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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXV Y XXXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IXL y XL)

 

 

 

CUARENTA Y UNO

ELCHE. EN LOS SUEÑOS DE CLARA

Carla dormía inquieta. El chiquillo observaba la velocidad con la que los árboles se cruzaban tras el cristal del vagón del tren donde tenía depositada su carita chata. El vaho que exhalaba formaba un círculo alrededor de su rostro sobre el letrero del tren Talgo en el que viajaba. El silencio en el vagón solo lo alteraba el pequeño zumbido de los comentarios en voz baja de los pasajeros, algunas risas de niños y el traqueteo algo más rápido de lo normal de la locomotora. Su madre leía para matar el tiempo en aquel viaje que empezaba a parecerle eterno y que  la separaba de una vida nueva. De una vida llena de amor con él. Apenas unas horas y su cuerpo se fundiría con su otro yo en ese abrazo que tanto había añorado en sus días de pesadilla; el abrazo que la iba a proteger de por vida…Poco podía imaginar entonces su último destino, el que aguarda agachado detrás de una esquina y te sorprende en un suspiro; el que se esconde bajo la cama y te acecha durante la noche, la última noche. El traqueteo de los raíles se hacía más intenso, más sonoro y, aún a pesar de que le pareció que aquel tren corría más de lo debido, se sentía alegre porque así llegaría antes. Miró su reloj y observó la hora: las 20,41. Atrás quedaba la estación de Madrid con su pasado, con el maltrato que había sufrido en sus pocos años de vida, con la lucha que había mantenido recorriendo España de punta a punta en busca de mujeres como ella maltratadas y que no tenían donde refugiarse de sus ogros, lucha que no pensaba dejar aún a pesar de la nueva vida que iba a formar con quien consideraba era la media sombra que todo el mundo busca en el sexo opuesto y que se complementa con la otra media sonrisa de uno mismo, la que expresa iguales sentimientos, inquietudes, bondades, pensamientos y que te imprime nuevas ganas de vivir. Ella la había encontrado y había tomado el tren junto con su hijo para fusionar ambas sombras con la persona acertada.

-Jesús, siéntate bien –reprimió al niño que en su afán por ver los árboles correr estaba pisando el asiento del lujoso tren de alta velocidad.

Frente a ella una mujer negra de facciones dulces se sentaba cruzando su mirada con la suya y remitiéndole una sonrisa cómplice. “Tanta lucha había merecido la pena”. “Ambas iban a encontrarse con el ser querido después de un largo recorrido en una vida llena de baches, de horrores, de adversidades” “Ambas eran unas luchadoras incansables a favor del ser humano”

-Carla, mañana volveremos a vivir –le dijo con voz atropellada, fruto de la persona que conoce poco del idioma español y del tono del habla de su país de origen.

-Mañana volveremos a vivir –repitió Clara, aquella frase que tanto gustaba decir a quiénes como ella, habían vivido el infierno del maltrato cuando las montaba en su destartalada furgoneta y emprendían la huida hacia otro punto del planeta con lo puesto, lejos del horror.

“No sirves para nada, no sirves para nada” escuchaba una y otra vez como si un lazo imaginario trajera hasta su mente los malos recuerdos del pasado con el padre de su hijo. “Gorda, gorda” escuchaba como martillo incesante e intermite en su cabeza. En ocasiones, en muchas ocasiones, las palabras dolían mucho más que la mano estrellada contra tu rostro, que la patada en tu cintura o que el puñetazo en el ojo.

El paisaje se le hacía más y más nebuloso a través del transparente cristal y el chirrido de un frenazo largo la trajo hasta la realidad en aquella curva de A Grandeira, cerca ya de la estación de Santiago de Compostela. Apenas dio tiempo a gritar y a abrazar a su hijo cuando las luces del tren se apagaron y el vagón salió disparado, como si de una bala se tratara. Fueron solo segundos de terror y, entonces, vio pasar su vida ante sus ojos como si la estuviera viviendo en presente. La furgoneta destartalada con la que recogía a las mujeres víctimas del maltrato regalo de Huecco; los viajes sin fin con niños atrás llorando porque dejaban la seguridad de un hogar para buscar la seguridad de su madre; la búsqueda de fondos para alimentar primero y dar una nueva identidad después, a las que eran, como ella, víctimas del machismo…

Tras aquellos segundos interminables, el tren se había detenido y se escuchaban voces y gritos por todas partes. Sabía que su vida se escapaba. No veía nada, sólo una luz blanca, lejana, y una paz que empezaba a invadirla; la paz que no había vivido durante su matrimonio.

-Carla, Carla –escuchaba una voz quebrada de la chica que la acompañaba.

-Mami, ma…ma- oía en un llanto entrecortado de su hijo llamándola.

“Tantos kilómetros de punta a punta recorriendo España y, aquél era su último viaje”, pensó.

Los gritos de dolor y horror iban en aumento entre el pasaje del tren. A Carla le costaba respirar. Parecía como si alguien se hubiese sentado sobre su pecho y con su mano le tapara las fosas nasales y la boca para dificultar la entrada de aire. Aprecio el sabor salado de la sangre. Luego, cuando despertó, sudaba como si hubiera acabado de salir de la ducha. Vio a su hijo junto a ella moviéndola fuertemente en su lecho.

-¡Mami estabas soñando!

Clara tragó su saliva y le pareció salada, como las lágrimas. “¿Había sido aquella pesadilla el destino final de su vida?” pensó. Y entonces se abrazó fuerte a su hijo. A través de la ventana del cuarto de la residencia de mujeres entró un fuerte viento que barrió su sueño, el sueño de su vida. Al despertar lloraba. “¿Qué significaba todo aquello? ¿Quién era la mujer negra de rastras que la acompañaba en ese tren? ¿Estaba ante una pesadilla o ante una revelación?”

DESIERTO DEL SÁHARA

Se abrazaban entre ellos en la caja del camión que les transportaba entre las dunas del desierto. Durante el trayecto lloraron, rieron y cantaron canciones tradicionales de su tierra. Habían bebido hasta saciar su sed y aunque la comida no dio para mucho, al menos probaron bocado, cosa que no hacían desde cinco días atrás en que se acabaron las pocas provisiones que había. La alegría había invadido sus almas y, lo que antes se aventuraba como una muerte segura, ahora se había traducido en una vida llena de esperanza. Abeke y el pequeño hijo de Nmachi se consolaban  en uno de los rincones del camión con la alegría de saber que era su madre las que les había conducido fuera de las garras del Sáhara. Le había contado el soldado que les rescató que una vez en Argelia les devolverían a su país y de allí, pocos serían los que se atreverían a pasar nuevamente por el infierno que habían vivido cuando contaran su historia.  Antes de llegar a la frontera con Argelia el camión que transportaba a los inmigrantes recogidos en las arenas del Sáhara se detuvo. Los hombres se miraron extrañados ante la parada repentina. Uno de ellos se levantó y golpeó la cabina del conductor que no había permitido que nadie se sentara junto a él.

-¿Qué ocurre? ¿Por qué paramos? –Se preguntaban en voz alta y lo hacían igualmente dirigiéndose al soldado, su salvador-.

Ninguna respuesta al otro lado. Las mujeres empezaron a sentirse inquietas y alguno de los niños rompió en llanto. La hechicera fue la primera que dio la voz de alarma.

-Mirad –les dijo señalando dos camiones que se acercaban hacia ellos por el sur en dirección opuesta a la que ellos llevaban.

-Son los guardias de fronteras que vienen a por nosotros –espetó el hombre más viejo del grupo intentando dar tranquilidad.

-¿En camiones normales? –Preguntó en voz alta el hombre al que Nmachi había arrancado una oreja, Ola- No, no es posible.

Cada vez los tenían más cerca. Veían como se aproximaban a gran velocidad por le estela de polvo que levantaban las ruedas  en su contacto con la arena.

-Solo nos cabe confiar en Alá –musitó una de las mujeres con dos niños pequeños en su retazo.

Cuando llegaron a su altura se detuvieron. Desde la parte de atrás saltaron varios hombres armados con palos. Se pusieron en la parte trasera del camión y les hicieron bajar a voces y dando órdenes tajantes para que ninguno se dispersara al bajar. Todos obedecieron sin rechistar y aun así comenzaron a golpearlos con  los palos que portaban en sus manos, dirigiéndolos  a las piernas de las mujeres, a la espalda de los hombres e incluso a la cabeza de los más pequeños. Su intención era  separar los niños y hombres de las mujeres y niñas. Los gritos eran espeluznantes y los mamporros  sobre los cuerpos de los menores y aquellos mayores que pretendían abrazar con fuerza a sus pequeños para que no se los arrebataran eran estremecedores. La paz que había nacido en ellos cuando fueron arrancados de las fauces del desierto se había transformado ahora en ira, la que sentían frente a quienes sin compasión les golpeaban. La hechicera no podía dar fe de lo que veía. Las carreras eran continuas a ambos lados de los camiones a los que les obligaban a subir.  El hijo de Nmachi recibió un fuerte impacto en la espalda y solo la protección de su prima le impidió recibir otro en la cabeza. A la niña la arrancaron con fuerza de su lado mientras gritaba el nombre de Elin con rabia.

-¡Se valiente, no temas! –le decía-.

Algunos de los hombres que osaron plantar cara a sus agresores fueron reprimidos con contundencia hasta dejarlos sin sentido en la arena a base de palos. Luego los tomaban entre dos de los agresores y lo lanzaban hacia el interior del camión como si se trataran de simples sacos de hortalizas. La hechicera no perdía de vista a su salvador que dialogaba con el que parecía al frente del grupo de hombres armados con palos, un joven con una cicatriz debajo del ojo derecho, de mediana edad y cabeza totalmente rapada. Era negro, como ellos. La mano de una chica joven se posó en su espalda y dejó escapar una lágrima que rodó por entre la comisura de sus labios.

-Nos ha vendido. Nuestro salvador nos ha vendido –susurró a su oído.

-Si tenemos suerte encontraremos un buen amo –intentó calmarla la hechicera confirmando sus palabras. Había oído hablar de que muchos de sus compatriotas habían terminado en manos de negreros. Ahora, aquello en lo que no creía, se confirmaba ante sus propios ojos-.

Unos minutos después, los camiones se pusieron en marcha con la mercancía separada por sexos en su parte trasera cuando todos estuvieron a bordo. Eso era lo que eran desde que habían salido de su Arlit natal, mercancía para los traficantes y mercancía humana ahora para quienes les compraban. El soldado que los rescató de las puertas del infierno los había conducido de forma directa al averno.  Abrazó a la muchacha Folami e intentó calmar su dolor mientras veía cómo el joven guardaba un fajo de dinero en billetes entre la parte delantera de su pantalón.

-Mi hijo, se han llevado a mi pequeño –le dijo con el rostro compungido y lleno de lágrimas la chica a Folami.

-¡Allahu Akbar! Él se apiadará de nosotras.

Elín viajaba en el camión  destinado para  niños y hombres. Observó a Ola mirarle, pero en esta ocasión la mirada no contenía rabia, estaba como perdida, buscando lo que habría ser el nuevo destino de su vida. Abeke viajaba  en el de las mujeres y, a través de la lona del camión que les transportaba le pareció ver a su tía Nmachi que corría tras ellos para rescatarlos de aquellos demonios. Sus ojos se nublaron. Se acordó de su madre y de las palabras de su tía en el desierto: “Un día te contaré lo que nunca el viento susurró” ”Que la vida es dolor” pensó. “Eso es lo que querría contarme mi tía”. Una bocanada de angustia se agarró a su pecho y se sintió desfallecer no sin antes llamar a su primo.

-Elín, Elín, se valiente –gritó sin importarle que los demás la escucharan.

La mano de la hechicera sobre su pierna la tranquilizó. La mirada de aquella mujer era parecida a la de su tía Nmachi. La fuerza que contiene aplacaba la rabia y el dolor del corazón.

-No has de preocuparte por él –entonces la tomó por la cabeza y dejó que cayera sobre su regazo acicalando su cabello-

-¿Por qué? –la escuchó preguntar sintiendo como su pena iba en aumento.

Se tomó unos segundos antes de contestar.

-Porque el hombre es así, un lobo para sus semejantes, capaz de causar dolor por el solo hecho de obtener un puñado de dólares. Así es la vida pequeña y así te habrá contado tu tía Nmachi el camino duro que te espera. Aún eres muy joven para comprender.

-La echo de menos.

Acarició sus mejillas y la incorporó hasta tener su rostro ante ella. Limpió sus lágrimas.

-Volverás a verla –afirmó.

Durante unos segundos el silencio lo invadió todo; nadie hablaba en el interior y solo algunos suspiros de pena eran audibles. Se miraban entre ellos sin tener valentía para decir una sola palabra. La niña miró a la hechicera.

-¿Qué es lo que el viento nunca susurró, Folami?

Esta tragó saliva. La besó en la frente y apretando sus brazos con fuerza le dijo:

-Algo que tú llevas dentro. Que tu tía Nmachi lleva dentro. Algo que solo algunas mujeres llevan dentro. Lo descubrirás…

VALLECAS. MADRID

Ewansiba recuperó el sentido y entre los dos jóvenes que le habían acompañado al piso le reanimaron. Había pasado al menos una hora desde que se produjera aquel altercado con Andaya. Cuando se sintió con fuerzas llamó a su jefe, Azgba y le contó cómo había actuado la negra como la nombraba cuando hablaban de ella. A través del teléfono recibió instrucciones de lo que debían de hacer con la chica y que venían a confirmar las que ya recibiera con anterioridad. El médico asentía con la cabeza. En el interior del cuarto la joven nigeriana se sentaba junto a María y escuchaba con atención las palabras del médico. Luego desvió su mirada hacia la niña.

-Sabes, mi papá y mi mamá también viven y me esperan allá, en mi país, detrás del sol luminoso donde se oculta la luna –le decía a María con voz dulce, como si le contara un cuento y quisiera que la niña no se sintiera de ninguna forma incomodada.

María miró la cara hinchada de Andaya.

-¿Qué te pasó?

Andaya se acarició el rostro.

-Me caí. A ti también te esperan, seguro. Debes ser valiente y hacer lo que yo te diga –la besó en la frente, se levantó y fue hacia la puerta entornada para ver si podía escuchar algo.

Al otro lado los chicos recibían instrucciones de Ewansiba.

-Debemos esperar unos días por si hubiera nueva oferta por la compra de los riñones de la niña. Tras la muerte del párroco el comprador ha desaparecido; de alguna forma debía conocer que tenía relación con nosotros pues fue el mismo cura, el que nos trajo hasta nosotros a la niña, el que nos puso en contacto con el comprador del órgano. En este caso pienso que corrieron mucho en aplicarle la regla no escrita de la organización. Creo que deberían de haber esperado un poco a que la venta estuviera cerrada y el dinero en nuestras manos.

-Debió esperar –le confirmó su interlocutor-.

Ewansiba asintió con la cabeza.

-Sobre ella –detuvo sus palabras y se llevó la mano hacia el cuello donde momentos antes había sido pinchado con la anestesia por Andaya-, el carnicero está abajo. Iréis con él para hacer el trabajo.

-Un paseo hasta la nave de los perros –musitó el joven tocándose la nariz partida que aún le sangraba-. Personalmente yo la llevaré –dijo con un marcado tono caucásico.

Andaya supo a lo que se atenía. Sabía a lo que se estaban refiriendo. Había escuchado mucho hablar del tema de los perros hambrientos que no dejaban ni rastro de las víctimas. Cuando terminaba cualquier vigilancia siempre se referían a ellos para asustarla y evitar que hablara más de la cuenta. Nadie de su entorno sabría nunca nada más de ella. Sus padres y sus hermanos dejarían de percibir dinero de su hija desde España y siempre se preguntarían por qué Andaya ya no llamaba ni se ponía en contacto con ellos.  Sabía que su cuerpo sería cortado en trozos pequeños para hacerlo desaparecer de forma aún más fácil: comida para perros. Así se aseguraban de que de la persona desaparecida solo quedara el recuerdo en amaneceres lejanos en el tiempo. ¿Qué podría hacer ella frente a aquellos hombres? Absolutamente nada. Solo un golpe de suerte podría salvarla ya de satisfacer el instinto canino hambriento y ella, en su vida, nunca había sido visitada por la diosa fortuna, al menos hasta ahora. Solo le quedaba volver a besar a María y desearle que ella sí, algún día pudiera volver con quienes más amaba.

Mientras, en la misma calle, un hombre al que apodaban el carnicero empezaba a inquietarse. Tardaba en volver a bajar la negra. No quería llamar a Ewashiba. Intentó tranquilizarse pero sabía que los perros tenían hambre, mucha hambre. Cualquier segundo perdido sería un tiempo imposible de volver a recuperar.

-Vamos, negra. Te espero. Hoy será tu último día aquí, en la tierra.

Sacó un cigarrillo y se lo encendió. Dejó que la primera bocanada saliera de su boca como sale la última de una vida. Ya lo había paladeado cuando estranguló a otras chicas por orden de su jefe. “Órdenes son órdenes” se decía. Le gustaba ver cómo morían, cómo imploraban con los ojos. Finalmente el cuerpo se partía en varios trozos para que las tolvas de triturar carne no se atrancaran al depositarlos sobre ellas: brazos, piernas, tronco y cabeza. Y lo que más amaba por encima de todo era dar de comer a los animales hambrientos. Pobrecitos. En unos segundos todo habría acabado. Miró hacia la puerta y vio cómo por ella salían los dos rusos con la negra. Fin de Andaya.

CUARENTA Y DOS

ALEPO. AFUERAS DE LA CIUDAD

“Maldito mocoso” pensó Mustafá cuando le vio pasarse el dedo por el cuello. El grupo armado compuesto por cinco hombres los bajó del vehículo apuntándoles con sus armas. El pequeño observó los fusiles de asalto AK47. Bajaron despacio, con las manos alzadas. Unas alambradas de espinas cortaban el paso de los vehículos que intentaban salir de Alepo en la carretera que llevaba de forma directa hacia el norte. El que estaba al mando, un joven de apenas veinte años, se acercó al grupo de viajeros.

-¿Dónde vais?- gritó. Era alto y el fusil que portaba apuntó de forma directa al rostro de Mustafá. No tenía palabras para contestar y sintió miedo. No pudo evitar que un sudor frío comenzara a recorrer todo su cuerpo partiendo de sus sienes, como si aquello fuera el nacimiento de un nuevo río.

-Vamos al hospital, a llevar a la embarazada donde puedan atenderla sin riesgo para la vida del pequeño –dijo Yuma señalando a la mujer.

El joven la observó llevándose las manos hasta el vientre y el estado pálido de su rostro.

-Ella puede pasar, ¿y ellos quiénes son? –miró una vez más hacia  Mustafá para luego dirigir su mirada hacia el niño y el acompañante de la parte delantera en el vehículo conducido por Yuma.

-¡Él era francotirador en la escuela! –Gritó el niño señalando a Mustafá –Sí, yo lo conocí allí. Disparaba a la gente desde una ventana.

“Punto y final” “Me van a volar la cabeza” “Maldito niño” “Le debía de haber disparado el día que lo tuve en el punto de mira de mi arma cuando acariciaba al perrito” pensó.

Esos hombres podían ser miembros del ISIS que en diferentes zonas controlaban la ciudad. En otras lo hacía el propio ejército Sirio, pero el  niño le estaba acusando de algo que iba a suponer su inmediato final. Todos sabían lo que un francotirador hacía en las aulas de la escuela y no hubiera hecho falta que el niño lo hubiese explicado, menos aun dando gritos y haciendo aspavientos con las manos.

El jefe se acercó hasta él.

-Francotirador en la escuela, ¿y cuántos abatiste? –puso directamente el cañón en su barbilla.

“Rata, ¿por qué me haces esto?” Yuma, la embarazada y el otro ocupante respiraban con nerviosismo. Mustafá comenzó a temblar.

-Yo, yo…ninguno.

-Sí, a mí me disparó –volvió con su ataque el pequeño ratón- Así lo conocí. Mató a mi perrito.

Al instante, el hombre se giró hacia los demás soldados vestidos como civiles que también portaban armas ligeras cómo su propio jefe.

-Francotirador en la escuela –afirmó ante ellos-.

Mustafá se orinó encima. Todos comenzaron a reír. Mustafá no sabía dónde se encontraba la gracia y pudo apreciar cómo su entrepierna se mojaba. Era incapaz de controlar su pánico.

-Dejarles pasar –ordenó el jefe de la pequeña milicia para sorpresa de todos los ocupantes del vehículo menos del niño, que sonreía.

Yuma no dudó ni un instante. Se subió al vehículo y detrás de él la embarazada, Mustafá tembloroso y muy enfadado aún sin saber porque los dejaban marchar y tras él, el pequeño ratón. Arrancaron a toda velocidad y se perdieron tras una estela de humo que dejó el  motor del Chek points. Después de unos segundos de silencio, Mustafá lo rompió aun castañeándole los dientes.

-¿Por qué… por qué… rata? ¿Por qué me has hecho esto a mí? –lo miró airado con su rabia dentro del cuerpo sin poder controlarla.

El pequeño le enseñó su caja de dientes picada.

-¿De qué te ríes?

-¿No viste sus fusiles?

-No, no. Yo solo vi hombres armados que me apuntaban y me preguntaban. Hasta me he meado encima.

Risas del niño y mirada a través de la ventana de la mujer que ocupaba uno de los laterales del turismo.

-Pues deberías saber que los A47 solo los utilizan los soldados sirios. Deberás aprender a diferenciar las armas de uno y otro bando –el rata volvió a dejar que sus dientes fueran vistos por Mustafá en la mueca de satisfacción que dejó entrever.

El francotirador se quedó embobado. Ahora no le salían las palabras. Yuma rompió en carcajadas.

“Este pequeño hijo de puta acaba de salvarnos la vida” pensó. “Y además por segunda vez”.

JAÉN. JUNIO DEL AÑO 2.012

Y entonces comenzó a leer las últimas páginas de su diario…

“…EL aullido intenso durante la noche del perro alertó al viejo que se levantó de madrugada al sentirse mal. Se sentó al borde la cama buscando las zapatillas de estar en casa y observó cómo una cucaracha se escondía en uno de los rincones. No le hizo caso, le faltaba la respiración. Se acercó hasta la cocina  trastabillándose con sus propios pies y llegó hasta la nevera. Quizás un vaso de leche aplacara esa falta de respiración y el dolor intenso que recorría uno de sus brazos. A la mañana no podría ir  a por chatarra. El perro pequeño y de raza desconocida no se separaba de él, lo único que ostentaba en vida pues había ido siendo abandonado por todos los suyos. Abrió la nevera y observó cómo los sudores recorrían todo su ser. Un cartón de leche era lo único que la poblaba. Lo alzó hacia arriba y dirigiendo el líquido blanco hasta su garganta tragó sin ganas. La última gota bajó por la comisura de sus labios hasta estrellarse en la sucia camiseta de manga corta interior que tapaba su cuerpo. El aire seguía faltándole. Debía intentar llegar hasta la ventana, quizás el aire fresco de la madrugada…Su cuerpo se desplomó de golpe en el suelo antes de alcanzar su objetivo. El perro a su lado comenzó a ladrar intensamente, intentando despertar a su compañero. Su rostro se había topado de bruces contra el suelo y su cuerpo, después de varias convulsiones, dejó de moverse. Lo encontrarían sólo, como anduvo por la vida. Ya era tarde, Oscar y yo habíamos corrido la cortina de humo blanca para ir a recogerlo. Su vida y nuestras vidas habían quedado ligadas por los hilos del destino.

Es el momento de partir. Hemos alcanzado nuestro descanso y los lazos tan fuertes que durante años nos unieron al otro lado se han debilitado y ahora parecen blandos espárragos. Nos hemos mirado y hemos sonreído. Nos sentimos mejor, mucho mejor, madre. Conocí tu lucha, tu calvario y tu dolor. Ahora es el momento de que tú, también, descanses. Es hora de que vuelvas a vivir.

El Oso deambula por la vida sin rumbo fijo. El 7 de Junio del 2.012 harán veinte años desde nuestros asesinatos y los crímenes habrán prescrito. El tiempo corre deprisa, muy deprisa, aquí y al otro lado. Allá se valoran poco las cosas sencillas como un abrazo o un beso en cualquier momento. Acá se valora más que nada esos gestos. Parece que fue ayer, madre, ¿verdad?, cuando encontraron mi cuerpo en el cortijo de la Casimira, cuando hallaron el de Oscar acribillado en el asiento delantero de su vehículo. No quiero con estas líneas volver a dañar tu corazón. Si deseo hacerte conocer que hemos conseguido borrar nuestra ira para dejar paso al amor. La justicia humana es débil, muy débil, aplicada por hombres y mujeres que, como todos, comenten errores. Ciertamente, en nuestro asesinato influyeron muchas decisiones erróneas, desde el primero encargado en su resolución hasta el último. Solo podemos esperar ya a  la justicia que se aplique desde aquí. Prométeme que serás fuerte, tan fuerte como lo fuiste durante años, tú, padre y los hermanos. Lo importante, lo único importante, y con ello quiero que te quedes, es la paz que, finalmente, nuestro seres de luz han alcanzado aquí, en el cielo, donde más que en ningún otro sitio, también se llora…”

Cerró de golpe el diario. Ese era el final del trayecto. Ahora tocaba respirar nuevamente la sabia del nuevo día. Su marido la esperaba en la puerta. Ellos también iban a atravesar el umbral del dolor. El dolor que se vive ante la pérdida de un hijo. Solo hay algo más grande que ello: que a ese hijo te lo hayan asesinado y nunca condenen a los verdaderos culpables.

MADRID. SEDE DE LA POLICIA JUDICIAL

El caso Ewanshiba despertó la conciencia de la sociedad madrileña. Acusado de ser uno de los autores materiales de secuestro de menores para tráfico de órganos resultó absuelto tras demostrar sus abogados que todos sus principios constitucionales en orden a su presunción de inocencia habían sido vulnerados por un inspector de la brigada de homicidios de Madrid que miraba más por una botella de vino que por el interés de la sociedad en general. Las grabaciones a las que fue sometido el teléfono móvil de dicho imputado para aportar como prueba a la causa en orden a las conversaciones que mantenía con los demás miembros del grupo se extendieron más allá del plazo marcado por el Auto judicial que las autorizaba. Así, al Tribunal no le quedó más remedio que acogerse a la Doctrina jurisprudencial del Tribunal Supremo español y fueron declaradas nulas. La declaración del Médico nigeriano una vez detenido y antes de que transcurriera el plazo legal para pasarlo a disposición judicial,  se hicieron en la sede de la inspección de policía de Madrid sin la presencia de un abogado, cuestión que nadie llegó a entender pues en el sistema judicial español, cualquier declaración realizada en órganos policiales debía de realizarse en presencia de un letrado y, para terminar de poner en bandeja la absolución de sus clientes a los buitres letrados del nigeriano y desarrollar una defensa aplastante, en la rueda de reconocimiento al que le sometieron con alguna de sus víctimas reconociéndolo, se hizo con  un quebranto legal importante: no existía autorización judicial previa. En el juicio el inspector se presentó desaliñado y con evidentes síntomas de haber tomado alcohol, algo que, vista la instrucción realizada en las oficinas de la policía judicial, todo el mundo dio por hecho que aquel pobre inspector sufría una grave enfermedad: alcoholismo. Por entonces su mujer ya había decidido una vida separada de él uniendo su destino al de su mano derecha: Ramírez.

Ramírez observaba con ojos de búho las fotografías del torso desnudo del menor que habían encontrado dentro de un saco a las afueras de Madrid.

-Hay algo…-dijo.

Tomó las instantáneas que estaban dentro de la carpeta del caso Ewanshiba tal y como le había aconsejado Martínez, la de un testigo protegido al que habían cosido los labios igualmente y que llegado el juicio, fue imposible localizarlo. Había desaparecido. Dos veces se suspendió pero nadie pudo dar nunca con él, lo que anulaba por no poder practicarse, una prueba importante de la acusación representada por el Ministerio Público y como acusación particular la asociación de víctimas de tráfico de órganos a los que representaba un joven abogado llamado David. Ewashiba había ordenado porque así se lo sugirió Azgba que los perros comieran. Fue lo que determinó que el testigo al que no se le dio protección terminara en las tolvas de carne primero y en el estómago de los canes después. El carnicero recogió los trozos de hueso de las heces de los animales y las machacó con un mazo. Luego el polvo fue expandido a lo largo de la carretera en el trayecto que separaba  la fábrica de carne de Madrid. ¿Quién iba a dar con el testigo pues?

-Quiero que veas esto, Pepiño –y le extendió las fotos del torso desnudo y cosido del menor encontrado en las afueras y las del testigo desaparecido- ¿Qué ves?

Pepiño retorcía su cerebro.

– Estamos ante el mismo color del hilo.

-Correcto. Pero hilo quirúrgico como ese es muy común en España, lo cual no es una prueba de que nos encontremos ante el mismo autor. Martínez quiso decirnos algo más: observa.

Y Pepiño obedeció. Fue entonces cuando dijo como si alguien le hubiera golpeado en la espalda para que soltara la palabra:

-Ambos están cosidos en forma de rombo.

-Eso es, eso es. Los labios cosidos en  forma de rombo y la herida del menor por donde extrajeron los riñones también cosida en forma de rombo. ¿Y quién le cosió la boca a ese infeliz sin que pudiéramos demostrarlo en Juicio porque desapareció de España? ¿Quién nos dijo que lo había hecho?

Pepiño empezó a pensar. Ramírez se fue hasta la carpeta, rebuscó en el interior y sacó otra pieza separada sobre la que había escrito el nombre de otro caso: El rombo. Se la lanzó a Pepiño. Abrió su interior y en uno de los folios estaba transcrita la declaración del negro al que cosieron los labios y arrancaron la lengua como advertencia de que guardara silencio, y que recibió una enorme paliza de quienes luego fueron a juicio o de sus hombres y resultaron absueltos precisamente, por la falta del testimonio del testigo principal de cargo y por las ya conocidas infracciones del inspector Martínez.

Pepiño leyó en voz alta:

-A la pregunta sobre el autor o autores que le cosieron los labios escribe, ante su imposibilidad de hablar, que fue un solo autor.

Ramírez asintió.

-Sigue.

-A la pregunta sobre si conoce el nombre o nombres de la persona o personas que le cosieron los labios y arrancaron la lengua escribe que sí.

-Perfecto, Pepiño.

El bajito y regordete ayudante continuó mientras su jefe se situaba a su espalda como si leyera por encima de su hombro. Había terminado de dar vueltas a la mesa y ello era positivo.

-A la pregunta para que diga el nombre o nombres del autor escribe que se llama…

Ramírez respiró hondo. Sacó la fotografía del negro con los labios cosidos y comparó el hilo con el que  tenía cosido el torso el menor.

-Su nombre, por favor, Pepiño.

-Ewansiba.

Ramírez respiró hondo.

-Estoy seguro de que ese hijo de puta tiene algo que ver con la muerte del niño y por eso Martínez nos ha puesto sobre su pista.

-Pero Jefe, hilo negro se cuenta por  miles en España y coser en forma de rombo no es algo extraño.

-Claro que sí, amigo Pepiño. Claro que sí –le extendió las dos fotografías-. ¿Hay algo más?

Pepiño quedó intrigado con la deducción de su jefe que parecía alumbrada por el propio Martínez. Había visto algo que él no atinaba a vislumbrar.

-Están cosidos formando un Rombo -guardó silencio-Rombo. El torso y los labios se han cosido formado un rombo. Ningún cirujano o persona con conocimientos médicos cose formando un rombo. Es una firma en su dialecto natal, Pepiño. El dialecto de las mafias de tráfico de órganos. El negro al que cosieron los labios era parte integrante de esa mafia. Debió irse de la lengua al declarar y por eso se la cortaron. Luego cosieron su boca y lo hicieron en forma de  rombo. Su firma. La firma de la organización.

-¿Una firma?

-Sí. El rombo para nosotros es un paralelogramo con ángulos opuestos iguales, pero un rombo también es una carta en la baraja francesa.

-Acabo de perderme, jefe.

Ramírez se puso serio y le miró.

-Pepiño, para formar escalera de color en dicha baraja francesa, se hace precisa dicha carta con uno o varios rombos. Si falla esa carta, a ellos les falló el negro chivato, la escalera que es la asociación mafiosa se tambalea. ¡Nunca llegas a formar la escalera de color!

-¿Y esa carta fallida fue el chivato?

-Bien, Pepiño, bien. Por eso lo cosieron en forma de rombo. Los mafiosos con su chivatazo no pudieron formar la escalera de color que les llevará al punto y final de su crimen: la extracción de otro órgano a otra persona o la venta del que ya tenían. Por eso lo cosieron así. De esa forma se garantizaban que los demás miembros de la organización tomaran nota de lo que les podía ocurrir si también fallaban.

-¿Y el niño, porque cosieron así al niño?

-Eso es lo que pretendo averiguar. Quiero que averigües en la base de datos si hay alguna denuncia de alguien  en relación al secuestro o desaparición de un niño. Si es así, si existe esa denuncia, la persona que lo hizo estaba siendo posiblemente forzada por la organización y rompió la escalera de color.  Tenemos una pista y  vamos a seguirla hasta el final. ¡Martínez es Dios! Ewansiba, ese médico Nigeriano que dice practicar la medicina para personas de su país en España tiene algo que ver en la extracción de órganos al menor. Ese malnacido no ha cosido nunca a nadie si no es en forma de rombo. Así transmiten su mensaje a las demás cartas de la baraja: vigilantes, autores, víctimas.

Pepiño se levantó. Llegaba a Ramírez por la altura del hombro. Se acercó hasta él y le entregó la carpeta.

-¿Y dónde ha estado Ewansiba tras la absolución en juicio?

-Lejos del lugar del crimen, Pepiño.

-¿Lejos? –preguntó aparentemente asombrado.

-Los nigerianos actúan lejos del lugar donde dejan a sus víctimas. El chico fue trasladado en el saco por los correos de los que se valen desde muy lejos de Madrid. ¿De dónde? Pues sinceramente, mi querido Pepiño, no lo sé. O quizás esta vez estén en el mismo corazón de la ciudad actuando. Vete tú a saber. Pero lo voy a averiguar pues estoy seguro de que en el mismo lugar tienen a la hija de ese tal Kevin. Los órganos de menores en el mercado negro se pagan a razón de sumas muy elevadas y, estoy seguro de que ya tendrán otro pedido.

Rombo, carta de la baraja francesa…Pepiño intentaba asimilar todo lo que había escuchado a marchas forzadas de su Jefe.

-Las mafias de tráfico de órganos –continuó-, limpian cualquier molestia que se pueda presentar en el futuro y, algún familiar del menor encontrado, su padre o su madre, rompió la escalera de color cuando fue a la policía. Debe existir alguna denuncia puesta en las cuarenta y ocho horas anteriores a la muerte del crío. Por eso lo cosieron en forma de rombo.

Pepiño suspiró ante su jefe y le miró a los ojos.

-No creo que ninguna madre esté preparada para conocer lo que hicieron a ese chiquillo. Tendrá una muerte lenta en vida.

Ramírez asintió. Se sentó en la mesa del escritorio y terminó:

-Tiremos del hilo negro, Pepiño. Vamos a tirar hasta llegar al verdadero cirujano.

-Ewashiba. Una semana no será suficiente para encontrar a la niña –terminó Pepiño-.

Su corazón latía acelerado. Algo le preocupaba más que el encontrar a la pequeña: que esas deducciones condujeran de forma directa al autor y a sus cómplices. Debía dar una rápida solución a su inquietud pero esperaría a tener la cabeza fría para hacerlo.

No muy lejos de allí un vehículo marcha a toda velocidad por la M30. Dentro Andaya se sienta con los ojos tapados en el centro, entre dos chicos fornidos de lejana procedencia. El conductor mira a través del espejo retrovisor y deja escapar una mueca de aprobación. Lo suyo es la carne. Su corazón late ansioso.