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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXV Y XXXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IXL y XL)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XLI y XLII) 

 

MARRUECOS

المغرب

CUARENTA Y TRES

VALLECAS. MADRID

Dos días antes de que Andaya intentara por todos los medios salvar a la niña María de las fauces del mal, el inspector de policía alcoholizado, mendigo y abandonado por todos, Martínez, observaba impotente al hijo de Gloria y Kevin en su casa donde había vuelto a visitarlos. Como suponía, la tarjeta del móvil del cura asesinado no condujo a ninguna parte en sus pesquisas. Sin embargo él sabía mucho más sobre el tema de lo que estaba dispuesto a contar a nadie. Ahora en vez de Kevin el manitas, le podían llamar el colombiano sorprendido cuando ante él se alzó la imagen del inspector con su abrigo roído. Como si de una película de las grabadas a cámara rápida se tratara, a la mente del inspector llegaron las largas tardes de conversaciones con aquel desgraciado consumido por la crisis y por los deseos de dar un techo a sus hijos en el retiro madrileño. Ello le había llevado en su desesperación a algo inimaginable por padre alguno: poner a su retoño en manos de la muerte. De entre todas las conversaciones con él mantenidas había escuchado cómo lo iban a desahuciar y cómo su única salida era la de vender el riñón de su hija haciéndolo a través del párroco de una Iglesia que se había alistado en las filas del mal. Y recordó también que tenía otra salida, tal y como le contó pero que era precipitada tomar: El primo de su mujer. Él podría poner orden con los abogados del banco, con los propios banqueros o quizás prestarle dinero hasta que saliera de aquella situación que luego debería de devolver duplicado. Sin embargo no era trigo limpio. Llegaban a ser tan inocentes las palabras de ese hombre que, declinar todos sus problemas en el primo de su esposa, llegado también de la lejana Colombia y que al parecer se dedicaba en España a todo menos a vivir dentro de la legalidad, era como pedirle al mar que no estrellara sus olas contra las rocas para que los peces que en  el habitaban no se despertaran. Se veía que Kevin no sabía dónde se había metido. Sin embargo ese primo matón podría serle de utilidad a él para algo que ya tenía pensado desde días atrás, cuando de nuevo nacieron sus ansias de ejercer de policía pero esta vez, eso sí, al margen de la Ley. Porque la Ley solo estaba para hacer justicia con el pobre y él ya lo había observado con esa banda de Nigerianos que traficaban con los órganos de menores y a los que la justicia pasó por la balanza de lo injusto su trabajo de años en su persecución y puesta a su disposición para ser juzgados. Pesó más su alcoholismo en el veredicto que las pruebas contundentes que llevó hasta el Tribunal y que el abogado de la acusación particular, ejercida por la asociación de víctimas de niños desparecidos en España, aportó con cautela, precisión y sobriedad. Ahora no recordaba su nombre, pero sí el que ese Kevin y su mujer tenían un pariente en España del que había de cuidarse mucho. Eso era lo que le interesaba y ese era el objetivo de su segunda visita a la vivienda después del primer día en que fue a contarle a Gloria la desaparición de su pequeña por la desesperación de su esposo. El manitas le miraba embobado. Había estado hablando todos estos días atrás con un mendigo y resultó ser alguien que no muy lejos en el tiempo se había dedicado a apartar de la sociedad a toda la escoria que en ella habitaba y que a su parecer, no era poca. El hijo menor del matrimonio con parálisis cerebral y al que tanto temía perder el colombiano se retorcía en el sofá en el que Gloria había pasado el último mes llorando. Kevin a duras penas le silbó la melodía de una de las canciones de héroes del silencio; su dolor era tan grande por la desaparición de su hijita, que no le dejaba salir sonido alguno de su boca. Martínez  vio estremecerse al pequeño ante el silbido de su padre y aquello le emocionó. Pero su mente llevaba días obnubilado por el alcohol y por la imagen del párroco en el confesionario asesinado y, sobre todo, por lo que tenía decidido ya hacer. Los resultados del análisis de la tarjeta del móvil del cura tuvieron una respuesta que le hizo estallar en ira: “Nada”. “¿Nada?”, gritó a su hijo que regentaba una tienda de móviles al  que le había pedido ayuda. “¿Qué clase de informático eres que no puedes extraer información de un aparato sin complejidad?” “Mira papa, el dueño de este móvil sabía lo que hacía. Debía tener un programa instalado que borra de forma automática la llamada entrante y saliente sin dejar huella, y eso es lo que pasó. La última llamada está borrada” Martínez analizaba las palabras de su hijo. “Ya sé que es mejor hablarte de la mosca verde y de sus mierdas” escuchaba en su cerebro las palaras de su vástago. “El programa es muy sofisticado, pero…”” ¿Hay un pero? Explícamelo como si hablaras con tu hijo de dos años” “Si, he conseguido siete de los números de la última llamada entrante. Te faltan los dos últimos. Con la paciencia del que caga mientras lee la prensa, tienes cientos de combinaciones que posiblemente no te lleven a lugar alguno para averiguar el número completo. Inténtalo”  Estaba tan inmerso pensando en la conversación que mantuvo con su hijo que por ello no escuchó la pregunta de Gloria hasta tres veces:

-¿Iremos a la policía? ¿Por dónde empezamos?

Fue Kevin el que hubo de traerlo del mundo de los pensamientos al de los  mortales con un pequeño empujón.

-No, no, no iremos a la Policía –contestó como un autómata-.

Tocaba con cierto mimo lo que escondía en el bolsillo de su deteriorado abrigo, el número al que faltaban los dos últimos números y que pertenecía al teléfono que había contactado con el párroco asesinado minutos antes de morir facilitado por su hijo. Tenía siete números. La data de la muerte del cura se situaba entre las cuatro y las cinco de la tarde con un margen de error de quince minutos y esa llamada había entrado en su móvil a las cuatro y treinta horas. Después no recibió ninguna más según el programa que su vástago utilizaba y él, confiaba ciegamente en la palabra del ser del que se había alejado en los últimos meses, pero para el que tenía un pequeño hueco en su corazón dolido.

-Mi niña, mi niña –se desesperó Kevin mirando al techo y entrelazando sus manos en el pecho.

-La policía no es la solución –atinó a comentar Martínez- De eso sé ya algo…-musitó.

Kevin y Gloria se quedaron mirando. El manitas pensó si los efectos del alcohol en la cabeza del inspector no habían ocasionado ya un daño irreparable.

-El cura recibió una llamada, posiblemente de su asesino –añadió.

-La policía debe conocer  quién la hizo –dijo Gloria.

-No, no lo sabrán –no quiso contar que tomó la tarjeta del móvil cuando encontró su cuerpo en el confesionario y la analizó el mismo sin dejar esa prueba a la policía científica.

-¿Entonces…? –gritó Kevin desesperado.

-Es posible que ya hayan operado a tu hija –fue duro.

Gloria puso la mano sobre el hombro de su esposo que se derrumbó ante las palabras del inspector.

-¿Cómo nos va a ayudar pues? –Preguntó Kevin en voz alta- Usted habla casacas. Dice casacas un día sí y otro no –espetó de forma brusca intentando provocar a su interlocutor. Sin embargo no obtuvo ira en él; hacía tiempo que la ira había desaparecido de su cuerpo y había entrado el alcohol, el mismo que le transportaba a un mundo de descanso y olvido. Pero ya no existía la ira que había utilizado para despedirse de su mujer cuando supo lo suyo con su compañero Ramírez, ni la que desató contra el fiscal y los abogados de los nigerianos en el juicio que supuso su perdición. Ya no había ira, no. Ni tan siquiera cuando adivinó la persona que intermediaba entre el cuera del Santo Sepulcro y las Mafias de órganos.

El inspector conocía lo que la palabra “Casacas” significaba en el argot del colombiano. No obstante y sin necesidad de ello, pues le había entendido a la perfección por sus duros años de investigaciones con los grupos de Maras que operaban en España, Gloria le  tradujo.

-Dice mentiras. Casacas es mentira, inspector. Pero yo le creo, enserio, le creo y sé que nos va a ayudar.

Martínez sonrió.

-No, no iremos a la Policía. Tampoco digo mentiras. Debo realizar un trabajo urgente y recuperar a mi novia.

-¿Su novia? –preguntó Kevin, una vez más extrañado ante su conducta.

Gloria pareció entenderle.

-No debería, señor.

Martínez miró a los ojos de aquella poderosa mujer.

-No es quien piensas –sabía que Gloria había intuido que se refería al alcohol. Martínez sin embargo solo pensaba en su arma. La había enterrado entre dos árboles gigantescos en el retiro, cuando comenzó su nueva vida. Ahora permanecía bajo tierra, como todos algún día. Apartaría el manto de hojas que la protegían y se haría con ella. Él mejor que nadie sabía con quién debía de tratar: personas a los que la vida le importa bien poco y que solo el dinero es su guía en esta vida.  Volvió hasta él lo que le había traído hasta la casa y creyó que era el momento.

Se levantó de golpe y Kevin hizo lo mismo.

-Le acompaño.

Gloria le tomó de la chaqueta y le tiró hacia atrás.

-Tú no vas a sitio alguno: seré yo quien acompañe al inspector. Llevas un mes sin hacer feliz a tu hijo –y miró hacia el sofá- Necesita de su padre. Y ni se te ocurra tomar una birria.

Kevin rompió otra vez en llanto. Gloria le limpió las lágrimas.

-Inspector, ¿quién es su novia? ¿Es su alero? –preguntó Kevin-.

Martínez decidió sacar el papel con el número de teléfono escrito y lo levantó para que ellos lo vieran. Kevin pensó estar en lo cierto: aquel hombre había perdido el juicio. Un papel con siete números. “Una pista innegable para encontrar a su hija” pensó y se fue hacia el pequeño para silbar una nueva melodía.

-Me tomaría cien birrias si no fuera porque ando hule.

Y mirando a su cipote como reconocía siempre en su argot natal a su niño, comenzó su balada de sonidos:

“Siempre en la oscuridad
la voz no tiene sentido.
el silencio lo es todo.
héroe en su propio olvido.
en sus ojos apagados
hay un eterno castigo,
el héroe de leyenda
pertenece al sueño
de un destino”

Martínez escuchó los ruidos guturales del niño al escuchar silbar a su padre y se juró asimismo que debía de terminar su última misión como policía antes de volver al infierno del alcohol mientras escuchaba los últimos compases del padre del menor: Traer a su hermana María hasta el lugar de donde nunca debió salir, aquella  familia humilde. Sabía que una familia era el sustento de todos los miembros. Cuando se desmembraba como había ocurrido en la suya todo se venía abajo. Intentaría hacer algo que no consiguió hacer con la suya: volver a reunirlos a todos.

“Encerrado en el tiempo
ha perdido el valor
para escapar de su celda
el héroe sin ilusión.
en sus ojos apagados
hay un eterno castigo,
el héroe de leyenda
pertenece al sueño
de un destino”

-Inspector, ¿es su alero?

-No entiendo lo que me quieres decir. Pero no iremos a la Policía. La policía está metida hasta el fondo en esto, te lo aseguro –y dicho aquello rememoró su último momento con el párroco en la pila bautismal de la Iglesia. Sin querer soltó una sonrisa y añadió-: Habló.

Gloria se quedó perpleja, sin que le saliera el habla de su boca. El ahora vagabundo abrió la puerta de la casa y sin despedirse salió de ella con el sabor amargo que le había dejado la sonrisa tierna del hermano de la pequeña desaparecida cuando su padre le tarareaba las canciones de sus héroes. Debía de resolver algo muy importante. Hasta el día en que su vida giró ciento ochenta grados había sido un policía ejemplar. Ahora, al darse cuenta de que el ser humano es el bicho bípedo más grande que nadie pueda cruzarse en su camino, debía de actuar de manera diferente y, todo ello, por el bien de María. El número de teléfono al que la faltaban las dos últimas cifras hallado en la memoria de la tarjeta del párroco no le iba a conducir a ningún sitio. Sabía que ese número, si llegaba a localizar a la persona que se escondía detrás de las dos últimas cifras que el programa no llegó a descifrar, pertenecería a algún ser humano muerto desde hacía ya muchos años pero aun así, debía de intentarlo. Al menos sirvió para ver nuevamente a su hijo del que no sabía nada hacía meses. Las Mafias actuaban así, dando de alta  terminales en los que el titular que aparecía en el contrato llevaba al otro lado bastante tiempo. Es curioso que todas las empresas de telefonía móvil que habían surgido en España en aquella época destinaban cientos de millones para contratar nuevas líneas, poniendo dicha actividad en manos de extranjeros que operaban cansinamente fuera del país incordiando una y otra vez al hombre de la calle con ofertas irrechazables que luego se traducían en trampas económicas de las que era complicado salir, pero no comprobaban si el que adquiría el terminal estaba vivo o muerto. Era la política de empresa. El DNI no indicaba el estado mortal del titular del nuevo contrato. No, esperaba otra cosa de la tarjeta que no fue posible hallar. Una confirmación a lo que ya sabía. Habría que obtener la información que buscaba de otra forma, como la que tuvo que adoptar el día en que visitó al contacto del pobre Kevin en la iglesia del Santo Sepulcro. Pero al salir de la vivienda, se preocupó de su estado de salud. Había olvidado a lo que había venido y casi se marcha sin resolver algo que le preocupaba: dejar fuera de juego a una de las piezas del ajedrez del terror.

-¿Tienes amistades peligrosas en España? –preguntó el inspector a Gloria desde la puerta desandando los pasos que le conducían a la calle y antes de que el matrimonio cerrara la vivienda recordando las historias que sobre su familiar le contaba Kevin.

Kevin la miró y se quedó como sorprendido con la pregunta. Gloria lo entendió perfectamente y aunque le había dicho a su esposo en cientos de ocasiones que no quería saber nada de ese hombre y que no debía de contar nada, no le extrañó que el inspector supiera de él tanto como ella.

-Tengo un primo lejano que en mi país perteneció a las Maras –concluyó. Para que ocultarlo.

Martínez asintió.

-¿Y está localizable en Madrid?

Esta vez Gloria parecía no querer contestar delante de su esposo.

-Inspector, no se dedica a nada bueno. Drogas, palizas, ajustes de cuentas. Podría localizarle a través de  Dulce.

-¿Dulce? ¿Tú prima Dulce? –preguntó muy extrañado Kevin.

-Si –confirmó Gloria mirando a su pequeño que escuchaba el tono de voz de sus padres y parecía mirar en la dirección donde ellos estaban- No te hagas el tonto.

El inspector adivinó en dicha mujer una inteligencia por encima de la de su esposo y quizás, de la de él mismo.

-¿Me podrías poner en contacto con él?

-Inspector, no es trigo limpio –insistió-.

Martínez se mordió el labio inferior.

-Eso es precisamente lo que deseo.

-Tengo el teléfono de Dulce, se lo daré –corrió a una agenda que tenía en uno de los cajones del armario.- Ella le pondrá en contacto con él.

-¿Cómo le reconoceré? En Madrid sois tantos latinos que es imposible diferenciaros.

-Tiene un tatuaje en la frente con la palabra “dieciocho”. Al menos la última vez que lo vi lo tenía. Nos visitó por si el pequeño –y miró a su hijo- precisaba algo, sobre todo medicación que no pudiera obtener por la vía legal. Le dije que se olvidara de nosotros.

Martínez asintió. Sabía lo que significaba ese tatuaje en la frente y comprendía también a Gloria.

-Mara18. Barrio18.

-¿Cómo?

-Así se llama la Mara a la que pertenece. Ese mensaje escrito en su frente. Operan mucho en Cataluña pero ya se han extendido hasta aquí. Quiero que localices a tu prima y le haga llegar un mensaje. Preciso verlo para un pequeño trabajo. Te escribiré algo que quiero que Dulce le entregue.

-Inspector…

La tranquilizó poniendo su mano sobre el hombro. La mujer quería decirle algo.

-Los conozco bien. Sé cómo trabajan. Ya no temo nada en esta vida, así que tranquila. Pero el trabajo que deseo que haga no lo puedo hacer yo, por mi edad. Es fácil y sencillo para él. Difícil para mí. Pero es muy necesario.

-Dice…dice mi prima que mató a su propio padre para ingresar en la organización.

Martínez asintió con la cabeza.

-Conozco esas historias urbanas. ¿Cómo se llama?

-¿Nos dirá para qué lo quiere? –Preguntó Kevin visiblemente alterado- ¿Qué significa todo esto en la desaparición de mi hija? ¿Por qué no desea acudir a la policía?

-¿Cómo se llama? –volvió a preguntar.

-Oscar Raúl Barrientos.

-Necesito verle.

Se fue hacia la mesa, cerca de donde estaba el pequeño y tomó un papel en blanco que había sobre ella. Sacó del bolsillo de su viejo abrigo un bolígrafo y comenzó a escribir algo que lo llevó tiempo, pues de vez en cuando tenía que parar para pensar. Se lo extendió a Gloria que cuando lo tuvo delante de sus ojos no supo qué pensar.

-Quiero que le entregues esta nota. Él sabrá contactar conmigo.

La nota tenía dispuestos numerosos números sin orden ninguno en varias hileras de forma vertical. Eran serie de números que parecían no llevar a ninguna parte.

-Lo haré.

-Ahora tengo que hacer una urgente visita que quizás nos conduzca a algún sitio, pero he de hacerla. La nota tiene que estar entregada al chico hoy, porque preciso de su ayuda esta misma noche.

Después de sus últimas palabras se marchó mirando de soslayo al pequeño que gorgojaba en la habitación. Gloria no podía imaginar en ese momento que el inspector había estudiado y analizado al grupo de Maras existentes en Madrid,  sus inicios y desarrollo y, cómo no, al lenguaje de números ocultos con el que transmitían sus mensajes y a la traducción de los mismos. Martínez había mandado un mensaje al primo de Gloria que solo él sabría descifrar para conocer su contenido, y sabría que quién se lo mandaba era una persona de fiar, dónde tenía que estar y lo que debía de hacer. No habría ningún problema. Mara18Barrio18. Fin a su primer problema. Esa misma noche conocería al primo de Gloria, al que según Kevin podría ser una de las soluciones a sus problemas. Sin embargo ahora le iba a solucionar un problema importante a él. Había que bloquear el caballo del ajedrez, el que escolta al rey en su avance hacia el objetivo final. Luego caerían los peones, el alfil y, por último, el propio Rey. Jaque mate. Pero para terminar su partida precisaba de peones. Eso es lo que había ido a buscar a casa de Kevin y Gloria.

DESIERTO DEL SÁHARA. DIRECCIÓN ARLIT

Akín se encontraba sin fuerzas para seguir. El sol después de cinco días caminando, dos de ellos sin compañía y sin agua, se había convertido en un enemigo imbatible. Las arenas movedizas lo habían dejado sin energía. No había localizado la carretera que le hubiera conducido a la salvación y cada vez se daba más cuenta de que el final del viaje, su viaje por esta vida, había llegado. Miró hacia el horizonte y, una vez más, solo dunas de arena. Su respiración estaba agitada y sudaba con intensidad, tal y como había apreciado en su amigo Orji poco antes de fallecer. Su ropa se encontraba totalmente cubierta de barro. Se sentó en la arena. Para qué seguir. Fue entonces cuando hizo balance de lo que había sido su existencia, de si había merecido la pena iniciar aquel loco viaje y hacer caso a la Diosa Nmachi. Pensó que sí, que hacer algo por los demás es la esencia de la vida. Quiso que sus últimos segundos antes de perder la conciencia que le pusiera en manos del camino hacia las montañas perdidas fueran dedicados a pensar en ella, en lo que hubiera sido una vida en común con el amor de su vida, Nmachi. Sonrió. Es complicado reír en la antesala a lo desconocido pero él lo hizo al sentirse feliz.

-أنا مريض (1) me siento mal –musitó sin fuerza

Lo había intentado y fracasó. Su cabeza se giró hacia el lado izquierdo de su cuerpo y dejó que se desplomara sobre su costado.

-حظ سعيد (2) Buena suerte.

Entonces observó cómo venían a por él seres de luces blancas que le alzaron de la caliente superficie del desierto para elevarlo en las alturas. Desde allí vio su cuerpo inerte: ¡Akín el grande! escuchó antes de perderse en el océano del recuerdo.

-أبلغ من العمر 33 سنة (3) Tengo treinta y tres años de edad. Hacia ti voy. Adiós mama Folami, hacia ti voy Ala.

Y, ¿cómo no? Antes de dejarse llevar vino a recibirlo alguien al que dio un caluroso abrazo:

-¿Cómo estás, Orji?

-No quería que te marcharas solo. Por eso vine a buscarte. Nos espera el paraíso y Alá. Hemos hecho algo que todo musulmán debe intentar a lo largo de su vida, ayudar a los demás en nuestra cultura amada.

-Una cultura de paz –pronunció con sus labios agrietados Akin.

-Que así sea, Akin. Sígueme, Alá nos espera.

Y así, ambos, se perdieron por el lugar en el que un día, no muy lejano, se perderán todos y seremos una gota en el mar vivo del olvido.

CUARENTA Y CUATRO

MADAYA. SIRIA

Mustafá miraba a través de la ventana del vehículo la destrucción del país. Ruinas y personas andando por la carretera huyendo de su ciudad, del lugar donde tenían sus vidas, de donde nacieron y crecieron sus hijos. Vio a padres con pequeños a hombros, a mujeres tirando de carros que le permitían llevar las únicas pertenencias que habían podido salvar. Niños llorando, filas y filas de personas en dirección contraria a la que ellos llevaban. Rostros que no eran rostros pues cuando el dolor los marca, desaparecen las facciones más fáciles de reconocer. Ojeras bajo los ojos, pena en el alma, daño en el corazón. “Y todo aquello había sido ocasionado por el ser humano” meditó el que hasta hace unos días fuera francotirador fracasado en una escuela Siria al que un mocoso salvó la vida.

-¿De dónde vienen? –preguntó Mustafá.

-No vienen, huyen –le contestó el rata. El niño seguía a lo suyo: era veinte años mayor que la edad que aparentaba y por eso sus contestaciones siempre estaban llenas de razón.

“Maldito zagal, lo sabe o lo intuye todo” pensó.

-¿De dónde huyen?

-Del lugar al que nos dirigimos –comentó el acompañante del conductor mirando al frente- De Madaya.

-¿Madaya?

-Sí. Ha estado cercada durante meses por el ejército Sirio y han abierto este camino momentáneamente para que salga de la ciudad quien quiera.

Mustafá se quedó pensativo. Iban a entrar a una ciudad cercada por el ejército leal al régimen. No, no quería ir allí. Pensó si no era mejor bajarse en aquel momento y seguir la línea recta de hombres y mujeres de vidas errantes, perdidas, detrás de ellos.

-¿Y por qué vamos nosotros a Madaya? –preguntó intentando desentrañar y encontrar respuesta a la duda que atenazaba su cabeza.

-Él se queda –dijo el niño señalando al acompañante que momentos antes había hablado. Éste no se dignó a mirar hacia atrás y ni tan siquiera a los lados por los que andaba la gente que salía de la ciudad. Lo hacía hacia el frente. Observó cómo algunas manos de padres desesperados golpeaban las ventanas y se llevaban la mano a la boca. Luego miraban al pequeño que llevaban en brazos o en hombros. Pedían algo con lo que poder alimentarlos a aquellos hombres que  en el interior del vehículo circulaban en dirección contraria a la masa uniforme de personas que huían.

-¿Se queda? –se extrañó Mustafá.

-Sí. Ha terminado su misión fuera y ahora vuelve a combatir-añadió otra vez el rata ante el silencio de su amigo el conductor.

Mustafá se preguntaba multitud de cuestiones pero, a la principal, ya tenía respuesta. Si ese hombre iba a la ciudad y ésta estaba sitiada por el ejército Sirio, era obvio que era combatiente rebelde.

-Pero, ¿podremos entrar?

-Lo haremos de noche –dijo la embarazada sentada a su derecha- Por un camino que rodea la montaña principal que ves allí –señaló un punto en el horizonte que representaba una sucesión de montañas como si fueran cabezas unidas las unas con las otras.

-Ella va con él –dijo el niño. Y sonrió

Mustafá miró su barriga. No entendía por qué una embarazada iba a introducirse en la boca del lobo. Ella cuando le hablaba tampoco le miraba de forma directa; lo hacía como el pasajero del asiento delantero hacia el frente. Su cabeza estaba cubierta por un velo negro que también llegaba a tapar prácticamente todo su rostro, dejando una pequeña abertura junto a la boca. El pequeño  inseparable de Mustafá tocó el brazo de la mujer.

-Mi amigo quiere ver tu barriga.

Mustafá negó con la cabeza. “Maldito zagal, quién era él para atribuirse algo en lo que no había pensado ni tan siquiera”. La mujer alzó la amplia camisa negra que cubría todo su torso y el oriundo de Arlit se quedó helado. Debajo de aquella tela negra y prácticamente cubierta desde el estómago hasta los pechos, la mujer tenía adherida a ella explosivos con un cinturón. Lentamente la volvió a dejar caer.

-Dará a luz en breve –sonrió otra vez el rata.

Mustafá no dejó de temblar hasta que el vehículo enfiló el camino que rodeaba la montaña. Sus piernas no se quedaban quietas ni sujetándolas con las manos. Si alguno de esos explosivos detonaba por los baches del camino todos volarían por los aires.

La noche con luna llena dejaba ver el cielo estrellado de la ciudad de Madaya situada a 25 kilómetros al noroeste de Damsoco y a 11 de la frontera libanesa, por donde le habían explicado a Mustafá que saldrían de Siria. La ciudad había estado sellada a cal y canto por una treintena de coroneles militares de las tropas regulares y efectivos de Hezbolá, milicia del partido libanés alidada del régimen sirio. En la ciudad vivía más de 40.000 personas contando a múltiples desplazados por la guerra y que habían llegado desde otras ciudades. Unas horas después habían rodeado las montañas y entraban en el corazón de la urbe. Mustafá al entrar en la ciudad casi desierta le llamó la atención un hombre subido a un árbol. El coche fue dejando atrás la escena que le llamó poderosamente la atención pero él no dejaba de mirar la extraña escena que se presentaba ante sus ojos. Ya había visto la del dolor; la de miles de seres humanos que huían del hambre y de las bombas. Pero aquella, un hombre de unos cincuenta años subido a un árbol le intrigó.

-¿Qué hace? –preguntó.

-Arranca hojas para hervirlas –musitó la mujer- Abou Ahmed –dio en la espalda del hombre que se sentaba en el vehículo delante de ella; el misterioso acompañante- lo ha hecho en muchas ocasiones. No debe extrañarte ver pellejos de perros y gatos en las basuras. Su carne es dura pero buena –añadió.

Mustafá estaba como petrificado. La noche clara le había dejado una escena muy similar a la que en alguna ocasión había vivido él en su Arlit, buscar hierbas para hacer sopa. Pero nunca se había subido a un árbol en busca de hojas para hervir.

-Pero en el mercado habrá alimentos –dijo esta vez con voz inocente el pequeño rata.

La mujer ahora si giró su cabeza para dirigirse a él. Su rostro seguía cubierto y, para sorpresa de Mustafá, apartó el velo. La belleza que vio ante sus ojos le trajo hasta sus recuerdos la propia belleza salvaje de Nmachi. Su cara estaba pálida, casi blanca, pero tenía unos bellos labios dibujados debajo de unos ojos verdes de pestañas exageradas.

-No encontrarás nada y, lo que hay, se vende a precios tan desorbitados que es imposible adquirirlos. El régimen desea matarnos de hambre a los resistentes. Por eso nos cercó. La gente desesperada que has visto salir es consecuencia del acuerdo que la ONU ha alcanzado con el Presidente. Antes nos llegaba comida desde Zabadani, pero también la han cercado. Todos los días mueren cientos de niños de hambre.

Mustafá masticó las palabras de la bella mujer.

La calle por la que circulaban parecía estar asediada por miles de ojos puestos en el vehículo del que sobresalía un trapo blanco para anunciar que en el coche solo viajaban civiles. El rata vio el rostro de algunos de los niños cadavéricos que se escondían entre las sombras al paso del vehículo, entre barricadas, esqueletos de hierro y montones de escombros provenientes de los edificios colindantes.

-¡Morirán de hambre! –dijo el pequeño señalándolos con el dedo.

Nadie en el vehículo quiso contestar a una verdad tan evidente. La guerra devora vidas, sobre todo de niños que solo debían pensar en jugar.

OHIO

La noche aún no había caído sobre la comunidad  Amish. Inquieta como se encontraba Sarah, recordó lo que ocurrió durante las semanas siguientes a la muerte de Willian. Sarah solo deseaba desentrañar el misterio que suponía para ella conocer  el personaje que ocupaba el tercer vértice del triángulo amoroso que formaban Anika y su padre y, ante todo, poder tener respuestas que le acercaran a la persona que podría estar detrás de la muerte de su progenitor. Las cartas que encontró en la Biblia las había releído una y otra vez. No contó nada a su hermana. No quería que nadie supiera lo que ella había descubierto protegiendo así la memoria de su padre ante hechos tan reprochables en su comunidad y, ante todo, la moral que él siempre defendió en vida ante el comportamiento que hay que tener frente a los demás, algo que él, a la vista de dichas cartas, no tuvo con su propia madre. También dejó de lado los pensamientos hacia la persona que aún hería su corazón, Saúl, y comenzó a buscar respuestas a sus preguntas. ¿Quién era la tercera persona que compartía Annika con su padre y a la que tanto ella temía puesto de manifiesto en las misivas que le mandó? Su marido había aparecido ahorcado en el establo cuando quiso contarle cuestiones que quizás hubieran aclarado sus dudas. Pensaba ir con los ojos bien abiertos pues todo aquello se escapaba ya de las manos a una persona de su edad que día a día se encontraba con nuevas sorpresas. Su madre se metió en la cama a la semana siguiente en que dieron sepultura a su padre y de ella ya no salía para nada. Había que atenderla en todas sus necesidades básicas para vivir y Sarah pasó a realizar las tareas propias del cabeza de familia. A parte  de ello se implicó cada vez más en las clases de enseñanza de la Biblia que impartía Annika antes de su encuentro en el bosque. Pensó que al unirse a ella quizás encontraría la forma de transmitirle que conocía su relación con Lebanón; pero Annika siempre rehusaba cualquier conversación que ella misma iniciara en orden a su padre. Era como si le hablases a una oveja de un lobo. Corriendo cambiaba de tema y contestaba con pasajes de la propia Biblia. Un día, al término de las clases de enseñanza sobre el texto sagrado se encontró a solas con Annika en una de las habitaciones aledañas a la Iglesia. Entonces quiso salir de una vez por todas de dudas y se dirigió a ella cuando guardaba la palabra de Dios en el armario de forma directa y clara.

-Annika, tu esposo me contó algo que debes saber –no quiso decirle que realmente lo que sabía era porque lo había descubierto en las propias pastas de la Biblia que su padre guardaba en el armario, los mensajes ocultos que ella por escrito le había enviado declarándole su amor y el profundo miedo que tenía a una persona desconocida entonces para Sarah.

Observó la reacción de la bella mujer. Se giró y la miró a sus ojos.

-Sé que todos estos días has intentado contarme algo –Sarah se maravillaba de la belleza que desprendía por fuera y por dentro aquella dulce chica-  Aquí hay muchos oídos ocultos y ojos que todo lo ven –le susurró casi en voz baja- ¿Por qué no olvidas? ¿Por qué no dejas que tu corazón se recupere? Hasta que no lo hagas no serás feliz. ¿Te parece que así sea? No importa lo que mi esposo te contara, no importa.

Sarah no tuvo otra alternativa que aceptar la proposición que le hacía aquella mujer que la dejó sin respuesta posible. Estaba claro que no deseaba hablar de ese tema con ella. Asintió con la cabeza y se marchó dejándola  sola y sin respuesta. Y así transcurrieron los días soleados  de la estación del año en la que se encontraban hasta su encuentro con ella en el bosque, casi desnuda, con su cabeza fuera del lugar donde se había topado con Sarah entre una neblina que empezaba a levantarse desde la base de los árboles hasta alcanzar sus copas cubiertas de hojas. La había emplazado para aquella noche en su casa y no pensaba faltar a la cita. Deseaba con ansiedad que la noche desplegara su encanto para encontrarse con Annika a la luz de una vela.

Y entonces llegó la noche como si llamara a la puerta de entrada a su casa entre atenciones a su madre y al huerto comunitario. Cuando la comunidad Amish estuvo en silencio, Sarah salió de casa y buscó la de Annika, situada muy cerca del camino principal que se adentraba en la comunidad serpenteante como cuerpo de serpiente. Encontró la puerta abierta y la mujer sentada con una luz tenue, parpadeante, en el mismo centro de una sencilla habitación principal sin apenas mobiliario. La luz formaba sombras en el techo de la casa de madera que danzaban de forma siniestra.

-Cierra la puerta y siéntate –le dijo sin levantarse ni dirigirle la mirada con esa voz tan dulce que siempre desprendía al hablar.

Sarah obedeció pausadamente. Sentía vértigo y algo de miedo después de aquel encuentro extraño con ella en el bosque. Se sentó frente a Annika en un pequeño taburete que parecía había dispuesto  expresamente y con intención de que así lo hiciera, observando sus hermosas facciones, su cara blanca y su pelo rubio recogido bajo el gorro blanco.

-Cuéntame –la invitó a hablar después de un breve silencio.

En ese momento Sarah se encontró forzada con la situación; pero había estado deseando tanto que llegara que no pudo reprimir sus palabras.

-Tu esposo me contó lo tuyo con mi padre –afirmó de forma tajante y rotunda.

Annika permaneció muda durante unos segundos. Luego como si alguien la hubiera atizado habló.

-Él era consentidor de nuestra relación.

Sara se quedó sorprendida por las palabras de Annika. Aquello era imposible. Las relaciones con personas que no eran el esposo o la mujer era algo prohibido por las reglas del Ordung y, por tanto, denunciable si se conocía que así pudiera ser, lo que significaba la inmediata expulsión de la comunidad. No la creyó. Por vez primera se auto convenció de que la bella Annika le estaba mintiendo.

-Creo que su muerte, la de mi padre, tuvo algo que ver con la relación oculta a ojos de la comunidad que manteníais ambos. Y creo, también….-se detuvo, iba a decirle que consideraba que su marido no se suicidó, que alguien había intervenido en su muerte y después le había colgado de la viga principal del techo del establo cuando le iba a contar algo que él solo sabía y que quería que conociera la hija de Lebanon.

-No lo creo así –la miró fijamente, casi sin pestañear-. Quizás su muerte tuviera algo más que ver con los deseos de tu padre de abrir nuestra comunidad al mundo exterior. Sabes que eso no es posible –su voz sonaba autoritaria ahora-. El exterior trae lo malo, al Diablo –calló de pronto. Annika parecía tener la vista perdida. Le hablaba mirándola pero realmente parecía que lo hiciera hacia otro lado.

Aquello sí que no lo esperaba. Pensó entonces en su relación con Saúl y la posibilidad de que su padre hubiera decidido aceptarla por el bien de su amada hija. Que para ello hubiera comunicado a los demás miembros su decisión e incluso hubiera hablado con el propio Saúl el día de su asesinato sobre dicha unión.

-¿Sabes algo que yo no sepa?

Annika emitió una sonrisa que a Sarah le pareció llena de maldad. El rostro de la belleza no podía mentir ni aun cuando sonreía.

-No, no sé nada que tú no sepas. Los principios de nuestro príncipe –Sarah sabía que se refería al creador de la comunidad Amish- han de ser respetados y, tu padre, parecía querer desviarse de ellos. Eso nos separó a ambos en los últimos meses.

Annika jugaba con respuestas directas y sin embargo Sarah pensó que  le estaba ocultando algo más que no quería que ella supiera. Insistía una y otra vez en las intenciones de su padre de apertura pero, cuando hablaba, no parecía ella.

-¿Quién era la tercera persona que formaba vuestro triángulo amoroso? –quiso saber Sarah.

Annika la miró fijamente ahora, como volviendo de un trance en el que parecía había estado durante el resto de la conversación.

-Las reglas del Ordung son para cumplirlas, no para despreciarlas –alzó el tono de su voz-.

Annika se mostró nuevamente extraña cuando contestó. Distaba mucho de la que conocía Sarah, de la Annika con la que había compartido tardes de enseñanza de la palabra de Dios a los más pequeños de su comunidad.

-Te he hecho una pregunta a la que no me has contestado con tu respuesta.

Annika sonrió.

-Lo sabrás por ti misma.

No gustó a Sarah esa respuesta.

-Quiero saberlo ahora, por eso vine cuando nos encontramos en el bosque.

-¿El bosque?

Sarah no entendía la forma en la que estaba actuando.

-Sí, cuando nos vimos al amanecer y me invitaste a venir esta noche aquí.

-Ya, el bosque. ¿Y quieres saber quién era esa persona que me amaba junto a tu padre?

-Sí.

-¿Cómo sabes que había una tercera persona?

-Tú misma, en tus cartas dirigidas a mi padre –calló, se lo había dicho-, decías que tenías miedo de él –siguió-.

-Miedo. El miedo…No fue mi marido el que te lo contó todo entonces, fueron esas cartas las que nos delataron.

Sarah asintió. Fue lo último que hizo.

Asimilando aún la última contestación que había obtenido  fue tomada por la espalda de forma sorpresiva por unos brazos vigorosos ante la pasividad de Annika y la dejó sin posibilidad de defensa. Un brazo la rodeó a la altura de los pechos por debajo de éstos y la otra comenzó a taponar su boca y su orificio nasal. Los ojos de Sarah querían salir de su órbita y su corazón se aceleró de forma exagerada. Aquello había sucedido por sorpresa, sin posibilidad de defensa y quien quiera que fuera el que la agarraba no lo había escuchado venir y menos aún entrar  en la casa pues estaba situada frente a la puerta, lo que hacía confirmar que ya estaba allí cuando ella llegó.

-¡Anikka, Anni…ka! –atinó a pronunciar.

Su boca fue tapada con fuerza y pronto una descomunal presión sobre su pecho la alzó hacia arriba. El taburete donde estaba sentada cayó al suelo. No podía ver quién la había agarrado pero sí los ojos de Annika, inexpresivos, aceptando lo que estaban haciendo con ella como si fuera la voluntad de alguien superior. Pataleó con fuerza. Abrió levemente la boca y consiguió morder la mano que la oprimía lo que hizo que aflojase un poco en su presión sobre ella quien quiera que fuese el que por detrás la agarraba. Sarah sentía verdadero terror y temió que pronto, muy pronto, fuera tan solo un cadáver más dentro del goteo continuo que se había producido desde la aparición del de su padre en la comunidad en el Buggys tirado por su caballo y con la hoz clavada en el cuello.

-El miedo, sí, el miedo –fue lo último que escuchó de Annika antes de perder el conocimiento por la opresión de su cuerpo y la falta de oxígeno.

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