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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

QUINCE

MADRID

Ciertamente, en los años que llevaba como abogado, ningún caso de esa magnitud había llegado hasta las manos de aquel entonces  joven letrado, recordaba David mientras viajaba en el vehículo junto a su primo y Almudena, la chica que instantes antes había interrumpido su tiempo de asueto para decirle que algo terrible había cometido. Ahora la conducía para comparecer en la comisaría de policía y entregarse tras confesar el crimen antes de que la justicia actuara frente a ella. Pero no, no era el homicidio que defendería había sido ocasionado en defensa propia ante el cual ahora se hallaba de la chica frente a su pareja y camello. Era aquel maldito asunto que su maestro, entonces hacía la pasantía en un cutre despacho de Jaén bajo un calor sofocante y un mar de olivos, le había pasado. Acababa de echar los dientes de leche en la abogacía y a bocajarro le hacía entrega de una asistencia judicial por delito grave a un viejo acusado de asesinar a una pareja de novios después de abusar presuntamente de la joven. Oscar y Ana se llamaban los desafortunados. La alarma del asunto en la ciudad era tal, que su corazón dio un vuelco cuando tuvo ante sí los primeros folios del caso. “Pero ¿cómo demonios pretendes que me haga cargo de este asunto tan grave?” recordó preguntarle. Para entonces apenas si había llevado algún juicio de faltas aislado de las típicas señoras que se insultan por mojar los trapos tendidos o de alcoholemia del asiduo borracho que se salta semáforos en rojo en la ciudad después de una noche de copas y, aquel caso del cabrero que aporreó en la cabeza a unos niños que tiraban piedras a sus cabras. Entonces y sin esperarlo, tenía ante sí el asunto más llamativo que en la ciudad de Jaén cayera en manos de la justicia en años; pero aquel caso se escapaba de sus manos tanto como si viertes agua sobre ellas y esperas que permanezca entre las palmas y los dedos. Apenas llevaba unos meses en el despacho. El acusado de asesinato había llegado hasta su maestro porque aquel día, el que detuvieron a los presuntos asesinos de la joven pareja, se encontraba de guardia: un caso que había alarmado a toda una ciudad removiendo sus entrañas hasta hacerla vomitar de dolor. Y su maestro  le dijo que no estaba ya para soportar aquellas tensiones, pero que si defendía a uno de los presuntos asesinos y lo sacaba absuelto ganaría en prestigio profesional. “No, no puedo” le contestó cuando se lo ofreció. Y entonces aquel abogado ya viejo, con desgana le señaló la dirección de la puerta. Pero David era arriesgado y también astuto y ante todo tenía ganas de triunfar en su profesión en defensa de los demás, aunque tuviera que aceptar cosas que no le gustaran. “La fama, el dinero, el poder” lo buscaba con ahínco y pensó que nada mejor que aquella profesión de letrado. La carretera se abría ante él como las primeras páginas del sumario por asesinato lo hicieron en su día. Miró a través del espejo retrovisor y observó el bello rostro de la joven Almudena. Pensó en probar, ver las pruebas que había contra aquellos hombres y, en todo caso, si eran contundentes, la sociedad conocería que no habría defensa alguna que se pudiera desplegar. Si por el contrario estaban cogidas con pinzas, estudiaría todo cuanto estuviera en su mano para que se hiciera justicia. Asesinato, violación y tenencia ilícita de armas sin licencia, cargos que podrían suponer para su cliente años de cárcel. Pero el asunto que había impactado en la sociedad jienense con fuerza, como una daga clavada en el corazón de la ciudad olivarera, no le iba a arrendar. Ello podría suponer un relanzamiento de su carrera si conseguía demostrar la inocencia de aquel hombre. Recordaba el día en que iban a declarar ambos acusados, el oso y el viejo, Juan Domingo León, el viejo, José Miguel Núñez, el oso. Eran los nombres de pila de los dos presuntos asesinos de los jóvenes novios de la ciudad. El camino llegaba a su fin. Habían llegado hasta casa de Almudena pero un relámpago en su memoria trajo hasta David el  nombre de los dos acusados. A su despacho correspondía la defensa del viejo, un hombre menudo, delgado, al que la sociedad había golpeado una y otra vez y al que un mendigo, Benito Colllado, como pudo comprobar después pues en principio se decretó secreto de sumario, le señalaba de forma directa como la pareja del joven que portaba el arma la noche fatídica de los hechos. Eran recuerdos que no desaparecían de la mente de un joven letrado. Cuando algo te marca, como fue la defensa de aquel hombre, ya nunca se olvidaba. Aún recordaba de igual forma la imagen de la bella Ana, asesinada junto al hombre al que quería, después de éste y a unos metros más allá en un cortijo abandonado tras ser sometida a la mayor de las perversiones humanas: La violación. Y esa bella cara de Ana en su mente se reflejaba ahora en el espejo retrovisor interior marcada por otra joven que se iba a enfrentar a la peor de sus pesadillas: la Justicia. En el cuerpo inmaculado y bello de la joven Ana aparecieron restos de semen. Quiso dejar la defensa del caso pero una y  otra vez su maestro alcoholizado le convencía indicándole  que era un error, que siguiera al frente. Pero cuando el letrado de la familia de la chica asesinada que ejercía la acusación particular le hizo llegar unas notas del cuaderno personal de la madre de la chica se quedó helado, sin respiración. Habían sido escritas días antes, como si ella presintiera algo que iba a ocurrir y, después de su muerte, como si hablara con ella. David, no dejó de preguntarse en los días siguientes y también en las noches que llevaron hasta el momento presente que ahora vivía, si el ser humano no presiente su propia muerte…

Un último relámpago antes de que su primo le trajera del mundo de los recuerdos al real, le recordó la primera vez que vio al viejo antes de declarar ante el escrupuloso Juez de instrucción que llevaba el asunto por el asesinato de Ana y su novio Oscar. Estricto y serio, su carácter era comentado a menudo por los letrados que ejercían en el partido judicial de Jaén. No había visto a fondo la instrucción de la causa, pero según la policía, eran muchas las pruebas que sostenían que ambos habían participado de forma activa en los luctuosos hechos. Se abrochó en último botón de la camisa que le ahogaba y se puso bien el nudo de la corbata. Las estancias del Juzgado eran un ir y venir de funcionarios y de gente que no quería perderse detalle alguno sobre los dos hombres que habían sembrado de luto la ciudad del Nazareno. El caso precisaba de actuación rápida y el Juez había dado instrucciones de que todo estuviera en orden para cuando aparecieran los acusados. Quería que la maquinaria de la justicia funcionara a la perfección, como una máquina bien engrasada. Detrás de todo ello había unos padres que habían sufrido mucho y precisaba darles respuestas. El letrado se aferró con fuerza a la cartera y escuchó gritos a las puertas del palacio de justicia:

-¡Soy inocente! ¡Soy inocente! –Decía el viejo desgañitándose ante los numerosos medios de comunicación que se habían dado cita -¡Soy inocente!

La policía le empujó al subir las escaleras del palacio de justicia para dirigirlo hacia la planta baja  donde estaba situado el Juzgado de instrucción. Detrás de él sacaron del furgón policial al oso. Éste iba algo más relajado, sin gritos.

“¿Y si verdaderamente son inocentes?” se preguntó interiormente el letrado, con porte elegante, observador, pero aún ignorante de los entresijos de la justicia, de los vericuetos e hilos invisibles que a veces la dirigen y que está muy lejos de una buena defensa o, quizás, de un buen abogado. En ocasiones y él sí que había aprendido a fondo ese principio, el dinero era lo más importante para poder llevar a cabo una reclamación judicial con éxito. El dinero no solo permite tener los mejores abogados sino también los mejores peritos con los que combatir atestados de la policía, grabaciones, informes periciales adversos. El dinero, eso era lo importante. Ninguno de los dos acusados lo tenían y por ello se les había nombrado abogados del turno de oficio. En ocasiones ser abogado de oficio significa para el ciudadano de la calle llevar una defensa dejada de la mano de Dios. Suelen estar mal pagados y los retrasos en el pago eran la norma. Ello no iba a ocurrir con su cliente. Leería y releería cada reglón de cada folio. El caso requería de la máxima atención desde el principio. No iba a contar con peritos contratados para combatir los análisis aún por llegar de los restos de semen hallados en el cuerpo de la chica algo que todavía en aquel momento seguía sin conocer; ni con profesionales ilustrados en el crimen que pusieran en duda los trabajos llevados a cabo por la policía de Jaén. Sin embargo, por ganas e ilusión intentaría  conducir a una más que razonable duda judicial al Tribunal sentenciador. Llevaba años ejerciendo pero un caso de esa magnitud puede señalar a cualquier abogado o relanzar su carrera. Él esperaba lo segundo. La defensa del viejo debía sembrar la duda que llevara a la aplicación del principio de presunción de inocencia que consagra muerto de risa la constitución española. “¿Defenderías alguna vez a un verdadero asesino aún sabiendo que ha cometido el crimen?” le preguntó una chica interesada por él mientras apuraban una taza de café. Esa pregunta había volado hasta su cerebro. “¿Lo defendería aún sabiendo que es un verdadero asesino que ha matado y truncado la vida de unos jóvenes? “Todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario y, un acusado de asesinato, nunca  te dice la verdad”, recuerda que le contestó. “Pero, ¿y si las pruebas le acusan de forma directa? ¿Aún así le defenderías?”

-¡Soy inocente, soy inocente! –martilleaban las palabras a gritos del viejo mientras descendía a toda prisa las escaleras hasta la planta baja del palacio de justicia donde ya le espera el Juez Sr. Cañada Clé.

“¿Aún así le defenderías?” se preguntó recordando la pregunta de la chica pasante igual que él que entonces le acompañaba en sus inicios profesionales. “Depende del caso” Y ese caso le había llegado. Su actuación le abriría muchas puertas a otras causas que le dejarían ingentes cantidades de dinero aunque con esta perdiera tiempo y dedicara mucho trabajo. Poder, dinero, importancia para los demás. Eso quería, sí, eso quería.

El viejo llegó a las estancias del Juzgado y, lo que antes eran voces entre funcionarios, ahora se convirtió el lugar en una sala de velatorio donde solo los murmullos se asemejaban al revolotear de moscas en una relajada tarde de verano. Parecía como si hubiera llegado el mismísimo demonio y David pensó si los mismos funcionarios no lo habrían condenado ya sin ni tan siquiera hacerle un juicio justo. Miradas furtivas desentrañaban de arriba hacia abajo la figura del viejo por parte de funcionarios y algunos abogados que ejercían su labor en esos momentos en la sede judicial. Detrás de él llegó el Oso, esposado, mirando desde la distancia con frialdad a su tío. Fue entonces cuando incluso los murmullos desaparecieron y dejaron paso a un silencio hueco, vacío. El letrado miró a ambos. El compañero que ejercía la defensa del viejo le llevaba varios años de distancia en el ejercicio de la profesión. Debía de estar más hecho a situaciones como la que estaba viviendo. Cuando recibió su mentor la llamada del Colegio de Abogados para que asistiera al presunto asesino de la pareja de novios y luego él ante su latente e incipiente enfermedad mental producto del alcohol se lo pasó a David, sus piernas temblaron y su corazón pareció parar de latir. “¿Serían esos dos los asesinos?” se preguntó mientras los miraba a ambos, desaliñados en el vestir y en el aseo, con barba de varios días de detención en dependencias policiales y con uñas ennegrecidas por el trabajo de chatarreros que decían realizar. Estaba convencido antes de que su nombre sonara de boca del funcionario para que pasaran ante el Juez, de que había llegado su momento y no lo podía dejar pasar. El viejo, en silencio, le miró y sintió escalofríos. De su boca salieron unas palabras silenciosas, dichas solo con el movimiento de la misma para que nadie de los que alrededor estaban, las pudiera escuchar:

“So-mos i-no-cen-tes”

Más que nunca, sus piernas comenzaron a temblar. Luego recibió un golpe en la espalda.

-¿Qué piensas, primo? Hemos llegado.

David comprendió. Miró a través del espejo retrovisor una vez más. Un rostro lloroso y amargado de facciones dulces le miraban de forma directa. Unos ojos bellos que ya quiso recordar los observó una vez, pero en esa ocasión yacía la joven que los portaba tirada entre los desechos de un cortijo, el de la Casimira, y su vida había sido arrebatada por unos vándalos sin escrúpulos que posiblemente ahora le tocaba a él defender. Entonces comprendió y vio que eran los mismos ojos veinte años después, los mismos ojos que él, sin ser devoto alguno, creyó ver llorar en la imagen de Jesús el Nazareno, la imagen religiosa más venerada de la ciudad herida de muerte con aquel  vil crimen.

DESIERTO DEL SÁHARA. DIRECCIÓN ARLIT

La tarde cayó sobre Akin y Orji sin haber parado ni un solo segundo en su huída hacia la desesperación. Akin se fijo en Orji. Era fuerte como el significado de su nombre, tronco majestuoso, pero sus piernas empezaban a flanquear y los pies le ardían. Las huellas del camión se les presentaban  cada vez más borrosas y apenas visibles.

-Deberíamos parar un rato –dijo Akin.

-Debemos continuar –propuso Orji sin girar la cabeza para ver a su escudero que caminaba tras él sin poder apartar de sus pensamientos el cráneo humano que momentos antes había sostenido entre sus manos.

Observó la botella de agua que se asía a su cintura con una cuerda y la vio medio llena. Habían consumido la mitad y solo llevaban caminando doce horas. Si sus cálculos no fallaban no tardarían menos de tres días en llegar hasta el pueblo más cercano en donde poder pedir ayuda. No sabían si ellos resistirían aquellas tres jornadas de camino y menos aún, si lo haría el grupo con los más pequeños allá donde lo habían dejado junto al camión estropeado. El viento que se había alzado levantaba la arena que golpeaba sobre sus rostros en  minúsculas partículas obligándoles a mantenerlos levemente cerrados, y era el culpable del borrado de su guía: las huellas del camión que les trajo hasta el infierno que ahora vivían. Akin se detuvo y Orji hizo lo mismo. Fijaron su vista en el horizonte y por unos instantes su corazón se paró:

-Debemos buscar refugio –musitó Orji muy fatigado por el esfuerzo e intentando arrancarse la camisa que protegía su cuerpo de las inclemencias del sol.

-¿Dónde, en aquél café? –Le espetó Akin con fama de bromista en su pueblo e, instintivamente, a pesar de lo terrible de la situación, una sonrisa invadió su rostro – ¡Lo que nos faltaba! ¡Demonio de polvo!

Orji comenzó a temblar mientras Akin no podía borrar de su faz la imagen de la risa con el labio superior alzado y el inferior posado sobre una reluciente caja de dientes. Una circunstancias extraña. Les acechaba un grave peligro pero él no podía dejar de sonreír. “Mejor reír que llorar” le dijo un día su padre cuando se rompió una pierna al perseguir un Jabalí por el bosque. Y él llevaba a rajatabla dicha premisa ante la mirada extraña de Orji que no comprendía de qué se reía.

-¡¡¡Tornado!!! –gritó  Orji para hacerle ver que la risa no era precisamente lo que les iba a salvar.

Akin, sin embargo, rompió en carcajadas.

-¿Se puede saber de qué coño te ríes? –le gritó retrocediendo a toda prisa mientras buscaba un lugar en el que guarecerse.

Aquel mini tornado avanzaba hacia ellos como alimaña que busca a sus presas. Si les alcanzaba no tardarían en ser los primeros en morir pensó Akin e, instintivamente, miró como antes lo había hecho Orji cuanto tenía a su alcance para buscar algún sitio donde cobijarse.

-Maldito desierto –atinó a decir antes de comenzar a toser producto del polvo que se introducía por las fosas nasales y dejaba aún más seca su boca y todo ello, sin dejar de reír.

-¡Corre, corre! –gritó descompuesto Orji.

Akin miraba al tornado que ya estaba cerca de él:

-¡Papa tienes razón, voy a morir riendo!

DIECISEIS

ELCHE

La puerta de entrada estaba envejecida y sobre el marco se podía ver reparaciones con cemento cola recién hecha. Apretó fuerte la mano de su hijo y se dijo asimismo que ya no había vuelta atrás. El niño alzó su mirada para ver el rostro de su madre: Quería saber si había cumplido su promesa de no volver a llorar. Estaba triste y ojerosa pero no vio lágrima alguna.

-¿Dónde vamos, mami?

Golpeó dos veces en el centro de la puerta y respiró hondo. No contestó a su hijo. Escuchó pasos al otro lado y pronto estuvo frente a una mujer bajita, rechoncha, con un moño agarrado en lo alto de su pelo, de facciones tensas  y con los ojos pintados de un verde muy llamativo. Vestía una bata larga de margaritas que la cubría hasta sus pies hinchados sobre los que calzaba a duras penas unas zapatillas negras como el azabache de las de andar por casa. En otra situación le hubiera hecho mucha gracia la figura de aquella persona pero no era  momento para risas o, al menos, a ella no le apetecía. Dar el paso que acababa de dar, abandonar su pasado y abrazar el presente en una mujer maltratada no era tarea sencilla. Es indiferente escuchar y escuchar voces que te animan a que lo hagas, pero de ahí a hacerlo existía un trayecto tan largo como el que separa la tierra y la luna.

-¡Vaya, otra con el ojo morado! –dijo la mujer con tono de voz potente y decidido al ver a Clara. Luego miró al pequeño que se asía fuertemente a la mano de su madre, como si colgara desde un precipicio del que iba a caer de un momento a otro.

-Se golpeó con el marco del mueble –dijo el pequeño balbuceando cada una de sus palabras sin soltar de la mano a su madre y mirando de arriba hacia abajo a la mujer que se presentaba ante él como el demonio con el que muchas noches había soñado: un ser extraño.

-Si claro, claro –miró a ambos-. Los muebles no tienen capacidad para responder a esas afirmaciones–dijo al pequeño-. Por eso todas las mujeres le echan la culpa –soltó una sonora  carcajada que sorprendió al chico-. Pasáis o vais a quedaros ahí el resto de vuestras vidas. Mi nombre es Manuela y fui monja antes de casarme. Me podría haber quedado como monja pero se me ocurrió la brillante idea de dejar los hábitos para irme con un alcohólico que pagaba sus resacas con mi cuerpo –comentó mientras andaba hacia adelante por un largo pasillo de  luz tenue y blanquecina. Varias bombillas estaban apagadas o fundidas, por lo que la visión se hacía difícil- Así que dejé al Dios del cielo y me fui con el diablo en la tierra- comenzó a reír ella sola una vez más-.

A Clara le hizo gracia el enorme trasero que movía con garbo aquella mujer. Aún estaban en el marco de la puerta de la mano con su hijo. Manuela se giró y los vio allí, parados, sin atreverse a cruzar la línea que separaba el descansillo del piso dónde le habían indicado que la podían acoger temporalmente si se atrevía a dar el paso de dejar a su marido. Clara estaba perpleja. La mujer intentaba ganarse su confianza.

-¿No pasáis? –les gritó girando la cabeza.

El niño tiró de ella y así  cruzó la línea definitiva de su viaje sin retorno al pasado con muchas dudas. No tenía claro que aquello fuera lo mejor para su menor y ni tan siquiera para ella misma, aún a pesar de las magulladuras de su alma. Desconfiaba de los consejos que le decían que sacar a un niño del  entorno en el que vivía supusiera algo bueno para su desarrollo, aún cuando en ese entorno  no hubiera nada más que violencia, gritos y falta de amor, porque a su edad ya empezaba a absorber y empaparse del mundo que le rodeaba.

-Aquí encontrarás a más chicas con el ojo morado. Así que te sentirás como en casa –les habló desde el fondo.

“Como en casa no, por Dios” pensó Clara mientras una mueca parecida a una sonrisa invadió su rostro tras los comentarios de la mujer: “Más chicas con el ojo morado”.

-¿Tenéis nombre? –miró al niño, luego a la mujer. Se acercó a ellos por si debía tirarles de ambos brazos para que la acompañaran. El pasillo no era lugar para conversación, aunque en él ya había vivido muchas con otras mujeres asustadas. Todas llegaban con miedo, con temor al nuevo día, al amanecer sin el verdugo al lado. Cuando a un perro le quitas una garrapata se queda descansando; a una mujer maltratada cuando le arrancas la garrapata del hombre que le hace daño no descansa en mucho tiempo pues ya se ha acostumbrado a ella y a veces hasta la justifican. Pero con el tiempo la herida de la garrapata cicatriza, se cierra, y se intenta que ninguna otra garrapata se aferre a su vida.

-Yo me llamo Jesús y mi mama Clara- contestó el pequeño.

-Ahhh. Tienes el mismo nombre que mi marido cuando era monja –rompió en carcajadas. Clara también. El niño no entendió qué le quería decir la mujer.

-¿Te buscó él aquí? –preguntó Clara tímidamente ya a su altura en el interior del pasillo. Algunos carteles en las paredes parecían gritar frases que ya antes había escuchado: “No te calles, denuncia””Si te quieres, por qué sigues así”. La mujer rechoncha la miró ahora seriamente. Sabía a lo que se refería: El miedo que todas tenían a ser encontradas por su maltratador.

-No, no –movió enérgicamente la cabeza- Me encontró la policía.

Clara no entendió.

-¿La Policía? Te denunció por abandonarle –comentó tímidamente.

-No, no. Un día de resaca –se detuvo. Su cara tensa y sin arrugas parecía  a la de una china y una enorme papada colgaba bajo su barbilla- ¡Le arranqué los huevos de un bocado! –rompió una vez más en carcajadas.

Clara también sonrió. El niño no entendía mucho de aquella conversación pero ver reír a su madre le alegró el alma. Hacía mucho que no la veía sonreír y ahora había abierto la boca hasta enseñar la última muela. Le gustaba aquella mujer porque hacía reír a su madre. Manuela la abrazó y la sostuvo contra su pecho mientras acariciaba su espalda con la dificultad que entrañaba la diferencia de altura entre ambas. El niño no soltaba la mano de su madre.

-¿Hace mucho que no te abrazan?

Clara suspiró.

-Vamos, tenemos un largo camino por delante y quizás muchas más, como tú, precisen de nuestra ayuda.

Tomó su bolso y se adelantó. Clara se agachó y abrazó fuerte contra sí a Jesús.

-¿Sabes?, creo que volveré a sonreír.

Jesús la miró a los ojos. Luego alzó la mirada para ver otra chica que entraba en aquellos momentos por la puerta. Le llamó la atención el pelo azul en forma de cresta, los labios pintados de morado y unos aros tan grandes como una rueda colgando de su nariz y de sus orejas. Vestía pantalones de cuero de los que también colgaban cadenas y en los que llamó su atención la gran variedad de candados que se adherían a cada uno de los eslabones.

-¡Vaya! –Comentó la chica- Pronto no cabremos en esta casa –dijo haciendo explotar una bomba de chicle sobre su cara.

Pasó junto cerca de ellos aún agachados a mitad del pasillo. A Clara a diferencia del pequeño que se fijaba en otras cosas le sorprendieron las altas botas militares que arrastraba por el pasillo al caminar.

En un momento, como si alguien hubiera pinchado a niño y madre rompieron los dos a reír, extraña situación para alguien con un pasado lleno de malos recuerdos que intentaban dejar atrás; pero la figura de las dos primeras personas que encontraron tras su definitivo paso hacia adelante les hizo comprender que hay vida más allá de la muerte en vida.

-Creo que no nos vamos a aburrir –besó en los labios a su pequeño.

Él se abrazó a su cuello. Entonces sintieron un silbido desde el fondo que se perdía en una de las habitaciones a la derecha. Provenía de la joven que se había cruzado instantes antes con ellos y a  la que escuchó gritar:

-¡Carnaza, llega carnaza nueva a la casa de los sueños imposibles! Démosles la bienvenida.

Un grupo de mujeres con niños pequeños se asomaron para ver quién llegaba.

-No temas –tomó fuerte la mano de Clara el ama de llaves de la casa de acogida- Son personas con su corazón dañado, como tú. Ahh y que también se golpearon con el mueble.

Carcajadas nuevamente, ahora de ambas.

MADRID. CARABANCHEL

Don Mateo fue claro ante Azgba. “Ella pagó tarde. No queda más remedio que enseñar a las otras el camino” Y Azgba también lo dejó claro ante Ewansiba: “Dos”. El médico fue el que en una acción relámpago extrajo los riñones al pequeño que poco después y bajo los efectos de la anestesia fallecía por un fallo multiorgánico al carecer su organismo de los dos riñones con las que poder realizar las funciones básicas para vivir. Estaba acostumbrado a ello. El pequeño no sufría. “El senador así lo ha querido” dijo el médico ante el cadáver del niño como si quisiera justificar su acción. Los rusos lo metieron en un saco después de que Ewansiba lo cosiera de forma burda en forma de rombo. Un coche se adentró en la noche por un camino sin asfaltar con el pequeño oculto en el maletero. Sabían que ninguna patrulla policial los detendría pues sus tentáculos llegaban hasta el mismo corazón del cuerpo. El silencio lo alteraba el canto de algún ave sobre los árboles al sentirse comprometidos en su sueño por el motor del turismo.

-Vamos –dio la orden el que iba al volante a su compañero cuando sintió que estaban ocultos y libres de mirada alguna que luego pudiera identificar la matrícula del turismo o a ellos mismos. Las horas de la madrugada en la que se habían adentrado hacían que absolutamente nadie merodeara por los alrededores. Buscaron un lugar sin luz artificial para terminar su trabajo.

-Este es buen sitio –dijo el otro-.

-Sí, es preciso que lo encuentren pronto y que el mensaje de Azgba sea claro para las que se niegan a pagar.

-Pobre madre –masculló su compañero caminando hacia el maletero para tomar el saco donde estaba el cuerpo del pequeño.

El otro le miró y le rectificó.

-Ella no sufrirá. Azgba le ha dicho al carnicero que los perros tienen hambre.

Los dos sonrieron.

-Se darán un nuevo festín.

No tardaron en  sacar el cuerpo para arrojarlo debajo de un árbol que callaría para siempre el terror que se presentaba sobre sus raíces. Después alguien descubriría el cadáver y todos los inmigrantes sabrían que con Azgba no se jugaba. Había que pagar en el tiempo estipulado. Un solo día de retraso supondría la muerte de su hijo o hija retenido hasta recibir el pago. El cuerpecito quedó tendido en la tierra a la espera de ser descubierto y por entre uno de los pliegues del saco su mano salió fuera como si intentara, en su último adiós, estrecharla con la de su madre que le trajo hasta España en busca de una vida mejor: la misma que había perdido. Ella también sería ya historia mientras los canes gigantes hacían desaparecer el último rastro de su ADN.

Cerraron el maletero y se subieron aprisa al vehículo que emprendió la marcha con rapidez. Atrás quedaba la señal de la organización: el rombo. El aviso para navegantes y una vida arrancada antes de tiempo de las garras de la existencia.

Jaén. Junio de 1.992. Unos días después del doble crimen.

El joven giró la cabeza. Bajo su camisa ocultaba la escopeta con la que intimidar a la pareja. El coche se balanceaba levemente a un lado y a otro. Dentro de él una pareja de jóvenes jugaban a acariciarse, a besarse, a amarse, a pensar en una vida juntos y lo hacían con el temor de conocer que aún no habían descubierto a los asesinos de la joven pareja que como ellos, días antes a ese final del mes de Junio, perdieron la vida en el camino de las cuevas. Los dos hombres se detuvieron muy cerca. Una sonrisa surcó sus ojos.

-No se ve “na” –dijo uno de ellos apodado el  Monago intentando ver a través de los cristales del turismo tapados con cortinas negras.

Ambos sostenían la respiración agitada. Los deseos libidinosos que tenían en mente y que habían planeado estaban a punto de cumplirse. Los movimientos oscilantes del vehículo se detuvieron. Los dos sabían que debían darse prisa si no querían que sus presas se escurrieran. Habían terminado de lo suyo y ahora empezaba lo de ellos, pasarlo bien con la chica mientras atemorizaban al novio. Después de lo ocurrido días atrás debía de estar muy presente en los jóvenes novios que aún se atrevían a salir de la ciudad para desfogar su amor el miedo en el cuerpo.

-Vamos –apuntó nuevamente el Monago al oso mientras se sacaba la escopeta de cañones recortados de entre sus pantalones, alzándose previamente para ello la camisa.

En el avance, el oso pisó una lata oxidada. Se detuvieron. El sonido podría haberles delatado. “Clan, clan” rodó la lata por el suelo.

-¿Qué demonios…? –le reprendió el monago.

El oso se llevó el dedo índice a sus labios pidiéndole silencio.

-No la vi.

-¿Has escuchado eso? –Dijo la chica joven a su novio mirándolo con ojos muy abiertos, asustados- Vámonos –le suplicó-.

El joven respiró profundamente y puso en alerta todos sus sentidos. “Podrían ser otros novios que como ellos buscaban soledad o…” pensó. Encendió rápidamente el motor de su vehículo. El Oso y el Monago corrieron hacia ellos golpeando la ventana delantera, pero el chico aceleró. El Monago apuntó:

Booommmm. Hizo resonar su arma que impactó en el vehículo que se perdía en las sombras de la ciudad a toda velocidad entre gritos de la chica aterrorizada.

-Mierda –masculló.

-¿Le has dado? –preguntó el Oso.

El monago se encogió de hombros.

-Vámonos. Aquí ya no “hacemo na”. La poli no va a tardar en llegar.

Otra noche sería…Y los dos tomaron su camino en dirección opuesta a la del vehículo. Se les habían escapado por muy poco, por una maldita lata oxidada como su corazón.

14-AGOSTO-2017