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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

CINCO

Jaén. Un año después del doble crimen

Cuando la luz de la vida de un hijo se apaga, lo hace también la luz de una madre y de un padre que le vieron crecer, que lo tuvieron entre sus brazos y que le amaron sin descanso. Los primeros días recibes el calor de la gente que poco a poco se disipará como la neblina en el mar. Recibes consejos que provienen de todas partes pero es imposible escuchar. No hay luz que ilumine el dolor interior del alma. Ana meditaba todo ello junto a la fotografía de su hija, la novia de Jaén. Su psiquiatra le había dicho que debía escribir sobre ella, dirigirse a ella, pensar donde podría estar  y lo que estaba haciendo. Pero cuando lo intentó desfalleció y creyó morir. No le salían letras, solo llanto. Pasados unos meses desde la tragedia consiguió articular algunas frases sin sentido donde siempre la herida interior acababa por salir afuera. Un año después, cuando la investigación no avanzaba y todo se estancaba en el olvido, consiguió plasmar por escrito donde estaría su niña, qué hacía y a dónde iría… y redactó un diario para que sus nietos, si algún día los tenía de su otro hijo, pudieran saber su verdad…El diario tenía sus páginas en blanco y decidió que cada uno de los días en que viajara por este mundo sin su hija Ana, antes de partir donde ella se hallaba, hablaría por escrito con ella a través de él…Y escribió…

“…El cielo también llora. Lo pude comprobar cuando traspase la cortina transparente que separa la vida de la muerte. En el cielo hay rabia, dolor, impotencia, ganas de gritar y, sobre todo, de llorar. Con el tiempo, como sucede también en la vida, las yagas de la desesperación van amainando y te sumerges en un mar en calma que aplaca tu tempestad. A diario observas el transcurrir en el otro lado, a los seres a los que amaste, el desarrollo de su día a día. Acá, en lo alto, en este lugar que no es azul por mucho que desde abajo cuando mires hacia él así lo parezca, el día a día se puede convertir en una auténtica pesadilla. Por eso, y con el fin de apaciguar nuestras almas separadas del cuerpo físico y que viven como si aún en él habitaran, nos reunimos en circulo en las esponjas blancas sobre las que nos sentamos, las nubes, y hablamos para dejar salir aquello que nos estorba, que nos corroe, que nos duele y que aún, al otro lado, nos intimida: La muerte de la que sin querer aceptarlo, hemos sido ya partícipes. Mi primera reunión, aquella en la que por primera vez vi rostros jóvenes como el mío sentados todos haciendo círculo alrededor de la Abbat (directora de nuestras almas en el cielo durante el trayecto que debe transcurrir entre el momento en que traspasamos al otro lado con odio e ira hasta que nuestros corazones se sumen en calma). Aún la recuerdo con nitidez, como el momento exacto en que mi corazón dejó de latir cuando la bala de aquel desalmado destruyó mis sueños atravesando mi cerebro, y es entonces cuando hablamos:

-Me llamo Iria y fui asesinada por mi propio padre –surge la primera voz dulce de una niña que no debe alcanzar los catorce años, de pelo corto y rostro blanquecino  mirando a la Abbat.- Se había divorciado de mi madre y no consintió verla feliz con otro hombre. –Sus ojos azules penetran en mis ojos llorosos-. Y… -se detiene unos instantes-, la forma de que ella no pudiera alcanzar la felicidad que no tuvo con él era…-nuestros corazones laten deprisa. Sabemos lo que nos va a decir pero todos deseamos que sea ella la que exprese su dolor. Así son las normas. Deja salir de tu interior tu mal para que los demás lo escuchemos.

-La alejó de ti –murmuro en silencio.

-Alejándola de mí –dice en voz alta, repitiéndose en mi cerebro esa frase como se repiten de forma constante el sonido en la cabeza de un pescador  las olas rompiendo en las rocas de la costa.

El silencio se hace entre todas las que componemos el cubet (circulo que formamos unidas de las manos para transmitirnos una a otra sentimientos), no menos de diez en cada acto sobre las nubes blancas que transitan sobre el cielo. La  Abbat levanta la cabeza y mira a la siguiente. Ahora toca el turno de una chica de edad parecida a la mía. Siento su mano apretar con fuerza la palma de mi mano, mis dedos. Mi sangre deja de circular.

-Me llamo Nuria y un conductor borracho invadió el carril en el que viajaba con mis padres –pausa, alza la vista y veo sus ojos vidriosos-: Solo fallecí yo. Pero…

Un nudo atenaza mi garganta, mi turno no tardará en llegar y empiezo a conocer en sus presentaciones a cada una de las jóvenes que me acompañan en mi primer acto ante la Abbat en el cubet repleto de dolor. Porque aunque hemos traspasado la línea que no se ve cuando se tiene vida, allí, lejos de lo que nos contaron al otro lado, en la Iglesia, en las eternas y aburridas clases de religión, en los actos reflejos que todos nos empeñamos en acometer, el bautizo, la comunión, mi primera comunión,  el matrimonio, el miedo que pretende instalarnos aquellos que gobiernan en silencio las paredes de los cimientos en los que  debió de basarse la palabra del creador, créanme, en el cielo hay dolor. No aceptamos la muerte y, menos aún, si ha sido de forma trágica. No aceptamos el por qué nos ha tocado a nosotros. No aceptamos ser separados de quienes más queremos. No aceptamos, no. Es injusto. Es…injusto.

-Mis padres vivieron una muerte en vida sin su hija. No volvieron a ser los mismos y la pérdida de…-se le hace un nudo en su garganta-, su única hija, los convirtió en zombis durante el resto de sus días hasta que….-su mano me aprieta con fuerza.

-Perdieron el juicio –murmuro.

-Perdieron el juicio de su razón y se volvieron locos –termina.

Sabía que ello era lo que iba a decir porque eso fue lo que les pasó a los míos.

-Mi nombre es Cereza…

La Abbat la mira y sonríe. Esa niña no debe alcanzar los seis años de edad.

-Cereza, ¿qué nombre es ese? –pregunta con un tono muy dulce, casi imperceptible para nosotras. Me doy cuenta que en el círculo solo estamos sentadas mujeres, pocas alcanzamos la mayoría de edad.

La niña de ojos melocotón la mira y, el vidrio de sus lacrimales hace brotar hasta deslizarse por cada uno de sus pómulos sonrojados, del mismo color que la fruta que define el color de sus ojos, una gotita.

-En realidad mi nombre es Teresa, pero como siempre tenía el rostro rojizo y anaranjado, mi madre me llamaba cereza –añade estas últimas palabras con pena. Pena que no la refleja en su habla pero que a través de la unión de mi mano con su mano a mi derecha en el cubet puedo percibirla.

Abbat asiente con la cabeza. La nube nos desliza por el cielo a velocidades de vértigo, pudiendo ver si te asomas la tierra a miles de kilómetros. “Allá abajo habrá vida, gente sonriendo, sufriendo, preocupados por cuestiones banales” pienso. “Acá arriba hay vida sin cuerpo, corazones abatidos, tristes, rabiosos”.

-Continua, Cereza –dice la voz melosa de la Abbat cuyo rostro no es perceptible para ninguna de nosotros, solo sus gestos, una sonrisa, una mueca seria, y cuyo timbre de voz  amable al hablar hace que te sientas tranquila, en paz. “En paz”. Ya todo pasó. Nuestro tránsito al otro lado de forma violenta. La muerte que entró en nuestros cuerpos a manos de personas semejantes a nosotros. Quizás con hijos y esposas, seguro, sin remordimientos.

-Fui asesinada por un pederasta en el pueblo donde vivía –dice Cereza bajando el rostro hacia abajo como si sintiera vergüenza de lo que acaba de decir.

Mi corazón da un vuelco. Miro a esa niña y pienso en ella, en su madre, en la mía, en su sufrimiento, en ese dolor inútil solo capaz de ser ocasionado por el ser humano. Abbat gira su cabeza y se pone en dirección hacia mí. Tiemblo. ¿Por qué tiemblo? Es la misma sensación que cuando fui apuntada en mi cabeza por aquel ser asqueroso que había mancillado mi cuerpo segundos antes. Intento controlar mis sensaciones ante mi turno. Las niñas aprietan sus manos y en segundos, en solo segundos veo sus muertes, la forma en que abandonaron la vida que ahora disfruta quien esto lee. Tengo que ser valiente. No hay otra alternativa que la de hablar en el cubet y dejar salir algo que no había contado a nadie desde que traspasé al otro lado. Ese que ningún humano puede ver. Miro hacia abajo y pienso en si seré capaz de asimilar lo que me ha pasado. En la vida que dejé atrás. Mi primer paso debe ser hablar y contar. Luego habrá tiempo para pensar en mi verdadera realidad: ¡Estoy muerta! Ya no hay vuelta atrás. ¡Me han asesinado! Voy a contarlo todo.

-Mi nombre es Ana y fui asesinada junto a mi novio Oscar en una preciosa ciudad del Sur, Jaén, una noche en la que solo pretendíamos amarnos. Unos días antes de que la ciudad celebrara el día grande de su patrona, la Virgen de la Capilla –enmudezco-.

Mi mano siente el calor que transmite Cereza. La Abbat guarda silencio unos instantes y entonces me dice:

-¿Deseas seguir? ¿Quieres contarnos tu historia? Te hará bien, Ana, te hará bien.

Trago saliva y tomo fuerzas. A lo lejos, sobre las nubes, veo otro círculo de hombres unidos de la mano y que solo en unos segundos pasa a la velocidad de la luz junto al nuestro. Reconozco uno de los rostros que me mira profundamente.

-¡Óscar! –musito de forma automática.

Él está en otro cubet, dejando salir su dolor junto a chicos que como él, como yo, han abandonado el mundo de los vivos de forma precipitada, violenta, sin aviso.

-Te hará bien –susurra una voz desde el interior de la Abbat.

-Quiero contarlo todo.

Las niñas de mi cubet alzan la  vista y posan sus ojos sobre mí…”

Jaén. 7 de Junio del 1.992. 23 horas

-¡Hijo de puta no te muevas! –son las últimas palabras que va a escuchar.

Instintivamente salta con los pantalones medio bajados desde la parte posterior donde está con Ana hasta la posición del conductor para intentar arrancar el vehículo y salir huyendo del lugar.

Un primer disparo resuena en la noche y levanta de sus ramas aún sin el fruto de la aceituna a los cientos de gorriones que duermen en ellas. Luego, la desesperación. El cristal de la parte trasera sobre el que ha hecho el tiro para intimidar salta en mil pedazos y trozos de perdigones se incrustan en el hombro del joven. “Tienen claras intenciones de matar” es su último pensamiento. Pero a Oscar no le da tiempo para volver a pensar. Otro disparo, esta vez a la altura de la cabeza, cuando el coche vomitó los primeros estertores de la puesta en marcha hacia una posible escapada, termina con su vida antes de que pueda poder meter la marcha atrás del vehículo para salir desde debajo de la oliva donde se encontraba aparcado. Los gritos de Ana pidiendo ayuda son acallados con una mano ruda y fuerte sobre su boca que la atrapa en la parte de atrás…

Ana consigue zafarse y empieza a correr en la oscuridad de la noche por entre el mar de olivas. Grita y grita por si alguien puede escucharla pero el temblor de sus piernas la hace caer una y otra vez. Mira hacia atrás, puede escuchar la respiración agitada de sus perseguidores. Alguien se le echa encima y la hace rodar por entre la tierra. Ya es tarde. Demasiado tarde. Ha visto morir a Oscar o quizás aún esté con vida y puedan salvarlo, piensa en su desesperación. No puede hacer nada contra esos tres hombres que la llevan a rastras hasta  vehículo aparcado cerca del suyo. Pasa nuevamente junto al de su novio e intenta mirar para ver si Oscar reacciona. Minutos después sus lágrimas han invadido sus ojos y no le dejan ver más allá del último intento por salvar su vida. Si se somete a los caprichos de esos hombres quizás la dejen marchar. Quizás.

“Hijo…putas” fue lo último que dijo el borracho, Benito Collado, antes de caer dormido profundamente. Ahora, y parece que solo han pasado unos segundos, le despiertan unos gritos. Abre los ojos y entre figuras borrosas parece distinguir a una chica o eso cree él. Grita y grita y él no sabe qué hacer. La oye suplicar.

-¡Por favor no, por favor no!

Ve sus ropas, cómo va vestida, parece joven. “Lo van a pasar bien. Pobre chica”  piensa. Se acuerda de que esa noche juega su Madrid contra el Tenerife y enciende la radio. Las ondas llegan hasta sus oídos con un ruido de fondo que no le permite distinguir bien qué está diciendo el locutor que retransmite el partido. Pero está más pendiente de lo que acontece en la habitación de al lado.

-No por favor… –parece escuchar al otro lado- no, nooooo…

Se tapa los oídos con sus manos.

-¡Cabronazos! –atina a decir juntando fuertemente sus mandíbulas para apretar los dientes con fuerza.

A lo lejos, en la ciudad dormida, algunos petardos de fiesta suenan en la noche más amarga. Más suplicas, lloros, gemidos de asco.

“Pum. Pum”.

SEIS

Elche

“El silencio de la noche puede ser en ocasiones más aterrador que el golpe que sabes vas a recibir. El silencio trae ruidos hasta tu mente que no se producen y te hace pensar en daños mayores que cuando algo lo ves venir”. En ello pensaba Clara cuando se dirigió a la habitación de su hijo.

-Jesús, Jesús –zarandeó el cuerpo inmóvil que se retorcía bajo las sábanas en la seguridad que le propiciaba su cama. Esa tranquilidad que estaba a punto de terminar.

El niño aún atolondrado por el sueño vio el ojo morado de su madre cuando abrió los suyos. Desconcertado porque le despertara tan pronto le preguntó:

-¿Qué te ha pasado? –bostezó posando su mirada sobre el color negruzco que presentaba.

Los poster de sus superhéroes invadían las paredes. Le quitó el pijama y le puso con avidez un pantalón y un jersey. No dobló el pijama para introducirlo en el bolso que yacía con la boca abierta sobre sus pies. Era necesario darse prisa.

-Me di con la puerta del armario –le sonrió, porque en la adversidad era más fuerte que nadie y, aunque había sido despojada del más mínimo amor propio hacia ella misma por su pareja, nada la iba a detener.

-Con la puerta…-nuevo bostezo. Supermán parecía mirarle con el puño lanzado hacia adelante y su capa roja sobrevolando un cielo negro en busca de malvados. En su caso, él conocía quién era el malvado: Aquél que hacía daño a su madre.

Sabía que su hijo no se creía ya la misma canción del golpe con el armario, de la caída en la cocina, del pómulo que sobresalía más de lo normal. Carla, sin embargo, conocía que la peor de las heridas no era la que se veía por fuera; eran las que viajaban en el interior de ella misma, las que le impedían soltar una sóla lágrima más.

-¿Dónde vamos?

-Lejos.

-Lejos. ¿Y papá, vendrá?

Le miró a los ojos y besó su mejilla.

-¿Quieres que venga?

Pareció pensar. Ahora fue él quien la besó en el pómulo dañado y como si de un adulto se tratase le dijo:

-¡No… no si te hace daño!

Le tomó en sus brazos, cogió el bolso sin pararse a cerrar la cremallera y  salió apresurada del cuarto del niño para dirigirse hasta la salida de lo que se había convertido en una cueva donde un tirano imponía las reglas. Cerró tras de sí la puerta de la vivienda y respiró hondo. El traspasar la línea que separaba el interior del exterior le había provocado un sinfín de pensamientos y sufrimientos hasta decidirse a dar el paso, aquel definitivo paso. Ese era el primer día de su nueva vida, de su nuevo nacimiento a la existencia. Ningún hombre le pondría jamás  una mano encima si no fuera para amarla y se prometió en su interior que ayudaría a todas aquellas personas que, como ella, eran objeto de maltrato.

-Mama, mama –le apretó la mano el pequeño a Carla que estaba llorando mientras bajaban por las escaleras de forma atropellada-. ¡No quiero que llores!

Las calles se encontraban vacías y el frió calaba sus cuerpos después de haber dejado atrás un verano caluroso de cuyas huellas ya apenas quedaba nada. “¿Dónde iría?” se preguntó. Se detuvo y miró a su pequeño. Las luces de las farolas lucían débilmente y sus sombras se proyectaban en el firmamento como gigantes dantescos que pretende atrapar a las presas olvidadas por sus semejantes, maltratadas por quién un día dijo que las amaba. Se agachó para ponerse a la altura del niño. Le miró fijamente a los ojos y le dijo:

-Esta será la última vez que me veas llorar, te lo prometo. ¡No más lágrimas!

Madre e hijo se perdieron en busca de la oscuridad de la noche con la incertidumbre de lo que sería de ellos en los siguientes días en que la vida les brindara la oportunidad de volver a  sentir y, ¿por qué no?: ¡Volver a amar! Todavía tuvo fuerzas para mirar en dirección a la ventana del cuarto donde noche tras noche había llorado en silencio tragándose las lágrimas de la injusticia y musitó de forma apenas perceptible:

-¡Nunca más, ni a mí, ni a nadie!

 

Vallecas. Madrid. 

El barrio de Vallecas, en Madrid, es una pequeña ciudad incrustada en una gran urbe. Tiene un corazón grande que late a sudamericano, colombiano, hondureño, Nigeriano, a comunidades extranjeras compuestas por numerosos miembros: gentes humildes llegadas desde otros puntos del planeta al paraíso español. Allí se ubicaba el mayor número de inmigrantes colombianos y habitaba junto a su mujer Gloria e hijos, en un tercero sin ascensor de escaleras oscuras en forma de caracol y entrada fría y húmeda: Kevin “el manitas”. Al llegar a  casa volvió a toparse con la dura realidad. En la entrada, sobre el mueble envejecido se  encontraba la citación judicial que anunciaba el desahucio en treinta días. Su mujer, Gloria, lloraba sobre el sofá mirando hacia un televisor que hacía tiempo no funcionaba por el corte de luz tras el continuo impago. Los  niños, cuatro, se desperdigaban por sus habitaciones. Sus edades les hacían pensar en otros asuntos fuera de los problemas de los padres. Uno en especial preocupaba a Kevin: Jhonatan, su pequeño con parálisis cerebral. ¿Qué iban a hacer con él sin un techo? Los servicios sociales ya les habían avisado: Sin casa emitirían un informe a la Comunidad de Madrid de desamparo del menor. Entonces se lo llevarían a otro lugar donde fuera tratado como se debía a un niño con su grave problema. Pero Kevin sabía que su hijo no sobreviviría un mes sin los abrazos de su madre y hermanos y los silbidos llenos de guiños de amor que le hacía llegar hasta sus oídos cuando llegaba a casa. El niño se pasaba la mayor parte del día tumbado en la cama, esperando los silbidos de su padre  para emitir muecas alegres con un rostro compungido. Sus manitas arrugadas sobre su barriga se estremecían cuando le escuchaba. A sus once años veía la luz cuando su padre Kevin o su madre Gloria le bajaban sobre sus espaldas los tres pisos que separaban su casa de la calle y le daban un pequeño paseo donde era el centro de atención de mayores y niños que le proferían carantoñas. Él emitía su agradecimiento con sonidos guturales inentendibles para la mayoría; no así para sus padres que conocían en cada momento lo que realmente quería. Hacía más de un mes que no salía de su habitación. Su madre había caído nuevamente en los alargados tentáculos de la depresión y su padre en los de la bebida. Kevin se trastabilló al entrar al piso; una vez más había bebido hasta perder el control sobre su cuerpo. El poco dinero que conseguía con chapuzas lo destinaba a borrar de un plumazo sus verdaderos problemas: cinco años sin un contrato de trabajo fijo y los dos últimos  sin poder pagar la hipoteca. Bastante hacían con conseguir comer día a día. A sus cincuenta años nadie iba a reparar en él, alguien que antaño fuera un manitas en la reparación a domicilio de todo tipo de necesidades eléctricas, de fontanería, de pintura. Ahora su vida era un castillo de naipes al que le quintan la base. Demanda de ejecución hipotecaria, adjudicación de la casa por el banco y lanzamiento en treinta días. Todo en menos de dos años, el tiempo justo que llevaba bebiendo a diario con cuentas desorbitadas en el bar de la esquina donde ya ni le servían. Pero ello no suponía un verdadero problema, siempre había algún atajo para volver a engañar a cualquier otro en algún establecimiento no muy lejano a su casa. Era fácil; bebes, bebes y bebes y, a la hora de pagar había que ser más rápido que el camarero y convertirse en invisible. Cuando se daba la vuelta para atender a algún que otro cliente ya no estaba. No se podía volver al lugar pero qué importaba, había muchos bares en la zona. “¿Qué iba a hacer pues ante tanto desplome en su existencia?”: Beber. Ese era su único entretenimiento. Así se olvidaba de todo. Miró a su mujer.

-¿Queee prograaamma estás viendoooo? –Señaló al televisor apagado -¡Se ha quedado la imagen fija y oscuraaaa!

No esperaba respuesta. No le hablaba desde hacía algunos meses y todas las mañanas le culpaba de su desastrosa situación, como si él tuviera la culpa de la falta de trabajo y oportunidades en las personas que superaban el medio siglo de edad. Como si él se hubiera llevado el dinero de las arcas públicas destinadas a formación y empleo a parados de larga duración. Abrió la nevera y se sintió como la persona que se asoma al abismo de un precipicio: Nada. No había nada. Es difícil saber que tus hijos tienen hambre y que han de esperar al próximo turno del día siguiente para recibir comida de asociaciones de beneficencia. Tampoco  había agua caliente. Los trucos para enganchar la luz a algún que otro vecino habían terminado con denuncia de la suministradora y nueva apertura de proceso judicial penal  además de la retirada del contador. Poco se podía hacer. Cuando anochecía todos a dormir. No había otra alternativa. Entonces se tumbaba frente al televisor apagado y bebía nuevamente, recordando los años que pasó cuando la vida le sonreía en su ciudad, Medellín, cuando sus hijos comenzaron a dar los primeros pasos siempre con el estómago lleno.

-¿Y Mariaaa? ¿Y Jhonatan?

Preguntó por su niña pequeña de siete años. Aquella que aún le daba algo de sentido a su vida. Si no fuera por ella, ya habría terminado debajo de algún camión en la M30. Los mayores, gemelos, contaban con quince cada uno, algo perdidos en la vida, acusados de robos pequeños, siempre de comida. La niña de sus ojos aún andaba bajo las faldas de su madre. Tampoco hubo respuesta. Miró las paredes de su casa sin pintar como aparecen las casas derruidas y abandonadas en un descampado y le pareció que estaba en un lugar ajeno, extraño, lejano. Ya no solo era su desesperación por no encontrar nada donde trabajar, también su mujer le había hecho el arco del olvido y sus hijos hacía tiempo que también consideraban que su padre era el único que les había abocado a aquella desesperada situación.

-Debeee ser buena la telenovelaaaa, te hace llorar –le hablo y pareció verla borrosa. No era la mujer a la que conoció. Había ganado mucho peso y, ante todo, tenía una imagen muy descuidada, con el pelo enmarañado y sucio pero, ante todo,  también era una auténtica desconocida. Había desaparecido de ella la fuerza que antaño le hizo enamorarse como un loco enfurecido. Aquella a la que nadie podía ahora se  pasaba el resto del día llorando ante un televisor apagado, sin ganas de levantarse de aquel sillón que encontró en un vertedero.

La dejó allí sentada y fue en busca de Jhonatan primero. Allí estaba junto al marco de la puerta apoyado mirando como pasaba la vida su pobre criatura tumbada en su cama. Le silbó y le vio estremecerse de alegría, gruñendo, gritando sonidos que Kevin interpretaba como de alegría.

-Nadie te echaaaaarraa de aquí –le señaló con el dedo.

Se acercó hasta él, le tomó una de sus manos y silbó a su oído aquella canción que tanto escuchaba  de los Héroes del silencio. Porque aquel niño era un héroe en silencio. Mientras le silbaba le dedicaba pequeñas estrofas con su voz quebrada por la bebida y se emocionaba:

“Siempre en la oscuridad
la voz no tiene sentido
el silencio lo es todo
héroe en su propio olvido
en sus ojos apagados
hay un eterno castigo,
el héroe de leyenda
pertenece al sueño
de un destino”.

Volvió a silbar y su niño se estremecía. Enjugó sus lágrimas con la mano.

“Encerrado en el tiempo
ha perdido el valor
para escapar de su celda
el héroe sin ilusión
en sus ojos apagados
hay un eterno castigo,
el héroe de leyenda
pertenece al sueño
de un destino”.

Los gritos del pequeño llegaban hasta los oídos de Gloria en la otra habitación que también, como Kevin, gemía de dolor.

“En sus ojos apagados
hay un eterno castigo,
el héroe de leyenda
pertenece al sueño
de un destino”

Besó su frente y salió de la habitación silbando. No, no podía perder su casa; eso significaría el principio del fin de Jhonatan, su pequeño, y de su propia familia. “¿Qué hace un padre desesperado?” Se preguntó. “Cualquier cosa” respondió mientras se acercaba a la habitación contigua a la de Jhonatan donde estaba su princesa. La encontró en su cama, leyendo un cuento. Se sentó junto a ella en el borde, la miró, acarició su cabeza y la beso. Esta vez no dijo a su padre que olía a alcohol. Parecía que ella era la única que comprendía a Kevin el grande, el hondureño que dejó su tierra para triunfar en España y  que trajo a su familia para que dejaran de pasar fatigas: Kevin, “el manitas”. No había otro camino. Pensó en si lo que iba a hacer era lo mejor.

-¿Leees Cenicientaaa?

La niña volvió el rostro del cuento y miró el sonrojado de su padre.

-¿Volviste a beber? –preguntó como si de una adulta se tratara.

Negó con el dedo índice. Se agachó levemente y volvió a besar su cabeza que había vuelto al mundo de los cuentos. Entonces pensó si lo que había hecho, si la decisión que había tomado era lo único que le quedaba por hacer. Había aceptado la venta de un riñón de su hija por dieciocho mil euros que les permitieran subsistir unos años más o, al menos, poder volver a Colombia, dinero que les daría para el pasaje de toda la familia. Con lo obtenido por la venta, en todo caso y si la decisión no era volver a su país, cuando los lanzaran de la casa en la que su mujer aún tenía esperanza de que los dejaran, no tendrían adónde ir y antes de esos treinta días malditos contaría con dinero suficiente para pagar un alquiler. Su mujer e hijos no tenían por qué saber lo que le iba a pasar a su pequeña. Mañana comunicaría con el cura que le había puesto en contacto con aquellos hombres de Nigeria. Ellos lo organizarían todo y si la cosa marchaba bien, en unos días la niña estaría en casa. Con un riñón podría vivir bien y sin problemas el resto de su vida. “Nada es ilegal si no se llega a saber” le dijeron. “Operamos, cobras y te marchas con tu hija” recordó sus palabras. Acarició la espalda de la niña y deposito su mano a la altura del riñón derecho, ese que en poco tiempo, si todo marchaba como esperaba, no volvería a estar en el lugar que ahora acariciaba. Una lágrima recorrió sus mejillas.

-Siempre que bebes te da por llorar –añadió su pequeña.

Se  enjugó las lágrimas. La vida era así y ahora no podía venirse abajo. Existen circunstancias que te abocan a lo peor y él estaba incurso en ellas. Aquellos dieciocho mil euros eran su salvación, una burla aunque fuera momentánea a su idea de suicidio. Luego, a su vuelta con la niña, contaría a su mujer Gloria que no había tenido otra opción; que su hija se pondría bien en unos días y que con esa cantidad podrían optar a vivir bajo un techo y a comer todos los días. Ella lo comprendería. “¿Qué madre no comprende la venta de un riñón de su hija para salvar al resto de la familia?” pensó. Se levantó.

-Al finaallll se casa con el príncipe –dijo a su pequeña señalando el cuento.

La niña no le hizo el menor caso. Salió de la habitación golpeándose con el marco de la puerta y pensó si realmente no había sido él quién había abocado a su familia a tan desastrosa situación. Sentía necesidad de seguir bebiendo y hurgó en uno de sus pantalones para ver si la calderilla le daba para un nuevo cartón de vino peleón. No obstante volvió a mirar a su pequeña antes de marcharse y su mirada se posó sobre la cintura, a la altura del margen derecho; el lugar donde ahora sí, estaba convencido, se encontraba el boleto para solucionar sus problemas. Al salir de casa pensó en buscar al mendigo que dormía en el banco situado debajo de un cedro de atlas en el retiro madrileño y con el que pasaba la mayor parte del día. Seguramente, ese cedro,  había consolado a miles de personas que habían tomado asiento debajo de él. Él mendigo desconocido también bebía y se acompañaban mutuamente. Era un hombre extraño, sí, pero al menos le comprendía. Había decidido encontrarle y pasar el resto del día bebiendo. Qué mejor idea para dar una patada a sus problemas. Al cerrar la puerta de su casa tras su espalda sintió como la idea de la venta del riñón había sido la mejor decisión que podría haber tomado en su vida. No había macha atrás. No. Luego vería al cura y le pediría que acelerara todo lo posible la venta. Su situación era desesperada, muy desesperada y su hija estaba preparada para la operación. Pero poco pensaba Kevin que en la vida, cuando las cosas van mal, aún pueden ir peor.