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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

 

VEINTINUEVE 

JAÉN. UN AÑO DESPUÉS DEL DOBLE CRIMEN

Seguía pasando el tiempo pero para la madre de Ana todo parecía haber sucedido hacía tan solo unos segundos. La investigaciones habían sido decretadas secreto de sumario y nadie les informaba de forma directa acerca de quién o quiénes podrían estar detrás de todo aquello. Su vida se marchó con Ana. Por eso ya no le quedaba ilusión alguna que la de pasar la mayor parte del día metida en la cama, recordando. En alguna ocasión cogía prendas vestidas por la chica y se las llevaba hasta su nariz para intentar oler su perfume, para tenerla cerca aunque solo fuera con un objeto terrenal. Eran momentos tristes, agónicos, desastrosos. Era vivir muerta. Porque es posible morir en vida. A ella le estaba ocurriendo, le estaba pasando y nadie llegaba a comprender el dolor tan inmenso y tan punzante que marcaba su corazón. Trescientos sesenta y cinco días desde la llamada en la noche donde le anunciaban lo peor, esa llamada que cambia tu vida en un instante. Pendientes como siempre está el ser humano de lo superficial, de lo poco transcendente sin valorar que somos mortales, que un día, ella, nos visitará. Trescientos sesenta y cinco días en lo que lo único que era cierto era que amada hija Ana ya no estaba.

“…Al otro lado Oscar y yo. La vida es un largo viaje en contadas veces. En ocasiones te apeas o te apean en una estación que no es la que tienes prevista y, lo que es peor aún, te bajas de ella sin aquellos seres queridos con los que has viajado a lo largo de tu existencia. A nosotros nos bajaron en una parada no prevista. Ocurre en ocasiones, en muchas ocasiones. Tres desarmados decidieron poner punto y final a nuestro viaje cuando comenzábamos a disfrutar de las grandezas y sensaciones solo imaginables al otro lado, el de los vivos. Nuestro mundo ahora no es muy diferente al vuestro. Estamos en él y, por eso, muchos de los que aún viajáis podéis sentir como si  tuvierais a aquellos seres que amasteis y que dejaron el camino antes por cualquier circunstancia en cualquier detalle cotidiano. Una foto, una prenda, un instante que ya es pasado. A nosotros no nos tienen prohibido en esta etapa de espera el manifestarnos de cualquier forma posible. Así, nos permiten descargar nuestra rabia. Es por ello por lo que tú, madre, después del hallazgo de mi cuerpo encontraste esa foto extraviada que reflejaba mi imagen  de pequeña  aferrada a tu mano ante un tío vivo en la feria de octubre de aquel año perdido ya en la memoria de los vivos. No fue casualidad. Yo la puse en tu camino. Luego vinieron  las del primer cumpleaños soplando la vela ante la atónita mirada de los primos; la que me sostenías en tu regazo mientras me obligabas a mirar hacia un punto concreto, el objetivo de una cámara vieja cercana. También has podido sentir  el viento que en ocasiones entraba en casa ante tu soledad cuando todas y cada una de las ventanas estaban cerradas a cal y canto. El viento eran mis suspiros por esta incomprensible situación, la de la espera. Desde esta mi posición, intenté igualmente manifestar hechos que llevaran a conducir hasta quienes terminaron con nosotros tal y como te voy a explicar. Hechos irracionales para el mundo de los latientes pero muy comprensibles para los que os esperamos acá, en este lugar. A Oscar y a mí nos permitieron ser los ángeles guardianes de los dos jóvenes que cerca del lugar conocido como las Fuentezuela en nuestra ciudad, sufrieron meses después a nuestra muerte un asalto con escopetas de cañones recortados muy similar al nuestro. De no haber intercedido, el ruido de una simple lata bastó a la que Oscar dio una patada, ellos también se hubieran bajado en una estación de la vida que no les correspondía. Sé que debo contarte algunas cosas que quizás, ahora, con el paso de los años, aplaquen el dolor que padecéis en casa. Te cuento madre que segundos después de ser asesinados, un ser de luz luminosa, cuando nuestros cuerpos aún yacen en la tierra, el de Oscar en el coche y el mío en el cortijo de la Casimira, apareció ante nosotros. No podíamos ver su cara, pero la luz transmitía paz. La paz que debíamos de albergar al saber que ya no volveríamos a abrazaros. Nos explicó que el camino hasta Él iba a ser largo y que, por tanto, antes deberíamos aprender a perdonar. ¿Quién puede perdonar a su asesino? Éramos jóvenes y solo deseábamos vivir, seguir creciendo, madurando, formar una familia quizás. Y ese ser nos pedía perdonar. Ante él, vimos cómo nuestros cuerpos fueron apareciendo con muchas horas de retraso el uno con respecto al otro encontrados por policías de diferentes turnos de trabajo. Y lo que es peor aún, vimos a nuestros asesinos ocultando las pruebas del crimen en las horas siguientes sin remordimiento alguno de conciencia por lo que habían hecho. Observamos a seres vacíos de sentimiento. Hay personas a las que llaman humanos y que así los califican por el hecho de haber nacido del vientre de una mujer, pero que son parecidos, muy parecidos, a animales irracionales. Así eran ellos. Ese ser de la luz no llevó entre una espesa niebla a diferentes puntos de la ciudad de Jaén. Todo transcurrió con una rapidez inusitada, apenas en unos segundos después tras nuestra muerte. Y en esos puntos nos vimos de pequeños, cuando aún viajábamos de lado a lado cogidos de vuestras manos. Observamos nuestros primeros pupitres en la escuela, a nuestros primeros maestros. Nos agarramos vuestras sonrisas en los años siguientes a nuestro nacimiento. Viajamos con el ser de luz viendo hechos importantes en nuestra etapa en la vida. Y yo, me detuve en mi primera comunión. Oscar estaba serio viendo esos momentos; la pena invadía su ser al igual que la mía, pero yo la manifestaba de otra forma, como fui en vida. La niebla al otro lado se apartaba y mostraba nuestra niñez, la adolescencia y, el momento en que decidimos acudir al camino de las cuevas la fatídica noche del 7 de Junio. “Debéis aprender a perdonar” escuchamos la voz del ser luminoso mientras observábamos aferrándonos a las imágenes con nuestras manos unidas. Los dos nos miramos. Mi cabeza se posó en su hombro. Fue entonces cuando te vi gritar aquella noche ante mi cama vacía…”

Ana levanta la cabeza de la cuartilla donde se haya escribiendo y ve la figura fantasmal de su marido frente a ella. Ha debido entrar y no se ha dado cuenta. Estaba absorbida recordando a su niña en lo que escribía. La mira y cuando sabe que le presta atención le dice:

-Han llamado de comisaría. Quieren hablar con nosotros. Tienen algo.

Ana no responde al momento. Guarda silencio. Tomó la cuartilla y relee lo escrito ante él.

-“…Fue entonces cuanto te vi gritar aquella noche ante mi cama vacía…”.

Él no la entiende. Sabe que escribe para no olvidar. Para estar más cerca de su niña que ya no está presente en vida pero sí en todo lo que hacen. Nunca ha querido leer nada. Él también murió aquella noche.

-¿Tienen algo? –levanta la mirada del papel y le mira.

Su esposo asiente lentamente con la cabeza.

-El testimonio de alguien que dice lo vio todo. Un mendigo que andaba por la zona, parece ser.

-Lo sé –musita Ana.

-¿Lo sabes? –la interpela él con curiosidad.

-Ella así me lo dijo.

“Ha perdido el juicio. Como yo. Como todos los que la amamos en vida” piensa su esposo. Se da la vuelta y se introduce en las sombras de un cuarto situado a la derecha del salón donde Ana habla con su hija en sus escritos. Y termina.

“ Las sombras, las malditas sombras que agazapadas esperan en la vida para traicionar al ser humano…”

ELCHE. CASA DE ACOGIDA PARA MUJERES MALTRATADAS

Todo comenzó con un pequeño blog al que llamó: “La mujer es una Diosa”. En él contaba su experiencia y la experiencia de otras mujeres que como ella habían sido objeto de maltrato. Los inicios no fueron fáciles. Supo que su esposo la buscaba por todas las casas de acogida de Elche y solo la denuncia ante el Juzgado de violencia de la mujer la tuvo apartada de él por medio de una orden de alejamiento de más de 100 metros y de comunicación por cualquier medio telefónico o de otra índole. Ahora, solo su hijo a través del punto de encuentro donde era visitado por su padre la ataba a aquel lazo del pasado que deseaba olvidar cuanto antes para volver a empezar a nacer. “Porque había lazos que te atan al pasado que a veces parecen irrompibles” pensó. Incluso en ocasiones sintió ganas de volver a su anterior vida, a su casa, donde al menos su hijo estaría en su cuarto solo, sin necesidad de compartirlo con otros hijos de madres dañadas física y  mentalmente como ella. Pensó si aquello no era lo mejor para el menor. Ella sufriría pero él tendría una vida junto a su padre. Sacó las tijeras imaginarias de su pensamiento y cortó ese lazo inútil que te hace sufrir, que no te deja respirar, que te daña. “Porque vivir se hace una sola vez y no merece la pena hacerlo en el sufrimiento”, se dijo para intentar auto convencerse de que lo que estaba haciendo era lo mejor para ella y para su pequeño. “Porque ella debía quererse más que nadie y si volvía con él significaba despreciar su existencia”. Y así se dedicó por completo a la actividad que tenía pensadas cuando habló con la chica Punki: rescatar mujeres de las garras de sus ogros como si fuera una guerrera de un cuento encantado. Eso además la mantendría apartada de cualquier pensamiento vacío e inútil sobre su vida anterior. En el blog habría un apartado con correo electrónico destinado al contacto con ellas de cualquier mujer que precisara de su ayuda, fuera del punto del país que fuera. No importaba la distancia. Si en Google se introducía la palabra “MALTRATO” de forma inmediata un enlace te conducía al blog de Clara, “La mujer es una Diosa” Y contaba con un grupo extremadamente fuerte para hacer frente al maligno: Lucía, la Punki y Manuela, el ama de llaves de la casa de acogida. Nada ni nadie se iba a interponer en su camino con aquellas armas de rayos laser ocultos e infalibles en el interior de las tres mujeres: La alegría de Lucía, la fuerza de Manuela  y la fe de ella. “Ninguna mujer debía  preocuparse por su futuro” pensó, y aquello le hizo gracia. Sin embargo, la semilla de la alegría, el fruto que da la fuerza y el agua que riega la fe, eran más que suficientes para comenzar la batalla. Y llegó el primer mensaje. Lo escribía una chica joven con dos hijos pequeños de un pueblo del sur. Era una llamada de desesperación, de angustia, de miedo, de pánico. En su caso no era maltrato psíquico: eran palizas diarias a ella y a sus hijos. Había que hacer algo y pronto.

-Borra este correo cuando lo leas –le dijo Clara cuando le contestó-. No sabemos si él lee tus correos electrónicos. Quiero que te prepares mañana al amanecer tú y tus hijos – dejó de escribir un momento la parte final de su mensaje-. Lucía, ¿qué distancia hay de Elche a Cádiz?

-¿Te vas a la playa? –le preguntó mascando chicle mientras hacía su cama la joven desviando la mirada hacia la cama de Clara que, con un ordenador portátil parecía leer algo en la pantalla iluminada.

Alzó la mirada del ordenador portátil. Estaba sentada en su  colchón y sobre él trabajaba en el blog recién creado.

-No, vamos a por una chica y sus hijos a los que el cabrón de  su marido le da leña en el cuerpo y azotes a su alma.

Dejó de hacer la cama. Puso sus brazos en jarra y dejó estallar una pompa de chicle sobre su cara.

-¿Otro hijo de puta? A este paso no van a quedar hombres.

Clara sonrió.

-¿Sabes la distancia exacta o lo miro en internet?

Lucía hizo explotar una nueva pompa de chicle.

-¿Vamos en tren, en barco o en avión? –bromeó desde la otra esquina del cuarto aún con sus brazos en jarra y con la cresta algo alborotada por la almohada en la noche.

Ante la pregunta irónica de aquella chica extraña Clara sonrió. ¿Cómo iban a ir hasta Cádiz desde Elche? Todo resultaba tan extraño, intentar ayudar a las que pasan por tu misma situación sin medios. Y entonces Clara comprendió que Lucía tenía razón. Estaba dando esperanzas a una chica que sabía no iba a poder cumplir. No tenía modo de desplazarse a por ella para hacerla desaparecer de su entorno, para que pudiera empezar una nueva vida lejos de aquel que se la martirizaba día a día.

-¿Has denunciado?- escribió y mandó el mensaje.  Esperó respuesta que no tardó en llegar.

-Sí, pero la retiré. Me dijo que no volvería a ocurrir y…

-Y ocurrió –contestó Clara-Te ha pegado otra vez. Siempre pasa después de la primera vez que denuncias. Promesas y promesas, pero el que lleva en la sangre el hacer daño no lo para ninguna denuncia, ni ningún Juez –escribió-. Cuéntame, ¿se produce a menudo tu calvario?

-Sí. A diario. Peor aún cuando bebe. Se convierte en una fiera y lo pagamos quienes vivimos con él.

Meditó.

-En eso tengo experiencia –escribió- Tienes que volver a denunciarle. ¿Dónde están los niños?

-Durmiendo. Él volverá pronto y prefieren estar acostados.

Lucía terminaba de hacer la cama y se fue hacia dónde estaba Clara.

-¿Con quién hablas?

-Con una chica que ha contactado con nosotros. ¿Los puedes dejar con alguien? –mandó el mensaje.

Esperó unos segundos. No recibía respuesta. Lucía a su lado leía los correos que se habían intercambiado. En esos instantes entró Manuela.

-El desayuno está preparado –les dijo a ambas que tenían la cara pegada al ordenador.

Su cuerpo en forma de botijo con su moño agarrado arriba en un pelo perfectamente recogido no pasaba desapercibido.

-Un momento –le dijo Clara- Tenemos una chica en un pueblo de Cádiz muy asustada y no nos contesta.

Manuela se acercó hasta ella y miró hacia el ordenador. Esperó unos instantes y Clara volvió a preguntarle mediante mensaje.

-¿Puedes dejar a los niños con alguien e ir a denunciar ante la policía?

No hubo respuesta en los minutos siguientes. Las tres se miraban entre sí. Respiraban agitadas y no hablaban. Unos minutos después pegadas al ordenador leyeron algo que las dejó heladas.

-Era él. Lo siento, tengo que dejaros. Me ha pegado y ahora va a por los niños.

Se quedaron quietas y paralizadas. Conocían mejor que nadie lo que estaba pasando la chica: tenía el enemigo en casa y eso era terrible. Lucía empezó a temblar y Manuela soltó un “maricóoonnn” arrastrando la última letra en su boca.

-Tenemos que hacer algo, tenemos que hacer algo –dijo Clara desesperada levantándose y acercándose hasta la ventana para tomar algo de aire.

Pensaron. Manuela lanzó la solución.

-Tenemos que ir a por ella y a por sus hijos y  traerlas hasta aquí. Ya habrá tiempo de denunciar después.

-¿Cómo? –preguntó Lucía.

Clara la  miró. “¿Cómo?” se preguntó.

-Tengo un Renault 4 de mi época de moza. No es gran cosa pero tiene más huevos en su motor que muchos hombres. Nos llevará hasta Cádiz. Si salimos ahora estaremos allí al amanecer –afirmó con contundencia Manuela- ¿Te dio su dirección?

-Si –y retrocedió en la conversación para conocer el lugar exacto donde se encontraba la chica.

Clara se levantó y la abrazó.

-Vamos, no podemos esperar –dijo ansiosa.

-¿No desayunamos? –preguntó Lucía corriendo detrás de Clara que ya avanzaba por el pasillo de la casa de acogida.

-Comeremos un bocadillo por el camino. Mañana esa chica y sus hijos estarán con nosotros.

-¿Dónde vais sin mí? –Gritó Manuela- Las llaves del coche las tengo yo. ¡Ah, y mi coche no lo conduce nadie más que yo!

Con sus piernas arqueadas e hinchadas producto del sobrepeso se puso a la altura de las dos mujeres.

-Sabéis –les dijo antes de soltar una sonora carcajada- si la cosa se pone fea alguien os tendrá que defender.

-Debemos llegar a tiempo, debemos llegar a tiempo –musitaba Clara por el camino sin darse cuenta que atrás, en el marco de la habitación, su hijo la miraba con ojos tiernos.

-¿Dónde vas, mama?

Se detuvo. Volvió sobre sus pasos y lo abrazó cuando estuvo junto a él.

-Vamos a por unos amiguitos a Cádiz que se van a venir a vivir aquí, contigo.

La besó en su mejilla y Clara se derritió.

-¿A su mama también le pegan?

Lucía y Manuela escucharon en la distancia. Ambas se miraron a los ojos y después se mordieron los labios.

-Es posible –musitó sin dejar de abrazarlo. Dirigió su mirada a las otras dos que esperaban al final del pasillo- No tardaré en volver. Haz caso a Dolores –y señaló a otra mamá que sentada en su cama acariciaba el cabello de su hija pequeña-.

-¿Tardarás?

-No, te lo prometo.

Le dio un beso y se fue hacia el ama de llaves de la casa de acogida y la chica Punki que enseguida se dispusieron a bajar las escaleras que las conducían a la calle. En el camino Manuela se detuvo.

-¿Qué ocurre? –preguntó Clara.

-¿Tenéis para gasolina? Hoy hace un año exactamente que no le echo.

Lucía miró a Clara y ésta a Lucía. Ambas se encogieron de hombros.

-¿Tú tienes? –preguntó a Clara.

Se hurgó en los bolsillos.

-Diez euros.

El ama de llaves ponía cara de besugo.

-No importa –dijo la Punki-. Llenaremos el depósito y saldremos a la carrera.

MADRID

David no podía, una vez más, conciliar el sueño. Le pasaba la mayor parte de las noches y en ese duermevela insoportable escuchaba hablar a su cerebro. Conversaciones siempre relacionadas con asuntos que le dejaron una profunda huella en su alma, algo que no podía borrar el paso el tiempo. Pero esas conversaciones solo estaban en su mente. Después de ciento de vueltas en la cama veía imágenes que le hablaban como si fueran algo real. Allí había alguien, a los pies de su cama vestida completamente de blanco que  le volvió a espetar.

-No me refiero a ti. Pregunto cómo es posible. ¿Recuerdas las conversaciones grabadas en prisión? ¿Aquellas que en el primer juicio no se consideraron pruebas válidas y que el Tribunal Supremo permitió incluir después en el segundo juicio para ser escuchadas por la Sala que debía decidir sobre el destino de los imputados en el crimen?

Y entonces, como si estuviera escuchando aquel mamarracho de trabajo realizado por la policía, dentro de los pocos trozos audibles de las cintas grabadas a los presuntos asesinos de Ana y su novio en la celda de la prisión, micrófonos ocultos en la cisterna, escuchó el dictado de sus neuronas reproduciendo la cinta, las palabras que su defendido decía al joven oso, su sobrino:

“Tenemos que ir a por esas armas, las que tú sabes…” 

 “¿Qué te ha hecho esa gente para matarlos?”

David se puso en posición de cúbito supino en la cama y dejó  caer la almohada sobre su cabeza. No quería escuchar más a la chica, ni saber nada más sobre ese crimen que ya había prescrito. “Por qué, por qué ahora veinte años después de su comisión”.

Intentó dormir. A la mañana siguiente acudiría al psiquiatra. Algo de luz arrojaría sobre su estado mental. Aquello no le permitía desarrollar su labor de defensa con garantías para ningún acusado. Sin duda comenzaba a volverse loco. Se quitó la almohada y la primera visión que vio frente a él eran unos zapatos de tacón.

-¡Dios mío, no!

Eran los zapatos de tacón que encontraron en la escena del crimen, los de alguien que vio todo y huyó despavorida para no volver más al lugar y, quizás, como él, también para volverse loca. La policía indagó en todas las zapaterías de la ciudad buscando un lugar donde pudieran haber sido comprados. Esa chica lo  debió  ver todo, todo. Y ahora esa imagen ante él. Se levantó y se fue hacia la cocina. Afortunadamente la imagen de la chica ya no estaba en sus pies. Eran las tres de la madrugada y al día siguiente tendría que despachar y estudiar cientos de asuntos y sobre todo uno que especialmente le preocupaba: la defensa de Almudena en el homicidio de su pareja. Pero antes iría en busca del psiquiatra. Hizo café, suspiró hondo y abrió la ventana para que el aire fresco dejara pasar nuevos pensamientos a su dañado cerebro. Ante él se veía el camino que conducía hacia la carretera principal desde la casa vieja de campo donde vivía a las afueras de la ciudad y, allí, dibujado en el camino, vio hasta cinco huellas de vehículos diferentes: las mismas huellas que aparecieron en el lugar del crimen, la de cinco vehículos, cinco personas o más que estuvieron y debieron conocer la verdad, la verdad que él sabía, la conclusión final que extrajo de todo aquel cúmulo de despropósitos policiales. Y, la conversación con Benito Collado.

TREINTA

MADRID. SEDE CENTRAL DE LA POLICIA JUDICIAL. UNIDAD CENTRAL DE INTELIGENCIA CRIMINAL (UCIC)

Ramírez observaba en su despacho las fotografías del niño sobre su mesa, la tomada a la chocolatina y el presunto número de teléfono con el nombre: Andaya. Las llamadas realizadas al número solo sirvieron para confirmar que no pertenecía a ningún abonado. En la operadora de telefonía móvil había sido registrado ese número a nombre de una persona que no existía en España, con D.N.I falso, y en la tienda donde se formalizó la venta, un gran centro comercial, no le habían facilitado datos que sirvieran para enlazar una investigación que condujera al titular de dicho número y menos aún a ese nombre extranjero. Poco podrían imaginar que todas esas coincidencias presuntamente delictivas se correspondían con un juego sobre la edad de Andaya y el menor que la guardiana de la presa hiciera con el pequeño el mismo día en que fueron a por sus órganos. Así que solo le quedaba un nombre de mujer, de procedencia de algún país de África, que podía pertenecer a miles y miles de chicas de dicha nacionalidad que residían en territorio español. El ADN del chico permanecía a la espera de ser cruzado con alguien que reclamara su cuerpo, pero veinticuatro horas después, nadie lo había hecho y ahora yacía en el mortuorio de la clínica médico forense a disposición de lo que pudiera decidir sobre él el Juez del juzgado de guardia. Si no era reclamado procederían conforme a ley y le darían sepultura en una tumba marcada con una cruz en algún cementerio de la localidad. En la chocolatina encontraron muestras de ADN diferentes al del niño pero, sin un sospechoso concreto, se hacía imposible combinar ambas para llegar hasta al culpable si es que pertenecían al verdadero asesino del pequeño. Pepiño miró a Ramírez absorto en sus pensamientos sentado frente a él  en la mesa de su despacho. Su diminuto cuerpo apenas si alcanzaba a sobresalir al otro lado del escritorio.

-Nada –masculló Ramírez- No tenemos nada.

Pepiño observó el rostro arrugado de su jefe. En el tiempo que llevaban juntos, apenas un año, ningún crimen le había quitado el sueño y sin embargo éste le estaba creando una especial obsesión. Demasiados niños muertos en idénticas circunstancias.

-Aún es pronto.

Tomó entre sus manos la instantánea que recogía en toda su crudeza el torso desnudo del menor, cosido en forma de  rombo. Aquello llamaba poderosamente la atención. No era la forma de coser de cualquier cirujano o médico, había algo que la diferenciaba de los demás.

-Han encontrado muerta una chica en un olivar cercano a Baeza, en Jaén. Estaba semienterrada con tierra en la boca –pasó Pepiño el informe a Ramírez.

Ramírez se incorporó en su asiento hasta acercarse a Pepiño. Le miró con los ojos exaltados.

-¿Africana? –preguntó.

Pepiño se hizo el remolón en la contestación. Finalmente asintió con la cabeza.

-Quiero que crucen su ADN con el del niño.

-Sabía que lo ibas a pedir y me he adelantado.

-¿Cuándo tendremos los resultados?

-En unos días, quizás antes.

-¿Llevaba mucho tiempo muerta?

Se encogió de hombros.

-Estamos a la espera de lo que diga la autopsia. Su cuerpo hablará. Todos hablan. Arma utilizada, data de la muerte, causa por la que esta se produjo, edad de la víctima, somos una enciclopedia aún muertos.

Ramírez se levantó de su silla y dio una vueltas por el despacho. El niño parecía mirarle desde la fotografía que descansaba sobre la mesa. Él mismo se había encargado de cerrar sus ojos cuando lo encontraron introducido en aquel saco de patatas en las afueras de la ciudad.

-Si es ella la madre averiguaremos algo más del chico. Quizás no lleguemos muy lejos pero alguien sabría de ella en España, tendría familia –se acicaló el bigote canoso-. Alguien.

Pepiño le miraba en sus vueltas alrededor de la mesa. Lo hacía siempre que estaba nervioso o intrigado. Supo que su cabeza giraba en algún pensamiento en concreto analizando  algún dato encontrado en las fotografías que había tomado. Las neuronas de su cerebro empezaban a cruzar información y en algún momento saltaría la chispa. Lo había observado así cuando atraparon al violador de Vallecas o al asesino de la niña María en un pueblo del sur al que le mandaron expresamente con Martínez para investigar los hechos antes de que expulsaran del cuerpo a ese policía alcohólico que encontró en el retiro madrileño. “Martínez, ¿dónde estará ese cabrón? Si al menos estuviera aquí, conmigo, ya sabríamos algo más. Algo que dice la fotografía y que no alcanzo a comprender”. Ahora no descansaría hasta toparse con lo que en el interior de su cerebelo se estaba cociendo.

-¿Algo importante de nuestros colaboradores?

Así llamaba él a los chivatos que se movían en lo más sucio de la sociedad, en las cloacas.

-Importante nada. Una familia rica del norte fue detenida ayer por intentar comprar un riñón para su hija en una falsa página de internet. El cebo fue picado. Los interrogaron pero lo único que sabemos es que son unos padres desesperados. A su hija le falla el único riñón sano que tiene y, si no encuentran pronto un donante, lo va a pasar mal. De los vendedores ni rastro. Utilizaron un servidor extraño. Cuando hemos tirado del hilo nos hemos encontrado en la vivienda con una abuela que jugaba con su nieto a través de internet.

Ramírez sonrió. Alguien abrió la puerta. Los dos volvieron su mirada hacia él.

-Han encontrado asesinado al párroco de la Iglesia del Santo Sepulcro –dijo el agente.

-Lo que nos faltaba. Dos asesinatos en menos de cuarenta y ocho horas. Pronto tendremos a la prensa encima y a la delegada de la Comunidad pidiendo mi cabeza –espetó Ramírez-.

-Pásanos el dossier con toda la información –pidió Pepiño.

El agente se marchó dejando solos a los dos hombres.

Ramírez fue hacia la mesa y tomó la fotografía del niño. Se quedó unos instantes mirándola fijamente, como si pudiera desentrañar a través de ella quiénes le habían extraído los riñones. La autopsia había determinado que el fallecimiento se debió a una grave infección producto de la operación para sacar de su pequeño cuerpo los órganos y el fallo multiorgánico que siguió a la falta de riñones en el cuerpo del pequeño. Miró a Pepiño y luego las fotografías.

-Mira –le extendió las instantáneas.

Pepiño solo veía un niño muerto con los ojos abiertos en la primera fotografía y la misma tomada mucho más tarde, cuando ya se los habían cerrado. Se encogió de hombros y pareció desprender un profundo arrepentimiento. Como si el no dar con sus asesinos supusiera para él un grave remordimiento de conciencia.

-¿Qué ves?

Volvió a mirarla.

-Nada que sea importante o me llame la atención. Solo el cuerpo de un niño muerto.

-Un año conmigo viendo muertos y no te llama nada la atención en éste. Los muertos hablan, Pepiño –alzó el tono de voz-. Te lo he dicho muchas veces. Así me lo enseñó Martínez.

Pepiño insistió en mirarla e intentó ver lo que su jefe veía. La neurona había saltado.

-No veo nada, Jefe.

-El hilo negro con el que está cosido el niño. No es hilo quirúrgico –expuso Martínez entrando en el despacho con su abrigo viejo y roído, dejando un apreciable halo en el ambiente de olor a alcohol.

Ambos se quedaron sorprendidos. Un policía situado detrás de él, el mismo que le había dado la noticia del asesinato del cura,  habló:

-Intenté impedirle la entrada, pero fue imposible.

Ramírez alzó la mano para que le dejara estar.

Tomó la fotografía y lo miró detenidamente.

-Tienes razón, ¿dónde he visto yo este hilo? –se dirigió a Martínez mirando su descuidado aspecto.

Ramírez frunció los labios y apretó el superior con el inferior.

-¿Cómo está mi mujer? –sus palabras sonaban a persona que ha estado bebiendo. Pepiño no le dejaba de mirar.

-Bien. Decepcionada con tu actitud con la vida.

Martínez dejó expresar una mueca irónica en su rostro. Luego volvió a tomar el hilo de la conversación.

-El negro, el negro al que cosieron la boca y que encontramos en aquel piso del centro de Madrid maniatado con la lengua cortada por la mitad –añadió  ante un incrédulo Pepiño- Estaba cosido igual que el niño de la fotografía.

Pepiño analizó al policía retirado. Desprendía un fuerte olor a vino barato, estaba desaliñado en la vestimenta como ya le observara el día en que fue a buscarlo al parque del Retiro para pedir su colaboración en la investigación y parecía que acababa de salir de su última borrachera.

-¡Eswanbisa! –afirmó Ramírez.

Ramírez pronto relacionó la afirmación de Martínez con la red de tráfico de órganos que desmantelaron, juzgaron y absolvieron por culpa de su propio superior, Martínez, su afición a la bebida y sus olvidos reiterados en el juicio. Ese médico cosía siempre en forma de rombo, la marca de la organización.

-Tenemos algo –dijo Pepiño.

Martínez negó con la cabeza.

-No, no tenemos nada. Como yo ahora. No tengo nada ni a nadie. Vosotros tampoco –se detuvo un instante, miró  a ambos- Mi presencia aquí es para informaros que una niña va a morir en los próximos días. Es la hija de Kevin, un amigo al que se le ocurrió vender el riñón de su hija para salir de la grave situación económica en la que está él y su familia.

Ambos se quedaron estupefactos.

-¿Cómo contactó con la organización? –preguntó Ramírez.

-A través de un intermediario.

-¿Y el intermediario? –Preguntó Pepiño- Kevin nos dirá quién le condujo a la organización.

Martínez asintió con la cabeza.

-Ya lo ha dicho –miró con descaro a Pepiño- La organización aplicó con él la regla número cuatro no escrita y que los que nos dedicábamos a investigar esas mafias criminales conocemos muy bien.

En ningún momento quiso añadir ante los dos hombres que él había estado hablando con el párroco momentos antes de haber sido asesinado y que quizás supiera algo más que no quería que  conocieran.

-¿La regla número cuatro? –preguntó fingiendo extrañeza Pepiño.

Ramírez se adelantó.

-Cuando tienes la presa se mata al intermediario. Así no hay vuelta atrás ni pistas fiables que seguir.

Pepiño aprendía a marchas forzadas e intentaba asimilar lo que le estaban contando. Pero Martínez quería ir más allá en sus afirmaciones.

-Debéis ver a Kevin. Os dirá el piso a donde llevó a su hija. Quizás allí existan huellas de su presencia y de quienes se llevaron a la niña o quizás ya no exista rastro de nada que será lo más seguro. No obstante el propietario debe conocer a la persona a quien le alquiló la vivienda. En este caso el intermediario ya no existe por lo que es imposible saber nada sobre quién era su gancho –miró a Pepiño.

-El intermediario… ¿Y dónde localizaremos a ese Kevin? –preguntó Pepiño como si quisiera desviar el hilo de la conversación.

-En el retiro. Lo he dejado llorando y bebiendo hace tan solo una hora. Estará allí durmiendo los efectos del alcohol antes de llegar a casa y contar a su mujer que ha perdido a su hija para siempre.

Martínez se dirigió hacia la puerta. Pensó que debía obtener la información que pudiera sacar del  móvil de la tarjeta de memoria que había tomado al párroco en el mismo lugar del crimen. Eso haría confirmar lo que ya sabía. Deseaba saber qué se ocultaba en la tarjeta de memoria antes de dar el próximo paso que ya tenía pensado. Pensaba llegar todo lo lejos que pudiera en la investigación al margen del cauce oficial y lo iba a hacer por ese hombre que como a él, le había arrebatado la vida algo a lo que amaban profundamente: a él su mujer y a Kevin el manitas su hija.

-¿Sabes algo de quién era el intermediario? –preguntó Ramírez.

Martínez asintió con la cabeza.

-Vuestro agente os ha dado la noticia antes que yo –afirmó.

-¿El párroco del Santo Sepulcro?

-Así es.

Tomo el pomo de la puerta, lo giró y se dispuso a marcharse. Su visita a la sede de la policía judicial tenía una doble intención que acababa de confirmar.

-¿Dónde vas? –preguntó inquieto Ramírez, la persona que había ocasionado dolor en su vida al arrancarle el amor de su mujer y que irremediablemente le había conducido a los abismos del alcohol.

-¡A beber! –masculló con rabia.

-¡Martínez! –gritó su nombre Pepiño.

El espectro se giró levemente para mirarlo.

-¿De cuánto tiempo disponemos antes de que la hija de ese tal Kevin aparezca en un saco en las afueras de Madrid?

El que fuera inspector no dudó.

-Una semana. En una semana estarán vendidos los dos riñones y encontraréis a la niña como al pequeño de la fotografía. Y un último consejo: -miró a los ojos del hombre que para él representaba falsedad por lo que había hecho con él- Volver a examinar el expediente del médico nigeriano. Ahí obtendréis muchas respuestas y quizás encontréis un hilo que os conduzca a una pista fiable porque la del intermediario ya está cerrada.

Ambos policías se miraron. Martínez sabía más de lo que decía.

-¿Un hilo? –se preguntó para sí Pepiño.

El alcoholizado inspector sabía a lo que se refería.  Pepiño dejó entrever una mueca de preocupación, como si algo le hubiera pinchado de forma directa en las entrañas.

-Da recuerdos a mi mujer –se dirigió a Ramírez.

Cuando dejó su consejo cerró tras de sí la puerta de un portazo.

Ramírez se encogió de hombros. Se fue hacia los archivos que en uno de los laterales del despacho descansaban debajo de una ventana y rebuscó en las carpetas ordenadas por orden alfabético ante la fotografías del Rey que presidía la estancia. Cuando encontró la que deseaba dijo:

-¡Ewashiba! Este es el médico nigeriano al que se refiere Martínez.

Pepiño entendía poco pero había oído hablar del tema. El proceso que terminó con su absolución por falta de  pruebas y un expediente disciplinario que acabó con el inspector fuera de la policía por alcohólico.

-Es el acusado del juicio en el que tacharon al inspector de borracho.

Ramírez le miró fijamente. Esa era la respuesta correcta. En más de una ocasión se había presentado a las sesiones de la vista desprendiendo olor alcohol, con habla enlentecida y falto de reflejos para responder a abogados buitres que le destriparon. Hacía solo meses que su mujer le había dicho que todo había finalizado; que ya no sentía nada por él y, lo que era aún peor, que estaba enamorado del hombre con el que había compartido treinta años de trabajo. No lo soportó y se sumergió en los entresijos de la  bebida; después abandonó el hogar conyugal y se fue a vivir como él decía al corazón de la ciudad. Dormía donde le sorprendía la noche y solo esperaba al primer día de mes para sacar de la cuenta bancaria el importe de la pensión que le ingresaban al estar incapacitado para su profesión habitual por alcohólico. Al cabo de la primera quincena ya había consumido todo el importe recibido en vino de los del cartón barato. Apenas se alimentaba y únicamente perseguía volar al mundo del olvido: Aquel en el que se encontraba feliz y en el que no pensaba en nada.

-El juicio que llevó a su absolución y que vino después de que su mujer le abandonara. –Terminó corrigiendo a su pupilo.

DESIERTO DEL SÁHARA. NOCHE DEL QUINTO DÍA

Nmachi sabía que debía emprender ella misma el camino que antes recorrió su sobrina. No iba a esperar a la muerte con los brazos bajados. Nunca se daba por vencida cualquiera que fuera la adversidad que se presentara en su vida. Hay personas que ante el primer contratiempo en su existencia se sumergen en cavilaciones internas y acaban hundiéndose en pensamientos negativos postrados en una cama. Nmachi no era así. En Arlit ella era la que se ocupaba de todo; cuando la enfermedad sorprendió a su hermana se hizo cargo de su familia y estuvo junto a ella en su lecho de  muerte hasta que cogida de su mano dio el último suspiro para pasar al lado oscuro, aquel del que ya no vuelves.  “Hay que coger de frente lo que venga” decía siempre a su pequeño. Había tomado la determinación acerca de su partida desde el mismo momento en que tomó en sus brazos a la pequeña moribunda y la llevó al grupo cuando la divisó entre las sombras que proyectaba aún el alba del desierto antes de dar paso al amanecer. Lo había comentado con la hechicera y esta le dijo que rezaría a todos los dioses conocidos y por conocer para que la ayudaran a conseguir su propósito: Salvarlos a todos. Confió su hijo a Abeke y le pidió que no dejara de darle de sus propios orines cuando tuviera sed aunque el niño se negara a tomarlos. Ella debería hacer lo mismo: beber sus orines para mantenerse hidratada. Cuando miró a ambos sus ojos se nublaron, pero se había dicho en multitud de ocasiones que en su vida se habían acabado las lágrimas. Las mujeres que se quieren así mismas y que poseen fuerza interior nunca lloran. Besó a ambos en la frente y junto su nariz con las suyas en muestra del inmenso cariño que la bella Nmachi desprendía hacia ellos.

-Volveré pronto con ayuda –dijo a los niños.

-Mami, no quiero que me dejes solito.

-No estarás solito. Abeke cuidará de ti. Debo hacerlo si queremos volver a ver a papa. ¿Por qué deseas ver a papa, verdad?

Silencio. Se levantó y sin volver a mirar hacia atrás emprendió sin agua y sin comida el camino sin ni tan siquiera despedirse del grupo con dirección hacia la frontera de Argel. Su pequeño agachó la cabeza y comenzó a llorar. Pensaba si aquella no era la última vez en que vería a  su madre. Nmachi partió al atardecer del quinto día por el camino por el que había vuelto su sobrina. Allí dejó al grupo. Lo hizo sola. Era una empresa que le conduciría a la muerte pero pensó en ir a buscarla ella misma antes de que la dama de negro se presentara ante ella y la sorprendiera allí sentada, con los brazos cruzados.  Los rayos de sol caían aún como piedras que golpean con inusitada fuerza en la cabeza  pero sus pies  avanzaban sin cesar para cumplir el único pensamiento que obnubilaba su ser: toparse con algún ser humano al que pedir ayuda. Las últimas horas del quinto día de su estancia en el desierto del Sáhara cayeron sobre la figura de la mujer que avanzaba con firmeza, levantando una estela de arena a su paso. La figura delgada y el pelo de rastras era observada en la lejanía por un escorpión que ni tan siquiera se ocultó para poder ver la belleza femenina en aquel lugar inhóspito. El sol se fue apagando y un color anaranjado empezaba a imponerse sobre el horizonte al que miraba sin cesar. Si lo hacía a su espalda hacía tiempo que no podía divisar al grupo ni al camión averiado. Pero todavía a lo lejos se podía ver la nube negra que había formado un denso humo cuya procedencia a ella le era desconocida pero que le abría una puerta a la esperanza: Si ella lo podía ver, sin duda estaba al alcance de la vista de otros muchos. Su boca estaba seca y pegajosa; debía de haber andado más de seis horas seguidas sin parar ni unos segundos para tomar aire dejando pasar el tiempo entre recuerdos y pensamientos positivos que mitigaran el dolor que las brasas en las que se habían convertido la arena del ogro bello, estaban formando en las plantas de sus pies que al andar se hundían en la arena, convertidos en una especie de yagas supurantes. Pensó en Mustafá, en su vida en Arlit, en su madre, en lo que debió pasar la pequeña Abeke realizando el trayecto que ella realizaba ahora mismo. Fue entonces cuando creyó escuchar algo parecido al motor de un camión. Miró a derecha, izquierda, al frente: Nada. Siguió andando pues todo podía ser producto de un engaño de su mente y de la deshidratación que ya hacía estragos en su cuerpo, pero el polvo que se levantaba frente a ella en el lugar por donde se ocultaba el sol la trajo nuevamente hasta la realidad. Sin duda, aquel polvo no era normal. Comenzó a hacer señales de forma desesperada con aspavientos con sus manos y gritó hasta quedarse sin fuerza. Sí, aquello era un vehículo en movimiento que venía hacia ella aunque no conseguía distinguir bien su silueta. Se arrodilló y dio gracias al cielo; ahora sí, estaban salvados. Se asombró de lo cerca que estaban de la frontera con Argelia, apenas doce horas a pie, y entonces supo del camino equivocado que habían tomado Akin y Orji. Si lo hubieran hecho en su dirección hubieran encontrado pronto ayuda con algo de suerte, como le había pasado a ella. El camión llegó hasta donde se encontraba aún de rodillas. Comenzó a rezar dando gracias al cielo. Eran soldados, seguramente de los que patrullan en la frontera con el fin de evitar que inmigrantes entren en el país de forma irregular. Pararon el motor y se bajaron del camión. La patrulla estaba formada por cuatro hombres, tres que se apearon y uno que quedó montado a los mandos del vehículo. Uno de ellos la apuntó con su fusil directamente al rostro.

-Mi nombre es Nmachi y vengo de un grupo de inmigrantes abandonados a su suerte.

Los tres soldados se miraron. Después lo hicieron hacia ella, hacia sus senos firmes y puntiagudos. A veces, los gestos delatan a las personas y de gestos como los que los tres hombres estaban haciendo conocía bastante  Nmachi. Un rostro amable en el que destacaba una media luna tatuada en una de sus mejillas los observaba desde el interior de la cabina. El que la apuntaba siguió haciéndolo mientras los otros dos se acercaban hasta su posición.

-Precisamos vuestra ayuda, por favor -suplicó. No le dejaron decir nada más, ni la posición en la que se hallaba el grupo. Parecían decidos a actuar con rapidez y a escuchar poco. Ella solo deseaba pedir ayuda para todos los demás. Pero no la escucharon.

Nmachi pronto comprendió. Negarse en aquella situación ante tres hombres armados en la soledad del desierto supondría la muerte y ella no quería morir ni por su hijo ni por su esposo, ni tampoco por Abeke, ni por la madre que dejó en la tierra que la vio crecer hasta convertirse en la mujer que ahora era, valiente, decidida, osada.  Encontrarían su cuerpo lejos del lugar del grupo y nadie investigaría las causas por la que un ser humano  hubiera muerto a balazos. Posiblemente la habían descubierto entrando de forma clandestina en el país y la habían asesinado pensarían. Uno de los soldados le puso la mano sobre uno de sus pechos y Nmachi la quitó con fuerza mediante un manotazo, lo que hizo que se pusieran en alerta los demás y lo que era aún peor: nerviosos. Alzaron ahora los tres sus armas frente a Nmachi, apuntando directamente a su cabeza. Los miró.

-Mi nombre es Nmachi, recordarlo bien – gritó con rabia.

Se alzó las faldas y se tumbó en el suelo. Abrió las piernas y viajó con sus pensamientos al momento en que era feliz junto a Mustafá en su aldea, cuando veía corretear a su hijo detrás de las gallinas o tirar del rabo de la vaca que los surtía de leche cada mañana. El primer soldado la penetró con fuerza y ansias después de bajarse los pantalones de forma apresurada, como si no hubiera visto a una mujer en años. Ella no iba a oponer resistencia. Ese era el único camino para que la dejaran con vida después de  saciar su hambre de sexo. Escuchó las risas de los que estaban en pie y los jadeos del que tenía sobre ella, las babas que soltaba sobre su cara y el movimiento brusco de sus caderas. Después de uno, el otro, y el otro, y así hasta repetir en dos ocasiones por cada uno de ellos a excepción del que aguardaba en el camión,  pero Nmachi no estaba en el desierto sino sentada en una piedra cercana a su choza sustituyendo las risas de los hombres por las risas de su hijo y los jadeos de aquellos malnacidos por palabras  bellas dichas por su madre en la soledad de la noche ante el manto de estrellas del firmamento. Aún pudo observar el rostro lastimoso del joven, porque era extremadamente joven, que sentado en la cabina parecía pedir clemencia para ella y en ella quedó grabado la media luna que se dibujaba a modo de tatuaje sobre una de sus mejillas de la cara. No la hubo. Cuando terminaron se montaron en el camión entre risas y codazos. Se habían divertido; era lo bueno que tenía ser guardia de fronteras. Existía impunidad con los que encontraran en el camino. La iban a dejar con vida y suspiró hondo el chico; otras no habían tenido tanta suerte. Arrancaron y Nmachi aún tuvo un halo de fuerza para gritarles. El joven pareció escucharla pues solo la miraba de forma directa a la cara mientras el camión se marchaba con los soldados del lugar donde el honor de la mujer había sido mancillado.

-Noventa y dos personas están abandonadas al este y morirán si no les ayudan –pero su voz era débil, muy débil.

El camión siguió la marcha dejando a Nmachi sobre la arena del desierto viéndolos partir. Acarició su vientre y su entrepierna. Su corazón pareció dar la vuelta en su interior cuando apreció cómo un reguero de sangre corría por entre sus muslos. Sabía a lo que se debía. La furia de aquellos hombres había desatado una hemorragia interna. Ahora sí, el final estaba cerca. Si no recibía ayuda en las próximas horas se desangraría y ya solo sería un nombre recordado por su esposo, hijo y sobrina en anocheceres lejanos en la memoria del tiempo.

-¡Morirán si no le ayudáis! –masculló con rabia aun sabiendo que no le podían escuchar. Maldijo su suerte, la suerte de todos los suyos.

Cerró los ojos y se dejó llevar por el dios que quita la vida y también por el que la da.