y vio los ojos del hombre que había matado al perrito. “¿Por qué no le disparaba?” Otro disparo hizo saltar chispas bajo sus pies. No, no podía tener tan mala puntería como para no poder alcanzar su pecho.  Aquel lugar había sido su escuela y en ella había aprendido las primeras lecciones del amor, del saber, del conocer. Ahora era un lugar de muerte. Dio un salto y se introdujo por el sitio desde donde momentos antes había salido. En su mente quedó clavada la imagen del perrito destrozado, los ojos del francotirador, su pañuelo a cuadros sobre su cabeza, la tercera planta de su escuela clase central y un deseo: conocer al hombre que no había acabado con su vida y saber por qué no lo hizo.