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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

SIETE

ALEPO. SIRIA. ESCUELA DE LA CIUDAD

Mustafá tenía la mente pensando en el chico al que no había disparado oculto bajo el alfeice de la ventana con su cuerpo arrodillado sobre los cristales esparcidos a su alrededor cuando apareció detrás de él quien se encontraba al mando del grupo de francotiradores en las ventanas del colegio: El verdugo.

-Ni un solo blanco en un mes –le gritó desde el descolgado marco de la puerta de entrada a la clase a la que había sido asignado para pasaportar a la otra vida a seres humanos.

El Verdugo desprendía miedo en cualquier persona que se fijase en él. Siempre iba en camiseta interior de tirantes con una fusta en su labio inferior y su pistola aferrada a su mano derecha con barba recortada y larga terminada en perilla. Sus  ojos negros eran los de la maldad en estado puro y su pelo rizado lo tenía rapado a la altura de cada una de sus sienes. “Demasiado joven para tantas muertes a su espalda” pensó Mustafá cuando le vio entrar. Mustafá se levantó muy despacio desde su posición y se apartó a un lado de la ventana intentando no ser visto por quienes se aventuraban en la calle y se puso frente a él con el muro a su espalda. Él sin embargo era un hombre algo más recio pero menos musculoso en las extremidades que el verdugo, de brazos largos y piernas fornidas trabajadas en el día a día en Arlit arando las tierras que luego debían de producir los alimentos básicos en su subsistencia, tierras que  rodeaban la choza que habitaba  en su poblado junto a su mujer Nmachi, su hijo Elin y su sobrina Abeke. Su rostro contaba con facciones tiernas, como si pareciesen las de un adolescente y solo algunos pelos sueltos se atrevían a Salir bajo su  bigote negro como el tizón o sobre la barba. El humo del cigarro golpeo en su rostro cuando se  acercó el verdugo y adrede lo dejó salir con fuerza desde su boca en aquella dirección. Silencio. A él, el mayor asesino de Alepo, nadie podía llevarle la contraria si no querías terminar con una bala en el entrecejo, quemado vivo entre los barrotes de una carroza o colgado de algunas de las farolas que en las calles aún se negaban a abandonar la ciudad herida. Aspiró la colilla profundamente y volvió a provocar a su interlocutor lanzándole otra vez el humo que jugueteó cerca de su boca. “Ciertamente no había hecho blanco en todo un mes” pensó. Las dianas eran personas humanas que ninguna culpa tenían en aquel conflicto bélico, y los opositores al régimen se andaban con cuidado de no ponerse a tiro de aquellas alimañas en las que se habían convertido. Porque eso era lo que eran, verdaderas alimañas sin corazón ni conciencia. Sus víctimas siempre habían sido combatientes. Se negaba en rotundo sin manifestarlo nunca a disparar contra inocentes.

-Y el niño, a tiro, y matas al perrito. ¿Crees que no lo vi? ¿Qué puedes engañarme? –alzó el tono de su voz mientras apretaba los puños y zarandeaba su arma sostenida en su mano derecha.

Aquella voz ronca y enérgica producía pánico en Mustafá. Miro la habitación en la que se hallaba a solas con él y temió por su vida. Sabía que aquel mercenario apodado el verdugo no tenía compasión alguna y disfrutaba con matar siempre de una forma diferente, contra más cruel  mejor. Por eso lo habían puesto al mando de todos los francotiradores de la escuela después de un largo reguero de muertos como tarjeta de visita para el régimen. Su oronda barriga denotaba que precisamente no pasaba penalidad alguna, que los alimentos y las bebidas estaban a su alcance con la facilidad con la que morían bajo sus balas niños inocentes.

-Fallé –dijo sin convicción Mustafá e hizo un leve movimiento de cabeza para mirar hacia el exterior.

El jefe levantó su fusil y le apuntó directamente a la sien con una sola mano. Se asomó a la ventana y vio hurgando entre la chatarra, colchones y escombros de la calle que se abría ante ellos a dos niñas.

-Vamos –le ordenó sin dejar de apuntarle.

Supo enseguida lo que quería. Le estaba ordenando disparar contra las niñas. Aquel hombre en camiseta de tirantes manchada de rojo y pañuelo cubriendo su frente le iba a disparar  como ya lo hizo con  Abayomi, el otro joven nigeriano que viajó con él hasta aquél país que apestaba a muerte. No tuvo compasión cuando Abayomi erró en el disparo adrede. El verdugo se había ganado a pulso el sobrenombre por las muertes que había ocasionado desde la azotea de la cárcel como francotirador o desde lugares cercanos al minarete de la gran Mezquita de Alepo. Tomó su fusil con mira telescópica obedeciéndole  y apuntó a las menores, no tenía otra opción. El blanco era perfecto. Si quería salvar su vida sólo tenía que apretar el gatillo, sería solo un segundo pero toda una vida para llevar sobre sí la muerte de aquellas dos desafortunadas. ¿Pero qué podía hacer sino cumplir aquella macabra orden? Sus deseos estaban centrados en volver a ver algún día a su mujer e hijo y era necesario sobrevivir aún a costa de matar a los demás, seres que se encontraban en el lugar equivocado y en el momento menos oportuno y que nunca hubieran imaginado que sus vidas pendían de un hilo invisible: la conciencia del francotirador.

-Vamos –le gritó con respiración agitada.

Mustafá apuntaba a las menores en cuclillas. Su rifle semiautomático E2S XM15 había sido arrebatado a miembros del estado islámico en una operación del ejército ruso y sirio y entregado a ellos. Lo puso sobresaliendo levemente del alfeice de la ventana, siendo imposible  verlo por quien se aventuraba a cruzar la calle de noche. “¿Qué demonios harían allí aquellas dos menores?” El dedo índice estaba a punto de apretar el gatillo. Uno, dos, tres, contó hasta diez interiormente. “¿Lo iba a hacer?” martirizaba su interior con esa pregunta. Expulsó el aire contenido en sus pulmones

-¿A qué esperas?

Ante sus ojos estaba Nmachi junto a su pequeño abrazándolo como si fueran esas dos pequeñas. Entonces  lo hizo.

“Pum. Pum”.

Un polvo blanco saltó cerca de las dos menores que huyeron despavoridas tras unos segundos de desconcierto. No pensaba matar a nadie no, ahora era su fin salvo que hiciera algo por salvar su vida. Sin que el verdugo  pudiera reaccionar, Mustafá se levantó rápidamente y se lanzó sobre él  agarrándole por la cintura. El impulso de su empujón hizo que  rodaran ambos por entre los cristales de lo que antaño era lugar de enseñanza y ahora se había convertido en un ataúd. La  pistola del verdugo con la que antes había apuntado a la sien de Mustafá salió disparada hacia el pasillo exterior que llevaba a cada una de las clases en la caída de los dos al suelo. El verdugo se zafó de Mustafá y le golpeó con fuerza en la mandíbula con el puño derecho cuando consiguió levantarse y separarse de él. Aquel golpe le dejó aturdido, sin capacidad de reacción, lo suficiente para que su oponente por la vida se fuera hacia el rifle semiautomático E2S que momentos antes había utilizado Mustafá errando en su tiro sobre las niñas hasta agarrarlo.

-¡Cobarde! –le gritó.

Mustafá solo atinó a ponerse en pie algo mareado y ver cómo ahora le apuntaba hacia su pecho el verdugo. En unos segundos sería hombre muerto. Uno más. Se acordó una vez más de Nmachi y de su hijo y  pensó que quizás ellos sí  alcanzarían el sueño de un país en paz. Él no viviría para verlo. “Fin del camino”, pensó. Pronto estaría acompañando a Abayomi en el mundo de los recuerdos.

-Me llama cobarde un asesino de niños –masculló con rabia, mirándolo con fijeza.

El verdugo rompió en risas.

-Sabía que nunca debí confiar en ti. No me gustaste cuando te encomendaron a mi grupo. Tampoco ese que venía contigo y que tuvimos que quemarlo vivo. Tú tendrás más suerte ¿Algún último deseo?

Mustafá escupió la sangre que brotaba de su labio inferior hacia el suelo.

-Sí.

El verdugo esperó.

-Que no vuelvas a ver ningún  amanecer –le espetó deseándolo en lo más hondo de su corazón.

Risas. Acto seguido el disparo de un arma resonó en el aula…

PARQUE DEL RETIRO. MADRID

El paso de una vida normal a convertirse en un estorbo para la sociedad viene determinado por los golpes del destino. Esos que sin preverlo aparecen de repente, como si alguien desde un lugar invisible que no ves alzara el mazo para golpearte en el entrecejo y entonces, te convierte en un despojo humano ante la imposibilidad de afrontarlos. Te aconsejan que has de ser fuerte, que debes luchar contra las adversidades pero, en ocasiones, solo el alcohol te permite ver el mundo de color diferente. En ello  pensaba el inspector Martínez sentado en el banco del parque del retiro, cerca del Parterre francés, junto al ciprés calvo, ese árbol que se decía en la ciudad tenía más de cuatrocientos años y que, como  él, debía de haber observado en el transcurrir de su vida cientos y cientos de vidas destrozadas que hubieran recibido  golpes  duros sin esperarlo, reverses de la vida que aparecen en el momento menos pensado. A sus sesenta y cinco años y después de haber sido condecorado por el gobierno de la comunidad de Madrid en múltiples ocasiones por su ardua labor en busca de la justicia a cargo del departamento de la policía judicial, después de ver muertos de todas las clases, mayores, menores, mujeres, hombres y en otros muchos casos de imposible clasificación por el estado descompuesto del finado, después de ser el espejo ante el que se miraban los nuevos policías que entraban en el cuerpo bajo sus órdenes, no superó que su mujer le dejara un año antes de su jubilación para marcharse con otro hombre: su mejor amigo y, además, su compañero. Y qué decir de los hijos. Esos dos por los que dio horas y horas  de su vida en el trabajo para que tuvieran estudios y forjaran un camino recto y que ahora le debían de servir de muletas en la herida abierta en su existencia; sin embargo el olvido de ellos hacia su persona apoyando a su madre en la decisión que tomó fue algo que no estaba dispuesto a superar. “Todos los hijos son unos hijos de puta” masculló en voz baja. Tomó el cartón de vino y volvió a empinarlo. Unas gotas cayeron por la barba blanca y sucia de varios meses sin cortar. Se levantó trastabillándose al comenzar a andar y mantuvo de nuevo su conversación con él mismo. Hablar con él obnubilaba aún más su mente, pero era el único compañero del viaje hacia la destrucción personal que le acompañaba. Su Yo dolido. En ocasiones también lo hacía un pobre diablo llamado Kevin al que el alcohol, como a él, le hacía olvidar sentirse  vivos.

-No, no es justo –se dirigió a un chico que corría en su dirección haciendo footing alzando el dedo índice-. Te pegas la vida luchando por los demásssss –arrastró la s con el cartón de vino en la mano- y te pagan metiéndotela por el culoooooo- Sabes, soy el ángel caído –dijo refiriéndose a la estatua que se puede ver y que representa al Diablo en aquel parque madrileño.

El joven no le hizo el menor caso. Nadie le hacía caso. Anduvo entre los árboles mirando sus copas. Mejor policía en el año 90; inspector jefe de la policía judicial con mayores méritos y, ahora, alcohólico que vivía en su casa, la calle, dormía arropado con mantas, los cartones, y jugaba al juego de no permanecer de otra forma que no fuera ebrio las veinticuatro horas del día. Su mujer, a la que amaba, le abandonaba cuando pensaba vivir junto  a ella una jubilación dorada fuera de los asesinatos, violaciones, robos con fuerza y con violencia, tráfico de seres humanos y de órganos que a diario inundaban su despacho. Pero aún había algo peor: La expulsión del cuerpo después de aquel juicio contra las mafias de órganos donde los abogados de los finalmente absueltos demostraron ante el Tribunal que no era un policía normal sino un borracho sin credibilidad.

-¡Mierda! –gritó al pisar una cagada de perro cuya dueña paseaba con él. La miró desafiante. Ella aceleró su paso. Tomó el cartón y apuró la última gota. Ya no quedaba más- Mierdaaa es en lo que se ha convertido esta sociedaddddd –se giró y el mundo pareció dar vueltas sobre él. Buscó en su bolsillo y extrajo una placa, la que decía que era policía judicial. La acarició y la lanzó con fuerza en dirección hacia el horizonte.

-Ya no te necesito –masculló.

Aún le quedaban unos euros. Empezaba a espabilarse y era lo que menos quería en el mundo. Permanecer borracho te hace ver las cosas de otra manera: No piensas. Solo cuando despiertas y el cerebro aporrea nuevamente tus pensamientos, te queda apenas una hora para volver al estado que deseas para volar de la realidad. Cuando la sangre está acostumbrada al alcohol, no precisas darle gran cantidad en la siguiente ingestión: Basta con medio litro. Y a ello se disponía, a huir del mundo de los recuerdos y de esa realidad  que te hace pasar de una persona normal, reconocida, con prestigio, a un ser al que todo el mundo rehúye, que teme. Debajo de aquella cabellera poblada de pelo blanco y oculta por un viejo sombrero, tras aquel abrigo que arrastraba por el suelo, detrás de la barba descuidada y coloreada de vino tinto, se encontraba quién había sido el mejor en su profesión. Ahora solo una idea andaba por su mente: comprar un nuevo cartón de vino, buscar unos cartones nuevos para arroparse durante la noche y soñar con el día en que alguien le encontrara muerto helado en uno de los bancos del parque, quizás dentro del bosque del recuerdo o junto al árbol de las pelucas, cerca de la fuente del Ángel Caído. Porque eso era él, un ángel caído. Y allí en aquel valle de ensueño compuesto por más de quince mil árboles y que suponía el pulmón de la vieja ciudad quería aparecer algún día para unos ojos sorprendidos: ¡Muerto! Nadie hablaría de él; porque en esta vida de las personas buenas nadie habla. Alguna vez su hijo o su mujer dejarían escapar un suspiro de recuerdo por quien fue y en lo que se convirtió. Dejaba pasar su vida de un lugar a otro de aquel parque, observando a los enamorados en barca en el estanque del retiro, paseando cerca del palacio de cristal, dejando en definitiva que su alma se convirtiera en olvido, recorriendo los jardines de Cecilio Rodríguez, la Rosaleda y el Jardín de Vivaces. Cuando no deseas vivir lo mejor es morir y, si no puedes hacerlo, matarte poco a poco con el compañero inseparable del alcohol.

JAÉN

Sólo habían pasado unos meses desde la partida de la hija y Ana madre la ataba a sus recuerdos. Tomó su diario y miró a su marido. Se había convertido en un zombi, ya nada le interesaba, solo ir a diario a la comisaría de policía de Jaén y al Juzgado para ver cómo avanzaba la investigación que se había estancado y que empezaba a oler mal, muy mal. La prensa se hacía eco unas veces de la aparición de objetos personales de  la niña que no habían localizado en la primera inspección. Otras veces hablaban de la aparición de unos zapatos de tacón que debían de corresponderse con un testigo presencial de los hechos y que podría arrojar mucha luz sobre los mismos. La policía hacía sus indagaciones en las zapaterías de la ciudad. Su esposo cerró la puerta sin mirarla. Ya no había nada, les habían arrebatado una vida, la de su hija. También la de ellos. Tomó su lápiz, el lápiz que de niña había utilizado Ana en su escuela y volvió a escribir en su diario…

“…Cuando de pequeña apagaban la luz creía que alguna mano de  monstruos peludos de boca inmensa y ojos tenebrosos que paseaban por mi imaginación, me iban a atrapar saliendo de repente desde debajo de la cama aferrándose con sus garras a mi mano adormecida y arrastrándome con ellos hasta otros mundos hasta ahora desconocidos por el ser humano. Aquellos a los que identifican con la muerte y que en la edad de la adolescencia tanto hablamos e intentamos averiguar sobre ellos en noches interminables de historias de terror, narradas por seres que como yo, solo pensaban en crecer despreocupados por el mundo que nos rodea. Entonces mi corazón estallaría por el producto de sus latidos y mi garganta explotaría por los gritos que alertarían a mi madre en otra habitación de la casa y que pronto acudiría en mi ayuda. 

Ella así lo hacía siempre…

Hasta el día en que no pudo hacerlo…

 Cuando mis sueños viajaban al mundo de los monstruos, de los ogros, de los malos, del más allá, me despertaba aterrorizada y sudorosa y, en ese preciso instante, me abrazaba fuerte a la muñeca que dormía junto a mí y a la que faltaba un ojo, la que me daba protección y velaba por mi descanso; entonces intentaba dormir con la vista perdida en el techo y mis brazos metidos bajo las mantas para dificultar la acción del ser que dormía bajo mi lecho. 

La noche en que todo aconteció, ni mi muñeca, ni mi madre, ni tampoco un ángel salvador estuvieron cerca de mí…

Sin embargo, la imaginación que desarrollamos desde pequeños se queda corta cuando empezamos a crecer y, por las cosas que suceden a nuestro alrededor, empezamos a comprender que los verdaderos monstruos se hayan ahí afuera, paseando por nuestras calles, saludándonos con ironía, esperando a que sus víctimas muestren un halo de debilidad para entonces atraparlas como un lobo puede hacerlo con su presa. Los monstruos aparecieron de repente aquella noche…

 Aquella noche de luna llena, mis gritos no pudieron llegar hasta mi madre que unos días atrás tuvo un negro presentimiento cuando se desplomó sin que nadie la tocara, mi fotografía de comunión de la pared del salón, haciéndose añicos contra el suelo.

 Acá, donde nos hallamos, no hay sufrimiento, ni tan siquiera dolor en la forma en que se concibe al otro lado. El sufrimiento y el dolor quedaron en compañía de los que vivieron para sufrir nuestra pérdida. Hoy, me decido a contarlo todo desde el corazón…”

Jaén. Camino de las cuevas. 7 de Junio de 1.992. 23 horas.

“Pum. Pum”

Benito Collado, el mendigo, se levanta sobresaltado. Eso no han sido petardos. Se sienta y respira de forma acelerada, muy alterado. Se ha dado cuenta que suda por todos lados. Las ratas han corrido despavoridas ante el sonido hueco que él mismo ha escuchado. “No, no es posible” se dice. Ante él, la figura del hombre mayor le mira. Se agacha a su altura y le toma de la camisa con ira y rabia.

-Tienes dos horas para desaparecer de Jaén si no quieres correr la misma suerte, Benito. Tú no has visto nada, ni estabas aquí la noche del 7 de Junio.

El joven le apunta con la escopeta hacia la cabeza. Otro hombre le mira con sonrisa en el rostro.

-Me, me vo…y –tartamudea.

-Desaparece para siempre.

Se levanta y tropieza en varias ocasiones cayendo al suelo entre las latas oxidadas, los cartones de comida barata y las mierdas escondidas entre los guijarros del cortijo de la Casimira. Corre y corre por los olivos del camino que días atrás le vieron llegar. Es un testigo incómodo, pero poco fiable. “El alcohol me juega malas pasadas” “No, no es posible” se repite mentalmente. “Benito Collado Jamás volverá a pisar esta tierra” se dice mientras se da cuenta de que corre entre los trompicones de sus propios pies y los ojos nublados. Entonces se da cuenta de que está llorando. Atrás quedan tres sombras en el cortijo.

-Es solo un borracho. Mañana no recordará nada.

OCHO

MADRID. CARABANCHEL

Azgba llegó a España con el “boom” inmobiliario después de cruzar el mar Mediterráneo procedente de Níger. Pagó todo lo ahorrado en su vida a las mafias para poder cumplir el sueño de viajar hacia el que un día fue reino Musulmán. En sus inicios trabajó como obrero de la construcción y aprendió, al poco de llegar, que España era un magnífico país para hacer negocios al margen de la Ley y que trabajando por un mísero sueldo como el que recibía, difícilmente saldría de la situación extrema de pobreza con la que había llegado. Así, veía cómo se construía sin parar a precios irrisorios, pagando sueldos mezquinos a los trabajadores, sobre todo a gente como él, ilegales,  y se vendía sin garantía alguna por cantidades astronómicas las viviendas construidas por promotores y constructores sin escrúpulos. El gobierno miraba hacia otro lado, la economía emergía y era difícil encontrar bolsas de paro. Los ingresos por licencias urbanísticas incluso en lugares calificados como de protección especial o rústica salían de los Ayuntamientos como las golosinas en una tienda cercana a un colegio. Observaba llegar hasta las instalaciones que su jefe tenía en una de las obras que venía realizando en la costa del sol, junto al mar, a cientos y cientos de compradores potenciales que soltaban una señal en metálico importante y que se marchaban con un precontrato de compraventa supuestamente avalado por el banco que estaba detrás de la promoción, pero que en realidad era solo una cláusula que nadie entendía ni se preocupaba de comprobar su autenticidad dejando las cantidades abonadas en manos de alguien al que no se conocía y confiando siempre en que todo quedaba atado y que, en todo caso, ese precontrato de compraventa se podría hacer valer ante un Tribunal civil español. A él, siempre le pagaban la mitad de lo que cobraban los trabajadores españoles, pero no era tiempo para protestar pues en la puerta de la constructora siempre había otros dispuestos a hacerlo por las cantidades por él recibidas, siempre en B o, incluso por menos. No tardó en relacionarse con otros ilegales como él venidos de países africanos o del Este llegados por la llamada del estado del bienestar que ofrecía trabajo para todos. Pero Azgba, ese joven moreno de cejas casi blanquecinas, albinas,  ojos negros, cuerpo atlético y rostro agraciado, no estaba dispuesto a pasar toda su vida llevando ladrillos de un lado a otro para beneficio de unos pocos. Durante días observó cómo la oficina de la constructora permanecía cerrada durante una hora, el tiempo necesario en que el administrativo salía a tomar café, dejando allí el dinero que se cobraba a clientes como señal por la compra realizada de apartamentos o pisos en construcción. Era el momento de cobrarse el porcentaje no pagado por sus servicios durante aquel primer y largo año desde su llegada a España. Con ese dinero, fácil de cobrar, bastó con reventar el cajón que lo acogía bajo llave, decidió que si en España todo el mundo vivía ajeno a la legislación, con avaricia y sin remordimiento alguno de conciencia frente a los que se engañaba, él no iba a ser menos. Tras su pequeño golpe viajó hasta la ciudad del reino. Allí trabajó durante un tiempo como matón al servicio de Corleone, nombre ficticio que recibía un italiano que se dedicaba a la vigilancia en zonas de ocio y al control del tráfico de drogas en esos establecimientos en Madrid, capital a la que por consejo de un compatriota se desplazó cuando le dijo que aquello era parecido a la selva. Se podía hacer y deshacer sin que nadie pusiera coto a las acciones al margen de la ley, todo parecía permitido. Para entonces, aquel extranjero sabía tanto del negocio de la noche como su propio jefe Corleone. Y fue precisamente en una de sus noches de alcohol y droga donde conoció a Don Mateo, persona de la que se ganó pronto su confianza, como quería que le llamasen aquel hombre, un Senador al que le gustaba la buena vida, las mejores mujeres y las rayas de cocaína expuestas ante él sobre una mesa de cristal como dulces en una pastelería. Don Mateo miraba siempre por encima de sus gafas cuando hablaba y vestía trajes caros de diferentes marcas siempre extranjeras que ocultaban su voluminosa figura a ojos de los demás. Su edad sobrepasaba los sesenta y su posición, ante todo, así como las grandes cantidades de dinero que portaba y que gastaba sin pudor alguno, hizo que en Azgba naciera la creencia de estar ante el verdadero poder que empezaba a gobernar España: El corrupto. Esos hombres lo podían  todo y no le importaba beber y drogarse con él noche tras noche para terminar luego con mujeres de alto standing en hoteles de lujo. Un día ante luces de neón sentados en unos lujosos sillones en un lugar nocturno de venta del cuerpo femenino, le dijo que ambos podían hacer negocios con los que ganar importantes cantidades de dinero. Azgba abrió bien los ojos y aguzó el oído. Solo se precisaba un médico de la máxima confianza y confidentes en zonas pobres. Estos últimos podían ser desde voluntarios en comedores sociales, párrocos en parroquias pequeñas cercanas a lo más bajo de la sociedad o, incluso, inmigrantes desesperados. El trabajo era simple y él sería su lugarteniente y así le explicó: El confidente anuncia la existencia de una familia acuciada con problemas económicos y desesperada a la organización que presidía Don Mateo. A esa familia se le hace una oferta a través del confidente, siempre de una cantidad económica importante que le saque del tormento inmediato al que su situación le ha conducido. Si acepta, deberá esperar el momento en que se le avisará para llevar “el producto” a un lugar determinado, nunca el mismo. Allí se droga al portador del producto y luego se devuelve a su familia con el dinero acordado, todo ello en menos de setenta y dos horas, eso sí, sin el producto. El confidente recibe su parte, la familia la suya, y tú y yo nos repartimos el resto al cincuenta por ciento. Su trabajo consistiría en buscar al médico, el lugar donde extraer el producto y devolver al portador del producto a su familia y, cómo no, pagar al confidente al que luego habría que aplicar la regla número cuatro de la que ya le hablaría. Él se encargaría de buscar clientes potenciales que compraran a precios desorbitados, entre setenta y cien mil euros “el producto”. Azgba intentó comprender lo que Don Mateo quería que hiciera pero, aquellos términos hacían que aún no viera con claridad el camino que le estaba marcando. Fue entonces cuando le aclaró: “El producto, Azgba, son órganos humanos”. Recibió aquellas palabras con aturdimiento pero, si un Senador de la categoría de Don Mateo lo veía tan fácil, a él le bastaba con formar la red: Médico-Confidente y, en última instancia, contar con un grupo de hombres que velaran porque todo saliera bien. Ambos con una sola mirada se entendían. Don Mateo quiso que supiera las reglas: “Solo hay cinco reglas más que tendrás que hacer cumplir. La primera es que el portador del producto nunca puede ser un español y, la segunda, el portador ha de ser un niño o una niña””Es difícil encontrar en España trasplantes a menores y, sus padres, gente poderosa en general repartida por diferentes puntos del mundo y con mucho dinero, pagarían lo que fuera por volver a verles sonreír. ¿Qué me dices, Azgba?” Fueron sus últimas palabras. No lo pensó para aceptar sin bien quería añadir una condición a su parte del cincuenta por ciento prometido y que debería hacer Don Mateo moviendo sus hilos con gente influyentes como él. Debía ayudarle a conseguir permisos de residencia a compatriotas suyos que viajarían desde su país, Niger. Si lo hacía, le dejaría participar de parte del negocio que él, por su cuenta, también había montado: La introducción de ilegales en España a cambio de una ingente cantidad de dinero. Don Mateo vio en esa segunda vía de negocio una nueva fuente de ingresos y no fue problema pues en extranjería, conocía a mucha gente que le debía algún favor. En la época que corría  todos los que estaban en la base de la pirámide de la corrupción se debían favores. “Esto es un círculo, Azgba. Si todos estamos metidos dentro de él nos llenamos hasta arriba de mierda y es imposible decir no a algo que está al margen de la Ley” Azgba entendió perfectamente.

En los siguientes días a su reunión con Don Mateo había contactado con el médico que les ayudaría sin problema y bajo una fuerte parte del pastel: Ewansiba. Trataba a ilegales a los que no llegaba la sanidad española y lo hacía con mucho éxito. También tuvo su primer confidente en un párroco del extrarradio de la capital del reino. “Hay otras tres reglas, Azgba, que deberás cumplir y que te diré en su momento”. Y así comenzó Azgba a hacerse fuerte en la capital. Se rodeó de hombres sin escrúpulos y cuando el confidente le anunciaba que había una víctima propicia, se ponía en marcha lo pactado. Esperaba a que Don Mateo hiciera la llamada donde la palabra “órgano” quedaba prohibida de pronunciar por si alguna vez se le ocurría a la justicia de España pinchar su teléfono por alguna otra razón irregular de las muchas en las que andaba incurso. Igualmente quedaba prohibido hablar del lugar donde se llevaría al productor y, de los pagos a los intermediarios. “Azgba, preciso mercancía” Y se cortaba la comunicación. “Azgba, llévalo frío. Te indico el lugar cuando te vea” y Azgba sabía que ya existía un potencial comprador. Entonces se llamaba a los padres del productor a través del confidente, se llevaban a un lugar determinado, se narcotizaba al pequeño o pequeña, Eswansiba hacía su trabajo y se devolvía a sus padres con el pago del precio acordado, entre quince y veinte mil euros. Los progenitores siempre extranjeros, primera de las reglas de la organización, nunca veían al médico ni a nadie de la boyante empresa. Cuando llegaban hasta el sitio acordado lo hacían siempre acompañados del confidente y se marchaban de allí también con él. Todo transcurría en menos de setenta y dos horas, tiempo que permanecían con el niño o niña en la casa tras la operación. Luego Azgba llevaría en una nevera de forma urgente el órgano al lugar indicado por Don Mateo. Allí cambiaría la nevera por otra repleta de dinero en billetes de quinientos euros. Azgba veía llegarle el dinero de una forma tan fácil que amplió su negocio a los inmigrantes que venidos de otros países no pagaban su deuda con la organización que les había trasladado a España y conseguido permiso de residencia vendiendo su cuerpo en locales nocturnos que controlaban o, en el caso de los hombres, haciendo trabajos para su red criminal. Si no lo hacían  se secuestraba al hijo o hija que había venido con ellos, se le extraía el riñón y se satisfacía las necesidades de los clientes de Don Mateo. Finalmente se devolvía al niño a su madre con el pago de la deuda cancelada. Todo marchaba a la perfección hasta que los clientes de Don Mateo comenzaron a aparecer como setas en otoño en el bosque y el confidente no proporcionaba la nueva familia necesitada. Entonces hubo que extraer los dos órganos a los  menores arrancados de los brazos de sus madres morosas con la organización y devueltos a la misma en un saco de patatas vacío, arrojados en alguna carretera o descampado de la gran urbe en la que vivían. Eso servía cómo aviso para las demás que no pagaban y que estaban recluidas en alguna casa de citas. Verían la noticia en el periódico o en la televisión y todas sabrían a qué atenerse. A Don Mateo no había que explicarle nada al respecto. Si alguna vez se quejaba por lo que habían hecho con los pequeños le recordarían la tercera regla que él mismo creó: “Si la demanda es grande y el precio sube hasta los ciento cincuenta o doscientos mil euros, no importa que sean dos, en vez de uno, los órganos que se extraigan al productor que se encuentre fuera del alcance  de  sus padres, inmigrantes que no pagaron su viaje, pues no podríamos hacerlo con el que nos facilite el confidente. Eso sí, Azgba, siempre niños extranjeros” “A la sociedad española no le importa la muerte de un niño extranjero” Fue así cómo la organización de Azgba se había visto obligada a asesinar a los dos últimos pequeños custodiados siempre por una negra enorme de la confianza del médico que habían contratado para la extracción y que ya conocía antes de venir a España. La última llamada de Don Mateo se produjo el día veintisiete de septiembre de madrugada. Tenía dos nuevos clientes que pagarían hasta doscientos mil euros, conversación que mantuvo con él en clave. “Entre Madrid y Valencia, unos doscientos. Dos horas puedes tardar” Azgba comprendió: Doscientos mil por cada uno de los riñones pagarían los dos clientes. Llamó a Eswansiba para que se apresurara en la operación y lanzara fuera de la casa a aquella chica gorda de Niger, Adanya, se llamaba. Esa noche, de madrugada, se adelantarían los acontecimientos ante una sorprendida mujer con la llegada imprevista del médico y sus ayudantes. No le  dejarían tiempo para despedirse del menor y le quedaría como  único consuelo pensar que se habría comido las chocolatinas que había dejado en el bolsillo de su pantalón. “Las otras reglas, Azgba, irás aprendiéndolas, como aprenderás de tu propio médico como se realizan los informes de compatibilidad del riñón del productor y del que ha ser nuestro cliente” “En unos años, Azgba, tendrás tanto dinero que podrás comprar tu país si lo quisieras para ti solo”. “Deberás formar un buen equipo de gente leal a ti”.

VALLECAS. MADRID

Poco a poco fue retirándole la mano del hombro Adanya al niño.

-No se puede hablar alto, no se puede salir de la habitación, no se puede gritar y has de beber cuanto te dé. Entonces será fácil que todo marche bien, que no te pase nada. ¿Has entendido?

El chico asintió con la cabeza. Adanya levantó sus  doscientos kilos del filo de la cama. “Maldito trabajo” pensó. Ya era el quinto niño al que vigilaba. Los otros se los llevaron sin saber qué fue de ellos. Siempre lo hacían después de visitarlos Eswansiha. Todo sucedía rápido, muy rápido. Entraba, le daba su ración de anestesia y operaba. Se preguntó cuánto costaría un riñón en el mercado negro. A ella le bastaban con los mil quinientos euros que le daban por cada vigilancia y por su silencio. Lo demás no le importaba. Se llevarían a ese niño si su madre no pagaba el valor del riñón después de habérselo extraído para venderlo en algunos países occidentales o quizás a alguna familia pudiente del país en el que habitaba muy a su pesar. Todo era así de fácil. Alguien con dinero precisaba de un riñón y una mujer que buscaba una vida mejor fuera de su país con hijos no había pagado su pasaje mediante la prostitución a las mafias. Entonces se cogía al niño, se le extraía el riñón y pensaba ella, se debía devolver con el otro sano a su madre. No sabía nada más ni tampoco quería saberlo. Nunca denunciarían pues al ser ilegales ello le supondría la deportación a su país y, lo que era aún peor, la actuación de los tentáculos asesinos que debían de conformar la base de aquellos criminales. La habitación estaba revuelta y olía mal. Los desechos del niño reposaban en una cubeta al pie de la cama.

-¿Sabes? –Miró al menor-. Tengo una sorpresa para ti. Prométeme que no te moverás.

Sus ojos llenos de miedo plasmaban su respuesta.

Salió fuera y en menos de un minuto estaba de vuelta con un pequeño televisor y unas galletas de chocolate. Cerró la puerta por dentro y enchufó la televisión justo enfrente de la cama sobre una mesilla donde depositaba los somníferos que le suministraba. Se sentó junto a él.

-Mira –apretó el mando y la televisión se encendió. Unos dibujos animados salieron con rayas en la pantalla- Veremos juntos los Simpsons.

La serie había comenzado ya. Adanya soltó varias carcajadas como niña grande que intentaba ocultar tras su mano. El menor miraba en dirección a la televisión pensando en por qué se encontraba allí. Acordándose de las palabras de su madre a la que había escuchado hacía solo unos minutos. ¿Por qué ella no iba a por él y se lo llevaba? No le gustaba aquel sitio nada. Se sentía muy solo y asustado.

-¿Y mi mamá? –volvió a preguntar sin desviar la mirada del televisor.

Adanya se quedó paralizada con la pregunta y su corazón se aceleró. No deseaba contestar. Tampoco sabía quién era su mamá y dónde podría estar. Si conocía lo ilícito de su trabajo. Era un aldabón más en la perdición de aquel pequeño pero no tenía más remedio que hacerlo. Debía sobrevivir un día más, un mes más. Era muy necesario el dinero que percibía para su subsistencia y la de los suyos, así que no lo importaba nada, nada.

-¡Son increíbles! –dijo pegando un gran mordisco a una de las galletas de chocolate. ¿Quieres? –intentaba evitar contestar a algo que no conocía.

El niño no apartaba la vista de la serie y no contestó.

-Bueno –se la introdujo en el interior del bolsillo del vaquero que vestía-, quizás luego te apetezca. Se levanto y se fue hacia el frasco de la Griffonia. Necesitaba de ellas tanto como el ser humano precisa del agua. Una vez las tomaba, olvidaba lo que estaba haciendo y su mísera existencia. “Porque el ser humano se vuelve mísero por el dinero y hace cosas que jamás le gustaría hacer”.

Al otro lado, en la habitación oscura, se podía respirar el pánico por la joven que momentos antes había hablado con su hijo. La negrura del lugar al que había sido conducida con los ojos tapados no le impedía saber que al menos, tres hombres, estaban con ella. Los había oído hablar entre ellos y por el tono diferente en sus voces dedujo que ese era el número. Sus acentos delataban que no eran españoles.

-Mira –le dijo su interlocutor con acento de algún país del este.

Encendió una linterna para reflejar el objeto al que deseaba dirigiera su mirada. Era una fotografía. La habitación se iluminó solo en dirección al retrato. La chica de ojos negros y pelo largo y rizado alzó su mirada para descargarla sobre la imagen de una niña con el torso desnudo. En ella se podía apreciar la cicatriz que en la zona derecha le llegaba desde más abajo de su liso pecho hasta el estómago. Transcurridos unos segundos apagó la linterna. Se podía escuchar la respiración del hombre que la martirizaba.

-Mira –volvió a repetir la operación. Ahora era la fotografía de un niño, desnudo igualmente de torso hacia arriba y con la misma cicatriz. En todas ellas aparecían con los ojos cerrados y, alguien, desde detrás, le sujetaba los brazos para que la instantánea recogiera toda su crudeza. La chica rompió a llorar-

-Tú tienes la posibilidad de que a tu hijo no le ocurra lo mismo. Un riñón vale mucho en el mercado de órganos. Tienes hasta final de mes  para reunir el dinero. Diez mil, ¿recuerdas? Treinta días cediendo tu cuerpo a los demás por dinero durante doce horas al día no es demasiado. Con tu cuerpo –iluminó el mismo de arriba abajo con la linterna deleitándose en cada una de su curvas- no tardarás en reunir el importe del pasaje que te trajo hasta aquí. ¿Lo recuerdas? Tienes una deuda con nosotros, no la pagaste y ahora, tu hijo, lo va a hacer por ti. Algunos niños no superan la extracción del órgano sin medios materiales y contraen enfermedades que terminan con sus vidas. El viernes irán a visitarlo si no tenemos gran parte del pago de tu viaje hasta España. ¡Diez mil euros de nada! Fáciles de conseguir con una cara  como la tuya –Azgba se sentía satisfecho cuando podía palpar y oler el miedo de las personas. No tenía escrúpulos y realmente poco le importaba aquella joven y menos aún su hijo. Solo deseaba cobrar. Él también tenía que hacer sus pagos a todos los que habían participado en traer a España a esa chica. Debía de cobrar al precio que fuese.

Apagó la linterna y la oscuridad volvió a reinar.

-Recibirás una llamada el viernes por la mañana. Si pasa algo a la persona que va a por el dinero en el lugar que se concierte, entonces es muy probable que sean dos los riñones con los que nos cobremos la deuda. Olvídate por tanto de llamar a la policía si quieres que tu hijo vuelva contigo con sus dos riñones. ¿En qué club prefieres trabajar?

Silencio.

-Vale, nosotros elegiremos por ti. Y recuerda: “Kidney for sale” (1) Enseguida tendremos miles de peticiones. De ti depende.

Antes de dejarla marchar le enseñó otra fotografía. La luz iluminó el rostro cadavérico del menor introducido en un saco.

-Mis hombres fueron detenidos cuando pasaron a cobrar a su madre. No consiguieron nunca probar nada en juicio contra ellos. La justicia española es torpe y un buen abogado todo lo consigue, más aún si sus policías son unos borrachos. A su madre le devolvimos al menor.

La joven miró la fotografía y por unos instantes por su pensamiento pasó la imagen de su hijo dentro de un saco. Entonces la luz de la linterna se apagó. Tomaron a la chica y la sacaron de la habitación. Azgba se quedó a solas. Al instante entró un hombre fornido, calvo, con un tatuaje de una carabela que cubría todo su cuello en su parte posterior.

-¿Qué hacemos? –preguntó.

-El médico debe de actuar ya. Tenemos el pedido de dos riñones –dijo Azgba retrepado en un sillón. Se había encendido un cigarro y echó el humo fuera de sus pulmones formando círculos.

-¿y la chica?

El hombre se situaba delante de su jefe en la habitación oscura.

-¿Tienen hambre los perros? –preguntó.

-Mucha.

Azgba sonrió.

-Dejarla trabajar un mes. Luego darle de comer a los perros.

(1) Riñón sale a la venta

 

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