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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

 

VEINTIUNO

ALEPO. SIRIA

Aún en el interior de las alcantarillas de Alepo, Mustafá veía al niño hacer con las ratas que curioseaban cerca de ellos, como si de pronto formaran parte de su familia, sin temor alguno.
-No es complicado. Te lo explicaré en su momento pero –se metió la mano en el bolsillo el pequeño y extrajo un pañuelo negro de gran tamaño-: cúbrete el rostro con esto; así al menos ocultaremos a los demás el color de tu piel.
Mustafá tomó el pañuelo y lo puso sobre su cara atándolo atrás en su nuca y dejando ver solo sus ojos.
-¿Qué tal?
-Perfecto. Te ayudaré. Si nos pillan será a ambos y entonces –otra vez el gesto del dedo en la garganta de punta a punta por parte del mocoso.
-Para ser tan pequeño tienes las cosas muy claras. ¿Sabes?, quiero mucho mi garganta –se acarició la misma. El rata observaba cómo el pañuelo se introducía en la boca de Mustafá cuando hablaba.
Sonrió. Finalmente tomó con rapidez la rata que olisqueaba cerca de los dos humanos y la apartó.
-¿Qué hacían tus padres antes de la guerra? –le preguntó separando la tela del interior de su boca para que le entendiera mejor e intentando mirarle de forma directa a los ojos.
El chaval se quedó pensativo.
-Mi padre tenía una pequeña granja de gallinas. Vendía los huevos y así sobrevivíamos, con dificultad, pero lo hacíamos. Mi madre se ocupaba de la casa.
Mustafá dejó entrever unos ojos vidriosos tras aquellas palabras. Quizás hubiera sido mejor no recordarle su pasado. Pero quería saber de él. Ambos, se habían salvado mutuamente la vida en menos de veinticuatro horas y había nacido un lazo interno que los unía de forma ya inseparable, como si toda la vida hubieran estado juntos.
-Nosotros también sobrevivíamos allí en nuestro pueblo. Éramos felices y, ahora…-añadió como si el niño quisiera saber algo de su historia-.
-¿De dónde sois?
-De Arlit, una bella población donde sus habitantes ayudan a sus semejantes. ¡No se matan! El país es otra cosa.
-¿Dónde está Arlit?
-En Argel.
El pequeño se encogió de hombros. No conocía nada más allá de Alepo y solo tenía escasos conocimientos de geografía por lo que podía haber aprendido en clase. Tampoco era un alumno muy interesado en lo que se enseñaba en la escuela.
-¿Has conocido alguna vez humanos que no se maten entre ellos? –le espetó de forma directa-.
Mustafá se asombró nuevamente con las palabras del menor.
-Pues…pues…-titubeó, no sabía qué decirle.
Puso el niño su dedo índice en sus labios.
-¿Quieres comprobar lo que los humanos hacen con sus semejantes?
No supo qué contestar.
-Vamos, sígueme.
Se encaramó por las viejas escaleras que tenía sobre su cabeza y que conducían desde la alcantarilla hacia el exterior.
-Verás algunas cabezas cortadas en muchos de los rincones a los que te voy a llevar. No te asustes: no lo has visto todo desde las ventanas del colegio aunque creas lo contrario.
Mustafá tragó saliva y siguió al niño. Al correr la tapa que cubría el acceso de la alcantarilla a la calle vio una luz resplandeciente que cegaba sus ojos.
La ciudad de Alepo se había dividido en dos bandos, el del régimen y el de los rebeldes. Ambos dominaban diferentes barrios. Mustafá asomó la cabeza por la alcantarilla que ascendía desde el sitio donde había ido a ocultarse con el niño y vio la imagen de la desolación. Escombros por todas partes, edificios derruidos, persianas de lo que antes habían sido comercios totalmente agujereadas y una placa oxidada e igualmente llena de agujeros de lo que eran sin lugar a dudas disparos. Contenía el nombre de una calle. Él no conocía nada más allá de la escuela hasta la que había llegado en la parte trasera de un camión que no les dejaba con sus lonas ver la calle y supuso que era el barrio en el que se encontraban: Masaken Hanano. Miró en dirección a cada una de las ventanas de los edificios que aún se mantenían en pie pues sabía que ningún punto de aquella ciudad era seguro y desde alguna de ellas podría salir una bala con dirección a su cuerpo. Sabía las artimañas de los francotiradores con los que había pasado el último mes. Se ocultaban y cuando menos lo esperaba, dejaban que la boca de su arma disparara fuego todo en milésimas de segundo. En ese tiempo ningún humano es capaz de reaccionar. Finalmente observas cuerpo desplomarse sobre el suelo, sin vida. Observó al niño algo más adelantado caminado por la calle y esquivando los escombros del suelo y, desde su posición con medio cuerpo en el interior de la alcantarilla, el otro medio sacado y un pañuelo oscuro cubriendo por completo su rostro y que se lo había facilitado el menor para intentar al menos, pasar desapercibido a ojos de los demás, le preguntó:
-¿Dónde vamos?
-Al mercado. Es momento de probar algo de fruta y de que te enseñe el infierno.
“¿El infierno?” pensó.
-¿Y dónde está el mercado? Esto no es seguro, si me atrapan…
-En el barrio de Haidariya –escuchó contestar al niño unos pasos más adelante.
El hambre después de una noche sin probar bocado de las ratas crudas con la que el niño se había alimentado arañaba con fuerza en las puertas de su estómago. En el camino evitando cascotes de escombros, vehículos calcinados y edificios sobre el asfalto, se cruzaron con varias personas que no repararon en él. Debían buscar entre tanto daño enseres que antaño fueron suyos, recuerdos perdidos en la memoria de la paz. Mustafá se sentía asustado, tanto como cuando debía disparar contra algún ser humano desde las ventanas de aquel maldito lugar que sirvió para formar y educar personas.
-¿Y queda muy lejos el mercado?
El chavea se volvió.
-¡Tanto como tu país! –bromeó.
Y después de bromear con él para intentar alejar algo de su pánico, escucharon el sonido ensordecedor en el cielo de la ciudad de los aviones del régimen. El rata rompió a correr.
-¡Corre, corre o jamás verás a tu hijo ni a tu mujer!
Tras un momento de duda mirando hacia arriba Mustafá echó igualmente a correr. Las pocas personas que deambulaban como podían por la calle se arrimaban a las paredes de los edificios aún en pie y miraban hacia el cielo. El terror empezaba a desatarse en él. Saltó obstáculos impensables e intentaba ponerse a la altura del chico que se detuvo un segundo a esperarle.
-Pronto caerán los barriles incendiarios y explosivos y esos no conocen a nadie. No saben de qué país eres, ni, tampoco, si eres adulto o niño.
-¿Barriles incendiarios?
-Los conocerás, ya verás.
Mustafá jadeaba y sudaba. Iniciaron nuevamente la carrera y, en aquel momento, escuchó un enorme ruido en una de las calles cercanas a la de Masaken Hanano donde se encontraban seguido de un humo cegador y fuego que se alzaba hacia el cielo buscando el rojizo del amanecer Sirio.
-¿Dónde, dónde vamos a ocultarnos ha caído muy cerca?
-Corre, corre, corre –atinaba a escuchar al niño en la distancia que ya le sacaba y que se escabullía con tremenda facilidad, moviéndose entre los restos de ladrillos y cemento como pez en el agua, haciendo bueno el sobrenombre que recibía.
-Hago cuanto puedo –gritó fatigado.
Mustafá corría dando saltos como gacela en los montes cercanos a su país Níger cuando otra explosión, esta vez no muy lejos de él, le hizo saltar por los aires más de cinco metros, como si una cuerda transparente, elástica e imaginaria le hubiera echado el lazo y lo impulsara hacia el lugar donde finamente cayó. Cuando se estampó contra el suelo sintió que era el final; había aplastado su rostro con fuerza sobre el asfalto. Sintió como la sangre brotaba de su boca y creyó haber perdido toda la dentadura. Se incorporó como pudo aturdido, mirando en rededor suyo, observando algunos cuerpos totalmente destrozados con miembros esparcidos en unos metros a la redonda. Un zumbido aturdía su cabeza y un pitido primero suave para luego pasar a ser insoportable invadía sus oídos. En la distancia veía al niño que le hacía gestos para que se levantase y siguiese; todo aquello parecía una película en blanco y negro pero muda. Si caía otro barril cerca acabaría con su vida. Se tocó los brazos, las piernas, el tronco: ¡estaba completo! Solo tenía una brecha en la frente y el sabor salado de la sangre en su boca. Observó humo y fuego mezclándose con cuerpos quemados a su alrededor. Sintió que alguien le cogía con fuerza por las asilas intentando incorporándolo pero, se sentía mareado.
-Va…amos. En unos segundos estarán aquí los rebeldes para tomar imágenes de los destrozos de la aviación Siria y de los cuerpos calcinados –escuchó la voz del menor que se había acercado hasta él sin que ni tan siquiera hubiera tenido conciencia de ello pues unos instantes antes, lo había visto a unos cincuenta metros de distancia de donde había caído él tras el impacto.
-Ca…casi-tartamudeó-. Casi me pilla de lleno –atinó a decir.
Mustafá se incorporó dolorido pero entero. Poco a poco recobraba la vista antes muy borrosa; giró su cabeza en todas las direcciones posibles y finalmente sus ojos se nublaron con las lágrimas que le produjeron la madre que gritaba con el cuerpecito en brazos de su hijo muerto y que corría despavorida en busca de ayuda.
-De…debe…debemos ayudarla –dijo al niño que tiraba con él con el rostro abotagado por el miedo.
-Ya no podemos hacer nada por él –le gritó- Solo podemos hacer algo por nosotros: ¡Salvarnos!
Mustafá entendió las palabras del menor. Como pudo se incorporó y aún mareado, inició la marcha para salir de aquel lugar en el que el ser humano era el Diablo para con sus semejantes. Caminaron bajo el cielo ennegrecido por el humo de Alepo. Apenas si se podía respirar. “¿Cuántos más como ellos no podrían respirar y se asfixiaban en su propia vida?” meditó Mustafá. Poco o nada podía en aquella situación imaginar acerca destino de su mujer y de su hijo. Quizás ya hubieran llegado a su destino y le estaban esperando o quizás se hubieran encontrado con obstáculos en el camino, como le estaba ocurriendo a él. Algo impensable hacía tan sólo unos días.
-¡No veo! –gritó y dio una arcada producto del humo.
-Gatea –le aconsejó el niño.
Mustafá se puso de rodillas y como pudo, evitando cascotes de cemento que herían sus piernas hizo lo que le había dicho aquel chico apodado la rata y que se había cruzado en su camino. Tosía y vomitaba lo poco que quedaba dentro de él.
-Cuidado con los agujeros –le dijo el pequeño.
Fue entonces cuando gateando, se topó con unas piernas que sobresalían de entre los amasijos de hierros y barro en que se había convertido la calle toda ella repleta de humo negro e invadida por gritos y numerosos fuegos a un lado y a otro.
-Rata, rata –le llamó con gritos y arcadas producto del humo tocando las piernas.
El niño retrocedió. Intentaba atisbar lo que quería el hombre que no disparó contra él y que el destino había cruzado en su vida. Cuando llegó a su altura vio que tocaba las piernas de lo que parecía una niña. Tenía todo el tronco y la cabeza hundida en el asfalto, como si éste se la hubiera tragado y solo sobresalía al exterior sus piernas.
-Parece que está viva –dijo mientras el humo negro se adentraba en su boca aún a pesar del pañuelo que cubría su rostro.
-¿Tú crees?
La postura de la víctima era extraña pues el pavimento la había engullido de la mitad del cuerpo hacia abajo dejando solo entrever unas piernecitas delgadas y unas plantas de pies rojizos, como quemados.
-Me escuchas, me escuchas –gritó el rata a través del agujero que devoraba a la pequeña.
Los dos permanecieron atentos. Al escuchar un gemido se miraron.
-¿Has escuchado?
-Siiii –gritaron al unísono.
Y se pusieron a retirar escombros con sus propias manos para intentar arrebatar a la muerte la vida de una niña. Su mujer se sentiría orgullosa de él cuando le contara que había salvado una existencia que algún día daría frutos a los que contaría que un desconocido y un mocoso la habían rescatado de las bombas de Alepo, de las garras de la muerte y que quizás volviera a sonreír.

DESIERTO DEL SÁHARA

En dirección contraria a Orji y Akin, una niña camina firme, con el torso erguido y cantando canciones bajo un sol abrasador. Sus pies se alzan una y otra vez buscando la dirección de los rayos del astro. La botella de agua la llevaba llena, no había bebido un sorbo en las doce horas que al igual que Akin y Orji llevaba caminando. Sus recuerdos viajan al trato dulce de su tía Nmachi, la hermana de su madre. Ambas nacidas del mismo ser pero tan diferentes, una fuerte y enérgica y la otra débil y apagada. La naturaleza descargó sobre Nmachi todo lo que le quitó a su madre. Desde que murió fue ella quien la guió por los difíciles avatares de la vida. “No puedo fallarle, no” piensa. “Un día te contaré lo que el viento nunca susurró” recordó sus últimas palabras. “¿Qué le habría querido decir su tía? ¿Qué significado tenía aquella enigmática frase?” “Lo que el viento nunca susurró”. Entona la dulce melodía que recitó con su guimbarda hecha con el sorgo de un tallo en el entierro de su madre mientras camina, la misma que escuchó en la boda de su tía Nmachi cuando llevaba ella el ramo de flores hecho de margaritas silvestres entre sus manos con apenas siete años. Se pone triste y una lágrima deambula por su cara hasta depositarse en la comisura de su grueso labio inferior. “La muerte es solo el principio” piensa tal y como le dijo su madre en su lecho de paja antes de partir. “Entonces nos convertimos en espíritus que bajan de las montañas sagradas para protegeros en vuestro caminar” le musitó con la mano apretada en su pecho y, entonces, le dijo las mismas palabras instantes antes de morir que su tía Nmachi: “Lo que el viento nunca susurró”. Resopla para ahuyentar a los malos espíritus que en forma de pensamientos negativos abaten al ser humano. Ella desea ser fuerte, como su tía. Camina, camina, camina, y hace ya algún tiempo que ha percibido que no está sola, que bajo la arena algo se desplaza junto a sus pies. Ha sentido su roce y su cantar se torna ahora temeroso. Sabe que lo que se desliza entre sus pies no es el espíritu de su madre que vaga en esta tierra extraña y que ella no puede ver para su protección. Se detiene unos instantes y es entonces cuando escucha el sonido seseante de la muerte.
Sabía lo que era. Cualquier movimiento en falso significaría su picadura. Las había visto por miles en su población durante el camino cuando iba hasta el pozo a por agua desde la choza. Bastaba con no cruzarte con ellas o tomar sentido contrario cuando las veías y ellas se marchaban sin molestarte. Pero allí todo era diferente en aquel lugar árido, sin vida. La víbora de la arena pretendía que ella fuera su presa, su comida. Se detuvo y miró alrededor de sus pies. No podía verla por su color que se camuflaba con facilidad entre el marrón de la arena del desierto. Su mirada se posó en un pequeño montículo y observó que de él sobresalían las escamas características que cerca de sus ojos a modo de cuernos, presentan las víboras del desierto. En un instante salió de su escondrijo y se levantó sobre su cola, como si se hubiera puesto en pie. Abeke dio dos pasos hacia atrás, atemorizada. Nunca se había enfrentado con nada igual y no sabía cómo reaccionar. Tampoco podía pedir ayuda, nadie se la iba a prestar.
-Mamá, mamá –la llamó como si pensara que de pronto iba a aparecer ante ella para protegerla.
Había caminado sin descanso en su travesía por conseguir pedir ayuda y ahora aquel contratiempo le podría costar la vida. De no haberse topado con ella muy probablemente nada ni nadie la hubiera detenido en su propósito.
-Vete, vete –se dirigió a la víbora con mucho miedo como si el reptil la entendiera.
La víbora se alzaba y avanzaba en su dirección. No tenía con qué defenderse; solo la botella de agua que le habían suministrado en el grupo antes de partir estaba al alcance de su mano. Nadie la acompañaba pues ninguno quiso correr los riesgos que suponía el Sáhara. Si alguien hubiera estado con ella la cosa hubiera sido diferente. Allí estaba ella, a tan solo dos metros del reptil. La tomó de su cintura y la alzó de forma amenazante. Cuando observó que no conseguía sus propósitos de que el reptil se atemorizara la lanzó contra la víbora golpeándola sobre su cuerpo erecto a la altura de la cabeza. El reptil comprendió que aquella presa no iba a ser su comida del día y se escabulló nuevamente entre la arena como si el golpe la hubiera sorprendido y quizás, hecho el efecto que perseguía Abeke perdiéndose de la vista de la niña que comenzó a sollozar por el miedo que había pasado. Respiró hondo. No le había picado y ello suponía al menos la salvación. Sin embargo, cuando miró en dirección a la botella de agua que había lanzado sobre el reptil comprendió que no tardaría en morir. El agua se había derramado sobre la arena formando un pequeño charco que pronto el sol se encargaría de evaporar. Doce horas después de su marcha no tenía más remedio que volver hacia atrás, donde se encontraba el grupo. No sabía si le quedaba mucho para llegar a algún lugar poblado de Argelia como su tía le había pedido. “Lo mejor sería volver”, pensó; todo sería imposible sin agua y el miedo que había creado en ella la víbora era superior a sus fuerzas. En otras doce horas volvería a estar bajo el amparo de su tía Nmachi. Le había fallado pero ella la perdonaría. Doce horas sin beber. “No lo conseguiré” piensa y entonces no quedó otra solución que emprender la vuelta hacia atrás para comunicar al grupo, si conseguía llegar, que su misión había fracasado, que todo, si Akin y su compañero Orji no lo conseguían, había terminado.

VEINTIDOS

OHIO. PENNYLVANIA. COMUNIDAD AMISH

Sarah se encontraba destrozada por el dolor junto a su madre y hermana velando el cuerpo de su padre. Ellas mismas habían construido el cajón que contenía sus restos mortuorios de forma sencilla, en madera, donde ahora se encontraba el cuerpo para darle el último adiós. El goteo de los miembros de la comunidad era incesante. Todos querían despedir al pastor, al hombre que los dirigió dentro de los principios Amish sin salir de la senda marcada por su fundador. Pronto descansaría junto al pequeño cementerio que se abría con una lápida sencilla en el margen derecho de la Iglesia rodeado por una cerca de madera. Las preguntas rondaban la cabeza de Sarah sentada frente al cadáver de su padre. “¿Quién podría haber hecho aquello?” Padre nunca llevaba en sus viajes a la ciudad dinero, por lo que se antojaba imposible un robo y aquel fatal desenlace. Debía ser obra de alguien que lo odiaba. Pensó en Saúl y su corazón dio un vuelco. No era posible que él estuviera detrás de todo aquello aunque a decir verdad poco o casi nada sabía de él. “¿Lo habría hecho en venganza por no permitir su amor?” Y ahora, ante ella, estaba padre con su traje oscuro y sombrero de ala ancha en descanso eterno. Sobre su cuello habían dispuesto un pañuelo negro para ocultar las graves heridas que le habían conducido a la muerte, su degollamiento. No deseaba ni tan siquiera levantar la cabeza para ver a madre o a su hermana ambas compungidas por el dolor. El solo hecho de pensar que detrás de la muerte del líder religioso de la comunidad y del dolor tan grande que ahora se había instalado en su casa estuviera Saúl la avergonzaba. Ella misma había amortajado a padre después de que los hombres purificaran su cuerpo. Ante la luz de dos velas sobre la cabeza y los rezos de otras mujeres que las acompañaban, escuchó entrar a Annika, la mujer de Willian. Annika compartía con padre las enseñanzas en la escuela hacia los niños de la comunidad y daba sermones en la Iglesia cada dos domingos como era preceptivo desarrollando junto a él una labor muy activa en el descubrimiento de la Biblia a los demás miembros Amish. Se quedó mirando el rostro blanquecino de su padre y rompió en llanto.
-Esto es lo que tenía en sus bolsillos –balbuceó dejando sobre una mesa el contenido de lo que habían encontrado en el traje del padre de Sarah que vestía en el momento en que fue hallado degollado sobre el buggys.
Sarah levantó levemente la cabeza para mirar: un pañuelo, una biblia y…creyó morir. Allí estaba, como si quisiera hablarle: el botón rosa que regaló a Saúl cuando de él recibió la margarita aplastada que ahora aguardaba en el interior de su biblia. “El botón significaba lo prohibido, como su amor” Parecía no quedar duda alguna. ¿Por qué tenía padre el botón que debía tener la persona de la que aún estaba enamorada? Lo prohibido para ella parecía, ante aquella evidencia tan clara al hallarse en posesión de algo que ni sabía ni podía intuir él le había regalado a Saul el día en que los descubrió profesando su amor, era lo que había conducido a la muerte de su padre. Ella no descansaría hasta saber quién andaba detrás de todo el dolor que ahora, en forma de duelo, se había instalado en el seno de su familia para quedarse por siempre.
-¿Quién crees que ha podido hacer esto? –musitó Angie con rabia contenida sentada cerca del ataúd sencillo que acogía a su padre.
Sarah negó con la cabeza varias veces. No sabía quién podría estar detrás de esa tragedia. La casa fue un constante ir y venir de gente.
-Padre quería publicar en octubre tu matrimonio con Levi –musitó ahora su madre con tono débil. Sarah la miró a su rostro y observó el tono blanquecino y enfermizo. Odiaba y temía a ese hombre- Quería que en Diciembre te desposaras con él.
El corazón de la joven Amish se aceleró.
-Nunca lo haría. Nunca lo haría –masculló con rabia dirigiendo ahora su mirada al cadáver.
Annika se fijó en ella. Se acercó hasta Sarah y le tomó su mano. La besó.
-Tu padre te amaba mucho. Más de lo que jamás pudieras llegar a entender.
Sarah percibió las palabras que le decían con nostalgia. “Él ya no estaba. Pero ella sí para hacerle justicia”

VALLECAS. MADRID

Martínez conocía la Iglesia del Santo Sepulcro. En alguna ocasión había estado en ella después de peinar las zonas adyacentes en busca de pruebas contra crímenes cometidos en los barrios que la rodeaban y que recogían lo que la sociedad, como a él, detestaba: camellos, drogadictos, putas, inmigrantes y asesinos en potencia. Allí era donde Kevin había encontrado consuelo a su dura situación económica; el padre que ahora estaba destinado en la parroquia de aquella zona marginal a las afueras de Vallecas parecía tener curiosas formas de resolver los problemas de sus feligreses. Kevin tenía la lengua demasiado larga cuando bebía y en alguna ocasión, pensando que Martínez estaba ebrio como él, le contó cómo el párroco le había ayudado en su dura travesía por el desierto del paro y la falta de ingresos. “Él me puso en contacto con ellos, amigo. Él será la salvación de mi familia” escuchó decirle uno de los días en los que empinaba el cartón de alcohol hasta el final. El inspector entró en el templo pasando plenamente desapercibido. La Iglesia apenas se encontraba concurrida a aquellas horas de la mañana. Se sentó en el primer banco donde una beata mayor miraba la imagen del crucificado y esperó a que se marchara y no hubiera nadie en aquel lugar de culto cristiano. Esperar era lo que siempre había hecho mientras buscaba el mal oculto en el ser humano. Aquel que brota incluso de personas que nunca han hecho mal en su vida cuando menos lo esperas. Esperar fue lo que hizo los días siguientes en los que su mujer le abandonó en la esperanza de que volviera. Esperar no se le antojaba pesado. Cruzó las manos debajo de su estómago y observó. Unos cirios encendidos cerca del altar iluminaban la estancia oscura dejando que las llamas se reflejaran en las paredes rugosas en las que se dibujaban imágenes bíblicas, y por unos ventanales del techo se filtraba una fina luz que daba al lugar un aspecto tenebroso y a la vez bello, lleno de paz, la que a él le faltaba. Una hora después observó al párroco adentrarse en el confesionario. Era un hombre enjuto, encorvado y de edad cercana a los sesenta años. Su cabeza estaba despoblada por completo de pelo en el centro y solo unas pequeñas matas blancas parecían nacer desde su nuca rodeándola hasta sus sienes. En esa parroquia solo había un cura y ese debía ser el que Kevin le había anunciado sin intención, al abrazo del más allá al que le transporta el alcohol, como única vía a la salvación desde la desesperación. “Un ser humano desesperado es capaz de vender a su propia madre” pensó el otrora inspector y ahora metido a alcohólico. No pudo observar más de él por la rapidez con la que se ocultó como si el mismo Diablo le persiguiera en la seguridad del confesionario de madera vestido con faldones rojos inmaculados en cada uno de sus laterales; en la parte central nacía una pequeña ventanilla que comunicaba interior y exterior. Esperó a que la última beata se marchara.
-Que el señor esté contigo –musitó la mujer al pasar a su altura.
-¿Ya te ha contestado? –respondió él a aquella frase amable. La señora le miró extrañada-. ¡Su Dios! ¡El de escayola!
La anciana aceleró el paso en busca de la salida.
“Que el señor esté contigo” “Lo voy a necesitar si existe” meditó. Se levantó, se inclinó levemente ante la imagen y enfiló primeramente hacia la puerta de la Iglesia que cerró con el cerrojo de hierro que se introducía en una argolla. Luego se fue hacia el confesionario después de sortear alguno de los bancos de madera dispuestos para el culto. El párroco no se apercibió de su acción. Se arrodilló y esperó que al otro lado abrieran la rejilla de madera que separaba en la oscuridad al pastor de la Iglesia de sus fieles.
-Ave María purísima –habló el inspector.
-Sin pecado concedida.
“Sin pecado concedida” pensó. “Si claro” se dijo.
-¿Qué pecados le traen por aquí, hijo? –escuchó a una voz cansada preguntarle.
Silencio. Respiró hondo.
-No son mis pecados padre, sino los de Usted.
Notó nervios en su interlocutor cuando dijo:
-No le entiendo…
Nuevo silencio sepulcral como si el que ya existía en el templo no fuera suficiente.
-¿Conoce a Kevin, el manitas? –Fue directo al grano-.
-No sé de quién me hablas, hijo.
-Lo sabe tan bien como yo, padre. No me tome por uno de los beatos que se arrodillan aquí para contarle miles de patrañas sobre sus pecados y a los que usted perdona en nombre de no sé quien, alguien que inventaron hace muchos años. Haga memoria.
Silencio.
-¿El colombiano? –musitó visiblemente alterado- ¿Ese pobre diablo al que van a echar de su casa?
-¡Le acaba de iluminar su Dios!
La ira en el inspector estallaba cada vez que hablaba al subir el tono de su voz. Sabía que nadie iba a acceder al templo y, en esa seguridad, estaba dispuesto a obtener de la manera que fuese información. Miró la pila bautismal que se encontraba cerca del altar y pensó que ella le ayudaría si fuera necesario.
-Ha venido por aquí en alguna ocasión, en busca de ayuda, pero…¿Quién es usted?
Martínez se sintió ofendido con la respuesta que él mismo se dio a la ayuda que había recibido Kevin de aquel pastor descarriado, como las ovejas en la parábola del libro sagrado que un día escuchó en un lugar como aquel y al que no había vuelto desde que contrajo matrimonio.
-Y Usted se la ha prestado…
-Así es, hijo –breve pausa-. Como intento hacer con todos cuantos vienen en mi busca. Así lo quiere nuestro Dios misericordioso, el que ve cuanto hacemos y nos guía en el difícil trayecto de la vida.
“Falso” pensó.
-Con su ayuda, la que usted le ha prestado, su hija será mutilada en unos días, quizás mañana. Parece ser padre que un pastor de su Iglesia, y aquí solo hay uno, ha puesto en contacto a Kevin con traficantes de órganos. Quiero un nombre. El de su contacto. Así me marcharé tranquilo y todo habrá terminado para usted por mi parte.
-Pero yo…yo –tartamudeaba. El inspector degradado a deshecho social podía sentir el sudor frío que recorría su cuerpo aún en la corta distancia que le separaba de él: la rejilla del confesionario.
-Solo quiero un nombre, me será suficiente –intervino para acabar con la situación desagradable en la que había puesto al párroco.
-Pe…pero. ¿Y si lo que me pides no lo sé?
Martínez alzó la voz y hasta el Cristo crucificado en el altar pareció girar su cabeza hasta posarla donde él se encontraba arrodillado. Sabía que debía de ir con más cuidado pero, a su edad, las formas ya no eran un modelo a seguir. No le quedaba mucho tiempo en esta vida y quizás menos aún a la única hija de su compañero de bebida. Las fotografías que le había enseñado en la noche aquel policía extraño del niño cosido burdamente en forma de rombo y muerto en algún descampado de la ciudad habían acabado por extraer de él las formas que creía había abandonado con la vejez. Aquellas que le supusieron en su juventud reprimenda de sus superiores y procesos judiciales archivados por jueces que nadaban en la corriente que les marcaba el sistema.
-No querrá decirme que usted solito contactó con las Mafias de órganos, ¿verdad, padre?
-Hijo, yo…
-Ayer seguí a Kevin cuando buscaba una dirección junto a su hija pero debió despistarse. Ya sabe, un colombiando en Madrid –retuvo sus palabras-. La niña: solo me importa la niña. Esa dirección se la facilitó usted, sin duda. Pero no quiere que me diga dónde está el piso en el que Kevin debe entregar a su hija al mal. No, padre. Quiero que me dé el nombre de…-se detuvo.
-Lo sé, hijo,… lo sé.
-Estoy seguro de que ese Dios en quién usted cree y que a veces parece dormir ante los males de esta sociedad iluminará su cerebro.
Escuchó cómo le costaba incluso tragar su propia saliva.
-Padre –se levantó- esta tarde, sobre las cuatro, volveré. Ya sabe, un nombre. Un solo nombre. Piénselo. Esos datos suponen la felicidad de una vida: ¡la de una niña! Y también la de su familia.
Martínez se levantó, hizo una genuflexión ante el Cristo crucificado y mirándole le preguntó:
-¿Estos son sus pastores?
Dirigió su mirada hacia la pila bautismal y la vio llena de agua hasta el borde.
-Cambio de planes –se dijo asimismo-. Quizás esta tarde ya sea demasiado tarde para María.
Volvió al confesionario y se arrodilló. En él aún andaba embutido en sus pensamientos el párroco.
-Padre, no vendré esta tarde. Quiero un nombre.
-Pero…pero…-titubeó-.
-No hay peros padre. Cada uno debe ser responsable de sus propios actos. ¿Me da el nombre?
Rezos al otro lado. Martínez no tuvo más remedio. Metió su larga mano por la puerta del confesionario y atinó a escuchar de un desconcertado párroco:
-¡Ayúdame!, Dios mío. ¡Ayúdame!
La pila bautismal le esperaba…

MADRID

Kevin se presentó en la dirección indicada con su hija tal y como le había indicado el párroco la misma mañana del encuentro entre Martínez y el cura de la parroquia del Santo Sepulcro. El día anterior se había perdido pero, ahora sí, dio con el lugar exacto y el inspector no le había vigilado en aquella ocasión. Pensó que podría atajar camino con el cura ya que Kevin nunca le indicó el día en que debía tener su encuentro con las mafias. Tampoco se lo preguntó pues no quería que su amigo de bebida supiera quién se encontraba debajo de aquel abrigo roído y viejo. Le recibió un hombre de carácter arisco, rubio y fornido de rasgos caucásicos que no pronunció palabra. Le entregó una carta escrita de puño y letra del propio cura. La niña, de la mano de su padre, miró extrañado al hombre.
-Le esperábamos –le dijo- Salió al descansillo y miró a ambos lados; luego hizo lo propio por el hueco de la escalera-. Viene solo, siguió las normas que le indicamos al párroco –arrastró la r al hablar.
Kevin asintió.
“¿Dónde estaba la chiquilla de su edad de su país que iban a conocer según le había comentado papito?” pensó María sin querer preguntárselo a su padre ante aquel hombre que le daba miedo. Al manitas le temblaba el pulso y pudo apreciar como alguna gota de sudor caída por su frente y golpeaba en sus pómulos. Con el dedo índice señaló el hombre una sala contigua donde debía de esperar con la menor. Pasaron y se sentaron. Kevin estaba a punto de dar marcha atrás, de terminar con todo aquello. Pero entonces pensó otra vez en el desahucio, en el abandono inminente de la vivienda, en el hambre, en la imposibilidad de dar algo donde cobijase a sus hijos, en la posibilidad de que asuntos sociales le arrebatara a su pequeño del alma por no tener un cobijo digno cuando fueran expulsados del piso. “No, no había vuelta atrás”. “¿Qué iba a hacer con su pequeño?” “No tendría donde llevarlo y, con seguridad, los servicios sociales de Madrid se lo arrebatarían”.
-Papi, ¿dónde estamos? –la pregunta de la niña le sacó de su ensimismamiento.
Kevin no sabía qué contestar cuando el hombre apareció con un té para él y una limonada para su hija. La niña miró entusiasmada el líquido: “¿Cuándo fue la última vez que la tomó?” pensó Kevin con ojos vidriosos.
-Es para ti –le dijo su padre sabiendo que la llevaba a un punto sin retorno. Se acordó del pasaje bíblico en la que un padre por voluntad divina iba a sacrificar a su propio hijo. En el último instante se salvaba. Él, que la había conducido a aquella situación, esperaba un milagro.
La niña la consumió con avidez y sonrió a su padre que le sonrió e hizo lo propio con el té que le habían servido. Unos minutos después, la pequeña sintió una pesadez en los ojos que hizo que fuera a acurrucarse junto a su padre: “¿Qué le iba a pasar estando con él?” pensó antes de sumirse en un sueño profundo. Kevin sintió pánico de verdad cuando la estrechó entre sus brazos. Al verla dormida decidió recular. Habría otras salidas a su pesadilla que no fueran la de vender un riñón de su propia hija para obtener liquidez de forma urgente; podrían vivir con su hermano unos días después de que el banco los echara de la vivienda. Él les acogería o, quizás, les podría prestar dinero para volver a su país y pagar el pasaje. Todo lo que no fuera aquello que estaba a punto de acometer sería cien veces mejor que sentirse culpable toda una vida. Tomó la taza de té de un sorbo para tranquilizarse y depositó la niña en el sofá de la sala fría y sin más mobiliario que una pequeña mesa frente a ese sofá en el que ahora descansaba como si fuera un ángel su pequeña María. “¿Dónde pensaban operarla?” se preguntó. Quería saberlo antes de tomar su última decisión, cómo lo iban a hacer y quién se ocuparía de ello. Se levantó y vio venir al hombre que les había recibido. Fue entonces cuando sintió la visión borrosa. Pronto comprendió: Miró al té.
-¿Qué…qué, demo…?
Cayó al suelo fulminado y se sumió en un profundo sueño. En él deambulaba de la mano de Gloria la poderosa, su mujer, y a su lado sonreían sus hijos y la pequeña María. Iban a la piscina municipal de su barrio como cada domingo cuando la vida aún le sonreía y tenía un trabajo digno a disfrutar de un baño relajante. Allí, sentado en el césped, veía como su hija sonreía. Cuando se acercó hasta él y se desprendió de la camisa que llevaba observó el rostro de pánico de su chiquilla y la enorme cicatriz que cruzaba su cuerpo de punta a punta gritándole: “Papi, ¿qué me has hecho?”

Despertó. Estaba aturdido y se levantó como pudo. Tenía que saber dónde estaba, buscar a su niña y sacarla de allí. “¿Cuánto tiempo había estado dormido?”
-Marí…Maríaaaa –gritó desesperado.
Salió fuera de la sala de espera donde le habían drogado a él y a la niña tambaleándose, golpeándose con los marcos de las puertas. Buscó en otras habitaciones contiguas. Nada.
-Mariaaa, María –se llevó las manos a la cabeza. Le dolía y le daba todo vueltas. Miró la hora. -¡Dios mío!
Habían pasado al menos cuatro horas desde que entró en la casa sobre las diez de la mañana hasta el momento en que se había despertado. Buscó en el baño y consiguió meter la cabeza debajo del grifo buscando solución a su mareo. Cuando la alzó vio su rostro ante el espejo situado frente a él deformado, los ojos con venitas rojas y su nariz colorada. Comenzó a llorar como el niño al que han arrebatado su juguete preferido. Entonces comprendió que había perdido a su hija quizás para siempre. Su rabia le hizo estampar el puño contra el cristal que quedó destrozado, hecho añicos y su mano ensangrentada. Se la habían llevado.
-María, María, ¿qué te he hecho, hija? –murmuró.-María, María –alzó la voz en un grito desgarrador, ahogado por su pena.
“¿Qué debía de hacer?” Le dijo el párroco que si contaba algo a la policía entonces a su niña o alguien de su familia, de quienes poseían todos los datos, les pasaría algo y él no podría hacer nada. Eran las reglas del juego. Que después de llevar a la niña al lugar acordado podría pasar por la Iglesia del Santo Sepulcro a recoger lo pactado. Pero también le comentó que sería cuestión de horas la operación y se la podría llevar a casa consigo al día siguiente. Ahora no tenía a su niña, perdería lo que le quedaba de familia cuando contara lo que había hecho y, comprendió que se había hundido en la mierda hasta lo más hondo, en aquel lugar del que ya es imposible salir. Solo los cobardes como él pierden. Pensó en ir a ver al cura para contarle lo que había pasado y él, seguro, tendría alguna solución a su daño y sabría cómo recuperar a María. Como pudo salió de la vivienda en la que hacía tan solo unas horas había entrado con la pequeña de la mano. Miró a su derecha y observó el lugar vacío, como ahora estaba su propia existencia. Quiso morir en aquel momento. La agonía que sentía en la boca de su estómago subió hasta su garganta y comenzó a vomitar en el rellano de la escalera. Finalmente se sentó en uno de los peldaños que le llevarían hasta la calle, puso las manos sobre su rostro y comenzó llorar. “Fin de Kevin el manitas” musitó.