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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

ONCE

ALEPO. SIRIA

Mustafá corrió tras el niño como si el mismo Diablo le persiguiera. Al salir de la escuela el menor saltó por entre dos moles de hormigón que se habían instalado ante la puerta de entrada como si hicieran cola para entrar en ella. Recordó las mañanas en la que su madre lo llevaba hasta el lugar de la mano y le ponía en la fila con sus compañeros; después siempre le sonreía  y le besaba en la frente y  soltaba aquella frase que llevaba clavada en lo más profundo de su cerebro: ¡Alá es grande por dadme un hijo como tú! Qué lejos quedaba ya aquello. Pensó en ella, en su cara, en su sonrisa borrosa por el paso del tiempo  como la guerra había borrado de un plumazo su infancia, la seguridad de su hogar, la familia. Mustafá hizo lo mismo que el pequeño, saltar, pero no con la facilidad con la que el menor lo había hecho. Sus piernas le pesaban y las tenía agarrotadas de haber pasado tantas horas en cuclillas, oteando víctimas inocentes a las que dar el pasaporte, como decía el Verdugo. Él ya era historia. Corrieron en la oscuridad de la noche y, al dejar atrás el tanque del que había salido el perrito  al que  había disparado, se dio cuenta de que el niño se detenía. Miró en su dirección e intentó adivinar sus intenciones. Pronto comprendió  que estaban ante una de las entradas a la alcantarilla que dormía debajo de la ciudad olvidada por el  humano. Alepo estaba barrida de forma literal de la conciencia del ser vivo: allí solo había muerte en cada uno de sus rincones. Por allí debía de haberse escabullido el chaval la noche en la que disparó junto a sus pies para que se marchara del punto de mira de su arma. Con otros no hubiera corrido la suerte que le acompañó con él; la misma que ahora Mustafá disfrutaba tras haber arrebatado el niño a la muerte quién debía de haber sido  su nueva presa: Él. Porque la muerte se paseaba por la ciudad como lo hace por un hospital eligiendo a sus propias víctimas. No importaba nada, solo había una cosa segura: tú podías ser el siguiente en ser el elegido. Solo el azar jugaba a favor de uno u otro. En su caso, el azar se había presentado en la figura de un mocoso atrevido.

-Agacha la cabeza, ¿recuerdas? –susurró el niño y le señaló en dirección a las ventanas de la escuela.

Mustafá entendió. Saltaron al interior, apenas un metro pues no tenía escalera con la que descender y una bocanada de putrefacción llegó hasta su olfato seguido de una latente oscuridad, aún mayor de la que había en la calle motivada por el manto negro del cielo  de Alepo que cubría todo ante la más mínima ausencia de luz artificial nocturna. Las luces se la habían llevado las primeras bombas caídas sobre el alma de Alepo. Le pareció pisar agua.

-¡Mi casa! –Le dijo- Pronto te acostumbrarás –y le pareció atisbar una sonrisa en aquel rostro mugriento que se dirigía a él como si fuera un adulto.

El niño salió corriendo por el túnel ante un aturdido Mustafá que comenzó a seguirlo casi a tientas pues no se orientaba ante la falta absoluta de luz, apoyándose sobre las paredes que en forma de túnel se situaban a izquierda y a derecha. Bajo sus pies corría un riachuelo.

-¡Eh, eh! No corras tanto –tomó aire y se tapó la boca-. Todavía ni tan siquiera sé tu nombre –gritó y, un lejano eco retumbando  llegó hasta él repitiendo sus palabras.

“Eh, eh, no corras tanto. Todavía ni tan siquiera sé tu nombre”

En el túnel por donde discurrían los desechos de la ciudad dolida, una voz en la distancia llegó  hasta sus oídos.

-¡Rata, me llaman el rata!

Mustafá dejó entrever una ligera mueca de asombro sin ver al niño.

-¿Y tus padres, dónde están tus padres, rata? –volvió a alzar la voz en la dirección en la que creyó le miraban unos ojos brillantes ante el velo negro de la alcantarilla. Otra vez el eco hasta él como su conciencia en las noches en vela preguntándose por qué había atendido los consejos de adentrarse en aquel país para matar inocentes por muy interesante que fuera la recompensa.

“¿Y tus padres, dónde están tus padres, rata?”

Silencio. Corrió en dirección hacia el niño más por instinto que por saber hacia dónde iba pues no veía absolutamente nada. Era como si de pronto hubiera perdido la visión, como si se hubiera quedado ciego.

-¿Y tus padres? –repitió.

Entonces escuchó su respuesta débilmente en la lejanía, entre el ruido del salpicar de las mierdas que bajo sus pies, aún sin saberlo, se deslizaban sobre unas aguas que debían ser oscuras como el corazón de algunos de los que asesinaban por placer.

-Pregúntaselo a los que estaban en las ventanas de la escuela, como tú. Ellos te dirán.

“Pregúntaselo a los que estaban en las ventanas de la escuela…”

El eco daño su alma.

Mustafá tragó como pudo el nudo que se había formado con su propia saliva en la garganta. مصطفى‎, como se escribía su nombre en árabe, epíteto de Mahoma que significaba el elegido, supo enseguida porque sus padres eligieron ese nombre para él. Alguien arriba le había elegido ese día para no morir y había dispuesto que una rata se cruzara en su camino.

ELCHE

“Solo había una cosa peor en la vida por encima de que una mujer no te obedeciera” pensó: “Que te abandonara”. “Levantarte y no encontrarla en la casa haciendo sus quehaceres habituales era la mayor humillación que un hombre podría sufrir”. “¿Dónde iba a ir sin él?” “¿Quién era ella fuera de su mundo?” “¡Imbécil!” Una mujer sola con un niño no puede ir muy lejos, de eso estaba seguro. Anduvo nervioso por cada una de las habitaciones de la casa, observando lo que había cogido. Miró debajo del colchón. “¡Hija de puta!” Lo sabía, se había llevado el poco dinero que tenían ahorrado. Lo iba a pagar, antes o después; no pasaría por aquella humillación; primero abandonado y luego dejarlo sin un solo euro de lo ahorrado por él, porque ella nunca había trabajado fuera de la casa. Ya había escuchado voces de amigos que le decían que le estaba dejando la cuerda muy larga, que había que atarla en corto. Así le pagaba tantos años juntos, desviviéndose por ella. Cierto es que en ocasiones se le había ido la mano pero se podían contar con los dedos de ambas manos. Miró una fotografía donde posaba con ella y con su hijo. Se detuvo en el centro de la habitación y aspiró hondo, sudaba y se encontraba muy nervioso. Estaba seguro que su familia le diría adónde había ido. La tenía que encontrar y entonces volvería con él. Con él o con nadie. Eso era algo que lo tenía claro, muy claro. Llamaría a su madre y le diría dónde podía estar Carla. “Carla Olga Garrido, maldito sea tu nombre” se dijo apretando los dientes. Se dirigió hacia la ventana entreabierta y miró hacia la calle aún desierta. Tomó la nota manuscrita que le había dejado sobre la mesa y la leyó:

“Ni una sola lágrima más junto a ti. La mujer es una Diosa, recuérdalo”.

La rompió en mil pedazos y los lanzó al exterior. Observó como bajaban los trozos de papel como si flotaran, despacio, depositándose algunos de ellos en los marcos de las ventanas inferiores como copos de nieve. Entonces expulsó su ira:

-Carla, Carla, ¡no puedes hacerme esto, no puedes! –gritó.

Se frotó los puños. Aún no era tarde para recuperarla. No podía ser de nadie nada más que de él. Se prometió en su interior que así sería. Cerró la ventana con fuerza y los cristales se rompieron como ahora empezaba a romperse su vida. “La mujer es una Diosa. La mujer es una Diosa” releyó la nota. “Sí” se dijo. “Pero me pertenece a mí”.

CARABANCHEL. MADRID

Ewansiba, el médico de la organización, apareció al día siguiente de la prueba de vida facilitada a la chica africana cuando pudo  hablar con su propio hijo a través del teléfono. Adanya se sintió sorprendida. Tenían llaves de la casa y había entrado sin llamar. Afortunadamente no la cogieron en el cuarto cerrado con el niño. La puerta de la vivienda solo estaba cerrada por fuera de forma y manera que Adanya no pudiera nunca abandonarla si no era a través de una de sus ventanas. Para una mujer de su peso salir por la ventana de un tercero era algo insospechable, imposible de acometer. Además las ventanas estaban cerradas con rejas interiores. Así se evitaban del mismo modo que huyera con el niño o diera algún chivatazo a la policía. No obstante se aseguraban de que nada de eso haría y para ello utilizaban artimañas aún más escalofriantes. Todavía recordaba cómo cada vez que tenía que custodiar a un menor, le entregaban una dirección y una fotografía. Era la de sus padres ancianos y su hermano desvalido e incapacitado en su país. Sabía que cualquier signo de arrepentimiento en ella supondría la muerte de sus seres queridos. Detrás de la imagen, en rojo, había una cruz pintada con sangre humana.

-Hoy, ho…y –tartamudeó- no es viernes –les dijo al verlos sin que sus palabras tuvieran fuerza para salir de su boca.

Ewansiba entró acompañado de dos hombres extranjeros, una nevera y un maletín. Ese maletín era familiar para Adanya, ya lo había visto en otras ocasiones y una vez, pudo ver su contenido, instrumental médico: Bisturí, hilo y medicación anestésica.

-Ha terminado tu trabajo –le dijo Ewansiha-, y le soltó tres billetes de quinientos euros que introdujo en el bolsillo de su ancho pantalón.

Adanya se encontraba aturdida, como si alguien la hubiera golpeado en la cabeza con un mazo y no pudiera reaccionar.

-Pe…pero.

Los dos hombres la miraron.

-Márchate –le ordenaron con voz firme de acento caucásico  que rozaba la amenaza.

Sabía que eran gente de poca paciencia. Poco le quedaba ya por hacer en la casa. Se dirigió a una hamaca que había dispuesta en el centro de la habitación contigua a donde estaba el rehén y tomó una bolsa que contenía sus enseres personales, generalmente algún libro pues era una ávida lectora, chocolatinas y material de limpieza. La puerta del cuarto donde estaba el niño se encontraba entreabierta y le pudo ver tumbado sobre la cama.

-¿No pagó su madre? –preguntó a uno de los hombres mientras veía a Ewansiba preparar y manipular  el material con el que iba a realizar la operación después de anestesiar al menor.

Porque estaba segura de que lo que iban a hacer era operar al pequeño para extraer el riñón. Ewansiha actuaba como médico para sus compatriotas de Níger y algunos otros de países cercanos, siempre inmigrantes en Madrid. Había tenido algún proceso abierto por denuncias de algún compatriota que luego no llegaron a lugar alguno y otra en el que le acusaron de pertenecer a banda organizada para tráfico de seres humanos y órganos y que precisamente también salió bien parado porque el policía encargado de la investigación fue apartado y humillado en el juicio por alcohólico. Le vio tomar una aguja e introducir el hilo negro a través de ella. Era un hombre de estatura mediana, de edad cercana a los sesenta y de pelo fino blanquecino por las canas y corto. Tanto el hilo como las agujas los tenía introducidos en el maletín en cajitas transparentes en forma de rombos. Siempre le llamó la atención esa forma de las cajas. No eran redondas, como cualquier  otra que pudiera contener hilo o agujas quirúrgicas sino en forma de rombo.

-No entiendes nada –le dijo su interlocutor, un hombre con rasgos de algún país del este-. La chica pagó –sonrió- Pero ya era tarde, los riñones estaban  vendidos.

Le vio esbozar un gesto maligno en su rostro impávido.

-¿Los…los riñoones? –se preguntó dejando escapar parte de su saliva por la comisura izquierda del labio inferior. No podía ser cierto, le estaba tomando el pelo.

Adanya ante la sola idea de que aquello pudiera ser cierto se quedó perpleja y comenzó a temblar. Se acordó del niño al que había vigilado durante quince días seguidos y en el fondo creyó que todo terminaría bien para él. Que una vez extraído el riñón y pasados los efectos de la operación se lo devolverían a su madre y la pesadilla habría terminado. Que aquel chico le gastaba una broma, macabra sí, pero al fin de cuentas una broma.

-Te volveremos a llamar –le dijo Ewansiha-. Tu vida vale tu silencio –introdujo otra fotografía de sus padres en el bolsillo en el que antes había dejado los tres billetes de quinientos euros.

Adanya sabía a qué se refería. Se acordó del compatriota al que Ewansiha cosió los labios siempre en forma de rombo. Ella desconocía que esa era la marca de la organización, que se hacía cuando se hablaba más  de la cuenta y que era un serio aviso para los demás que de una u otra forma se beneficiaban con la actividad ilícita que estaban llevando a cabo.

-¿No le…no le pasa…rá nada al niño, verdad?

Ewansiha hizo un gesto a los hombres que la tomaron del brazo y la sacaron fuera de la vivienda. Tras de sí se cerró la puerta. Era madrugada y el silencio lo invadía todo. No quedaba más remedio que marcharse por donde había llegado unos días atrás. Movió sus doscientos kilos de peso. Apoyó la cabeza en la puerta y habló en voz baja.

-Al menos dejarme decirle adiós.

Golpeó la puerta levemente con sus puños cerrados pero nadie le abrió. Su estómago desprendía amargura. Sintió como la pena ascendía por su garganta y se posaba en sus ojos de los que dejó escapar unas lágrimas de dolor.

-Adiós pequeño, adiós.-Musitó antes de marcharse.

Aturdida y desesperada  desapareció en la espesura de la noche una vez bajó hasta la calle que, como su vida, estaba totalmente desierta y entonces se dio cuenta de que posiblemente todo había terminado para el niño y que ella era un eslabón más de la cadena del mal.

-No, no le pasará nada –se dijo mientras caminaba despacio, mirando en dirección a la ventana cerrada del tercer piso que había dejado.

Solo un perro callejero se cruzó en su camino y se desentendió totalmente de ella, como hacían las personas. Realmente no importaba a nadie. Se preguntó si realmente servía para algo en esta dura existencia. “Quizás sí” pensó. “Quizás la próxima vez pueda hacer algo más de lo que hizo” se dijo interiormente.

Jaén. 8 de Junio de 1.992. Camino de las cuevas. 8 de la mañana

El animal se ha detenido ladrando con fuerza ante un vehículo introducido en una lengua de tierra y oculto bajo las ramas de un olivo aún sin fruto que dar. Un fruto que madura poco a poco, como las ideas. Su dueño le llama de forma incesante, pero el perro de tamaño enjuto y orejas finas sigue ladrando en dirección hacia el turismo. El hombre que se había levantado como todos los días para dar su paseo mañanero por el lugar se acerca para coger al animal de raza desconocida.

-Vamos, sinvergüenza, no molestes.

Cuando llega a su altura algo llama la atención de su amo. Observa en el suelo cristales rotos y parece que las gotas rojas que hay en el salpicadero del vehículo pueden ser de  sangre. No, no es normal lo que está viendo. Por eso un miedo insuperable invade su cuerpo. “Puede ser, puede ser” piensa. “Puede que esté muerto su ocupante” Solo atina a ver un brazo inerte y un cuerpo volcado sobre el asiento del copiloto.

-Pe…pero, ¿qué, qué…? –No termina la frase.

Se asoma al interior y se topa con la cruda realidad. Un joven muerto con una gran herida en su cabeza, lugar por donde sin duda le ha entrado la muerte. La imagen  hiela su sangre. Coge al animal con la respiración agitada y corre de vuelta al corazón de la ciudad aún dormida para buscar un teléfono donde dar aviso de su macabro descubrimiento.

-Vamos, Roncero. Vamos. Ni siquiera un perro está capacitado para ver lo que yo acabo de ver.

La imagen de la sangre, de los cristales rotos, del cuerpo inerte y sin vida, de la juventud de su víctima, le acompañará ya de por vida.

DOCE

“…Cuando de pequeña apagaban la luz creía que alguna mano de  monstruos peludos de boca inmensa y ojos tenebrosos que paseaban por mi imaginación, me iban a atrapar saliendo de repente desde debajo de la cama aferrándose con sus garras a mi mano adormecida y arrastrándome con ellos hasta otros mundos hasta ahora desconocidos por el ser humano. Aquellos a los que identifican con la muerte y que en la edad de la adolescencia tanto hablamos e intentamos averiguar sobre ellos en noches interminables de historias de terror, narradas por seres que como yo, solo pensaban en crecer despreocupados por el mundo que nos rodea. Entonces mi corazón estallaría por el producto de sus latidos y mi garganta explotaría por los gritos que alertarían a mi madre en otra habitación de la casa y que pronto acudiría en mi ayuda. 

Ella así lo hacía siempre…

Hasta el día en que no pudo hacerlo…”

Le temblaba el pulso, pero debía seguir escribiendo. Era la única forma de seguir adelante y de hablar con ella. Podía refugiarse en el llanto, en la rabia, en el dolor. Pero escribir conectaba su pensamiento con el de su hija. Tomó su bolígrafo, el de su niña, el que descansaba en el escritorio de su cuarto y que aún no había modificado desde su partida. Dejó todo como lo tenía Ana. Solo aquél bolígrafo que, al tocarlo, parecía como si a ella la pudiera acariciar, fue lo único que cogió de sus pertenencias.

“… Cuando mis sueños viajaban al mundo de los monstruos, de los ogros, de los malos, del más allá, me despertaba aterrorizada y sudorosa y, en ese preciso instante, me abrazaba fuerte a la muñeca que dormía junto a mí y a la que faltaba un ojo, la que me daba protección y velaba por mi descanso; entonces intentaba dormir con la vista perdida en el techo y mis brazos metidos bajo las mantas para dificultar la acción del ser que dormía bajo mi lecho. 

La noche en que todo aconteció, ni mi muñeca, ni mi madre, ni tampoco un ángel salvador estuvieron cerca de mí…”

Y siempre que escribía lo hacía poniendo palabras como si salieran de la propio boca de Ana. Como si ella le susurrara desde allí donde estuviera su madre que ante la luz de la ventana que daba a la calle intentaba acercarse a ella un poquito. Solo un poquito.

“…Sin embargo, la imaginación que desarrollamos desde pequeños se queda corta cuando empezamos a crecer y, por las cosas que suceden a nuestro alrededor, empezamos a comprender que los verdaderos monstruos se hayan ahí afuera, paseando por nuestras calles, saludándonos con ironía, esperando a que sus víctimas muestren un halo de debilidad para entonces atraparlas como un lobo puede hacerlo con su presa. Eso fue lo que nos pasó una calurosa noche a mi novio y a mí cuando lo único que pretendíamos  era demostrarnos cuánto nos amábamos, mamá. 

Los monstruos aparecieron de repente. Entonces despertaba de mi pesadilla y siempre allí estabas tú, mama.

 Aquella noche de luna llena, mis gritos  no pudieron llegar hasta mi madre que unos días atrás tuvo un negro presentimiento. Y entonces me abracé a ti…

 …Acá, donde nos hallamos, no hay sufrimiento, ni tan siquiera dolor en la forma en que se concibe al otro lado. El sufrimiento y el dolor quedaron en compañía de los que vivieron para sufrir nuestra pérdida. Hoy, me decido a contarlo todo desde el corazón…A contarte toda mi historia, madre. La verdad de lo que pasó. Escucha…”

MADRID. PARQUE DEL RETIRO

Martínez, el inspector de policía apartado del cuerpo por alcohólico había cogido un profundo sueño sobre el banco en el que un inmenso ciprés proyectaba una sombra alargada sobre su vida. Su sombrero le servía de almohada y ningún viandante se atrevía a deambular por la ciudad a esas horas. Era como si perteneciera al propio paisaje de aquel parque y estuviese camuflado entre la vegetación. Una estatua más indiferente para los demás, tal y como pasaban sus días, con total desinterés ante todo. “¿Para qué preocuparse por nada si realmente bastaba la milésima de un maldito segundo para transformar por completo una existencia?” se decía siempre. Sus ronquidos y los cartones de vino desperdigados alrededor de donde descansaba eran sus únicas pertenencias. No soñaba con nada especial. Sabía que aquellos sueños que tenía en vida se habían borrado de un plumazo y decidió no soñar ni tan siquiera dormido. Últimamente había entablado amistad con aquel hondureño, Kevin se llamaba, que le narraba historias y peripecias de su profesión; le hablaba de su familia y, sobre todo, de esa pequeña a la que tanto amaba, María y de su hijo minusválido psíquico. Siempre lo hacía embriagado, como él, y soltaba su lengua para despotricar de la vida, de los políticos, de su mujer depresiva y de los vagos de sus otros dos hijos que se pasaban el día tumbados en la cama sin hacer el mínimo esfuerzo por buscar algún trabajo con el que ayudar a la economía familiar que por cierto, ya no existía: se había derrumbado como el alma del marido o de la mujer engañados. Lo del corte de luz, del agua y la falta de alimento  en la nevera se lo repetía constantemente a Martínez producto del alcohol ingerido, como si las frases compusieran un círculo vicioso que se repetían una y otra vez: “El otro día me quise tragar una pera que quedaba en la nevera y me sonrió un ratón” se reía con sus frases estúpidas. “Mi mujer anda más metida en el mundo de los locos que en el de los cuerdos” y soltaba una carcajada. “Los héroes del silencio son la pasión de mi pequeño. Gorgotea cuando le silbo alguna de sus canciones” y soltaba una lágrima. “Amo a María, mi hija” y se atragantaba con las palabras. “Te he dicho que he intentado quitarme la vida tres veces. Pues te lo vuelvo a decir. Cuando me daban ganas de hacerlo me sentaba y esperaba a que se pasasen” Y rompía nuevamente en risas. Él sin embargo nunca soltaba prenda de su vida por muy bebido que anduviera: simplemente había olvidado su pasado. Martínez no tenía pasado. Murió el día en que su mujer se fue con quien consideraba su compañero y amigo, aquel que en más de una ocasión le había tendido su hombro y que le arrebató al ser que más había amado; solo le contaba al que apodaban “el manitas” que el amor de una mujer le había conducido a esa situación y que solo tenía un pensamiento diario: beber hasta morir. “Porque en la muerte Kevin está en muchas ocasiones la felicidad al escapar de este mundo en el que ya no pinto nada. ¿Ya me has dicho que has pensado en provocarte tu propia muerte, Kevin?” Jamás le contó tampoco que había dedicado su existencia a perseguir a los malvados. Escuchaba tan atentamente a ese “manitas” cuando le narraba los avatares de su vida, como quería que le llamara el hondureño en el que destacaba  un pequeño bigote bajo la nariz estilo Charlot, que en ocasiones pensaba que había mucha gente peor que él, si se podía estar en peor situación que la suya. En tu trabajo dedicado a la ayuda de los demás y en el que un día fue altamente condecorado,  te han tildado de borracho y tu mujer ha puesto distancia contigo para amar a tu mejor amigo. Y tus hijos se han convertido en seres invisibles… “Mierda de vida, Kevin”

Le caía bien ese pobre Diablo y, en definitiva, ambos perseguían lo mismo día tras día sentados en aquel banco que ya parecía fuera de su propiedad: Emborracharse para olvidar. Cuando el alcohol entra en la cabeza ya no hay problemas. Solo estás  tú y él. “El  jodido puto alcohol, manitas”.

En mitad de su sueño unos golpes sobre sus pantorrillas le trajeron al mundo de los cuerdos. Abrió levemente un ojo y observó a un joven ataviado con una vestimenta realmente llamativa mirándole. “Alguien que decide molestarme” pensó.

-¿Inspector Martínez? –le escuchó preguntar.

No obtuvo respuesta. Otros dos golpes en sus piernas. “Maldito gilipollas” pensó.

-¿Inspector Martínez? –repitió la pregunta una voz aflautada.

Alzó el dedo índice desde su lecho e hizo el gesto de la negación.

-No, noooo –balbuceó- Murió hace un año justamente hoy.

El hombre rechoncho esbozó una sonrisa. Le había encontrado. Ya le habían advertido de su fina ironía. Un vagabundo que se ríe de sí mismo y que anda alcoholizado todo el día. Lo encontraría tirado en alguno de  los bancos del parque del retiro. Le buscó y por fin había dado con él. Se asombraba el propio chico al ver cómo aquel hombre se había convertido en un fantasma en menos de un año, y cómo la memoria de los demás habían olvidado con denotada facilidad lo que esa persona con su astucia y sabiduría sobre la maldad del ser humano, había conseguido en tantos y tantos años de trabajo en beneficio de su comunidad. “Los humanos son seres que olvidan fácilmente los favores recibidos” pensó. “No creo que haya en el universo alguien más hijo de puta que un ser humano” se dijo con convicción. “Por eso mejor ser un hijo de puta sin conciencia”.

-Inspector….

No le dio tiempo a seguir. Se incorporó en el banco, adoptó la posición de sentado y le miró entreabriendo levemente los ojos. Le dolía la cabeza: había tenido una larga noche en lucha con el alcohol.

-¿Quieeen diablosss se permite molestar en mi descansoooo?-se llevó la mano a la frente.  Se puso el sombrero que antes le había servido para apoyar el rostro en su viaje al olvido. Dirigió su mano hacia el cartón de vino que estaba junto a sus pies pero una patada del joven extraño se lo quitó de su alcance. Le observó fijamente con los ojos entrecerrados y vio un cabello repeinado a raya con parte del flequillo sobre la frente.

-No –dijo de forma tajante.

-Perooo –apreció entre la lucidez que empezaba a proporcionarle las últimas gotas de alcohol recorriendo su sangre que era de noche, bien entrada la madrugada. Una farola lejana les alcanzaba algo de luz como si se la sirvieran en una cesta -Pero, ¿quién eres, mi ángel de la guardia? –soltó una carcajada- ¡Ah, no! Ya sé, eres el nuevo amante de mi mujer –rompió en risas nerviosas.

El chico no daba importancia a sus palabras. Estaba advertido y aún así insistió.

-Inspector le necesitamos.

Miró fijamente  la imagen de quien se presentaba ante él. Observó su rostro moreno, su mirada fija y escrutadora, su forma de vestir hortera con chaqueta de cuadros que sujeta por un solo botón azul a la altura de la imponente barriga con un ancla marina en el centro se aferraba a duras penas sobre el estómago cerrada, y pantalones rosas que apenas llegaban a ocultar unos calcetines blancos. Le llamó la atención los zapatos de piel parecida a la del cocodrilo.

-¿En el circo? –preguntó y  soltó una nueva risotada, esta vez sin ganas. Porque se le había pasado las ganas de reír después de dormir un año al raso, con el cielo como techo.

Signos incipientes de la locura se observaban ya en él. Pensó el chico si la decisión de sus superiores de intentar recuperarlo para que les ayudara con sus conocimientos en los casos de los dos menores encontrados asesinados  había sido una buena idea o les acarrearía mayores problemas de los que ya padecían.

-¡Solo los payasos visten como usteddd! Por cierto –miró los zapatos- ¿Dónde matastessss al cocodrilo?

El joven no le hizo caso. Lanzó sobre sus pies un sobre marrón cerrado.

-Échele un vistazo –le pidió intentando averiguar cuál sería su reacción.

Martínez sintió curiosidad. Fueron las mismas palabras que el detective privado le dijo cuando le entregó las fotografías que mostraban a su mujer con otro. Tomó el sobre y con manos temblorosas producto  del alcohol lo abrió. Dentro había fotografías. Sacó una y la miró. Su expresión se descompuso por momentos. Alzó la mirada para ver al  hombre que osaba molestarle.

-Le necesitamos –volvió a repetir.

Martínez no pudo apartar la vista de la fotografía. En ella se observaba a un niño rubio con facciones en su rostro de algún país extranjero. Tenía los ojos cerrados y en su cuerpo desnudo destacaba una cicatriz que bajaba desde la garganta hasta el ombligo cosida burdamente en forma de rombo.

-Tráfico de órganos –musitó como si escupiera las palabras. Había visto muchas fotografías como la que le estaba presentando aquel joven extraño.

Se levantó y se fue en busca del cartón que unos metros hacia su derecha se derramaba tras el puntapié recibido por el joven que le buscaba. Lo tomó mientras el chico ahora sí, le dejaba hacer.

-¿Quién te manda? –le preguntó antes de intentar volver a empinárselo frente a él.

Meditó sus palabras.

-La Sociedad. Eres el único que puedes ayudarnos según dicen. Conoces sus formas de actuar, cómo y dónde se mueven. Es el segundo niño que aparece en esas condiciones en Madrid.

-Todos extranjeros –dijo Martínez.

-¿Cómo, cómo…?–le iba a preguntar que cómo sabía que los dos niños que habían aparecido muertos eran extranjeros, pero no le dio tiempo. Recibió antes la respuesta del inspector.

-Es la segunda regla de la organización –miró el cartón de vino.

-No entiendo.

-Ya –dijo, y escupió en su dirección.

-¿La segunda regla de la organización?

Martínez permaneció un largo rato en silencio. Luego terminó de forma rápida.

-¡Todos extranjeros!

El joven comenzó a pensar que estaba hablando con una persona ebria. No le dio más importancia.

– Empieza a cundir la alarma entre la población.

Martínez respiró hondo y se empinó el cartón. Unas solitarias gotas cayeron sobre su boca y se escurrieron por su barbilla como si fuera sangre.

-Mientras sean extranjeros a nadie le importará –masculló en su afirmación.

Observó el cartón y dudó en volver a empinarlo. Lo soltó sobre sus pies.

-Me demanda la Sociedad –musitó-. Perra Sociedad. La misma que me sepultó –balbuceó.

Un breve silencio. Quien viera  la extraña pareja a esas horas de la madrugada se extrañaría: un viejo alcoholizado y el joven vestido de forma llamativa que dejaba ver sus carnes por fuera de la chaqueta ambos en la soledad del parque del retiro madrileño.

-¿Qué dices? –le inquirió a una rápida respuesta frente a él.

Miró la instantánea del menor.

-Demasiado joven para morir de esa forma –añadió. Dio la espalda a su interlocutor y  se marchó con andar cansino, arrastrando sus pies después de lanzarle las fotografías hacia su pecho.

El joven policía siguió sus pasos. Martínez se dio cuenta, se detuvo y se giró.

-Vete. Yo estoy muerto y no puedo ayudarte. ¿Acaso quienes te mandan no te dijeron que un Tribunal me dio por alcohólico y dejó libres a esos asesinos? –Silencio- ¿Por cierto, cuándo le encontraron?

“Sí, se lo habían dicho” contestó asimismo a su respuesta sin indicárselo a él. Y también le dijeron que se presentó ante el Tribunal en más de una ocasión sin poder articular palabra y con un olor a alcohol nauseabundo. Después de aquello vino su expediente disciplinario y su expulsión del cuerpo.

-Hace quince días, en un saco junto al Manzanares –contestó a su segunda pregunta.

Martínez suspiró y siguió andando con las manos metidas en los bolsillos. Era la figura de la soledad abandonada a su suerte: gabardina larga y sucia, sombrero sobre su cabeza, rostro blanquecino producto de la barba que lleva días sin cortar, ojos con  bolsas oscuras y venas intentando escaparse del pellejo de su nariz.

-No tardarán en volver a hacerlo –le dijo sin girarse esta vez para mirarle- El mercado demanda mercancía.

Aquellas palabras le dejaron pensativo. ¿Cómo podía saber ese extremo? ¿Debería advertir a sus superiores o ellos lo sabrían ya? Le dejó marcharse. Metió la fotografía en el sobre y observó la figura embutida en aquel abrigo viejo buscando refugio en el alcohol. Una breve esperanza nació en él cuando le vio nuevamente volverse para dirigirse a su persona. Le escuchó entonces alzar la voz en la distancia ante un gato negro que como oscuro presagio se cruzó entre ellos:

-Por cierto, ¿quién te viste?

Martínez se giró y se perdió entre la espesa arboleda testigo de la conversación que mantenían aquellos dos seres contrapuestos. Martínez se acordó que a la mañana había quedado con Kevin en el mismo banco. Él le dijo que traería el vino. Así que un paseo para despejar la mente no le vendría mal. Hurgó en sus bolsillos para observar si aún le quedaba alguna moneda con los que comprar aquellas porras tostadas que tanto le gustaba al amanecer. No podía entender que la policía judicial de Madrid no tuviera a alguien capacitado para saber y conocer que los mismos que había  soltado la justicia estaban detrás de aquella acción. “Pobre chico” pensó. Pero ese ya no era su problema. Él había muerto y no cabía resucitación alguna. La jodida sociedad que le hundió con sus jueces señoriales y abogados bien pagados era la responsable de esas muertes. Dos niños extranjeros asesinados no carcomían la conciencia de la sociedad española; era algo normal para el conjunto de seres que se decían humanos: ahogarse en el estrecho, extranjeros que aparecen asesinados o mujeres de otros países que no del nuestro explotadas sexualmente por las Mafias. Algo habría detrás de todo aquello que no incumbía a nadie. “El tercero no tardaría en aparecer  y si no, al tiempo” se dijo antes de encontrar un euro escondido en el lugar más recóndito de su gabardina.

CARABANCHEL. MADRID

Azgba había ordenado a uno de sus hombres de confianza apodado el carnicero dar de comer a los perros. El joven musculoso había entendido la orden cuando cogió a la chica que momentos antes había estado hablando con su hijo pequeño custodiado por Andaya y retenido por la organización para que pagara su madre su pasaje hasta el país sin conciencia. La acompañó hasta el vehículo que estaba aparcado en la puerta y no le dirigió la mirada. Nunca lo hacía cuando tenía que darle de comer a los perros. La montó en el asiento delantero y el chico se fue hacia el del conductor. Luego cerró las puertas desde su lado para que no pudiera, si así lo decidía, saltar con el vehículo en marcha. Condujo varios kilómetros hasta salir de la ciudad. Sabía lo que tenía que hacer: Los perros tenían hambre, mucha hambre. En una carretera comarcal, sin tránsito alguno, detuvo el turismo junto al arcén. La chica le miró. Pensaba que la llevaría al club y desconocía el por qué de aquella parada. El joven la miró:

-Debo tomar un mapa de la guantera –señaló al habitáculo que la mujer tenía sobre sus piernas en el salpicadero del vehículo.

Ella le dejó hacer. Se inclinó levemente en la oscuridad reinante en el lugar entre las piernas de la joven y abrió la guantera. Todo fue rápido, muy rápido. De ella no extrajo un mapa; una bolsa de tela negra sorprendió a la inocente mamá que en milésimas de segundo la tuvo sobre su cabeza para bajar hasta taponar el rostro, las fosas nasales y la boca. El carnicero ya lo había hecho en otras ocasiones y siempre se maravillaba de la inocencia de aquellas casi niñas que jugaban a ser madres en un país que no era el suyo. Luego venía el pataleo desesperado, pero la fuerza del ucraniano era superior a los arañazos en sus brazos, en su rostro, en su cabeza. Es imposible conocer la desesperación del ser humano al que se le arranca la vida por asfixia. Son solo unos segundos y él lo sabía. Cuando deja de patalear hay que seguir otros diez segundos más que siempre contaba mentalmente. “Uno, dos, tres…” Finalmente y al observar la tela salir despacio del interior de la boca de la víctima comprendes que es el suspiro de la muerte. El aliento último que se da antes de partir.

Entonces entraba en el juego la segunda fase de la operación que ponía en marcha el carnicero, ese joven chaval ucraniano que hacía su trabajo con la carne como nadie y cumplía con los mandatos de Azgba al instante. Tomaba el cuerpo de la chica y lo introducía en el maletero. De allí lo trasladaba a la nave de carne que Azgba tenía en las afueras de la población de Carabanchel. Era una forma más de blanquear dinero. Con administradores ficticios en el registro mercantil, la empresa “Prensados S.L” traía en sacos a muchos de los inmigrantes que atravesaban el estrecho hasta dicha nave. Una vez que Don Mateo conseguía los papeles con sus ganchos en el Ministerio, esos hombres o esas mujeres salían de la nave para ser explotados hasta que pagaban el pasaje. Si no lo hacías también entrabas en la nave en un saco, esta vez muerta o muerto. Una vez allí ya fiambre venía un trabajo que amaba profundamente el carnicero. Un cuerpo humano es fácil de despedazar y hacerlo desaparecer. Se parte en seis trozos, cabeza, tronco, brazos superiores a la altura de las axilas e inferiores junto a la zona de la entrepierna. Cada trozo debía entrar luego con facilidad en la trituradora de carne que había de dimensiones gigantes en la empresa cárnica. La carne y huesos picados se introducían en pequeños sacos. Posteriormente entraba la tercera parte del plan. En un anexo de la nave a la cual se accedía por una puerta metálica había seis jaulas con seis mastines. En ella se hacinaban en celdas pequeñas, de apenas dos por dos los canes. Por su tamaño bien podrían pasar como caballos pero eran perros y, además, hambrientos. No se les daba de comer en los días anteriores a la comisión del trabajo ordenado por Azgba y cuando recibían la carne picada y el resto de huesos que habían quedado tras ser triturados y que les echaba el carnicero, tardaban en devorarla lo que se tarda en tomar una bocanada de aire puro. Después de aquella acción del carnicero, no quedaba ni rastro de la joven. Los perros le adoraban. Él era quien les echaba de comer y, por sus fauces pasaba lo que había quedado de aquella o aquel que se atrevían a contrariar a su jefe y, lo que era aún peor, ser morosos frente al mismo.

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