“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

TRECE

SAHARA. ANOCHECER DEL SEGUNDO DÍA EN EL DESIERTO

Todas las miradas confluyeron en la niña. ¿Cómo iba a conseguir llegar? ¿Cómo se iba a orientar durante el día?

-Dadle una botella con agua y un trozo de pan –ordenó el viejo a un chico que estaba junto a él- ¿Quién la acompañará? –alzó la voz.

Nadie se levantó del grupo de los que estaban sentados en la arena como tampoco ningún hombre dio un paso hacia adelante. Miró a la niña y sintió lástima por ella. “Cobardes” pensó para sí.

-Lo harás sola –le habló Nmachi en el tono que utilizaba noche tras noche cuando no conseguía conciliar el sueño pensando una y otra vez en los terribles dolores que sufría su madre antes de partir-, como tantas y tantas veces hiciste yendo a por plantas medicinales al bosque para tu madre enferma. Sigue siempre el resplandor del sol. Por la  noche escarba en la arena e introdúcete en el hoyo que hagas para protegerte del frío –besó su frente- ¡Que Alá te acompañe en tu camino!

La atrajo hacia así y la abrazó con fuerza sintiendo el calor que desprendía su cuerpo. Debía ser fuerte. Se separó de ella y se dirigió hacia los otros dos jóvenes que partirían con dirección hacia Arlit. Akin deseó decirle cuánto la había amado en silencio mucho antes de que ella conociera a Mustafá y decidiera pasar el resto de su vida junto a él, pero pensó que en ocasiones, en muchas ocasiones, las palabras no conducen a nada si no se acompañan con hechos. Él, Akín, iba a emprender una empresa imposible.

-Hazlo por todos –le dijo Nmachi al oído.

Akin la miró fijamente a los ojos y le dijo en presencia de Orji su acompañante:

-No, lo haré por ti.

Nmachi le recompensó con una sonrisa cómplice. Era el momento de partir.

Akin y Orji salieron antes que la niña siguiendo la profunda estela que en la arena había dejado el camión que les llevó hasta allí  y que aún permanecía intacta, como si de un molde de barro se tratara. Abeke dio dos pasos hacia el oeste con la botella de agua atada a su cintura. Miró hacia atrás y sus ojos se nublaron. Alzó su mano y vio como Nmachi besaba a su hijo. Volvió rápido hacia ella.

-Madre –la llamó así por vez primera en todo el tiempo que llevaban juntos desde que su verdadera progenitora, hermana de Nmachi, falleciera- ¡Volveré con ayuda!

Se besaron mutuamente en la frente y unieron fuerte sus narices para mostrar su amor. Nmachi tenía su corazón acelerado por las palabras de la niña y las que le había profeirido antes de partir el propio Akin y, sobre todo, ante el temor que le infundía aquella partida de la menor sola, sin nadie que la apoyara en la ardua tarea que ahora emprendía. Y la niña partió.

-Vuelve, Abeke, vuelve –susurró para sus adentros observando cómo su figura fina, alargada y oscura se perdía de vista en el horizonte entre las arenas calientes del desierto del Sáhara.

Alzó la vista hacia atrás para ver caminar a los dos jóvenes que avanzaban con dificultades bajo un sol que empezaba a ocultarse y luego volvió la mirada otra vez hacia Abeke. Entonces, solo entonces, hizo sus cálculos: Posiblemente dentro de cuatro días todos estarían ya muertos si ninguno alcanzaba su objetivo: conseguir ayuda que les salvase a todos.

Akin y Orji los dos jóvenes que se dirigían hacia Arlit avanzaban sobre las dunas del desierto del Sáhara. Aunque estaban acostumbrados a las altas temperaturas que se vivían en su tierra, se sentían  como si los hubieran metido en una olla y los hubieran puesto a hervir. El sudor caía sobre sus sienes cuando solo llevaban tres horas andando ya cerrada la noche. Alzaron la vista y observaron el maravilloso poder de la naturaleza hasta donde sus ojos y la oscuridad se lo permitían. Era como un mar pero de arena. No se atisbaba en el horizonte nada más que arena y la pantalla transparente que los rayos de la luna llena formaban al contactar con la tierra. El más joven de los dos Akin, movió la cabeza. Era una tarea inalcanzable llegar a algún lugar habitado para pedir ayuda. Cuando se estropeó el camión calcularon que habrían recorrido casi doscientos kilómetros. No sabían, antes de acometer su imposible misión,  que estaban más cerca de la frontera con Argelia que de su punto de partida.

-No llegaremos  –graznó con rabia  Akin mientras se trastabillaba al caminar.

-Moriremos antes de dar con un lugar habitado –añadió Orji- No debimos hacer caso a esa loca, Nmachi.

Se detuvieron unos instantes y miraron al cielo.

-No podemos seguir caminando, debemos descansar. Quizás sea mejor esperar a que salga el sol que andar de noche –propuso Akin poniendo su mano como visera sobre sus ojos como si la luz de la luna le molestara.

Orji comprendió. Aceptó la opinión de su compañero y buscaron un buen lugar para dormir. El rastro profundo de las ruedas sobre la arena aún les indicaba el camino a seguir. Sin brújula, solo la posición del sol y las huellas del camión les indicaban que se dirigían hacia el este. Sus esperanzas estaban puestas en ellas.

-Esperemos que el viento que se levanta por la noche no borre nuestra guía hacia la vida.

-Esta noche parece tranquila –matizó Orji.

Su amigo entendió pronto a lo que se refería. Akin andaba un poco más adelantado. Su fortaleza física superaba a la de Orji corpulento y obeso.

-Deberíamos haber esperado al menos un día con el grupo. No sabemos realmente si vendrán o no a por nosotros –dijo Orji.

-Nosakhere es un mal nacido, alguien en quien no se puede confiar. Toda su vida ha vivido de lo mismo, el tráfico de seres humanos. Solo su primo le ha salvado varias veces de terminar entre rejas, su maldito primo, Azgba, que no sé cómo lo puede hacer en la distancia en España. Estoy seguro que ahora estará tranquilo, lejos de Arlit, buscando nuevas víctimas con las que atravesar el desierto  con promesas, promesas –agitaba las manos Akin mientras hablaba.

Dejó de hablar de repente. Algo llamó poderosamente su atención. Tenía medio hundidos los pies en la arena. Aún así corrió hasta él y Orji le siguió. Cuando llegaron al punto que había llamado su curiosidad se agacharon y lo tomaron entre sus manos. Ambos se miraron.

-¡Seguro que es otra víctima de Nosakhere! –afirmó temblando Orji.

Akin alzó la cabeza hacia el cielo y luego dirigió su mirada hacia el cráneo humano que sostenía entre las manos.

-¡Maldito Nosakhere, maldito! –masculló con rabia.

Dejó caer el cráneo sobre sus pies y se quedó clavado en la arena, con los pómulos sobresalientes, un trozo de pelo que parecía pegado sobre él y los huesos donde se ubicaban los ojos muy abiertos, como si se tratara del vigilante del desierto. Entonces emprendieron la marcha lejos de allí.

-En esto nos convertiremos –aseguró Orji.

Supuso Akín que pronto ellos serían solo eso, un cráneo en mitad del desierto que alguien algún día encontraría y que lo lanzaría sobre sus pies sin preguntarse a quién podría haber pertenecido, si quedó  esperándole familia en algún lugar y cómo llegó a parar hasta ahí, sobre la arenosa superficie del Sáhara.

OHIO. PENNSYLVANIA

Sarah pasó el día sin salir de su habitación ni tan siquiera para comer. Lloraba sin parar y de nada servía el consuelo de su madre y hermana que le hablaban con palabras dulces, con sentido, intentando curar la herida abierta de su corazón. Se sentía como si alguien se hubiere sentado sobre su pecho, algo que le impedía poder respirar con normalidad. “Es la ansiedad” escuchó la vibrante voz de su madre, una mujer débil y enfermiza que se pasaba la mayor parte de su vida metida en la cama con fiebres altas y musitando rezos a un Dios en el que la chica cada vez confiaba menos. Porque sólo él podría ser el culpable de su situación al haber permitido descubrir a su padre y a los demás miembros de la comunidad sus encuentros furtivos con Saúl. Su madre, sumisa, siempre andaba detrás de su padre como perrillo faldero. Cuando conseguía ponerse en pie y salir por unos minutos de su cama, él, Lebanón, cabeza visible de los Asmish se comportaba frente a ella de forma contraria a lo que predicaba con fortaleza en la iglesia: La mujer es el sustento de todo hombre, el brazo en el que se apoya, la energía de su vida, las ganas de vivir y orar. Su madre era para él en casa algo tan importante como un quinqué de gas apagado en una cabaña Asmish. No servía de mucho a su progenitor, ni parecía desprender luz ante la que caminar pues nunca había apreciado un solo signo de cariño frente a ella y, en alguna ocasión, hecho que ocultó a su propia hermana, había escuchado como le gritaba palabras hirientes. Otra vez vio a su madre aparecer con el labio inferior partido y chorreando sangre por la barbilla. Cuando le preguntó qué le ocurría se apartó de su vista llorando con sus ojos adentrados en las cuencas y unas ojeras alarmantes. Detrás de ella salió su padre desde la habitación en la que momentos antes se habían escuchado las voces. Ella comprendió. A veces no hacen falta las palabras para entender con los propios gestos que emana en se leen en el cuerpo humano. Y esa era una ocasión perfecta para ver que tras el hombre que decía amar a la mujer, podría ocultarse un ogro enfermizo.

Lebanon había sido tajante tras el encuentro con Saúl: No quería verla salir sola de  casa. Iría a la Iglesia o a clase en compañía de su hermana o de su madre. Recordaba a la perfección los gritos de su padre impartiendo esas duras premisas para alguien que empezaba a disfrutar de la vida y que hacía muy poco tiempo había abandonado el periodo de las Ruspringa. Intentó explicarle que se había enamorado pero solo recibió por respuesta el acto de su progenitor alzando el móvil que Saúl le había regalado y estrellándolo contra el suelo al grito: “¡Es el demonio, es el demonio!” mientras señalaba aquella tecnología ajena a su Comunidad y totalmente prohibida ya descompuesta en piezas sobre sus pies, los ojos inyectados en ira y su voz quebrada por el esfuerzo. “¿Cómo habría encontrado el móvil?” se preguntaba; pero ello ya no importaba. Había una pregunta aún más importante por responder: “¿Qué hacer?” El tiempo iría borrando el recuerdo de Saúl y estaba segura de que él se volvería a enamorar y ello no podría permitirlo pues escapaba a todas las ilusiones que en su mente se habían creado día tras día viendo la luna aparecer y desaparecer tras su ventana como ahora lo hacía con quien deseaba compartir  el resto de sus días. “¿Cómo conseguir contactar con él?”. El arma de padre con la que apuntó a su primer y único amor, algo impensable en él, miembro destacado de la iglesia que pregonaba la no violencia había asustado tanto al chico que no se imaginaba viéndolo merodear por las afueras de la Comunidad y menos aún cerca del establo, su nido de secretos. Su único contacto con el exterior para poder verlo eran las visitas que hacía a la ciudad cuando acompañaba a su padre, pero también aquello había sido prohibido. En otro lugar cualquier artilugio tecnológico hubiera bastado para hablar con él, pero donde se hallaban, sin ni tan siquiera electricidad, esa tarea era impensable. Pasó una semana recluida y acompañada a cualquier lugar dentro de la belleza natural que rodeaba a la comunidad, con flores silvestres, cielo intensamente azul y alegría invadiendo cada uno de sus  rincones, en compañía de su hermana, dedicando la mayor parte del día con el fin de intentar olvidar la llamada del corazón a los trabajos agrícolas en la pequeña plantación que su padre tenía cerca de casa o en trabajos ganaderos, ordeñando  las vacas para producir la leche que tras el proceso artesanal produciría el delicioso queso que luego serviría para intercambiar por otros productos necesarios para sobrevivir en la ciudad. Sin embargo ella estaba triste, muy triste. Cada domingo, en la Iglesia, cuando el anciano de la comunidad desplegaba la plegaria del día en alemán antiguo, utilizando palabras para ella desconocidas aún y en las que se afanaba por aprender,  pedía con insistencia que su dolor terminase. Que pudiera volver a tocar, acariciar, oler e incluso besar a Saúl.  “¿Crees que me recordará?” preguntaba entre lágrimas a Angie, su hermana. “Estoy segura de que sí. El amor no lo borra el tiempo. Esa huella permanece en la memoria. Es como cuando marcan a los caballos con hierro para que todo el mundo conozca al dueño al que pertenece. La señal ya queda de por vida. Pasa lo mismo con el amor, queda marcado en el corazón y es imposible borrarlo”. Ella sollozaba aunque aquellas palabras de su hermana le provocaban esperanza. Todo le recordaba a Saúl, incluso en los actos más inverosímiles de su vida, como cuando cantaban algún himno en la privacidad del hogar al bendecir la mesa antes de cada comida. Pensaba que frente a ella, en vez de su hermana, estaba él que le sonreía y le tendía su mano cantando. “He pensado en escaparme, en buscarle. ¿Qué me dices?” Le susurraba en la noche cuando se metían en la cama y no conseguía conciliar el sueño a la pequeña Angie, aquella niña de ojos negros y pelo rubito de tirabuzones. No había respuesta por parte de su hermana. El hecho  de no hacerlo era porque no estaba dispuesta a perderla y aquella idea era descabellada. Si la descubría su padre o alguno de sus perros de presa, como ella conocía a aquel hombre enjuto esposo de Anika y al monstruo enorme de Levi todo se podría complicar. La amaba tanto que solo pensar  que no volvería a verla era un suplicio para ella. Poco imaginaba Sarah en aquel momento de aprehensión y dolor que todo iba a dar un giro radical en su vida. Su padre estaba decidido a algo que quiso darle a conocer una noche durante la cena cuando estaban los tres a solas sentados a la mesa, pues su madre, aquejada de nuevas fiebres altas, no se había levantado en todo el día de su lecho.

-Sería un buen hombre y marido  para ti.

Sarah miró a su hermana y tomó una cucharada del cuenco de sopa con verdura que se había dispuesto aquella noche para cenar hecha por ella misma. Su corazón se aceleró pero no preguntó.

-Creo que será un buen hombre para ti –masculló nuevamente su padre ante la indiferencia de su hija a sus palabras.

Angie no alzaba la mirada de la sopa.

“¿A quién se refería su padre?” Estaba claro, quería y deseaba que se emparentara con Levi, ese hombre que le provocaba miedo y tensión cada vez que se acercaba a ella y que la miraba con ojos libidinosos. Ella no quería a nadie a su lado que no fuera Saúl. En la habitación contigua a donde estaban cenando, escucharon los lamentos en voz alta de su madre, palabras casi ininteligibles que llegaban ante ellas. Cuando el silencio recorrió todas las instancias de la cabaña y después de cesar su padre en sus palabras la escucharon gritar en voz alta, como si aquello fuera una premonición  de lo que iba a ocurrir la noche siguiente:

-¡Gottes Wille! (1)

Los tres se miraron. Sarah comenzó a temblar.

  1. Es la voluntad de Dios.

 

Jaén. 8 de Junio. Camino de las Cuevas.

Multitud de curiosos se agolpan alrededor del vehículo del joven que parece estar resguardado de miradas ajenas debajo de un olivo, la seña e identidad de la ciudad que le ha visto nacer y también morir. Son jóvenes llegados de la fiesta de la madrugada que han oído el rumor de que un cuerpo acribillado ha aparecido en el interior del vehículo en el camino de las cuevas, muy cerca de la carretera vieja y secundaria que conduce hacia Fuerte del Rey, localidad jaenera. Deambulan por el lugar y a ellos se une más gente. La policía está ya allí y comentan entre ellos, fuman, y algunos se sorprenden de que eso haya podido pasar en Jaén mientras esperan la llegada de la policía judicial y del Juez de guardia. Puede ser que el hallazgo esté relacionado con la denuncia que unos padres han interpuesto en comisaría sobre la desaparición de sus hijos pero aún es pronto para saberlo. El coche policial se detiene en las cercanías iluminadas por las primeras luces del amanecer que han aparecido por las faldas del castillo de Santa Catalina, se han extendido por la Catedral que alberga en su interior la imagen más venerada de la ciudad, el Abuelo y han bajado por los baños árabes para finalmente detenerse en las sombras de un camino llenas de muerte, luces del alba doliente que se mezclan con  las luminosas de los vehículos policiales. El viejo sabueso al mando del grupo de la policía nacional se queda asombrado cuando llega al lugar del crimen y le comenta a su compañero.

-¡Esto parece un circo!

Se baja del turismo con rapidez. Tiene constitución pesada y sus facciones aparecen endurecidas por todos los asesinatos que ha visto. Se topa con un primer policía y le pregunta:

-¿Y toda esta gente? –le pregunta.

El policía se queda extrañado.

-Curiosos –responde.

-Curiosos que borran huellas -añade.

. Parece no entender sus comentarios. Le observa mirando a su alrededor.

-Si los asesinos del chico vinieron a pie, sus huellas podrían estar marcadas en el piso del olivar. Si lo hicieron en coche, tomaríamos las huellas de los neumáticos marcados –se detiene-. ¿Me puede explicar qué huellas tomaremos ahora, con toda esta gente aquí, con los vehículos policiales pisando el lugar del crimen?

-Señor, yo…-titubea

-Ordene a esta multitud salir de aquí ahora mismo y póngalos a no menos de un kilómetro de distancia del lugar del asesinato, porque estamos ante un asesinato. ¿Han llamado al Juez?

-Está en camino con la comisión judicial.

-Esperemos que no se hayan borrado –comenta para sus adentros- cualquier indicio que nos conduzca hacia el que haya acabado con la vida del joven.

El policía comienza a dar órdenes a sus compañeros para que desalojen  la multitud.

Se acerca al vehículo del chico aún ardiendo en sus entrañas por tanta incompetencia y observa el cristal trasero destrozado por  impactos de bala. Porque una piedra no puede hacer el destrozo que él ve. Una piedra resquebraja el centro del cristal y forma como una telaraña en la ventanilla. Aquel cristal está hecho añicos. El joven conductor, con los pantalones aún bajados, está echado sobre el asiento del copiloto y el cristal delantero  igualmente está como el trasero: “Otra bala” piensa. Se acerca uno de sus hombres pisando los cristales esparcidos por el suelo y mira hacia el interior, dónde está mirando su jefe.

-Aquí falta alguien –comenta al ver cómo los pantalones del joven al que han quitado la vida están bajados.

Ambos se miran y se observan mutuamente con el fin de conseguir dar respuesta a esa dura afirmación. Si ese alguien es una chica y no está en el lugar, ha debido ser raptada en el mejor de los casos y debe estar en peligro.

-¿Conoces la zona? –le pregunta a su compañero.

El otro niega con la cabeza. No  lleva mucho tiempo en la ciudad.

-Tomad huellas y fotografías –ordena-. Voy a llamar a comisaría para que me confirmen la identidad de la denuncia formulada por una pareja de  jóvenes desaparecidos.

-La cámara –grita para obedecer la orden recibida.

Cuando la tiene empieza a disparar hacia todas las posiciones posibles. La cara del joven, el lugar, los impactos de bala, la sangre del salpicadero. Estas fotografías serán clave en la inspección ocular y en el informe que reciba el Juez. Sin embargo algo no irá como aquellos guardianes de la ley piensan. Curiosa y sorprendentemente, la cámara no tiene carrete.

El olivo se alza con su tronco arrugado sobre la muerte del joven Oscar. Al fondo, el Castillo de Santa Catalina observa con sus siglos a su espada y también piensa: ¿Por qué el ser humano es el peor depredador que engendró la chispa que encendió la vida en el planeta para con sus semejantes?

CATORCE

ALCANTARILLAS DE ALEPO. SIRIA

El olor en la alcantarilla era insoportable. No solo provenía de desechos humanos, había algo que olía similar a carne quemada. En su carrera detrás del niño se topo con cientos de ratas que correteaban por sus pies como niños ansiosos por conocer lo desconocido. Las ratas le daban pánico. En su país había ratas tan grandes como gatos y, en ocasiones, se metían en la choza donde compartía vida con Nmachi atraídas por el olor a carne o sangre de algún animal recién sacrificado. Entonces recordaba cómo era Namchi la encargada de ahuyentarlas; nunca las mataba porque decía que en cada una de aquellas vidas habitaba el espíritu de un humano reencarnado. Él permanecía apartado por el profundo asco que le proferían aquellos roedores y, también, por el temor que le infundían los espíritus de aquellos que ya no estaban en la vida que él podía ver, sentir y palpar. Aquel túnel parecía inmenso pensó pues llevaba corriendo unos minutos y no se atinaba por sitio alguno el fin de la galería subterránea; se sorprendió estar en un lugar no destruido aún por las bombas en Alepo donde todo había sido reducido a la nada, como si allí nunca hubiera existido una civilización llena de vidas humanas. Pensó en lo fácil  que era para el ser humano  destruir en tan solo días lo que había costado construir años. Imaginó que aquel lugar infestado, la alcantarilla, a ninguno de los dos bandos combatientes le interesaba en lo más mínimo. Cerca de él, a su izquierda, discurría una especie de arroyo con excrementos, objetos de los más variopintos y animales muertos. Un grupo de ratas se daba un festín con un gato esqueletizado. “Cómo había cambiado su vida en unos meses” pensó. De las guerras y penalidades de su país, a las guerras y hambrunas de otro pero, sin la compañía de quienes más amaba: su mujer Nmachi,   su hijo y sobrina Abeke a la que prácticamente habían criado desde la muerte de su madre. Ahora se encontraba atrapado en medio de ambos bandos donde su existencia, como ya había podido comprobar en la escuela, como ya lo pudo ver con su amigo que le acompaño en la aventura Siria, no valía nada. Sabía que si le cogían los del régimen que gobernaba el país con mano de hierro le matarían por desertor y por acabar con la vida del Verdugo. Porque cuando le encontraran muerto en la clase a él asignada pronto sabrían que había sido él, el mismo que había huido. Si le atrapaban los rebeldes y llegaban a conocer su pasado como francotirador, su cabeza rodaría por alguna de las calles de Alepo para que los niños jugaran a darle patadas en el mejor de los casos o pinchada en lo alto de un mástil con los ojos abiertos a la crueldad para que tomaran ejemplo de lo que podía ocurrir a aquellos que todavía eran leales al gobierno o llegaban a Siria para ganarse la vida como mercenarios. Lo había visto ya en más de una ocasión y estaba seguro de que él no sería una excepción. Cuando llegó a la altura del niño observó cómo este se introducía en un recodo del túnel hacia la derecha. Le siguió. Era un habitáculo minúsculo con unas escaleras que ascendían hacia la superficie. Pudo ver la chapa metálica que sellaba la alcantarilla y un diminuto orificio por el que debía  filtrarse la luz exterior y el aire. En el suelo había una manta y el pequeño dio  patadas a dos roedores que deambulaban sobre ella.

-¡Mi habitación! –dijo el chico imberbe destellando una pícara sonrisa en su rostro sucio.

-¿Esta es…esta es tu habitación? –preguntó Mustafá observando cómo las ratas a las que había propinado dos puntapiés, volvían hacia la manta escurriéndose bajo sus pies.

El niño movió la cabeza  afirmando y se sentó sobre la manta invitando al hombre desconocido al que había salvado de una muerte segura. Mustafá hizo lo mismo frente a él. Miró al pequeño y observó una cara aún infantil llena de mugre, con las ropas como si estuviesen roídas por el tiempo cubriendo su cuerpo delgado hasta la extenuación. No era demasiado alto y el color de sus ojos marrones y el pelo negro largo le daban un aspecto de adolescente rebelde. Por momentos sintió lástima por aquel ser. Sin embargo los ojos del menor desprendían inmensas ganas de vivir y no desaparecía de él una mueca de felicidad, como si vivir en aquel lugar fuera lo mejor que le hubiera podido pasar. “Era imposible ser tan feliz con tan poco”, pensó, pero en ocasiones ocurría para  sorpresa de algunos.

-¿Por qué no me mataste? –preguntó mirándole fijamente a los ojos el niño.

Mustafá no entendió la pregunta y le llamó la  atención sus ennegrecidos dientes. Si comprendía que aquel ser no aparentaba mentalmente la edad física que podría tener. Se encontraba ante un niño que había tenido que crecer deprisa, condicionado por las circunstancias. Quizás un año   atrás era feliz en la seguridad de su casa, con sus padres, hermanos, amigos y familia  como él, y ahora se encontraba solo en una guerra creada por las ansias del ser humano. “Las ratas que por miles se podían contar allí abajo eran mucho más pacíficas y menos malas con sus semejantes que el propio hombre. El hombre era el único capaz de destruir y matar por placer, sin remordimientos” pensó.

-¿Por qué no te mate? –Preguntó en voz baja, como si las ratas hubieran de protestar si alzaba la voz-. ¿Debía de hacerlo acaso?

El rata como había dicho que se llamaba sonrió.

-¡Lo hiciste con el perrito!

Aquella afirmación trajo hasta  Mustafá  la imagen del niño junto al tanque rescatando el animal de entre sus entrañas, su mirada perdida en el animal, su descuido, el disparo y la mirada del pequeño fija en la ventana desde donde se había producido.

-Entiendo –y comprendió quién era el ser que momentos antes había acabado con la vida del Verdugo permitiéndole seguir a él con la suya.

-¿Por qué no lo hiciste? –insistió.

Mustafá le miró. No sabía realmente qué contestar.

-Tengo en mi país un hijo algo más pequeño que tú –respiró hondo.

El menor comprendió.

-No soléis fallar –añadió-. He visto cómo desde las ventanas de la escuela disparáis sobre la gente. ¿Por qué?

Mustafá no sabía una vez más, ante preguntas tan directas qué responder. Él también se lo había preguntado en muchas ocasiones; aquello parecía un interrogatorio y cada pregunta era aún más incómoda de contestar que la anterior. Por qué disparaban contra la gente habría que habérselo preguntado al Verdugo o a los que por encima de él daban las órdenes. Quizás mejor al hombre que regían los destinos del País o a sus generales.

-Realmente no lo sé. En las guerras siempre pagan los inocentes. Si te sirve de algo te diré que yo era el único que erraba siempre el tiro –masculló y emitió una mueca parecida a una sonrisa mientras no dejaba de mirar a las ratas que se subían por encima de sus piernas como el bebe que explora a sus progenitores-.

Ambos se observaron mutuamente e intercambiaron una mirada cómplice, como si se conocieran de muchos años atrás. Mustafá analizó el lugar en el que se hallaba. Riachuelo de excrementos a la izquierda, animales muertos y objetos de la más diversa clase flotando sobre él, escaleras sobre su cabeza ajustadas a la pared y muy oxidadas producto de la humedad, la tapa de alcantarilla que les cerraba el paso hacia el exterior y aquel rincón con manta y ratas por vecinas. “¿Cómo podía vivir allí un ser humano?”  Aquello era algo que no cabía en su cabeza.

-¿Desde cuándo estás aquí? –preguntó.

El niño alzó la mano y puso un dedo delante de él.

-¡Un año! –afirmó.

“Eres increíble” pensó Mustafá y enseguida le vino a su mente el pensamiento que le invadió el primer día que entró en territorio Sirio: salir de allí cuanto antes y ahora con mayor razón. Su vida no valía lo que podía costar una bala.

-¡Un año! –paladeó un leve silencio. Luego se dirigió a él y quiso ser sincero- Debo intentar abandonar el país. Es una tarea en la que me irá la vida pero, si lo hago contigo será más fácil.

El niño se tocó su cara. Mustafá no comprendía qué le quería decir.

-Eres negro. No pasarás desapercibido para nadie –dijo el menor-. Es más, los negros en este país suelen ser  mercenarios que combaten en  alguno de los dos bandos. Te descubrirán y entonces –pasó su dedo por su cuello de lado a  lado.

Mustafá tragó como pudo la saliva que se había formado en su garganta. Sabía que aquella rata humana tenía razón.

-Uffff –soltó.

El pequeño sonrió.

-Sé cómo salir de aquí. Llevo pensando muchos días en cómo hacerlo. Ya no tengo a mis padres ni a mis hermanos, así que debo buscar una nueva vida. Me he hartado de vivir con ratas –tomó una por el pellejo de su lomo y se la puso sobre sus pies. El roedor olfateaba la persona que la había prendido sin huir, como si estuviera acostumbrada al olor que desprendía el niño. Mustafá miró sus ojitos pequeños, sus largos bigotes y sus dientes afilados.

-Mi mujer decía que todas ellas llevan el alma de algún humano muerto que expira sus pecados en vida en estos seres de alcantarilla.

La volvió a tomar del pellejo y sus hocicos se acercaron hasta los del niño como si fueran a besarle. Le olfateó.

-Puede ser. Pero lo dudo, porque estas ratas no hacen daño a nadie salvo que se sientan acorraladas. Solo buscan comida, como nosotros. Pero ellas a su manera. ¿Cómo puede habitar en ellas el espíritu de alguien como el hombre al que maté en la escuela?

Mustafá se asombraba por la entereza en las palabras de aquel mocoso. “El  ser humano hace daño aunque no se sienta acorralado”, pensó. Y se acordó de los disparos que día a día rugían en las ventanas de la escuela cobrándose la vida de seres inocentes.

-Tienes razón. Allí en la escuela había espíritus de gente malvada.

-En esa clase, en la que tú estabas estudiaba yo. Allí estaban mis amigos y mis amigas.

Mustafá guardó silencio.

-¿Los sigues viendo?

El niño negó con la cabeza.

-Al principio de comenzar todo, alguna vez. Luego poco a poco fueron desapareciendo de mis vidas –en este punto sus palabras parecían negarse a salir de su boca-. Después, como todo lo que quería, se fue desvaneciendo –e hizo un gesto con las manos como si intentara tocar el aire-.

-¿Cómo podríamos salir de aquí? ¿Qué tienes pensando? –quiso Mustafá cambiar el curso del tema que empezaba a dolerle en los más profundo de su ser.

El niño tomó la rata nuevamente del lomo, se la acercó hasta sus labios y la besó en la cabeza, algo que produjo náuseas a Mustafá.

-Primero debes convertirte en una de ellas –sonrió-, como yo lo hice. Luego solo debemos seguir el juego de las ratas.

-¿El juego de las ratas?

Asintió con la cabeza. Mustafá no entendía nada.

-¿No conoces el juego de las ratas?

Se encogió de hombros y dejó salir de su rostro una extraña mueca.

-Bueno, comamos algo antes, ya te lo explicaré.

-¿Comer, el qué? –le miró contrariado.

Miró a su alrededor y no había atisbo de comida por sitio alguno. Pensó que la podría tener escondida en algún lugar para que las propias ratas no acabasen con ella. Sin embargo con la sonrisa aún en la cara le dijo:

-No ves. Tengo la despensa llena –alargó la mano fuera de la manta en la que ambos se posaban y tomó otro roedor.

-No pretenderás que co…coma -tartamudeó.

En una milésima de segundo sacó un pequeño cuchillo afilado desde el interior de su pantalón y pegó un tajo a la garganta del roedor que llegó a emitir un pequeño chillido seguido de intenciones de proteger su vida dando dentelladas hacia todos los sitios posibles. Pero el pequeño desconocido no era la primera vez que debía de haber actuado con tanta precisión y rapidez. Mustafá pensó en el espíritu de aquella rata revoloteando por encima de su cabeza en ese lugar oscuro y maloliente. No tardó en quitar el pellejo de pelo que protegía al animal y en partirla en cuatro trozos a la altura de las patas traseras y delanteras. Pegó otros cuatro tajos para quitar las patas a la altura de las uñas.

-Son indigestas –le dijo.

Sus manos estaban ensangrentadas y también la ropa.

Mustafá no pudo aguantar más. Giró la cabeza y comenzó a vomitar lo poco que tenía en el interior de su estómago. El Rata rompió en carcajadas ante los gritos de la nueva rata que sostenía entre sus manos y que dejaba escapar su vida por la herida también abierta en su cuello en un abrir y cerrar de ojos, como se escapaba la vida a menudo en Siria.

OHIO. PENNSYLVANIA

Cierto día el padre de Sarah marchó a la ciudad para el obligado intercambio de productos dejando tajantes  órdenes: “No quiero que salgas sola” decía con voz firme, imponente y autoritaria bajo aquel sombrero negro, montado sobre el carro dispuesto a azuzar al caballo. Ella asentía resignada: “No lo haré, padre”. “Sabes que el alma de ese chico está perdida y arderá en el infierno y tu actuación, junto a él, puede conducirte a la excomunión al infringir el Ordnung” le escuchaba decir. Padre era radical en el cumplimiento estricto de las normas y reglas dentro de la comunidad y llevaba al máximo los preceptos por esta marcados, de ahí que le sorprendiera tanto el verlo empuñar un arma el día en que obligó a Saúl a marcharse de ella.”Es la Gottes Wille”* sentenciaba como ya apuntara su madre la noche en que ella junto a su hermana y su padre cenaban desde la habitación donde yacía con fiebres altas. Y a ella no le quedaba otra cosa que aceptar aquella voluntad de Dios por muy injusta y contraria a sus deseos que ésta fuera. No entendía a Dios.  Entonces le observó marcharse por el camino que tantas veces ella había recorrido en su compañía. Miró hacia el establo como si de él fuera a salir en cualquier momento la figura de Saúl, llamándola. Pero sabía que eso ya formaba parte del pasado en su vida y que solo era una brizna que se amontonaba en el baúl de los buenos recuerdos. Transcurrió el resto del día rezando en la Iglesia y ayudó a su madre en las tareas domésticas cuando ésta se levantó de su lecho para acariciarla y darle esperanzas en un día mejor, esperando ambas la llegada de  padre al atardecer para después  dar gracias a su Dios nuevamente en la Iglesia y cenar a la caída de la tarde. Sin embargo llegó  el momento a la caíd del sol en el horizonte en que  padre debía de haber llegado a la Comunidad y no lo hacía. Preocupadas salieron junto con otros  miembros al camino por el que debía volver como tantas y tantas veces lo había hecho. La noche ya había extendido su manto cubierto de estrellas relucientes y la luna a lo lejos, parecía abrir sus ojos luminosos para dar claridad en todo el territorio Asmish. Pasaron las horas y la preocupación fue en aumento. Nada, ni rastro de su progenitor. Volvieron a casa e intentaron conciliar el sueño; se habría entretenido más de la cuenta y, aunque no era lo habitual, en alguna ocasión había sucedido. Al amanecer escucharon los cascos del caballo por el camino y junto a su madre que se levantó dolida y con dolores de su lecho y su hermana Angie salieron aprisa del hogar para dar la bienvenida a padre como era obligatorio entre los miembros de la familia. Al final del camino se veía el caballo y su trotar cansino. Sabía por puro instinto animal la vuelta hasta el hogar de tantas veces que lo había recorrido en idas y venidas hasta la ciudad. Cuando prácticamente estuvo a la vista la carroza que tiraba con su padre sobre ella, Sarah sintió un grito desgarrador, inhumano. Lo había proferido  su madre y vio como después se desmayaba a sus pies. A ella le hubiera ocurrido lo mismo de no ser por la fuerza interior que había heredado de su abuela. El caballo trotaba sin que nadie controlara sus riendas.

-No puede ser, no puede ser –se dijo en voz baja, apretando la mano de su hermana que a su lado y con el rostro blanco, contemplaba la macabra escena que ante ellos se presentaba.

Padre estaba sentado sobre el tiro, su cuerpo recto, su cabeza pegada a la parte superior de la carroza sin su sombrero. Una hoz de cuatro pinchos atravesaba su garganta bajo su barba y lo clavaba de forma literal sobre la carroza prendido de su cuello. Cuando el caballo llegó a su altura en el principio del camino se detuvo y relinchó. Otros miembros de la comunidad habían acudido al grito de la madre de Sarah que aún permanecía tendida en el suelo, sin que nadie le prestara atención pues todos los ojos se fijaban en el líder de la Comunidad. La madre de Sarah  atinó a escuchar de boca de alguno de ellos que miraban la escena tan atemorizados como ellas:

-¡El Demonio. Es obra del Demonio!

-¡Gottes Wille! (1) –musitó cabizbajo William cogido de la mano de Annika que llevaba la otra a sus labios intentando reprimir sus palabras y también su llanto culpándose de algo que solo su interior conocía y preguntándose si realmente todo aquello no era sino culpa de ella.

Padre tenía los ojos muy abiertos y parecía mirarla para decirle quién estaba detrás de aquel vil crimen. Sarah no derramó una  sola lágrima y pensó si Saúl no sería el responsable de la desgracia que como nube repleta de rayos acababa de acontecer sobre la Comunidad y, ante todo, sobre su familia.

-¡Gottes Wille! –Gritó emulando las palabras de Willian y de su madre días antes de que todo se cerniera sobre la comunidad-.

El gigante de Levi la observaba sin hacer nada.

Acto seguido Sarah se abalanzó hasta el cuerpo de padre para abrazarlo fuerte y explicarle, allá donde se hallara, cuánto lo amaba. Padre estaba frío, como la vida en ocasiones.

(1) “Gottes Wille”. Voluntad de Dios.

 

 

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