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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

 

DIECISIETE

SÁHARA. TERCER DIA EN EL DESIERTO

-Tengo sed –le dijo su pequeño a Nmachi.

-Aguanta un poco, solo un poco más –contestó mientras intentaba protegerlo del inmenso sol con su falda ancha de diversos colores que representaban todas y cada una de las flores que amanecen con la primavera puesta sobre su cabeza.

Resignado permanecía con su cara entre las piernas  de su madre y la tela que reproducía también los diferentes colores del arcoíris. Ella, como una estatua, protegía de los rayos de aquel ser reluciente e implacable a su  hijo. Sus labios se habían agrietado observó con preocupación. Si todo transcurría como habían acordado en el grupo, en una hora pasarían la botella de  agua para que todos pudieran dar un pequeño trago medido por el tapón que la cerraba. Eso saciaría la sed de su pequeño pues ella no pensaba beber. Solo una hora más y apagaría su sed de forma momentánea pues un tapón daba para muy poco, apenas quince milímetros de aquel líquido preciso para la subsistencia. Pensó en Mustafá; el dinero había llegado el primer mes y consiguió pagar así el viaje, y luego la organización a cargo de un tal Azgba que operaba en España la tendrían retenida realizando trabajos domésticos hasta que Mustafá pagara el resto del importe acordado proporcionándole siempre comida y habitación para ella, su hijo y su sobrina. Pensó si verdaderamente Mustafá no habría muerto ya en el conflicto porque no tuvo noticias suyas después del segundo mes tras su marcha. Las comunicaciones con ella se hacían siempre a través de aquellos hombres que la habían conducido con el grupo hasta la  misma boca del averno y que finalmente habían desaparecido sin dejar rastro de su presencia después de la avería del camión.

-Tengo sed –volvió a repetir.

Ella tenía también la boca seca; podía incluso apreciar lo rugoso del interior del cielo de la boca y cómo ésta se volvía pastosa, dejando pegados en ocasiones el labio inferior con el superior con un hilo blanco muy parecido al pegamento. Solo había una cosa peor que estar allí en el desierto, pensó,  y era la ausencia de agua en un ser vivo durante las casi cuarenta y ocho horas que marcaba el ritmo biológico de cualquiera de los que allí resistían y que habían pasado desde que fueron abandonados. Si todo era tremendamente duro para un adulto,  para un niño debía ser terrible. Aquel sol los iba matando segundo a  segundo: ¡Ardían! Removió con su lengua el interior de su boca y consiguió aunar algo de saliva. Tomó la cara de su hijo tras sacarlo debajo de su falda y le separó dulcemente los labios.

-Traga –le espetó.

El niño obedeció y recibió la saliva de su madre. Eso le aliviaría tan solo unos minutos mientras llegaba  el tapón con su ración de agua. El pequeño recibió la saliva como el mejor de los manjares. Ahora pensaba en cómo protegerse ella y al grupo del sol pues aquella tela solo era un parche en un globo gigante agujereado por múltiples sitios y que se desinflaba sin piedad. Observó la lona de la parte trasera del camión. Dejó a su hijo tumbado en la arena.

-Espera, no te muevas de aquí.

-¿Dónde vas?

La temperatura debía rondar los cincuenta grados y si no hacían pronto un refugio para protegerse de la inclemencia solar pronto morirían abrasados. Se fue hacia la caja del camión.

-Ayudadme –pidió a dos de los hombres que se encontraban cerca de la poca sombra que el vehículo lateralmente proyectaba sobre la arena, insuficiente para acoger al grupo.

Nmachi se subió a la caja y desató las cuerdas que en su parte delantera se aferraban al chasis superior del camión. Las traseras las dejaría tal y como estaban. La lona los había cubierto durante el trayecto de cualquier mirada ajena al paso por alguno de los pocos lugares habitados. Tiró de la lona hacia ella con ayuda de uno de los chicos y la sacó fuera de la caja del camión. Ahora hacía falta buscar dos extremos al otro lado en horizontal para que la sujetara y conseguir así sombra. El pequeño esfuerzo le supuso un desgaste terrible. Un reguero de sudor corría por sus sienes y caía sobre su barbilla poco pronunciada. Pensó en los dos jóvenes y en la niña caminando por la arena y comprendió que nunca conseguirían llegar a población alguna para pedir ayuda. Se quedó pensativa. Observó en uno de los laterales de la caja del camión las herramientas destinadas a cambiar las ruedas, el gato y las llaves precisas para des aflojar los tornillos.

-Debemos desmontarlas –ordenó a los que la acompañaban en su tarea por conseguir sombra.

Se pusieron manos a la obra. Una hora después las cuatro ruedas enormes yacían frente al camión en su parte lateral, a unos diez metros del mismo siempre dispuestas en horizontal a la caja que los transportó. Hicieron dos pequeñas torres con dos ruedas cada una y ataron las cuerdas de ambos extremos de la lona de la parte delantera y que previamente antes habían desatado introduciéndolas por los grandes orificios que antes estaban destinados a recibir los tornillos el cuerpo metálico sobre el cual se incrustaba el neumático: las llantas. Pronto se sintió satisfecha. No era una choza fresca de la que formaba con palmeras secas en su Arlit natal pero al menos protegería de forma directa del sol al grupo debajo de ella. Conocía también Nmachi porque así lo había practicado en más de una ocasión en su tierra que si cavaban una pequeña zanja, la temperatura bajaría con respecto a la existente a ras del suelo.

-Vamos –gritó al grupo- Haremos entre todos una pequeño hoyo debajo de la lona de al menos cincuenta centímetros. Hay que sacar toda la arena que podamos hacia los laterales.

-¿De qué servirá? –preguntó intrigada Folami de pie frente a ella, admirando  la decisión de la joven y valiente Nmachi.

-La temperatura en su interior descenderá unos tres o cuatro grados en relación a la que hay en la superficie. No será suficiente pero ayudará a mitigar las altas temperaturas que soportamos.

Enseguida el grupo, incluidos niños, con sus propias manos comenzaron a retirar arena de la superficie bajo la lona. La tarea era titánica y requería un gran esfuerzo y desgaste. Aún así, algunos de los pequeños lanzaron arena unos sobre los otros jugando entre sí. Nmachi dejó escapar una mueca de esperanza al observarlos. Al menos parecían felices, como si se hallaran ante un juego al que ella les había animado a practicar para hacerles volar aunque solo fuera en su imaginación fuera del lugar en el que se hallaban cautivos. En  media hora habían conseguido cavar unos centímetros haciendo una especie de zanja cuadrada poco uniforme.

-¡Todos dentro! –ordenó Nmachi.

Madres con los hijos abrazados a sus cuerpos tomaron posición debajo de  la lona. Todos se hallaban ahora protegidos de la mejor manera posible de los rayos directos del sol. Nmachi se sentó junto a su hijo visiblemente satisfecha por el trabajo realizado aunque sintió un pequeño pellizco interior por no haberlo pensado antes.

-¿Estás ahora mejor?

El niño restregó su rostro por el cuello de su madre que sudaba en señal de asentimiento. Su trabajo había dado resultado. Ahora tenía en mente otra cuestión para resolver pronto. Quería averiguar el exceso de celo que tenían en proteger  los hombres que le habían ayudado a poner la lona en las llantas del camión con el habitáculo delantero del camión para que nadie se acercara hasta él. Algo ocultaban.

-¿Qué miras mamá? –le preguntó su pequeño.

Sin embargo ella seguía con su idea fija en algo que no le cuadraba. No era normal que estuvieran sentados bajo la puerta del conductor desde que fueron abandonados a su suerte, turnándose en esa guardia aquel grupo de tres y abandonándolo  tan solo cuando precisaban hacer sus necesidades. Miró hacia ellos y el más joven y fuerte llamado Ola, cuyo nombre en su país significaba lo que queda de sus antepasados, le sostuvo la mirada. Sabía que aquella mujer de maneras valientes les iba a crear problemas. Ola la estarían esperando.

MADRID. CARABANCHEL

Adanya llegó al piso que compartía con otros siete nigerianos y no saludó. Se fue directa hacia el camastro que en una de las habitaciones bajo la ventana le servía de cama y se lanzó a él como el saco de cemento que lanzan desde lo alto de un camión de carga. Mordió la almohada e intentó conciliar el sueño pero aquello era imposible. Pensó en el chico. “Malditos cabrones, prometen y prometen a sus madres y, aunque cumplan pagando lo que piden, siempre terminan arrancándole el riñón” Debía denunciar, pedir ayuda para aquel niño con el que había compartido quince días comiendo chocolatinas y viendo dibujos animados. Sería un mutilado toda su vida sin un riñón y ella no le había ayudado. Aquel pensamiento la martirizaba. Podía denunciar de forma secreta, a través de aquella página web que el cuerpo nacional de policía había creado. Nadie conocería su identidad. Daría datos sobre la dirección donde podrían presentarse por sorpresa y atraparlos y entonces comprendió: Estaba en un callejón sin salida. Todo el entramado era una telaraña en la que ella ya se encontraba atrapada. Si pedía ayuda y la policía desmantelaba aquella organización criminal, aunque lo hiciera de forma anónima, sabía que sus padres y  hermano tendrían los días contados en su país. Ella sería una testigo protegida con los labios cosidos; habría salvado al niño pero perdería lo único que tenía en vida: su familia. Aquellas mafias tenían tentáculos en todas partes y dos ancianos y un joven en Niger muertos no serían problema para nadie y poca investigación se haría para dar con los culpables. Acarició el dinero que se había escondido en el interior de su sujetador y pensó en la cantidad que iba a mandar para sustento de los suyos. Podría avisarles para que huyeran pero, ¿dónde irían? Aquellos hombres sabían todo sobre su familia. Siempre que le pagaban la custodia de algún menor le entregaban un sobre con fotografías de su padre y de su madre sentada a la entrada de su cabaña y la dirección exacta donde se encontraban escrita debajo de la instantánea con sangre humana. “Con la mitad de lo recibido tendrían suficiente para vivir todo un año quienes más amaba” pensó, intentando apartar de sí aquellos pensamientos de ayuda hacia la presa como conocían en su argot al vigilado. El resto se lo quedaría ella para sobrevivir hasta que la volvieran a llamar para una nueva vigilancia. El ruido en el piso era ensordecedor. Algunos compatriotas comían utilizando latas como platos y los dedos por tenedores o cucharas. Otros recontaban el material destinado a la venta, CD, DVD, zapatillas de marca, camisetas. Se revolvió varias veces sobre su camastro y en más de una ocasión quiso levantarse para mandar callar a todos aquellos que distraían su tiempo en juegos, canciones o rezos. Quiso pensar en que pronto el menor estaría con su madre aunque con un riñón menos y aquello la tranquilizó. Recordaba cómo Ewansiba, nada más traer a la presa hasta donde ella debía de custodiarlo, realizaba pruebas de sangre al menor para comprobar su grupo sanguíneo. “Grupo O” le escuchó decir la última vez. “Compatible con cualquier grupo” dijo al interlocutor que al otro lado del teléfono y al que ella nunca había conocido, le escuchaba. “La prueba de sangre nos dirá el tipo de tejido”. No sabía a qué se refería cuando le decía aquello pero siempre escuchaba con atención; era algo que había adquirido al pasar horas y horas metidas en la habitación que compartía con tanta gente porque aquello era lo único que allí podías hacer: ¡Escuchar lo que decían! Así te enterabas de la vida de uno, de los avatares de otro o de las desgracias del más lejano. ¿Qué querría decir cuando hablaba del tejido? “Ningún virus se prevé pues su estado físico es bueno” Y ella no perdía hilo de la conversación. Sabía que de poco le servía lo que oía pero, le costaba dedicarse a observar otros aspectos de la vivienda en la que debería pasar los siguientes quince días de su vida o quizás veinte, según decidieran quienes le habían contratado. La última vigilancia, la del primer niño, duró diez días y todo fue relativamente rápido y fácil “Tomaré células de sus ganglios linfáticos para la prueba de compatibilidad cruzada””Si todo marcha como espero en una semana tendrás los resultados” Compatibilidad cruzada, prueba de sangre, Grupo O, todo aquello le resultaba relativamente extraño. La última vez que le escuchó hablar, hizo un comentario Ewashiba: “Bien, si no hay compatibilidad cruzada positiva procedemos” Entonces le pedían que abandonara la custodia, le pagaban y procedía a marcharse.

-¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! –masculló.

Metió su mano izquierda bajo la almohada y por primera vez en muchos años de su vida sintió cómo primero sus ojos se nublaban para luego dejar paso a un reguero de líquido salado que expresaba hacia el exterior lo que se manejaba en el interior de su ser.

MADRID

La madre de David acogió por sorpresa a altas horas de la noche la visita de su hijo. Traía en brazos a una pequeña que lloraba de forma desconsolada. Carmen había sido profesora de primaria y conocía muy bien a los pequeños. La tomó entre sus brazos, miró a su hijo y éste le dijo escuetamente: “Luego te cuento”. Un solo beso en la mejilla y se marchó dejando a la mujer septuagenaria a solas con la niña. La abrazó y besó para intentar calmarla, pero la chiquilla no paraba de berrear.

-¿Qué te ocurre, cielo? ¿Qué te ocurre?

La paseó por la habitación del piso situado en un quinto de la Gran Vía madrileña, pero calmarla parecía una tarea imposible. Estaba prácticamente morada de tanto llorar. Pensó en llamar a su hijo pero pronto desechó la idea. Si David se la había dejado momentáneamente, alguna razón muy poderosa debería existir en ello. Aún recordaba cuando le dejó a tres niños negritos a su cuidado. Tardó una semana en venir a por ellos: “Querían internarlos en un centro de acogida, mamá. Su padre es cliente y hasta que no recibamos la notificación de inmigración sobre su estancia legal en el país, deberás ayudarme”. Y ella obedeció sin preguntar nada más. De siempre había sido un chico muy responsable y comprometido con sus clientes. Todavía recuerda las noches que se quedaba sin dormir cuando vivía con ella en su primer caso importante. Aquellos dos chicos desafortunados que perdieron la vida en Jaén a manos de unos individuos. David defendía al viejo y se tiraba horas y horas estudiando el caso antes de la vista, analizando las pruebas que tenía la fiscalía de Jaén contra ellos, el testimonio del testigo, el ADN, la instrucción practicada con grabaciones a los imputados dentro de las celdas de prisión. David no cejaba en su empeño por intentar salir a flote en su profesión y aquella era una oportunidad única. Pero de ello hacía ya mucho tiempo. Ahora, desde que su esposo falleció víctima de un infarto estaba muy sola y su único hijo andaba nuevamente muy ocupado. Así que se  alegraba  poder sentirse acompañada de niños tan pequeños aunque fuera solo por unos días. Pero aquella chiquilla no paraba de llorar abrazada a su cuello.

-¿Tienes hambre? ¿Te duele la barriguita?

La hija de Almudena continuaba llorando. La desesperación empezaba a invadir la paciencia de la mujer. La miró a los ojos separándola levemente de ella. Era una niña preciosa, de pelo castaño y carita de ángel. Iba vestida con un vestidito blanco y corto y unas manoletinas. Una coletilla en uno de los lados de la cabeza le daba un aspecto risueño y alegre. Sin embargo la chiquilla parecía no apreciar las palabras y el amor que la abuelita le estaba profesando. Y fue en el momento en que la separó de ella para apreciar su cara cuando Carmen se descompuso. La llevó urgente al sofá y la dejó tendida.

-¿Qué es esto, pequeña?

La niña pataleaba y Carmen le alzó levemente el vestido. Un grito desgarrador de la mujer rompió el silencio de la noche. Por entre las piernecitas de la pequeña corría un río de sangre roja. Se llevó las manos hasta su boca para no seguir gritando. Al reaccionar sintió que era necesario desprenderla de las braguitas pues parecía que era allí donde se encontraba el motivo de su hemorragia. Al quitárselas vio el horror. Aquel que los ojos de un humano pueden apreciar en una guerra a la que no pertenecen o al ver a un muerto demasiado joven para partir. Carmen no era médico, pero en su vida laboral había aprendido muchas cosas sobre la vida. Sin duda la vulva de la pequeña estaba desgarrada.

-¿Quién te ha hecho esto? ¿Quién? –gritó sin poder contenerse.

En su extremo opuesto una niña la miró fijamente. Había parado de llorar de repente. Luego cerró los ojos y perdió el conocimiento. Carmen se sintió bloqueada. No sabía qué hacer. Corrió hasta el teléfono, debía de marcar el número de su hijo para que conociera lo que ella acababa de descubrir. Sin embargo lo pensó mejor y llamó a emergencias. Luego habría tiempo de contarle.

-¿Quién te ha hecho esto? –musitó antes de que su rostro se tornara enrojecido y una voz al otro lado le contestara.

-Emergencias. ¿En qué puedo ayudarla?

Carmen no conseguía controlar su llanto. Hay muchas cosas terribles en la vida pero ninguna como hacerle daño a un niño o una niña de esa edad.

DIECIOCHO

MADRID. DESCAMPADO A LAS AFUERAS DE LA CIUDAD BAJO LA M30

El inspector Ramírez de la brigada de homicidios de Madrid se acarició la barriga  por el fuerte ardor que sentía tras la copiosa comida de la noche. Apenas dos meses para retirarse y ahora un nuevo asunto en el que centrar su atención. Todo sería diferente si Martínez estuviera allí. Su instinto de sabueso viejo superaba a todos los jóvenes que habían entrado en el cuerpo a base de oposición. Las oposiciones no enseñaban las armas para luchar contra el crimen, la experiencia sí, y, como Martínez, ninguno. El bigote espeso dejaba entrever su edad con más pelos canos que negros. La temperatura a esas horas de la noche en aquel descampado a las afueras de la gran ciudad era fresca. Sobre sus cabezas algunos vehículos recorrían la M30 de vuelta a casa o quizás buscando ya su lugar de trabajo, todos ajenos a lo que acababa de descubrirse en las mismas entrañas de la ciudad. Apenas habían dejado el verano unos días atrás y ese muerto de aquel treinta de septiembre se iba a grabar en su memoria como otros crímenes resueltos o no. Porque recordaba a la perfección todos los muertos, sus rostros blanquecinos, sus ojos hablando a través de sus iris opacos y los cuerpos, unas veces mutilados, otras agujereados por armas blancas o balas y, en otras ocasiones  intactos, como si nadie o nada los hubiera tocado y su vida se hubiera esfumado a través de él sin dañarlo en lo más mínimo. Dio una larga calada al cigarro y dejó que el humo se disipara delante de él. Las luces de los coches iluminaban la escena del horror: Noche cerrada, descampado, basura en diferentes lugares y, el saco cerrado que dejaba sobresalir una mano por uno de sus costados. Aquel saco contenía un cuerpo pero, por su tamaño, no podía ser el de un adulto. Se ajustó el sombrero en su  cabeza calva y avanzó hacia el origen de la llamada recibida en la noche por un joven que corría haciendo footing por el lugar. A su lado iba Pepiño, bajito y redondo por sobrepeso de nariz aguileña, piernas arqueadas y andares zopo, con las puntas de cada una de sus pies apuntando a la otra: todo un prodigio de la ingeniería humana. No era muy agraciado, no, solía decir Ramírez, pero pocos estudiosos del lugar del crimen habían conocido como él a pesar de su juventud y de su vestimenta hortera con chaqueta con botón marinero cruzaba sobre su estómago. Compañero de profesión desde hacía un año, el tiempo en que Martínez había deshecho su vida con el alcohol tras marcharse su mujer con él.  Eran muchos crímenes los analizados e investigados ya en su larga etapa profesional pero, por lo que tenían ante sus ojos, aquello era diferente: el tercero en menos de un mes. Se detuvieron ante el saco y fijaron ambos la mirada en la mano.

-¿Le has encontrado? –miró  a Pepiño sin perder de vista el miembro superior que sobresalía del burdo envoltorio en los que los asesinos habían introducido el cuerpo.

Pepiño asintió con la cabeza. Ramírez respiró hondo y dejó salir el aire de sus pulmones de forma lenta y pausada.

-¿Piensas como yo, Pepiño? –posó sus ojos sobre él.

Pepiño a sus treinta años estaba acostumbrado a esa misma pregunta de su superior a lo largo de los trescientos setenta y dos días, para ser exactos, que trabajaban juntos. Siempre y ante cada crimen la misma pregunta: “¿Piensas como yo, Pepiño?” Y es que algo más que la profesión unía a aquellos dos hombres como antes había unido a Martínez y Ramírez separados luego por el amor a una mujer. Ambos se complementaban e, incluso, se asombraban de que en momentos determinados sus pensamientos fueran siempre coincidentes.

-Sí, será difícil recuperarle -contestó a su primera pregunta-.

Si hubieran sido hermanos o familiares directos, alguien diría que entre ellos obraba una especie de telepatía o empatía que hacía que donde terminaba el uno, empezase el otro, a pesar del poco tiempo que llevaban trabajando el policía a punto de jubilarse y aquella especie de personaje salido de cuadro de Botero, vestido de forma extravagante con chaqueta y pantalones de colores llamativos. Era difícil entender aquella pareja tan diferente en sus formas y en la imagen que presentaban ante los demás.

-¡Malditos hijos de mala madre! –exclamó Pepiño. Sin embargo Martínez creyó descifrar que esas palabras no habían salido con mucha convicción de su interior. Hay ocasiones en que se dicen las cosas por decirlas, pero que son difíciles de creer para quien las escucha. Estaba seguro que a Pepiño ese niño, como los otros dos, le importaba lo que al mar un inmigrante que cruza el estrecho. Cuando lo abraza ya no hay escapatoria.

Ramírez le miró. Esa era la misma frase que apuntó cuando encontraron el cuerpo del otro menor, todo en el mismo mes.

-Veo que piensas como yo, Pepiño. Me culpa a mí  de su desgracia pero, ¿qué hubieras hecho tú ante la que consideras la mujer de tu vida? ¿Qué harías ante las llamadas constantes pidiendo que la amara, que ya no sentía nada por su marido, que pensaba abandonarle para marcharse conmigo, su verdadera y única pasión por vivir? –se acercó al cuerpo con guantes de látex cubriendo sus manos y pisando siempre en la misma línea recta que separaba la cinta que cortaba el paso a toda persona ajena a la policía y el cuerpo que yacía sin vida en el saco. Era posible que alrededor los asesinos hubieran dejado huellas importantes para la investigación y no pensaba borrarlas.

Pepiño pensó lo que decir. Sabía cómo había terminado la historia entre aquellos dos compañeros de trabajo separados por el amor de una mujer. Uno todavía en el cuerpo y, el otro, durmiendo en parques y llevando como único compañero de viaje a un cartón de vino y los recuerdos.

Ambos junto al saco con unas pinzas intentaron desatar el nudo que lo acordonaba  cerrándolo por encima de la cabeza del cadáver. La policía había acordonado la zona y solo ellos dos estaban ante él, dispuestos a extraer toda la información necesaria para que el autor o autores a través de restos biológicos, colillas, pisadas, o cualquier otro indicio importante para la investigación, terminaran con  sus días donde debían de estar cualquier asesino: En la cárcel.

-Hagamos nuestro trabajo. Creo que no volverá de su mundo al que viaja embutido en el alcohol. No es la persona que he visto en las fotografías con condecoraciones por sus méritos ni de la que tanto bien he escuchado decir. ¡Ya no está! ¡Ha muerto!  –le dijo  Pepiño quedando pensativo en sus últimas afirmaciones y deseando en el fondo de su ser que así fuera.

Desató el lazo que cerraba el saco ante la imposibilidad de hacerlo con las pinzas con sus propias manos. Cuando consiguió hacerlo  lo bajó poco a poco hasta encontrarse con el rostro del finado. Ramírez estaba acostumbrado a ver muertos pero aquello descompuso su cara como el día en que escuchó a la que ahora era su compañera decirle a Martínez que ya no le quería, que se iba con su mejor amigo: Él. Recordó igualmente aquella aciaga tarde antes de ese día en la que Martínez, sentado al volante del vehículo policial en la que ambos viajaban le miró antes de hablarle. La lluvia se deslizaba por los cristales delanteros del vehículo y la gente corría para refugiarse en los bares y locales abiertos en ambas calles en dónde se encontraban aparcados. Martínez sacó un sobre y se lo extendió sobre sus piernas. Recordaba a la perfección el sabor amargo del café que tomaba mientras montaban vigilancia ante la casa de aquel médico nigeriano que podría estar detrás de la extracción de órganos de forma ilegal a seres humanos y en el tráfico que de estos se hacían a lo largo del territorio español y extranjero. Abrió el sobre y se quedó pasmado cuando vio las fotografías de él y la esposa de su compañero besándose en un restaurante, en una de sus zonas apartadas mientras cenaban; en otras salían ambos de un hotel en actitud muy cariñosa.  Recordó las palabras de su amigo perdido ahora en el abismo: “Tú eres la amiga con la que tanto sale últimamente” No supo qué contestar. Se levantó y se giró en dirección contraria al cadáver y le dijo a su compañero Pepiño:

-Continúa tú.

Si algo había que detestaba en su profesión era ver el cadáver de un niño. El cuerpo del menor se mostraba en la crudeza de la noche con los ojos abiertos. Estaba completamente desnudo de cintura hacia arriba. Unos pantalones vaqueros cubrían sus partes íntimas desabrochados y dejando ver la ausencia de ropa interior. Ambos fijaron su mirada en el esternón y el estómago de menor cosido burdamente. Ver a un niño muerto es como ver el cadáver de quien te dio la vida cuando abandona este mundo. Es algo que nunca se olvida. Ramírez recordaba los rostros de todos los niños que había visto fallecidos. Era capaz de dar pelos y señales de sus facciones, del color de sus ojos, de su pelo.

-¿Piensas como yo, Pepiño?

Otra vez la misma pregunta. Sí, pensaba como él y así se lo dijo.

-¡Tráfico de órganos! –Musitó a su compañero- ¡Y van tres!

-Es el tercero en menos de un mes. Por sus rasgos y color es evidente que no es  de nacionalidad española.

-Todos extranjeros.

– Tres niños, tres, Pepiño, con familias esperándoles en algún lugar, acordándose de sus juegos y de sus sonrisas –calló un instante como si una losa pesada hubiera taponado su boca-. Si la prensa se hace eco de esto pronto vamos a tener problemas. Cundirá la alarma social en Madrid y desde arriba nos exigirán  resultados urgentes.

No  apartaba la vista del menor. Sólo así podría hacerle justicia pues el rostro se grabaría en él durante el descanso de las noches y solo la conclusión del caso le llevaría a la calma en su alma dolida.

-¿Qué ser humano puede ser capaz de esto, Ramírez?

Girado en sentido contrario al cadáver no se dio la vuelta para contestarle. Otra pregunta sin convicción.

-Creo que hoy beberé hasta perder la noción del tiempo, de mi vida. Como Martínez –musitó.

Pepiño comenzó a grabar en video la escena donde se había encontrado el cuerpo para documentarlo de la mejor manera posible.

-No te  esfuerces mucho. Es obvio que aquí no fue asesinado, solo transportado. Toma fotografías del cuerpo y deja al forense de guardia actuar. Nos dirá el momento en que murió por la temperatura corporal tomada a través del ano del pequeño. Si quiero que grabes los alrededores que conducen hasta aquí. Es posible que los neumáticos del vehículo hayan dejado algún tipo de marca en el barro. Conoceremos al menos la marca del turismo.

Pepiño iba a obedecer las órdenes de su superior. No obstante antes, fijó su mirada en los pantalones vaqueros del chico. Algo sobresalía de uno de los bolsillos. Se acercó hasta él y con unas pinzas extrajo lo que parecía un envoltorio. Se levantó y llamó la atención de Ramírez.

-¿Qué te parece?

-Chocolatinas –contestó Ramírez-. No creo que nos diga mucho al respecto. A los niños le gustan las chocolatinas, ¿no te parece?

Pepiño encogió los hombros, tomó una bolsita transparente e introdujo lo que parecía un indicio sin importancia en la bolsa.

-Pepiño…-se detuvo Ramírez cuando se dirigió a él con gesto de sorpresa -¿Qué marca anuncia el envoltorio de la chocolatina?

Leyó  a través de las transparencias de la bolsa.

-Milka, ¿por…?

Ramírez respiró hondo.

-El cuerpo del último chico encontrado también tenía chocolatinas en su bolsillo y eran de la marca…

-¡Milka! –Dijo Pepiño adelantándose a la contestación-. ¿Tiene ello alguna importancia?

Ramírez movió la cabeza en sentido negativo.

-No lo sé. Realmente no lo sé. Pero es extraño, muy extraño que los dos cadáveres tuvieran en el bolsillo de su pantalón chocolatinas Milka. Es posible que tengamos algo o que no tengamos nada, Pepiño.

Pepiño alzó la bolsa y la volvió a mirar. Ramírez sacó la grabadora del interior de la chaqueta de pana que le protegía del frío  de la noche y comenzó a grabar, costumbre adquirida desde sus inicios profesionales de quien más  admiraba: Martínez, su antiguo oponente por el amor de una mujer.

-Menor de… unos  diez años de edad…aproximadamente, con rasgos de algún país africano. Ojos negros. Posible causa de la muerte: extracción de órganos para venta en el mercado negro. Aparece desnudo en la parte posterior del cuerpo dejando ver una enorme herida cosida –hace una breve pausa- en forma de rombo. Viste pantalones vaqueros. En el interior del bolsillo derecho hay una chocolatina mordida que mandamos a analizar por si existen restos biológicos diferentes a los del menor. En el izquierdo –sacó un papel- hay una nota que contiene un nombre…Adanya, y un número de teléfono.

Pepiño respiró hondo ante la última afirmación de su compañero. No había visto él esa nota. ¿Cómo se le podría haber escapado algo tan importante para la investigación?

-…No hay pisadas. Las huellas de unos neumáticos llegan hasta el lugar donde ha aparecido el cadáver.

-No cabe duda de que no se bajaron y lo lanzaron desde el interior del vehículo –comentó a su lado Pepiño- De ahí que el saco esté roto en uno de sus costados por donde sale la mano del pequeño. Debió romperse cuando lo tiraron.

-Es posible, es posible. Pero también es posible que se bajaran y lo dejaran así, adrede.

-Solicita que sean medidas las huellas para saber la marca de neumático y el modelo de coche que lo trajo hasta aquí. La herida está fresca. No debe llevar muerto más de cuarenta y ocho horas –le ordenó apagando la grabadora a Pepiño.

Pepiño se agachó y cerró los ojos abiertos del chico. Era profundamente religioso y pensaba que los muertos con ojos abiertos que te miraban deambulaban en el otro lado sin paz interior. Su conciencia le dijo que tenía que confesarse. Lo haría con su amigo de infancia que era cura en un barrio marginal.

-Ordena que rastreen la zona minuciosamente. Aunque estoy seguro  que, por lo que hemos podido ver, es obvio que al chaval lo trajeron desde  otro lugar.

-Su vida por la vida de otros –afirmó Pepiño mirando de forma directa hacia el rostro del cadáver ahora con los ojos cerrados.

-Si, mi querido Pepiño. Esta es la vida. El dinero lo puedo todo. Por dinero consigues el órgano que tienes dañado sin esperar a un trasplante. El puto y jodido dinero hace que tu vida, la mía o la de cualquier otro no valgan nada. Solo el amor cambia algo las cosas –le dedicó una mirada maliciosa.

Ramírez sacó su cámara fotográfica digital y comenzó a tomar fotografías del cuerpo. Primero la cara, varias instantáneas desde todos los puntos. Luego el cuerpo, la parte de arriba, los vaqueros que lo vestían, los pies.

-¿También el amor prohibido? –quiso saber su respuesta. Ramírez la eludió.

-Las fotografías, como en otras ocasiones, nos hablarán –terminó enfundando nuevamente su pequeña cámara digital en la funda negra y la introdujo  junto a la grabadora en el interior de la chaqueta.

Pepiño sabía que aunque en dos meses su jefe pasaría a la reserva, no iba a dejar el caso hasta tanto en cuanto no diese con los asesinos del menor. Esperaban horas y horas de duro trabajo, análisis forenses, informes de ADN, miradas y miradas a las instantáneas tomadas del cuerpo y, conversaciones enriquecedoras junto a su otro yo.

-Adanya… ¿Quién demonios se esconde detrás de ese nombre?

Ramírez se encogió de hombros.

-Quizás su madre…su abuela. Vete tú a saber. Lo extraño de todo es la rapidez con la que han actuado. No han registrado ni los pantalones del niño. Eso da a entender que trabajaron deprisa, sin planificar nada. Es muy probable que cuando el menor fue arrojado aquí aún estaba bajo los efectos del narcótico utilizado para la extracción. Estoy seguro de ello, Pepiño. El niño murió aquí y la autopsia hablará. Después de dormirlo…no se despertó más. Este teléfono al lado del nombre debe conducirnos a algún lugar. Será lo primero que hagamos. Quiero también una prueba pericial caligráfica por su la letra de la nota nos conduce a alguien fichado.

La noche destellaba sus últimos halos de oscuridad cuando los dos policías abandonaron el lugar del crimen. Los de la funeraria comenzaron su trabajo después de terminar el forense y de rastrearse a fondo mediante la inspección ocular el lugar donde fue hallado el cadáver. El niño dormía en un sueño perdido: el de una vida mejor fuera de su país. En el automóvil en el que viajaban los dos policías, Pepiño dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad de la noche. Un pensamiento le invadió: Debía realizar una llamada urgente.