“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

 

DIECINUEVE

DESIERTO DEL SÁHARA. TERCER DÍA

الصحراء الكبرى‎. Miraba una y otra vez Nmachi la nota escrita que ocultaba en un pliegue de su faldón. “A través del desierto del Sáhara” escuchó la voz del hombre en su interior como si estuviese frente a ella. Analizaba sentada sobre la arena con su hijo en el regazo igualmente las explicaciones sobre el futuro dibujado por aquel individuo con una belleza apabullante ante el sol que se ponía en el horizonte detrás de las montañas de donde debía de encontrarse su Arlit natal: “En camiones hasta Argel y luego será fácil entrar en España desde Marruecos. Allí  Mustafá estará ya esperándoos después de combatir a favor del régimen Sirio para pagar su pasaje y el de los niños en ese tránsito a través del desierto”. Todo parecía tan fácil después de conseguir el dinero…Y ahora, sin embargo, solo les esperaba un agónico final. Los hombres que los habían conducido hasta allí se fueron en el otro camión en busca de material para reparar el averiado y de ayuda hacía ya más de cuarenta y ocho horas, tiempo más que suficiente para haber vuelto a saber de ellos. Y su sobrina y los valientes Akín y Orji habían partido veinticuatro horas atrás con caminos opuestos pero con el mismo fin: intentar encontrar ayuda.  Sabía que no vendrían, lo sabía desde el principio y así se lo hizo saber al grupo para después organizar las partidas en busca de esperanza a la que aferrarse para seguir viviendo, una hacia el este y otra  hacia el oeste de su ubicación en aquel manto ardiente; pero en su interior conocía que antes de que pudieran alcanzar sus destinos los dos jóvenes y su sobrina, antes, mucho  antes, los mataría ese clima seco o ese sol abrasador. Los llantos de otros niños a su espalda, bajo la lona que ella misma había ideado junto al camión para protegerles,  le traían hasta el mundo  real de aquel en el que se hallaba engullida: el de sus pensamientos. “Si al menos hubiera palmeras como había visto en el camino, podrían comer las hojas blandas que nacen en ellas. Si lloviera llenarían de agua las múltiples latas que en la parte trasera del camión habían servido de urinario a los viajeros de la muerte” pensaba. Dos botellas de agua para ochenta y nueve personas tras descontar a los tres que habían partido era el oro que les quedaba pues las demás habían sido repartidas entre Orji, Akin y su niña Abeke. “Os matará una tormenta de arena o un siroco Nmachi” escuchó la voz de su vieja madre en la choza de paja allá en su población. La voz de la sabiduría, su madre, la que eligió aquel nombre para ella por su belleza, por su significado en su país: Belleza de Dios.

-Vuestra ración –dijo el hombre mayor, Adisa,  extendiéndole relleno por agua el tapón que servía para enroscar la botella agachándose levemente ante ellos-.

-Somos dos –protestó  Nmachi alzando su mirada hasta chocar con la del viejo que no se atrevía a cruzarla con la suya y miraba en otra dirección.

-Es uno por familia, ¡no hay más! –afirmó contundente perro con cierto temblor en el timbre de su voz que aprecio la joven madre.

Sintió rabia pero supo que nada podría hacer contra él, contra ellos. Y miró hacia la caja del camión donde se encontraban desde hacía tiempo los hombres más jóvenes, los que habían desechado la idea de ir en busca de ayuda. Todos iban a morir si no les rescataban a tiempo y una muerte anticipada, la suya, no significaría mucho. Tenía que proteger a su hijo mientras le quedara un último aliento.

-Dadme al menos medio más para el  pequeño –suplicó acariciando el pelo rizado y enroscado de su hijo apreciando cómo  había absorbido el tapó con desesperación sin derramar una sola gota. Sus labios aún se pegaban con una especie de pasta que le provocaba la deshidratación.

El hombre la miro ahora sí de forma directa a los ojos. Se agachó aún más para hablarle cerca de su oído. A Nmachi le molestaba el sol y no podía ver bien su rostro pues los rayos se filtraban jugando con el cuerpo del hombre que en ocasiones servía de momentánea pantalla.

-¡Me vigilan! –añadió.

Alzó su mirada y vio una vez más a los tres hombres junto a la parte delantera, a la altura de la puerta. Ellos habían llegado también hasta allí con sus familias y habían tomado el control del grupo. Ninguno de aquellos valientes había querido acompañar a la niña  y a los dos jóvenes y ahora intuía que se hacían con el  tesoro más preciado en el lugar: ¡el agua! Estaba segura de que sus hijos si bebían cuanto querían, por eso los acompañaban lejos del grupo a hacer sus necesidades cuando los demás, incluidas mujeres, lo hacía muy cerca, casi en presencia de todos. Y lo hacían para darles agua fuera del alcance de la vista de ningún otro. Ellos, la mayoría, solo recibían lo mínimo, lo indispensable para que en todo caso fueran los primeros en perecer.

-Medio más, por favor –suplicó y el hombre pudo apreciar la rabia en sus ojos, sus labios resecos y las lágrimas de su hijo sobre el rostro oscuro.

Se levantó y se alejó de ella sin atender su petición. Sabía que tenía que ser astuta si no quería ser la primera en morir. Debía buscar la forma de hacerse con el agua.

Un gran alboroto se formó en el grupo y varias mujeres y niños se levantaron de inmediato de la arena bajo la lona en la que se resguardaban. Un niño gritaba y de su piernecita a la altura del gemelo, enrojecida e hinchada  manaba un pequeño hilo de sangre.

-¡Escorpión, escorpión amarillo! –escuchó gritar a una de las mujeres de forma histérica mientras las otras se afanaban por matarlo a zapatillazos, entre ellas, Flama la hechicera a la que sus rezos no le habían otorgado aún ninguno de sus deseos.

Nmachi corrió hacia el lugar donde se había ocultado entre la arena el escorpión amarillo mientras las mujeres la dejaban hacer entre aterrorizadas y sorprendidas por la presencia del bicho de forma inesperada sin que nadie le hubiera llegado  a ver. Hurgó con sus largos dedos para apartar la arena y allí lo vio, semienterrado pero vivo a pesar de los golpes recibidos.

-Tú también tienes miedo, como nosotros a lo desconocido.

Puso la palma de la mano y el escorpión tras dudar un momento se subió a ella ante el asombro de quienes veían la escena.

-Vamos –pareció hablar al escorpión.

Alzó la mano y se fue hacia los tres hombres  que se apostaban en la parte delantera del camión. Se detuvo ante ellos con la palma de la mano extendida para que observaran al escorpión amarillo. Se mostraban asustados pues aún estaba vivo y alzaba las pinzas delanteras. Intentaron echarse para atrás pero el camión les impedía su retroceso. Ella les mantuvo la mirada:

-¡No es peor que vosotros! –Escupió hacia el suelo, cerró la palma de la mano y lo lanzó lejos para que pudiera seguir viviendo –No es peor que vosotros –repitió con ira.

Ninguno le sostuvo la mirada, menos aún la palabra. Anduvo hacia atrás mirándoles directamente  y se fue hacia el niño al que había picado el escorpión.

-Tranquilo, pequeño –le susurró al oído observando sus lágrimas escurrirse por sus pómulos.

Bajó su boca hasta la picadura, mordió con fuerza y el niño lanzó un grito de dolor mientras era sujetado por las demás mujeres intentando calmarlo. Tomó el veneno en su boca y volvió hacia los hombres. Ninguno pudo reaccionar cuando recibieron en sus rostros el escupitinajo de Nmachi que portaba el veneno que había extraído de la pierna del menor.

-¡Maldita…!-llegó a levantar su mano el más joven de ellos, el que parecía tener más arrojo.

Nmachi no se amínalo. Tras su acto, que no tuvo respuesta alguna salvo el ademán de uno de ellos para intentar golpearla siendo sujetado de inmediato por los otros dos, volvió hasta el niño, se agachó junto a su oído y le dijo con voz maternal:

-La picadura de  ese escorpión no te matará, ellos –señaló a los hombres- ¡Sí!

Después de su acto estaba aún más convencida de que aquellos hombres no eran trigo limpio. Que en sus rostros salpicados de la arena del desierto escondían tras ellos algo que todos los demás necesitaban. “Una verdadera pena que os hayáis topado en el camino de Nmachi” pensó para sí. Cortó un trozo de tela de la parte baja de su faldón de colores e hizo una venda que aplicó con dulzura sobre el lugar exacto de la picadura en la pierna del niño.

-La picadura le dará fiebre –dijo a su madre postrada junto a él-. La fiebre lo deshidratará aún más. Precisará de mucha agua –Puso su mano en el hombro de la madre-  Pero no te preocupes, yo sé donde hallarla.

Se levantó y fue junto a su hijo fijando la mirada en los tres hombres que hacían lo propio con la suya pero en dirección a la arena del desierto que bajo sus pies empezaba ya quemar.

VALLECAS. MADRID

Gloria pasaba la mayor parte del día sentada en el sofá, viendo entrar y salir a sus dos hijos gemelos adolescentes y a su pequeña María, siguiéndolos con la mirada, perdida en los buenos recuerdos y escuchando en la habitación contigua los gorgoteos del pequeño con parálisis cerebral y que en honor a su padre decidieron llamar Kevin, Kevincito como ellos le apodaban con cariño. Era incapaz de pasar una sola hora sin derramar una lágrima y lamentarse de la maldita vida a la que había sido conducida. Recordaba sus días en Colombia, el barrio donde creció, conoció y se casó con Kevin, el manitas. Ella era una chica de cuerpo esbelto, pelo largo y grandes ojos negros de la que todo el mundo hablaba por su valentía, la misma que osó plantar cara al jefe de los Mara que controlaban la barriada donde vivían en una de las ciudades más peligrosas del mundo: Medellín. Allí desarrollaban su existencia,  si es que a vivir sin agua corriente y apenas higiene se le podía llamar existencia, aunque aquello no difería mucho a la situación por la que llevaban ya años atravesando en España. “Crisis, dichosa crisis” pensó, y volvió a romper en llanto. Allá en Honduras nacieron sus tres hijos, los gemelos y María, la niña que muy de cuando en cuando conseguía arrastrarla del sillón para mirar a través de la ventana e intentar hacerla ver que otra vida diferente existía a la que se respiraba en aquel lugar oscuro y sin calor en el que se había convertido su hogar. Solo hacía falta desconectar del cerebro la negatividad que dirigía su cuerpo y alma y dejar que esos pensamientos de muerte y soledad atravesaran la ventana para ir a posarse más allá de las nubes. Pero ella ya no era Gloria la osada, la decidida, la que a nada ni a nadie temía. Se había convertido en una perra vagabunda abandonada por su marido y por la indiferencia de sus hijos. Había perdido las riendas de su vida, el control de su existencia. Recordaba cuando los mayores alcanzaron los quince años y fueron reclutados por el jefe del grupo de los Mara para realizar labores de vigilancia a las afueras del barrio avisando de la llegada de la policía. Les advirtió en numerosas ocasiones a sus hijos que no quería que anduvieran con aquellos jóvenes que se dedicaban a cobrar impuestos a los trabajadores honrados bajo la excusa de que ellos protegerían sus negocios; pero sus hijos, como ahora hacían, no atendieron sus consejos. Entonces tuvo que tomar otra decisión mucho más drástica pero acorde a sus principios para que todos supieran quién era Gloria. Un día se levantó y se fue a buscar al jefe del grupo de los Maras. Entró en la casa donde impartía órdenes y allí vio a un joven imberbe, sin camiseta, con una fusta de tabaco en su labio inferior rodeado de otros chavales que apenas superaban en edad a sus hijos con armas cortas visibles bajo sus camisetas. Intentaron impedirle el paso pero ya era tarde, estaba frente a él y le explicó para qué había llegado hasta allí y lo único que pretendía: Sus dos hijos fuera de la organización.  Por respuesta recibió unas palabras que no le gustaron: “Hará lo que yo les diga mamita, estamos en guerra con otros grupos de la ciudad y debemos proteger a nuestra gente. Ellos son necesarios en su puesto y, ahora mismo, irremplazables, mamita” Cuentan los asustados habitantes de Medellín que  Gloria, la fuerte como la reconocían, se fue hacia él, le tomó de una de sus orejas aún siendo apuntada por  las armas del grupo de jóvenes que debían de proteger al jefe y lo sacó fuera al grito: “No imbécil. Harán lo que su mamita diga y tú, obedecerás. Si te hubieran dado dos cachetes a tiempo ahora serías otra clase de persona”. El jefe no reaccionó y algunos hombres de bandas rivales contaban entre risas la mueca de dolor que le producía salir arrastrado hasta la calle por una mujer de la oreja. Jamás lo habían tratado así y no podía disparar contra una vecina que nunca se había metido en los temas en los que ellos andaban tratando. “Mañana vuelvo. Si mis hijos no tienen instrucciones tuyas de que no vengan por acá, te arranco las dos orejas” Al día siguiente los adolescentes no se movieron de casa y ella no pudo por más que sentirse satisfecha. Así era Gloria, la misma  que cambió Colombia por España intentando apartar a su prole del mal, de la vida de delincuencia que asolaba cada rincón y cada lugar del pueblo que la vio crecer, de un país precioso que se retorcía de dolor en sus entrañas por la acción de algunos de sus habitantes; la que ahora era incapaz de articular dos palabras sin echarse a llorar. No tenían para comer y la casa vivía una  situación desastrosa muy cercana al caos. Su marido se había convertido en un auténtico alcohólico; sus dos hijos se pasaban el día tumbados en la cama sin más ilusión que la llegada del Domingo, cuando el grupo de colombianos en Madrid se juntaban junto al lago del Retiro para compartir penas y alegrías, donde las niñas de su edad se los rifaban.  Y ella allí, en el sofá, contando los segundos, minutos y horas que tenía un día; mirando hacia un televisor que no funcionaba por falta de luz. Solo María, la pequeña que aprobaba todo en primaria y que sus profesores enardecían con palabras de admiración hacia la niña le hacía vivir un momentáneo halo de felicidad y cómo no, su pequeño con parálisis cerebral que celebraba con gorgoteos y aspavientos cada vez que su olor característico se adentraba en su nariz y reconocía la presencia de su madre aunque fuera en el marco de la puerta de entrada a su habitación para mirarle.

Pero llegó el día que ella estaba deseando; el día en que Gloria y su poder se asomara levemente al alma hundida y dolida que ahora la atrapaba dentro de su ser. Se levantó del sofá y se fue hacia el espejo del salón donde se miró y vio la antítesis de lo que fue, no solo en el cuerpo abotagado e hinchado por la medicación para la ansiedad y depresión sino también en aquello que no se ve y que viaja por el interior de cada persona. Destrozada sintió necesidad de tomar las pastillas que la aliviaban en su ánimo decaído. Cuando las tuvo junto a ella sacó tres del plástico que las envolvía y se las llevó a la boca. Se miró otra vez al espejo y, después de respirar hondo, las escupió una a una frente a la imagen deformada que en él se reflejaba. Corrió a por unas tijeras a la cocina  y volvió hasta el espejo. Entonces comenzó a cortar los cabellos enmarañados y sucios que poblaban su cabeza hasta dejar uniforme una melena corta sobre ella aunque con numerosos trasquilones. Tomó una barra de lápiz de labios del cajón de la mesa sobre la que se alzaba el espejo y se los pintó  de forma pausada y tranquila, disfrutando de lo que hacía. Entonces pareció ver algo de la Gloria que fue llena de paz en algún momento de su vida. Había llegado el instante de dar un pequeño paso en busca de la mujer que se había quedado en Medellín. Sonrió y observó su boca demacrada a las que faltaba alguna de las piezas dentales. Eso ya se arreglaría.

-Hola, Gloria –habló con timidez al espejo- Hola, Gloria –repitió algo más alto como si su propia imagen pudiera contestarle–Hola, Gloria –gritó, se tomó los senos y los alzó en dirección a la imagen que le devolvía el cristal.

Cuando se sintió satisfecha del pequeño cambió que había dado dejando atrás lo que era habitual en su día a día en ella, el sofá, el televisor apagado, las pastillas y el llanto, quiso  decirle a sus hijos que el tiempo de las lágrimas había terminado en aquella casa y que no estaba dispuesta a vivir llorando. Empezaría por la pequeña. Acudió a su cuarto, llamó a la puerta pero no obtuvo contestación. Abrió la puerta y observó la cama vacía. Su estómago comenzó a calentarse de forma precipitada. “¿Dónde habría ido la niña? Ella no salía de casa sin avisar. ¿Lo habría hecho en el momento en que se quedó dormida?” Corrió al cuarto de sus hermanos. Fue el mayor el que le dijo que la había visto salir con su padre. Gloria, la fuerte, se tranquilizó. Cuando no bebía era el mejor hombre del mundo. Él sería el primero en alegrarse por el cambio que en su vida se iba a producir. Entonces retomó fuerzas para ir hasta el cuarto de Jhonatan. Lo tenía abandonado en sus salidas a la calle, que no en su atención, desde hacía más de un mes. El niño que era ciego olfateó el olor característico de su madre y pronto una sonrisa emanó dejando ver una caja de dientes imperfecta, sobresaliendo los superiores sobre los inferiores. Se acercó hasta él, le tomó de las manos con dulzura y le sentó en la cama apoyando su cuerpo sobre su pecho, como hacía cuando era aún más pequeño para hablarle. Jhonatan comenzó a gemir de alegría ya que sabía lo que ello significaba. Se sentó  delante de él en el borde de la cama e hizo una cabriola con sus brazos inertes para colgárselo a las espaldas.

-¡Nos vamos a dar un paseo, amor!

Jhonatan emitía sonidos guturales y dejaba que su saliva recorriera el cuello y el hombro de su madre. Ella lo tomaba como si fueran besos de él, incapaz de juntar sus labios para hacerlo. Se dirigió a la puerta.

-Salgo con el hermano –gritó para que los otros dos hijos le escucharan.

No obtuvo contestación. Se dirigió por las oscuras escaleras de caracol en busca de la luz que aliviara las penas de su alma y la ansiedad que invadía a su pequeño por respirar aire fresco. Contó mentalmente el tiempo que hacía que no había acometido esa misma acción: dos meses. Sesenta días en el sofá. Sesenta días llorando y olvidando que alguien más vivía junto a ella. Sonrió, algo empezaba a cambiar en su interior. Bajando las escaleras tarareó a su hijo la música de los Héroes del Silencio y se acordó de María que ahora iría de la mano con su padre a algún lugar para sonreír.

VEINTE

JAÉN AÑO 1.995

La espera en un Juzgado, antes de entrar a declarar con un detenido, se hace eterna. Si sobre ese detenido recaen la mayor parte de pruebas aportadas por la investigación culpándole de  asesinato, violación y tenencia ilícita de armas, entonces multitud de preguntas se acumulan en la cabeza. Si además ese presunto asesino ha conmocionado con sus hechos a toda una sociedad, uno se pregunta qué hace allí. Y se contesta interiormente que para eso estudió una carrera de Derecho con el fin de buscar la verdad, defender la justicia y la dignidad de las personas y, sin embargo, ahora se encontraba ante algo que no le gustaba en absoluto. ¿Quién está dispuesto a defender a un presunto asesino de unos jóvenes? Recordó las pruebas que se acumulaban contra su defendido en el crimen de los novios en Jaén, y lo hizo sobre todo en aquella que de forma directa implicaba al joven, el oso le llamaban, el sobrino del viejo, su defendido. Rememoraba a la perfección la conversación que mantuvo en el despacho de su viejo mentor. Otra vez había pasado la noche en vela bebiendo, pero precisaba de su ayuda, de su comprensión. Aquello se le iba de las manos.

Le lanzó el dosier con el informe médico forense. Su experiencia en los Juzgados había sido tan amplia frente a su incipiente novatez en el mundo del derecho, que precisaba una contestación a sus numerosas dudas por su parte. Observó la botella de Whisky vacía a un lado y el vaso medio lleno al otro. La  mano de su jefe temblaba. Deben ser los síntomas de la resaca y la necesidad que siente el cuerpo por volver a beber para que desaparezca el temblor. Alza la vista sobre su cabeza después de sentarse frente a él y mira por la ventana situada detrás. El paisaje que ve no es muy significativo. La fachada de un colegio y unos jardines. Algo más a la derecha un ambulatorio. Tiene marcado en su rostro las fotografías de los dos hombres. Ambos, el viejo y el joven, explica el texto policial tras la declaración del testigo protegido, Benito Collado, son asiduos del lugar donde se encontró el cuerpo de Ana: El cortijo de la Casimira. La prensa local no se explica por qué la encontraron al día siguiente de aparecer el de su novio si entre ambos no había una distancia superior a los doscientos metros. ¿Qué inspección ocular había hecho la Policía del lugar? Buena  base para ir montando una defensa que vaya desechando o anulando esas pruebas débiles que ahora la policía, desesperada por la presión popular, intentaba hilvanar contra aquellos dos imputados con el testimonio de un alcohólico más: el mendigo que dice vio a ambos con la chica la noche del crimen. ¿Qué sería lo próximo? El caso no le dejaba dormir y había que encontrar cuanto antes  soluciones a las pruebas que le imputaban de forma directa a su cliente, heredado por designación del turno de oficio a aquel que ahora se sentaba frente a él, con su nariz aguileña con tono rojizo, bolsas bajo los ojos y pelo blanco y alborotado. Ambos sospechosos, si no eran los autores directos del crimen, debían de haber visto algo o, al menos, escuchado, se preguntó el joven letrado en voz  baja, sin transmitírselo a su compañero que no prestaba la más mínima atención al informe forense. Y esa pregunta se la hacía el jovencísimo letrado porque  ambos pasaban la mayor parte del día en aquel cortijo abandonado, casi derruido, cubierto de mierdas a su alrededor y nido de la clase social más baja.

– El viejo es frío, distante, sin remordimientos –le espetó intentando sacarlo del aturdimiento en el que le tenía embutido el alcohol.

Deseaba por todos los medios que las neuronas de su cabeza empezaran a funcionar. Él no se iba a enfrentar a un tribunal en defensa del viejo, quizás por ello no le diera importancia alguna al asunto. Pero David tenía que tener algo con lo que empezar, una puerta que le abriera aquella mente antaño prodigio en defensa de los más débiles.

-En términos policiales se le define con una altísima capacidad criminal y con antecedentes penales anteriores por delitos sexuales –añadió intentando apuntillar al toro del desconcierto en el que estaba quien un día dijeron, era el mejor letrado de la provincia de Jaén.

Su interlocutor tomó un trago del vaso y el pulso, una vez más, hacía que el líquido bailara en su interior.

-Bien, bien. Y ello ya le convierte en asesino de los jóvenes novios –afirmó relamiéndose los labios sin mirar a David don Manuel, como así le conocían en círculos de la justicia y don Manuel el alcohólico, como se burlaban en círculos del justiciable, el ciudadano de a pie.

David pensó las palabras que había escuchado. “No, aquello no eran pruebas para incriminar a nadie. Alguien podría haber tenido un pasado perturbador y haberse convertido en la mejor persona del mundo o, viceversa. Ese podía ser el caso del viejo”.

-No, no es prueba contundente, ni tan siquiera indiciaria pero, puedes leer las conclusiones del informe forense del análisis del semen hallado en la vagina de Ana.

Se acaricia la barbilla y lee. Lee en voz baja. Parece que reza. Otra vez el temblor en su mano al pasar las hojas.

-Su inseparable sobrino, el oso, se puede calificar como alguien sin personalidad y también –hace una breve pausa y expulsa lo que desea decir- sin sentimientos –le espeta David.

Él asiente con la cabeza y pega un nuevo trago. El temblor empieza a desaparecer. Alza la mirada desde el dosier hasta los ojos del joven abogado que está deseoso por conocer su opinión.

-Las pruebas de ADN le imputan con un margen de error de un 4,9%  al oso, el joven para que nos entendamos-expone.

– Quiere decir que de 100 personas de la ciudad de Jaén, 5 tienen  los mismos aleros que la clínica forense pudo extraer de las pruebas que llegaron en mal estado, descompuestas.

– ¿Y se puede saber porque tardaron 12 y 15 días en enviar las pruebas extraídas del hisopo vaginal de la muchacha a los respectivos institutos forenses para ser analizados?

David se hace la misma pregunta.

-Encontrándose cerca, en Andalucía, concretamente en Granada y Sevilla el instituto en el que se habían de analizar, no se comprende esa tardanza. ¿Tú lo entiendes?

El joven lo mira. “No, no lo entiendo”

-Todo está viciado, todo –alza la voz y le tira el dosier hacia la posición que ocupa.

-Cierto, pero, ¿de qué manera hemos de hacer verlo al Tribunal? Es decir, ¿cuál sería el procedimiento? Me pierdo. Debo presentar escrito ya pidiendo la nulidad de esas pruebas o lo debo de hacer después, en el escrito de defensa cuando nos den traslado de las acusaciones.

Su mentor le mira descaradamente.

-Estudia, estudia y estudia y presenta un escrito impugnando esas pruebas por su descomposición y por la tardanza en ser llevadas hasta donde debían de analizarlas. Luego se podrá reproducir en el juicio oral si te desestimaran la impugnación. Pero ya empezarás a crear una duda más que razonable en el Tribunal. Cinco personas de cien son muchas personas en una ciudad como Jaén.

David vuelve a asentir. El alcohol ha iluminado el cerebro bien trabajado jurídicamente de su querido mentor.

-Espero que la familia no emprenda acciones judiciales contra los responsables de tanto error –termina David

El viejo se empina el culo del vaso y vierte en su boca la última gota de Whisky.

-Aún así, van a ir a por ellos –le dice- No tienen nada o tienen muy poco pero están presionados. Ese crimen no puede quedar en el olvido y alguien debe pagar por él. Quizás estos dos…

-Pero es posible que ellos sean inocentes. Por mucha presión que exista no se puede condenar a dos inocentes.

-¿Lo son? –saborea el licor aún pegado en sus labios.

-Pues…quizás no o…

-Dudas tú también. Así no harás una buena defensa. Si tú no crees en lo que haces, más vale que lo dejes.

-Pero el ADN, los dos son asiduos del cortijo de la Casimira, el testigo que dice lo vio todo…

-El borracho.

Cuando grita esa frase se para a meditar.

-Quizás los borrachos digan la verdad.

Ahora parece saborear las palabras del joven e inexperto letrado. “¿Se habrá querido dirigir directamente a él?” piensa. Las arrugas de su rostro se alzan hacia arriba, como intentando estirarse  y le contesta.

-De 1000, 50, de 10000, 500, de 100000, la población de Jaén, 5000. Demasiado margen de error para la justicia pero, si de esas 5000 personas descontamos aquellos que desconocen que el cortijo de la Casimira está en las afueras de Jaén en dirección a Fuerte del Rey y que existe, ¿qué me dices?

Quería poner a prueba cómo defendería ese hecho incontestable ante la justicia.

-Que se acota mucho la posibilidad para que el semen…-le interrumpe-.

-El semen en mal estado –afirma-.

-El semen en mal estado –sigue- pertenezca al joven. El margen de error se reduce a un cinco por ciento.- Dice-.

Se levanta. Da un golpe en la mesa.

-Y el testigo que dice haberlo visto todo, la furgoneta blanca de su propiedad que algunos vecinos vieron el día de los hechos merodear por el camino de las cuevas, la falta de explicación coherente a la forma en que la vendió. Respira hondo y explota:

-El margen de error se reduce al mínimo. Por eso están en la cárcel esperando juicio. Y tu defensa de los hechos de momento es débil, muy débil. Les van a caer treinta años de juicio y tú no sabes salir de atolladero en el que te están metiendo esas pruebas.

Su viejo mentor  busca en la estantería que repleta de viejas carpetas esconde un mini bar. Busca y rebusca y por fin da con una pequeña petaca. Parece haber encontrado su tesoro y el inexperto abogado un camino débil por el que andar en esa defensa encomendada. Cree que es el momento de marcharse. Ha sacado una conclusión importante: pruebas en mal estado, margen de error grande, mendigo testigo alcohólico. Cuando se va a ir el viejo le pregunta:

-¿Te has preguntado porque la policía no buscó a Ana, a pesar de hallarse en peligro después de encontrarse el cadáver de su novio hasta el día siguiente?

El pasante se quedó pensativo. “No, no había reparado en ello”.

-La policía ha cometido muchos errores para esclarecer este crimen y, esos errores van a conducir a la ineludible absolución de estos dos, mal nacidos o no, no lo sé. Repara en ellos, mete el dedo en la yaga, haz daño. Compórtate como un abogado con hambre –abre la petaca y la empina hasta que ya no queda nada dentro.

Toma la carpeta donde momentos antes había traído parte de las pruebas del sumario y se marcha del lugar. Está harto de ese complejo asunto pero hoy, al menos, le han tendido una luz jurídica. Impugnará las pruebas obtenidas por estar muy deterioradas y pondrá en los ojos de los jueces el error policial y judicial en el retraso en mandarlas a analizar. Quiere sembrar la duda en la conciencia de los que deban mandarlos a la cárcel de por vida, donde ya están de forma preventiva. Una voz de un oficial de justicia le trae al mundo real.

Van a pasar ante el Juez a los policías detenidos por presuntamente haber dado un trato denigrante a un búlgaro hasta su muerte en comisaría. Está seguro de que  ellos no tendrán que esperar entre rejas la celebración de su juicio como en su día hicieron el oso y su viejo tío. Un rumano, un búlgaro, un inmigrante negro,  importa bien poco a la sociedad española y no es alarma social el que aparezca muerto en una celda oscura y sucia de la comisaría de policía. “Algo haría” pensarán todos los ciudadanos de a pie cuando lean la noticia.

MADRID

La calle estaba transitada y María cogía de la mano  a Papa Kevin, que miraba atento un papel e intentaba comprobar que tomaban la dirección correcta. Si había algo que no controlaba era orientarse en Madrid. Andar por sus calles era como deambular por un laberinto a oscuras. Personas de diferentes nacionalidades se cruzaban con él. Pensó que quizás ellos, como también él, algún día llegaron a esa ciudad en busca de algo mejor para los suyos; posiblemente ellos, como también él, habían caído al fondo del pozo en el que un ser humano ya no vuelve a levantarse con dignidad, porque te la han arrebatado personas de carne y hueso, en las que con seguridad hay un alma: un alma podrida por el dinero.

-¿Dónde vamos, papi? –esperaba respuesta.

Kevin había recibido la llamada del padre José anunciándole que todo se encontraba ya dispuesto. Él lo entendió. Habían hablado  largo y tenido sobre el tema ante las dudas que se le presentaban y el dolor que le había dicho,  suponía hacer algo así a su propia hija. “Hermano, Dios nos da algunos órganos por partida doble por su  bendita bondad””Con un riñón es capaz de vivir cualquier ser humano y el de tu niña te ayudará a salir de la grave situación en la que estás incurso con tu familia” Todo ello se lo decía en el confesionario de la Iglesia, fuera de mirada ajenas, como si realmente se estuviera confesando mientras escuchaba a alguien que por fin le había tendido un camino a seguir. “Cierto, tiene dos riñones y con uno vivirá””No tengo otra salida” contestó. Finalmente le facilitó una dirección a la que acudir el día 2 de octubre. Faltaban dos días pero quería familiarizarse con el trayecto y crear confianza en su pequeña a la que había prometido iba a visitar a unos familiares que habían llegado de Medellín  y que ella no conocía. Quería que conociera a una niña de su misma edad, le explicó, hija de unos primos lejanos de su padre, a la que deseaba presentarle. Todo iría rápido le prometió el padre José. La niña recibiría un tranquilizante, la dormirían y operarían le contó como si todo fuera relativamente fácil. Ella no sufriría daño alguno. El dinero lo tendría él al día siguiente a su disposición en aquel confesionario. Confiaba ciegamente en aquella persona y por eso sacó sangre a la niña después de dormirla días atrás con las propias pastillas para la depresión de su esposa Gloria machacadas y mezcladas en un vaso de leche. Fue un sueño profundo en el que se sumergió la pequeña que no se despertó cuando le clavó la Abuja para la extracción. Entregó la sangre para su cotejo al padre José. La llamada en los días siguientes fue su salvación. Todo sería antes de los treinta días marcados para que la justicia los echara de la  vivienda al ejecutar el lanzamiento después de que su vivienda hubiera sido adquirida en subasta por el banco por el sesenta por ciento de su valor de tasación. Era curioso, el banco se quedaba con su vivienda y aún seguía debiéndole por costas, intereses, y resto de principal unos sesenta mil euros más. “Ya jodimos” recordó las palabras que dijo al director. Este le miró con cara como de sorprendido al no entender aquella expresión típica de su país. “¿Qué quiere decir con ello?” preguntó aquel Director de porte serio colocándose bien las gafas. Kevin se vio asimismo levantándose de la mesa de aquel señor. Parecía como mareado. “Adiós casa y todavía le debo una cantidad para la que tendré que trabajar así como dos vidas para poder juntarla” pensó ante él. Cuando se lo dijo el director de la sucursal se quedó pasmado. “¿Qué significa ya jodimos?” preguntó el Director otra vez con cara de acelga. Kevin rememoró cuando se disponía a marcharse del banco la imagen de su director al  inclinarse levemente ante él diciéndole al oído: “Ya jodimos, en mi país, significa algo así como que me cago  en tu puta madre, ¿Y en el tuyo?”.  En cuarenta y ocho horas si no existía ningún contratiempo y no debía de existir, estaría en su casa, con la pequeña y con dieciocho mil euros en el bolsillo. “Nadie debe conocer esto, hermano, ni siquiera tu mujer” le decía el padre José. “Ten en cuenta que supondría tu detección, la mía y tu familia podría correr grave riesgo por terceros” Él entendía todo. Nadie iba a conocer de sus intenciones.   “Bueno, alguien sí” pensó. Y recordó la tarde anterior que pasó junto al mendigo con el que había hecho amistad  bebiendo vino en el retiro. “No tengo más remedio que hacerlo” le dijo.  Pero él no le prestó atención, solo bebía; estaba tan borracho que sería incapaz de comprender nada de lo que le decía, pero aún así necesitaba desahogar con alguien su conciencia y con quién mejor que la persona que le comprendía. Porque aquel mendigo era como él, alguien al que la sociedad decidió poner a buen recaudo en el mundo del alcohol. “El padre es de confianza, y me prometió que ella no correrá riesgo alguno. ¿Qué harías tú, hermano, si te fueran a echar de tu propia casa y no tuvieras con que alimentar a tu gente?” Le pasaba el cartón del vino  y escuchaban el sonido lindo de los pájaros sobre las copas de los árboles mientras le veía absorber hasta la última gota a caño. “Son dieciocho mil. ¿Escuchas bien? Dieciocho mil” Era imposible que aquel hombre perdido le comprendiera. “¿Escuchas lo que te digo?” Repetía. Ni la más mínima atención.  Así le explicó  la venta del riñón de su hija para obtener dinero y el cura que había organizado todo en aquella parroquia de las afueras de Madrid, pero le ocultó el día en que debía de hacerlo. Del mendigo solo recibió por respuesta el silencio.

Cuando caminaba con su niña en busca de la dirección un pequeño punzón se clavó en su corazón. Había roto la promesa dada al párroco y había contado algo muy íntimo a  una persona a la que conocía de hacía solo unos días explicándole sus intenciones sin saber  nada de él, salvo su afición a la borrachera, algo que compartían de forma íntima, sin importarles miradas ajenas. Pensó seriamente mientras andaba de la mano de su pequeña por qué aquel compañero de parranda nunca le hablaba de su pasado y de las circunstancias que le habían llevado a aquel banco imaginario de lo que era una vida al margen de lo normal y cotidiano. Finalmente se tranquilizó al observar aquella reacción fría e indiferente del mendigo cuando le contaba sus intenciones. Nada le importaba salvo beber. Instintivamente acercó la mano de su hija hasta su boca y la besó.

-Papi, mami sabe lo de la niña.

Kevin se detuvo. “¿Cómo lo iba a saber si siempre andaba llorando? Lo que le faltaba” pensó. Gloria aún en su depresión, le mataría.

-Se lo contaremos y le daremos una alegría.

-Ya no mira por la ventana conmigo para ver la calle y las personas –alzó su mirada tierna para observar el rostro curtido de su padre.

Kevin se agachó poniéndose a la altura de María y la abrazó. No le salían las palabras. Su casa estaba como su familia: totalmente deshecha. “Siento mucho lo que te voy a hacer, corazón”.

En la acera opuesta un desarrapado camina con un cartón de vino en su mano derecha. La gente a su paso se aparta pues lo único que desprende es asco para quien le ve. Tampoco le importa. Solo quiere saber dónde va un extranjero llamado Kevin; conocer la dirección exacta. Porque un policía nunca muere en vida. Le ha costado seguirle porque ello le ha supuesto dejar de beber un rato para tener en orden al menos alguno de sus sentidos pero lo ha hecho. Y, recordando viejos tiempos, no ha perdido a su presa. No entiende porque se para y se vuelve en dirección opuesta a la que llevaba pero piensa seguirle. “Le seguirá hasta el final. Nadie merece vender el riñón de un hijo para sobrevivir, nadie” piensa. Pero en el fondo de su ser sabe que detrás de esa venta vendrá una muerte…la de la pequeña.

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