“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

 

NUEVE 

OHIO. PENNYLVANIA

La comunidad Amish estaba en Ohio, Pennsylvania, una bella región de la costa este de los Estados Unidos. Había que remontarse hasta 1707 cuando llegó el primer miembro a la comunidad. Después vino la oleada de miembros hasta la tierra prometida: la meta de sus sueños. Allí vivía la familia de Sarah desde el año 1.900, siendo todos sus miembros remontándose en el árbol genealógico los líderes religiosos de la comunidad y los obligados a protegerla. Cuando bajó del buggys su pensamiento solo estaba centrado en un lugar detrás del establo. Allí debería de estar él, esperándola. Observó cómo su padre se adentraba en la Iglesia acompañado  de Willian, un hombre diminuto que se encargaba del ganado y de la producción de leche. Era una figura inseparable de su padre y muchos, a su espalda, decían que parecían padre e hijo por la diferencia de estatura entre uno y otro. Willian no debía de alcanzar el metro y sesenta centímetro de estatura. Tenía sus piernas arqueadas y un vientre hinchado. Aún así y siendo sin duda el miembro más horrible que deambulaba por aquella comunidad, Willian consiguió casarse con la mujer más bella existente  entre los miembros Amish. Nadie sabía la razón por la que Annika lo había elegido. Ver a Annika era observar la belleza en su máxima expresión: cuerpo plagado de curvas que ni siquiera ocultaban las largas faldas y rostro blanco y ondulado bajo el pañuelo que cubría su cabeza donde destacaban unos ojos verdes inmensos como el océano. Su voz dulce y la forma de tratar a las personas provocaba seguridad y placer en quién tenía la suerte de escucharla. Era la encargada de acercar la Biblia a los más pequeños y Sarah tuvo la fortuna de estar junto a ella años atrás, cuando todavía no había alcanzado la adolescencia, en las largas y calurosas tardes de verano. Ella le enseñó muchas cosas sobre cuestiones vedadas dentro de la Comunidad. En una ocasión le habló del amor prohibido y se quedó ensimismada con la tranquilidad con la que hablaba de algo que para todos y, desde pequeños, era pecado. “El amor prohibido es aquel que se vive fuera de las reglas escritas y morales de cualquier humanidad”. Y Sarah dejó que sus ojos relucieran ante las palabras que le transmitía Annika con los pies descalzos sobre las aguas cristalinas del arroyo que bajaba en el extrarradio donde habitaban y que desembocaba de forma directa en la misma boca de una pequeña catarata que se formaba bajo las montañas que los protegían.  Willian y Annika eran el día y la noche, el mar y la tierra, el blanco y el negro. Sin embargo Annika tomó por esposo a Willian y voces pícaras decían que lo había hecho porque debía tener algún encanto oculto a ojos de los demás;  algo que debía  volverla loca en las largas noches cuando se apagaban los quinqués de gas en la comunidad. Con el tiempo Sarah comprendería que lo eligió a él para así vivir un amor prohibido fuera del matrimonio Amish. .

Era el momento esperado. Lebanon, su padre, siempre que volvía a la comunidad tenía la costumbre de  dirigirse a la Iglesia para dar gracias por todo cuanto sucedía a su alrededor. Sin embargo aquel día su acción fue premeditada según pudo comprender Sarah después.

Saúl la debía de estar esperando. La madre naturaleza rodeaba el entorno de la Comunidad en aquellos inicios del otoño en el que el amor había golpeado en el corazón de la joven Amish. Poco o nada le importaban las estrictas reglas: El Ordnung. Su padre las repetía una y otra vez ya fuera en casa o en el sermón dominical y entre ellas estaba aquella con la que el inicio de una relación con un extraño se podía topar: Nadie puede casarse con alguien que no pertenezca a la comunidad. Anduvo con paso firme hacia el establo y saludó a alguno de los Amish con los que se cruzó, entre ellos Levi, la mano derecha de su padre en la aplicación estricta del Ordnung; un hombre serio, disciplinado, de voz fuerte y mano dura que las aplicaba sin importarle el dolor que pudiera ocasionar en quien las recibiera. Levi provocaba miedo en Sarah; sus miradas eran libidinosas y en más de una ocasión su padre le había insinuado que podría ser un marido perfecto para ella. Él buscaba cualquier excusa para presentarse en su casa día tras día y buscarla con la mirada. “No me gusta ese hombre” le dijo en una ocasión su madre a su padre antes de la cena. Pero él obviaba cualquier comentario dirigido a Levi y eludía discutir sobre su relación con él. Zanjaba el asunto indicando que era uno de los miembros más destacados de la comunidad en la aplicación y cumplimiento de las reglas establecidas y aquello era más que suficiente. En una ocasión le observó sacar a un joven de no más de quince años de su casa a golpes hasta situarlo en el centro del camino principal que conducía a la Iglesia. El motivo era haber descubierto una pequeña radio entre sus posesiones. No le importó los gritos de su madre para que lo dejara. Golpeó con saña el aparato sobre el suelo destrozándolo ante los ojos medrosos del menor y de la gente que se había congregado alrededor. Luego le llevó a empujones hasta la Iglesia donde lo tuvo rezando hasta el amanecer del día siguiente.  Nadie debía conocer aquel luminoso  atardecer las intenciones de Sarah. Apreció como los ojos de Levi la seguían en su caminar y volvió a sentir escalofrío en su cuerpo; nadie salvo  su hermana estaba al tanto de sus encuentros fugaces con Saúl. Aquella mañana en la que había acompañado a su padre hasta la ciudad había dejado desatendidas las tareas encomendadas a las niñas Amish cuando terminan el octavo grado de colegio: ayudar en casa, cuidar a los niños y ocuparse de la cocina. Siempre se había revelado contra dicha norma absurda que emparentaba al hijo con el padre y las hijas con la madre. “¿Por qué no podía ella ayudar a su padre en las tareas de agricultura o el ganado?” “¿Acaso debía siempre recluirse dentro de la cocina y olvidarse de que fuera había un mundo por conocer, en el que se podrían vivir miles de experiencias desconocidas?” Ella era testaruda y cabezota y esas cuestiones o reglas de sus antepasados no pensaba aceptarlas sin que escucharan su opinión. El trayecto de apenas unos pasos, los que le separaban del establo en la parte trasera oculta a los ojos de los demás, le pareció toda una eternidad. Sintió su corazón latir con fuerza y las mejillas, poco a poco, tomaron color rojizo en su rostro. Se acicaló el pelo que sobresalía bajo su gorro blanco. Cuando llegó, Saúl no estaba allí. Sintió que le faltaba el aire. No era posible, todos los días, a la misma hora, se habían visto durante un mes y, hoy, cuando más deseaba verlo no apareció. Sollozó en silencio. “Quizás lo mejor fuera acatar la regla principal y conocer a alguien de dentro, aunque ningún joven de su edad le gustaba” pensó. Entonces escuchó una voz tras ella.

-¿Alguien te dijo alguna vez que eres la flor más hermosa de toda la Comunidad?

Sarah se dio la vuelta. Allí estaba él, con sus ojos  negros resplandecientes y su pelo rubio, vestido como un verdadero Amish para no llamar la atención, con tirantes, sombrero y pantalones holgados además de camisa confeccionada a mano: ella misma se la regaló. Los encuentros eran cada vez mayores y aquella vestimenta le hacía pasar desapercibido cuando tenía que cruzar alguno de los caminos necesarios hasta llegar donde Sarah le debía de esperar. Con sus anchos hombros y brazos musculados sujetaba sobre sus manos un ramo de margaritas. Sarah no supo qué contestar. Corrió hacia sus brazos y sintió necesidad de besarle en los labios pero se retuvo.

-Saúl, creí que no vendrías…

Tomó las manos de Sarah. Cuando la miró a los ojos supo cuánto la amaba. Había sido todo tan rápido, tan de repente, que se asombraba del amor tan grande que en él había nacido.

-No podemos estar más así. Debo hablar con tu padre, decirle cuanto te amo. Él me entenderá y te dejará venir conmigo.

Sarah sabía que ello era imposible, que su padre nunca aceptaría a nadie de fuera. Era una norma tan antigua en el tiempo que no conocía en sus años de vida que alguien la hubiera roto. Escuchó historias de jóvenes como ella que habían abandonado la comunidad para irse con otros hombres de fuera, pero cuando las contaban parecían como leyendas imposibles de que se produjeran.

-¿Dónde podríamos ir? No tenemos medios con los que subsistir –quiso justificar el no que daría su padre por respuesta-.

Alzó la mirada y sus ojos se posaron sobre los de él.

-Nos apañaremos. Trabajaré día y noche en la tienda de mi padre. Nos dará cobijo y comida hasta que podamos independizarnos.

Sarah saboreaba la idea de estar unida todo el tiempo junto a Saúl. Si le hubiera conocido antes de la Rumprinsga, nunca hubiera decidido permanecer en la comunidad.

-No conoces a mi padre. Nunca me dejaría marchar. Sería para él toda una deshonra que no podría jamás aceptar.

Rodeó con sus brazos el frágil cuerpo de la chica. El silencio se hizo entre ambos jóvenes que permanecían entrelazados, sin besarse pero con deseos ardientes por hacerlo. Entonces escucharon las palabras que luego resonarían durante sus sueños en los días siguientes:

-¡Tienes cinco segundos, solo cinco segundos, para abandonar la Comunidad!

Sarah se soltó deprisa de Saúl. Miró las cabezas que sobresalía sobre la de él y vio a su padre apuntando con una escopeta hacia la nuca del joven acompañado de Levi a su derecha y de Willian a su izquierda.

-¡Papa! –suplicó.

Era la primera vez que veía a su padre con un arma. Como Anabaptista y miembro destacado de la iglesia no practicaban la violencia. Actuar de aquel modo era motivo más que suficiente para que lo rechazaran los demás miembros, pero todos sabían que él tenía encomendada la vigilancia y protección de la Comunidad y que el arma solo se utilizaría en casos estrictamente necesarios. “¿Era ese un caso estrictamente necesario?”  Pensó Sarah. Sin embargo allí estaba con el arma apuntando de forma directa hacia Saúl. Levi la volvía a mirar con aquellos ojos de cordero degollado y sintió pánico recorriendo todo su ser ante el temor que aquel hombre le infundía. En alguna ocasión su padre la había invitado a elegir algún miembro de la comunidad que le atrajera y le había vuelto a  insinuar una y otra vez que Levi sería un gran marido por sus fuertes convicciones religiosas aunque le duplicara en edad.

-Ve a casa, allí hablaremos –le ordenó con voz ronca y autoritaria. Su rostro serio y las barbas blancas desaliñadas hicieron ver a Sarah otra persona diferente a su padre, al hombre que conocía y que tanto le había enseñado en la vida.

-Papa…

-Ve a casa –alzó el tono de voz.

Se remangó la larga falda y salió corriendo en dirección a donde le había ordenado. En el camino vio a su hermana Angie.

-Intenté avisarte, pero llegó él antes –le dijo sulfurada y resignada por los acontecimientos que acababan de desarrollarse.

La joven sollozaba en su carrera. Saúl observó las largas barbas del padre de Sarah.

-¡Cinco segundos! –Le volvió a decir con tono pausado y firme- No quiero verte pisar más nuestras tierras. Si lo haces no respondo de las consecuencias.

Saúl agachó la cabeza y se abrió camino entre los dos hombres que acompañaban a Lebanón y que con los brazos cruzados, dejaban entrever una pícara sonrisa entre sus labios; entonces  tomó la dirección del camino que conducía a las afueras del  territorio de los Amish. Miró por última vez hacia atrás en el firme deseo de ver nuevamente a Sarah, pero ella ya había desaparecido: “Quizás por siempre”, pensó.

ALEPO. SIRIA

Mustafá pensó en su mujer y se preguntó si sabía o podía intuir que su vida estaba a punto de apagarse. Los sueños de llegar hasta España y vivir en un lugar lejos de las enfermedades  y penurias quedaban ya muy alejados de su pensamiento. Cerró los ojos y esperó el disparo. Siempre había pensado en la línea límite que separa la vida de la muerte y si, en el otro lugar, se podría ver cuánto acontecía al otro lado, el de los vivos, para al menos seguir la vida de quienes más quería. Aquel trabajo del verdugo, limpiar las hierbas malas de entre los francotiradores que no se atrevían a matar,  lo  cumplía a la perfección. Primero fue su compañero de viaje y ahora él.

-Sabía que no podía confiar en ti –retumbaron en su mente sus palabras.

Mustafá se llevó la mano hacia su rostro dolorido. Fuera se escuchaban los disparos que desde otras clases se producían buscando la muerte.

-Algún día tendrás tu merecido –atinó a gruñir Mustafá.

Fueron sus últimas palabras ante el verdugo antes de que éste le pidiera decir su último deseo.

-¿Algún último deseo? Mañana serás uno más en la morgue de la ciudad.

-Que no vuelvas a ver ningún amanecer –espetó con rabia y escupió al suelo, en su dirección.

Risas. Después los disparos. “Pum. Pum”.

Escuchó dos detonaciones cercanas y se creyó muerto pero, para su sorpresa, él no estaba ni herido ni mucho menos al otro lado de la vida. El verdugo se desplomó en el suelo ante él con la boca abierta sorprendido por algo que no había previsto. Él que tanta muerte había provocado, era ahora el festín de ella. Abrió los ojos que había entornado antes de los disparos y miró hacia la puerta, la dirección de dónde habían provenido. Allí, de pie, con una sonrisa infantil,  observó a un mocoso en el marco derruido, de apenas doce primaveras, con el arma en su mano derecha que antes había tenido el verdugo y que en la pelea había salido disparada hacia el exterior. Mustafá tartamudeó. No le salían las palabras que quería decir.

-¿Qui…qui..quién eres tú?

El niño le miró y  sonrió. Bajó el arma, entró en la clase y puso uno de sus pies sobre el cuerpo todavía caliente del  verdugo que yacía en una posición inverosímil con uno de sus pies cerca de su pecho prácticamente doblado.

-Una rata de alcantarilla que estuvo a punto de perecer bajo tu fusil –contestó el pequeño introduciéndose el arma en el envejecido pantalón roído que vestía y sobre el que dejaba caer una camiseta de tirantes manchada, después de pasarse el puño debajo de la nariz para retirar algunos mocos que asomaban a través de sus orificios nasales-. Y ahora, si quieres salvar tu vida, tendrás que convertirte en una rata.

Mustafá aún aturdido por la impresión de saberse muerto y ahora vuelto a la vida en apenas segundos se pensó qué hacer. No tenía otra tesitura que la de huir y seguir al niño. No podía ocultar el cuerpo del verdugo y pronto alguien descubriría lo que había ocurrido. En otras habitaciones otros francotiradores acechaban presas y no podrían intuir  que los dos disparos que habían escuchado habían terminado con la vida de quien les tenía atemorizados en el desarrollo de su sucio trabajo.

-¿Una rata?

El niño sonrió y echó a correr entre los cascotes desperdigados por el suelo de lo que antes fue su lugar de aprendizaje. Se detuvo un instante en el pasillo que llevaba a otras clases.

-¡Vamos, sígueme!

Mustafá tomó el fusil que había empuñado en tantas ocasiones y corrió tras el mocoso, mirando a su alrededor e imaginando que de un momento a otro se despertaría del sueño. Nadie salió  a su encuentro. Cuando se disponía a abandonar la escuela miró en dirección a la tercera planta, el lugar que había ocupado las últimas semanas. Se acordó de su amigo asesinado por el verdugo y se dijo para sí que jamás en la vida volvería a empuñar un arma que no fuera destinada para salvar vidas o la suya propia. Escupió hacia atrás y masculló:

-¡Malditas guerras y malditos asesinos que las pueblas!

JAÉN. MADRUGADA DEL OCHO DE JUNIO DE 1.992

Un grito ahogado enmudeció la madrugada. Una mujer sola, en la oscuridad de la noche, recorre las habitaciones de su casa buscando a la hija que no ha llegado a pesar de las altas horas. El instinto materno, algo que corre por el interior de cada madre y que solo ellas pueden comprender, la hizo levantarse antes de su hora para ir al cuarto de Ana. Su cama estaba vacía. Corrió hacia el salón y miró la fotografía de comunión aún con el cristal sin poner después de su caída. La tarde anterior, cuando ella miraba la televisión, la fotografía de su hija se desprendió de la pared y cayó al suelo haciéndose añicos. Como pudo la situó en el interior del marco y después de recoger los cristales la volvió a colgar en su lugar. “Algo debía de ocurrir, algo ha ocurrido” pensó mordiéndose el labio inferior. Su esposo se levantó de repente, con el sueño entrecortado por ese grito. Observó el recorte oscuro de su figura hasta que encendió la luz y la vio sentada en el sofá, abrazando sobre su pecho la fotografía de su pequeña vestida de comunión y que tomó en su regazo.

-¿Qué ocurre?

La mujer ha roto en llanto y apenas articula palabra. Alza los ojos vidriosos y deja escapar unas lágrimas que descienden por sus mejillas.

-Algo malo le ha ocurrido a la niña –dice entrecortada por una pena que brota desde lo más profundo de su interior.

El hombre queda paralizado. Piensa si ella sabrá algo que él no llega a comprender.

-¿No está en su cama? –pregunta.

La mujer niega con la cabeza. “Ella no falla ninguna noche y, si lo iba a hacer, hubiera avisado” piensa. Corre al teléfono dispuesto en una pequeña mesita situada debajo de donde antes estaba la fotografía de Ana en su día más feliz y marca el número de la casa de Oscar, su novio. A las cinco de la madrugada del día 8 de Junio, comprende que los padres se despertarán sobresaltados. No hay vuelta atrás. Su corazón está acelerado y el cerebro ha dejado de pensar. Tardan en coger el teléfono pero, tras más de diez sonidos al otro lado, alguien descuelga. No le deja hablar.

-¿Está ahí Ana?

Alteración al otro lado. Miedo en el cuerpo de la mujer que ha descolgado el teléfono y que reconoce la voz de quien puede ser el suegro en un futuro de su hijo.

-Espera…

Corre a la habitación, abre la puerta y observa una cama vacía, hecha como la dejó a la mañana. La madre de Ana no suelta la fotografía de su niña de entre sus brazos y se mueve en el sillón hacia adelante y hacia atrás, esperando la respuesta de su esposo que la mira como ausente. Deseando que la respuesta sea positiva. Le ve, le observa. Unos segundos después deja caer el teléfono al suelo. Un largo silencio recorre la estancia.

-Oscar tampoco está en su cama.

Un nuevo grito alienta la noche perversa. La maldita noche en que todo cambió y por el camino dejó hilos de almas desnudas de amor en la vida que ya no era vida. En el infierno en que esta se convierte cuando alguien parte antes que tú rompiendo las reglas de la sagrada naturaleza.

DIEZ

SÁHARA. ATARDECER DEL SEGUNDO DIA EN EL DESIERTO

Lo peor no era el sol, ni tan siquiera la falta de agua o de comida. Lo terrible era el silencio. El silencio gigante que invadía el desierto como si lo devorara. Aquel ser no visible te hacía pensar la mayor parte del día en tu final. “¿Quién se ha imaginado alguna vez su final?” meditaba Nmachi con su hijo y sobrina entre las piernas. “Todos  hemos pensado en nuestra marcha de esta vida en una cama rodeado por los nuestros pero, ¿y si quién dirige en el lugar desconocido por el alma humana decido que no sea así? Eso ha hecho con nosotros”. Y ahora el rasgado silencio del desierto del Sáhara. Solo los gemidos de algún niño después de llorar, los suspiros de los que anhelaron una vida mejor y habían quedado en el camino, el querer y no poder dar a los tuyos aquello que precisan, lo rompían muy de vez en cuando. Porque la mayor parte del día solo el silencio arropaba a los seres abandonados en la desgracia. Aquella desgracia que para los demás es ajena y nunca piensas que te alcanzará. La desgracia de ser un desecho en un mundo cruel. Durante el silencio Nmachi pensaba y meditaba. Cuando salió de él como el que se sumerge desde las aguas se puso de pie y se quedó observando el camión averiado. Seguidamente ando unos pasos hacia él y apreció cómo las piernas se introducían en la arena hasta los tobillos. Era como si pisaras un colchón de plumas y te devorara el pie. La respiración por mor del calor se hacía dificultosa y las gargantas se secaban con mucha facilidad, sobre todo en los menores, donde se cebaba sin piedad la sed.

-Estoy de acuerdo con lo que ha propuesto Nmachi –gritó el viejo Adisa cuyos ojos apagados brillaron por momentos en el grupo como los de un gato en la oscuridad de la noche. Eran muchas las desgracias que podía contar, como la muerte de uno de sus hijos bajo las fauces de un leopardo y por el que no pudo hacer. Como la marcha de su mujer más allá de las montañas de forma inesperada ante el dolor que le supuso la pérdida de su primer vástago. Pero como Nmachi, pensaba como solo la fuerza que unieran entre todos los sacaría de allí. No esperaba nada de los que les condujeron a la muerte.

Nadie habló. Nmachi escudriñó con la mirada a cada uno de los hombres allí presentes que miraban hacia el suelo como si no quisieran participar en aquella empresa imposible que acabaría con sus vidas entre las arenas del desierto.

-¿Voluntarios? –alzó la voz el viejo guerrero de la vida.

Los hombres desviaban la vista hacia otro lugar evitando la mirada sostenida como  hace el alumno que no se ha aprendido la lección en el momento exacto en que el profesor en el centro de la clase busca el nombre al que va a preguntar.

-Yo mismo iría. Pero debo cuidar de mis hijos. Es muy probable que sean los últimos días que las que somos madres podamos pasar con ellos –dijo una chica de apenas veinte años pero que ya tenía dos seres muy pequeños a su lado, aferrados a cada una de sus piernas como si fueran garrapatas en el lomo de un perro.

Ahora el miedo se adueñó de todos. ¿Quién pondría en riesgo su vida caminando entre las fauces del devorador desierto? Donde estaban podrían aguantar unos días y confiar en que la ayuda llegara a pesar de las evidencias y las voces que señalaban que no sería así. Andar en el desierto era como tirarse a una balsa de agua sin saber nadar. Al final solo podría esperarte el Dios que te quita la vida igual que te la dio y del que tanto aprendían desde que eran tan solo unos bebes en su país natal.

-Akin –alzó su mirada Nmachi hasta dirigirla a él, un joven vigoroso y fuerte, valiente como el significado de su nombre.

Asintió con la cabeza sin pensarlo. Se puso de pie en el centro del grupo. No podría decepcionarla. Siempre había estado enamorada de ella y ahora no pensaba pasar por cobarde. Si su marido no se hubiera cruzado en su camino, estaba seguro de que hubieran compartido sus vidas juntos. Desde muy pequeño disfrutó y soñó con aquella Diosa: Nmachi.

-Orji –dio un paso hacia adelante y se puso ante ella-. Tronco majestuoso, acompañarás a Akin e iréis en dirección hacia Arlit. Llevaréis con vosotros una de las tres garrafas de agua y algo de pan. La travesía será dura, muy dura.

-Pero…-intentó protestar. Hacerle ver que su enorme peso era un gran obstáculo para él.

Orji quiso levantar la voz. Estaba obeso y le costaba caminar. Nmachi tapó con los dedos sus labios antes de que pudiera decir una sola palabra. La mirada de aquella mujer imponía respeto. Sus pechos tersos junto a él y el aliento cercano hicieron el resto.

-Acompañaré a Akin –musitó resignado como si se dispusiera a firmar su condena a muerte.

Nmachi ordenó al viejo que les preparara la garrafa y el pan. Se dirigió hacia el camión y de su parte trasera sacó las escasas vituallas que tenía el grupo. Tres garrafas y unas bolsas con los pocos alimentos que habían llevado en el viaje.

-¿Quién irá hacia el este? –preguntó Nmachi  mirando al resto de los hombres cerca de la cabina del camión y a las mujeres que permanecían mudas, sentadas sobre la arena. Nadie levantó la mirada. A Nmachi le hubiera gustado decir en voz alta lo cobardes que eran, pero se retuvo pues conocía que el miedo en ocasiones es más poderoso que la razón y, precisamente, lo que había allí bajo el sol abrasador del Sáhara aunque estuviera atardeciendo y el anaranjado del cielo fuera imponiéndose poco  a poco era miedo, mucho miedo y después de ello: Terror. Terror a una muerte segura por sed, por cansancio, por insolación.

Abeke la niña de apenas doce años y sobrina de Nmachi se levantó.

Nmachi se acercó hasta ella con su hijo cogido por la cintura.

-Abeke tú, tú no…-quiso evitar que se ofreciera a una tarea inmensa, insuperable.

-Tita, lo haré.

Se agachó a su altura y la besó en su oído. Luego le susurró palabras que nadie escuchó. Sabía de la decisión de la niña y de su valentía.

-Cuando tu madre murió pidió que te cuidara. Eres como mi hija. Siento ponerte en esta encrucijada pero ahora comprendo que solo tú eres capaz de llegar hasta Tamanrassett. Todos los días yendo a por agua tan lejos en tu aldea te ha fortalecido pies, piernas y –hizo una breve pausa y acarició su pelo negro y ondulado- cabeza. Lo conseguirás y nos darás vida –miró a su alrededor-. ¡Eres más fuerte que todos ellos juntos!

Volvió a besarla. Vestía la pequeña un vestido blanco inmaculado que le llegaba a la altura de las rodillas y unas sandalias de esparto. Una lágrima recorrió su cara hasta posarse en los pies de la niña.

-Hay algo que el viento nunca susurró. Un día te lo contaré –terminó Nmachi susurrando a su oído.

CARABANCHEL.MADRID

La intención de David, el joven letrado, era presentarse en la Comisaría de Distrito Madrid de Carabanchel para entregar a Almudena. Sabía que si lo hacía antes de que existiera orden de búsqueda y captura contra ella lo podría utilizar luego como atenuante en el juicio que se iniciaría con jurado popular: Atenuante de confesión de los hechos. Cuando dejaron a la hija pequeña de la chica en casa de su madre, David y su primo la condujeron hacia el inicio de su peor pesadilla después del calvario sufrido con el que fue su pareja: enfrentarse con la justicia. La hija pequeña apenas debía de tener cinco añitos y le extrañó a David el constante martinete al que le sometió llorando todo el camino hasta llegar a casa de su madre. “Se calmará” escuchó decir a Almudena. En el trayecto desde la casa de la madre del letrado hasta Carabanchel, camino de farolas cálidas alumbrando la carretera, David miró a través del espejo interior para ver al rostro de la mujer que se asemejaba al de una niña. Era rubia de ojos color castaño y su rostro parecido al de una princesa estaba descompuesto por cicatrices y otras señales que dejan surcos y que provienen del dolor del corazón. Su cuerpo perfecto y sus manos temblorosas hicieron pensar al joven abogado la preciosidad de chica  que debió ser antes de entrar en el túnel de la droga. Aquel túnel negro del que se sale en una caja de pino o con mucha fortaleza mental. No lloraba; parecía como si lo que había hecho fuera la única solución al problema. En ocasiones, como aquella, matar era la única solución. ¿Qué jurado le comprendería? Se presentaba un oscuro horizonte en la vida personal de la joven.

-¿Cuidarás de ella? –preguntó al joven cuando se dio cuenta de que la miraba. No obtuvo respuesta inmediata. Su primo le miraba con cara de bobo como pensando qué iba a hacer con una niña tan pequeña a su cargo. Él solo era abogado e implicarse demasiado en los problemas de los demás, algo que como principio ya había aprendido a lo largo de sus años de ejercicio, suponía abocarle a un fracaso absoluto en la defensa de sus intereses, porque lo mejor para un abogado era ver las cosas siempre de frente, de forma objetiva, no con el corazón o la lástima que pudiera crear en él un cliente o una cliente como la que ahora viajaba en el asiento trasero de su Audi A4. ” Los abogados deben ser fríos y calculadores. En los clientes solo han de ver el importe de los billetes de quinientos euros que queden reflejados en su cara” escuchó cómo en sus inicios le indicaba el padre de su primo, socio honorario del bufete al que ahora él pertenecía. Sin embargo David sabía que Almudena era pobre, muy pobre, dependiente de forma absoluta del hombre sin vida que había dejado en su apartamento. Y ello suponía una sola conclusión: no podría defenderla. “Si no tiene dinero no podré desarrollar una buena defensa. Ser pobre en España y enfrentarte a la justicia es tanto como ponerse en la vía del tren cuando éste viene de frente y esperar que en el último momento gire” pensó. Te arrollaría seguro como en este caso, el de Almudena, y significaría una condena por unanimidad del jurado. Con dinero contrataría a psiquiatras que acreditaran el trastorno mental transitorio de la chica cuando hizo lo que hizo. No era ella. No podría pedir dinero adelantado a su tío para su defensa porque no se lo daría y menos aún para defender a una drogadicta que había matado a su camello. Sin embargo en ella había algo más de lo que reflejaba el espejo interior del vehículo: era bella, muy bella. Una princesa destrozada por su camello. Quizás su primo pudiera adelantarle algo de dinero para contratar a profesionales que defendieran en juicio que todo lo hizo en un momento determinado, de enajenación mental, por las múltiples palizas que recibía de su diablo humano. El jurado se ablandaría y una victoria en orden a su absolución podrías significar un espaldarazo a su carrera como abogado, como le dijo su mentor, aquel con el que empezó de pasante en una calurosa ciudad de Andalucía cuando tuvo que defender a aquel viejo acusado de asesinato de una pareja de novios en una zona de olivar allá por el año mil novecientos noventa y dos. Todavía resonaban en su mente las palabras del hombre alcoholizado que se sentaba frente a él en la mesa del despacho y que la senda del derecho y los problemas le habían conducido a otro callejón sin salida: El del alcohol. “Yo no puedo defenderlo. Lo harás tú y su absolución te conducirá a muchas puertas profesionales abiertas”. Volvió al tema de Almudena que le preocupaba tanto como aquel crimen impune que estaba a punto de prescribir por el lapso del tiempo.  Si su primo le adelantaba el dinero, le prometería que jamás le dejaría tirado y que siempre estaría a su lado aún siendo como era un perfecto inepto. Siempre caminarían juntos en este difícil mundo de la abogacía. Utilizarían a la prensa para lanzar el mensaje que España debía conocer: mujer maltratada mata en defensa propia a su pareja, que también era su camello y el hombre que la condujo por los abismos de la perdición.

-No me has contestado –dijo con voz dulce. David vio en sus ojos las gotitas húmedas de unas lágrimas y esas palabras le trajeron al mundo real.

La carretera se abría ante él como la montaña imposible de coronar para un montañero. No quería llegar a su destino y le hubiera gustado ayudarla de otra forma.

-Almudena, quiero que me cuentes todo desde el principio.

La chica humedeció sus labios con la lengua y luego se limpió las lágrimas. Silencio.

-Todo –musitó.

-Todo.

Gómez miraba a su primo y luego lo hacía hacia atrás.

Ella pensaba contarle todo a David. Entonces comenzó su cuento de princesa rota.

“Conocí a Roberto cuando tenía solo catorce años. Él sobrepasaba ya la veintena y me vi atrapada por la sensación de protección y poder que desprendía cuando a la salida del instituto lo veía montado en su motocicleta de gran cilindrada pasando cannabis a otros chicos del centro. Una sola mirada suya bastó para que me sintiera atraída por él. La primera vez que fumé un porro animada por este chico lo hice un día en que falté al instituto. Monté en su motocicleta y me llevó al zoo de la casa de campo. Allí disfruté de la sensación de libertad que solo daba el aire, el sol, los árboles y esa sustancia que al entrar en mi cuerpo me transportaba en los brazos de Roberto más allá de esta vida. Creía que fumando solo un poco nada me pasaría. Además él me insistía en que nada malo me iba a ocurrir. Fue la primera vez y aquello me gustó mucho. Pasé junto a él la adolescencia y los mejores años de mi vida. Tenía dinero  y me daba cuantos caprichos quería. Nunca pregunté de dónde provenía porque era fácil comprenderlo. Al cabo de un año de relación necesitaba todos los días ver a Roberto y meter en mi cuerpo dos o tres porros diarios. Hasta en casa a escondidas lo hacía. Mis padres no sabían nada; pensaban que iba a mis clases con total normalidad y cuando llegaban las cartas del instituto dando cuenta de las faltas a clase que había tenido, el propio Roberto se encargaba de cogerlas del buzón de casa y destruirlas. Después del cannabis un día vi un polvo blanco en casa de Roberto extendido sobre una mesa. No sabía qué era pero él me invitó. Viajaremos al mar me dijo y se agachó hasta esnifar toda lo que a mí me parecía harina dispuesta sobre la mesa. Puso otra raya y me enseñó cómo hacerlo. Tenía solo dieciséis años cuando dejé que mi nariz permitiera el paso de una vida normal a entrar en el camino equivocado. La sensación que sentí fue dispar. Estaba eufórica pero puedo asegurar que no vi por ningún sitio el mar. Sin embargo ya no me podía resistir a ver una raya de coca o una papelina sin dejar que entrara en mí. Por aquella época y con solo dieciséis años, después de muchas discusiones con mis padres que me avisaban de que no le gustaba aquel chico para mí, por mis notas y por las horas que llegaba a casa, dejé mis estudios y abandoné mi familia para irme a vivir con Roberto. Todo era felicidad hasta que un día me dijo que teníamos que salir a buscar dinero para comprar el polvo blanco…”

-¿Y cómo lo conseguisteis? –David la miró mientras escuchaba con atención lo que le contaba.

“…Tenía solo diecisiete años y un cuerpo bello, inmaculado. Me llevó a una casa que no conocía. Nos abrió un hombre mayor, de edad cercana a los setenta. Creí que él nos daría el dinero para comprar la droga o que sería un amigo de Roberto que se la facilitaba. Fui una ingenua…”

Silencio en el vehículo.

“…Fue la primera vez que tuve que usar mi cuerpo para obtener dinero. Tuve que chupársela a ese hombre mayor ante Roberto que miraba con total indiferencia. Me sentí asquerosa durante los días siguientes y pensé en volver con mis padres. Cuando se lo expuse a él recibí por respuesta un fuerte golpe en mi rostro que me tiró hacia atrás. Fue la primera vez que me puso la mano encima. Después se convertiría en algo totalmente normal. Me acostumbré a que me pegara y después de hacerlo me daba la dosis que mi cuerpo necesitaba. Visitamos varias veces a ese hombre que después de utilizar mi cuerpo le pagaba a Roberto en dinero que yo nunca vi. Luego se fue ampliando el grupo de clientes, todos ellos mayores, a los que me veía obligada a satisfacer a cambio de dinero. Si le decía a Roberto que no pensaba ir me golpeaba una y otra vez. En una ocasión perdí el conocimiento y él creyó que había muerto. Cuando lo recuperé estaba rodeada de cuatro hombres mayores que me tocaban desnuda sobre una mesa. Uno de ellos me introdujo un objeto romo por el ano hasta hacerme sangrar…había entrado ya en un túnel sin salida”

JAÉN. MADRUGADA DEL OCHO DE JUNIO DE 1.992

Tres sombras se deslizan en la noche de fiesta en Jaén por las faldas del castillo de Santa Catalina. Caminan sudorosos, con las camisas desabrochadas, buscando un lugar seguro y oteando en todas direcciones con el fin de no ser vistos por nadie. Está amaneciendo y pronto, muy pronto, alguien dará la voz de alarma de que dos jóvenes novios no han llegado a casa a dormir. Solo el castillo de Santa Catalina que domina la ciudad parece ser testigo del hecho que van a acometer y, también, del que ya han acometido tras la cortina oscura de la noche anterior.

-Aquí parece seguro –dice una voz ronca, pero en tono apenas inaudible al joven que le acompaña mientras el otro le deja hacer. Jadea por el esfuerzo que le supone seguir el ritmo a los otros dos en su subida por las laderas que ascienden al Castillo.

-No, subamos algo más –obtiene por respuesta.

Siguen en su ascenso. Observan unas rocas y ambos se miran.

-Aquí –dice uno de ellos.

Parece un sitio inaccesible para nadie y es un buen lugar para ocultar el arma homicida.

Y los tres comienzan a excavar con una pala tomada para la ocasión. Instantes después, el agujero es lo suficientemente hondo. Se desnudan enteramente y toda la ropa que lleva puesta la entierran. Junto a ella lanzan una escopeta de cañones recortados. Tras vestirse con la ropa nueva que han tomado en las prisas de la larga madrugada, tapan el agujero con sumo cuidado, intentando que no levante sospechas en aquel lugar árido, fuera del tránsito normal de personas. Ningún animal debe excavar el mismo. Por eso mueven unas rocas cercanas con fuerza sobre la tierra removida hasta colocarla sobre ella. Los tres se miran.

-Esto no lo encuentra nadie.

Las sombras asesinas vuelven tras sus pasos camino de la ciudad del Santo Reino. Solo ellos saben el lugar exacto donde han ocultado las primeras huellas del crimen que, de ser descubiertas, les podrían delatar. Un riesgo que hay que correr pero que, por donde lo han hecho, se hace prácticamente imposible que así suceda. Todo ha terminado. Han satisfecho sus ansias sexuales y no han tenido más remedio que despachar hacia el lugar al que nadie quiere ir a esos dos jóvenes. Tuvieron la mala suerte de toparse en su camino y fueron ellos como podrían haber sido otros…

Veinte años más tarde un ya experto abogado sigue conmovido con la defensa que del viejo acusado por el crimen tuvo que llevar. En las largas noches que pasa en vela no puede olvidar la imagen de Oscar tendido en el vehículo sobre el asiento del ocupante del conductor ni a Ana, destrozada por un tiro que entró en sus recuerdos y salió de ella con su vida.

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