“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

 

VEINTITRES

DESIERTO DEL SÁHARA. CUARTO DÍA

El sol comenzaba a ponerse antes de finalizar el tercer día en el desierto  sobre el horizonte dejando un magnífico espectáculo sobre el cielo rojizo del desierto. Aquello era un alivio después de doce horas bajo él. Su hijo dormitaba y ella deseaba que pronto llegara el momento en que  un nuevo tapón de agua saciara nimiamente su sed.  Nmachi sabía y era consciente cada vez más de  que no iban a volver a por ellos y de que Akin y Orji, así como su sobrina, no podrían alcanzar el objetivo que supusiera su salvación. Pronto serían parte de la historia de Arlit en un punto determinado del Sáhara donde yacerían sus cuerpos inertes a la espera de que los gusanos se dieran un festín con ellos. Aquellos pensamientos ocupaban la mayor parte de las horas muertas en los que la inactividad y el observar a los demás ayudaban a que el tiempo pasara algo más deprisa. Otra cuestión sin embargo abordaba su cabeza: estaba convencida de que había más agua de la que decían y que aquellos hombres cerca de la cabina del  camión del que apenas se habían separado sin turnarse la ocultaban a  vista de los demás. Sus vidas dependían ya más que nunca  de que los dos jóvenes valientes o Abeke llegaran a tiempo para pedir ayuda, una tarea imposible en aquel lugar de entrañas compuestas de  brasas;  pero también de la existencia de agua oculta bajo la arena en la que reposaban o en algún hueco del camión escondida. Esto último era lo que la martirizaba y obsesionaba. El ser humano es un lobo para sus semejantes y, aquellos hombres, protegerían antes a los suyos que compartir con los demás el líquido de la vida si éste de verdad existía. No tenía sentido que no se movieran de la parte delantera  ninguno de los tres si no era porque vigilaban algo de mucho valor y, en aquellas circunstancias, lo único que tenía valor era el agua.

-Vamos a morir, mami –afirmó su pequeño apoyado sobre sus piernas cruzadas y con la barbilla hendida entre sus rodillas sorprendiendo a la misma Nmachi.

Acicaló su pelo rizado, corto y negro con sus manos.

-No hijo, no –mintió tomando su barbilla y haciendo que su mirada se dirigiera hacia ella-. ¡Vendrán a buscarnos! –afirmó sin llegar a auto convencerse de lo que decía. Porque ella misma creía que no sería así.

“¿Por qué habría pensado el menor de esa forma?” Ella intentaba por todos los medios aislarlo de todo. La tarde anterior había languidecido entre unos bellos colores anaranjados que el sol dejaba traslucir en la lejanía. La noche la pasó sin sobresaltos pero sin poder dormir y ahora al amanecer del cuarto día en el desierto presentaba los mismos colores que viera desaparecer apenas hacía unas horas entre cabezada y cabezada sin que el sueño hubiera podido vencerla del todo. Todo cuanto abarcaban sus ojos era arena en ese bello e imponente amanecer. Pensó en Mustafá y se preguntó si sabría el peligro que corrían sus vidas. Si su vida también dependía de un  hilo invisible que alguien teje y maneja a su antojo. Si las vidas de sus salvadores les harían ver el nuevo amanecer de los siguientes días atrapados en aquel gigante abrasador. Dejó que su lágrima se depositara sobre la arena y vio como la engullía como ogro sediento. El grupo comenzó a despertarse y escuchó a un niño decir a su madre que tenía mucha sed.

-Espera un poco –dijo a su hijo-.

Entonces se levantó y se fue con decisión hacia los tres hombres que la estaban esperando por cómo la recibieron.

-Quiero examinar el interior –y señaló a la cabina-.

Uno de ellos tiró la fusta de su tabaco al suelo y negó con la cabeza. Nmachi no desistió.

-¿Tenéis algo que los demás no queréis que veamos?

-No, no –musitó uno de los más jóvenes.

-Pues entonces dejarme mirar –y se abalanzó hacia adelante apartando de un manotazo al que le había contestado.

Antes de poder abrir la puerta del camión Nmachi recibió el primer golpe en la barbilla con fuerza y a traición de otro que se interponía en su camino, joven y fuerte y la lanzó hacia atrás. El grupo miraba aterrorizado cómo uno de los muchachos la había golpeado sin piedad cuando pidió ver el interior del camión para comprobar si era cierto las provisiones de agua que decían existir ellos mismos. Habían visto todos ellos movimientos sospechosos de los tres entrando y saliendo a la cabina  y ello le hizo sospechar que algo ocultaban con mucho celo pero nadie dio el paso que ahora Nmachi, sin éxito, intentó dar.  Solo deseaba ver el interior, nada más, por eso se había acercado a ellos con su porte erguido y les había solicitado con respecto la comprobación. Pero su osadía le había valido un fuerte golpe que a punto estuvo de dejarla sin conocimiento. Ello confirmaba sus sospechas. Algo ocultaban aquellos mal nacidos. Desde la arena observó al joven fuerte, con rabia en sus ojos mirándola y esperando que la reacción de la mujer fuera  la de volver con los demás. Nmachi se levantó, se acarició el lugar golpeado y escuchó el llanto de su hijo que había sido testigo de aquella lamentable escena para un niño de su edad, ver cómo golpean a su madre. No escatimó valor y fue nuevamente de forma directa hacia el hombre robusto de torso musculoso descubierto por mor del calor reinante. Parecía pensar que Nmachi se quedaría allí, tirada, ante las miradas de los ojos asustados de su hijo y los demás niños y mujeres que no comprendían las intenciones de aquella mujer al enfrentarse con alguien mucho más fuerte que ella.

-Quiero ver –y señaló otra vez hacia la cabina del camión algo aturdida aún.

La joven tenía claro que en esta vida era más grande quien más veces se levantaba después de caer por cualquier circunstancia, ya fuera por una enfermedad, hambre o palos en forma de dolor y ella estaba dispuesta a no permanecer allí tumbada en mitad de la nada del desierto mascando la arena que se había introducido en su boca cuando dio de bruces sobre la ardiente y minúsculas partículas insípidas que componían el corazón del Sáhara.

-No te levantes, no tienes nada que hacer –la intimidó con los puños en alto, como si quisiera continuar con aquel combate en el que se sabía ganador.

Pero solo los cobardes se rinden en la vida. Eso pensó Nmachi. Y se levantó. Al intentar dar unos pasos otra vez en dirección a la cabina el chico la recibió con un nuevo golpe esta vez en la mejilla y fue entonces cuando se sintió mareada otra vez al caer sobre el manto ardiente del desierto. Escuchaba llantos lejanos y les parecieron muy familiares. Era su hijo el que lloraba. Quería vomitar y comenzó a dar arcadas de rodillas, sin poder alzar la mirada; le ardía la zona golpeada y parecía que el ojo quisiera salir de su órbita natural para huir lejos de aquella cuenca que quemaba. Ese hombre  tenía mazos en vez de manos. Con los ojos ahuyentados por la  sangre, con visión borrosa, consiguió arrodillarse cerca de los pies del joven que la había golpeado.

-¿Cuál, cuál es tu nombre? –atinó a preguntar desde el suelo.

Silencio. Alzó la mirada hasta chocar contra el rostro del chico.

-¿Cómo te llamas?

Escuchó una vez más el llanto de su hijo como en las largas noches en vela cuando padecía alguna enfermedad allá en su choza. Entonces supo que se iba a levantar por él; se iba a levantar por los demás niños que pasaban sed y se iba a levantar por las mujeres débiles que de forma imaginaria aparecían ante ella y  parecían querer tender sus manos para ayudarla a levantarse  y que ella en su imaginación aceptaba una y otra vez.

-Ola, mi nombres es Ola –masculló con rabia y aún con los puños en guardia.

-Ola –susurró Nmachi- Ola –alzó su voz algo más para que le escuchara –Quiero ver lo que escondéis.

-Basta ya –gritó el viejo Adisa, el encargado de repartir los tapones de agua.

Nmachi se levantó y, una vez más, tambaleándose, se fue hasta él.

-¡Parad! –escuchó gritar a Folami, la hechicera, que intuía que de un momento a otro Nmachi sería nuevamente golpeada con furia.

El chico se anteponía ante ella con los puños cerrados, como montaña inaccesible. Lo miró desde su posición, apenas unos pasos de él y volvió andar trastabillándose buscando su objetivo. Se soltó con furia de los brazos de una anciana que intentaba hacerla desistir en sus intenciones y que instantes antes había acudido para mediar donde ambos libraban la batalla. Se fue otra vez hacia él que la esperaba en posición para golpearla de nuevo con las piernas flexionadas y los brazos en guardia como contrincante ansioso por lanzar el nuevo golpe hacia su oponente y así lo hizo cuando estuvo a su altura. Esta vez fue cerca del ojo derecho y la dejó sin visión.

-Te mataré si te vuelves a levantar –dijo Ola alzando su voz ronca  que sin duda estaba siendo apoyado por los otros dos hombres cerca de él sin participar en la agresión.

Nmachi jadeaba en el suelo e intentaba enfocar con visión borrosa el destino de su intención. Escuchaba voces y sobre ellas destacaba la de su hijo llamándola para que volviera hacia donde estaba él pero ella ya no estaba dispuesta a rendirse. Otra vez enfocó el lugar hacia donde tenía pensado depositar su ataque  entre los nubarrones que viajaban en el mínimo halo de visión que le quedaba: la oreja del joven.

-Estás muerto, Ola –dijo aquellas palabras sin que nadie la llegara a escuchar.

Se levantó y fue hacia él como hiena hambrienta que tiene a un solo paso el bocado de su presa inmóvil. Se detuvo y  puso su rostro a la altura  del  hombre que esta vez se pensó si volver o no a golpearla ante la pasividad de los demás y el estado tan lamentable que presentaba el rostro de la mujer. La miró fijamente a los ojos.

-Vete –le gritó- Vete de aquí.

Sin tiempo para reaccionar, Nmachi se abalanzó hacia él abrazándose con pies y manos a su cuerpo y de un mordisco ante los gritos desesperados de su contrincante por el dolor le arrancó la oreja izquierda. Namchi se agarraba al cuerpo del hombre como leopardo a la gacela mientras él intentaba quitársela de encima como podía con gritos de agonía alarmantes.

-Agggg…Aggg.

Nadie hizo nada; todos se quedaron estupefactos ante la escena que brindaba el desierto. La gente se sintió aterrorizada cuando vieron sangrar en una fuerte hemorragia al joven que la había golpeado y que ahora, con ambas manos y después de quitarse de encima a Nmachi con mucho esfuerzo, intentaba taponarse la herida. El mordisco había sido limpio. La hechicera se levantó para ir a cortar la hemorragia pero Nmachi se interpuso entre ella y el chico. El dolor le hacía permanecer inmóvil arrodillado ante la figura emergente, dolorida y recta de Nmachi sobre el escenario del desierto.

-No me iré hasta que veamos lo que hay en la cabina –y señaló en dirección al camión con sangre en su boca del hombre al que había mutilado- Entonces, y solo entonces, podrás ayudarle.

Folami no insistió.

La mano del joven taponaba el hueco que había dejado en su cara Nmachi y la sangre corría entre sus manos hasta depositarse en la arena cerca de sus pies. Ella se acercó hacia la cabina del camión, abrió la puerta esta vez sin oposición y se montó con un ágil blinco. El grupo que no había bebido nada más que un tapón hacia horas miró en dirección a ella con rostros desencajados por lo que habían visto. El pequeño hijo de Nmachi cesó en su llanto. La veían rebuscar en el interior, moverse dentro de forma atropellada. Instantes de silencio después,  Nmachi saltó de la caja y se puso cerca del hombre.

-Si por mi fuera te desangrarías –le gritó. Y luego desafió con la mirada a  quienes les apoyaban que se apartaban a un lado para dejarla pasar como si de alguien apestado se tratara.

Todos vieron lo que llevaba en ambas manos pues se dirigió al grupo con dos garrafas repletas de agua  y las entregó para que saciaran su sed. Se lanzaron hacia ellas con desesperación entre gritos. No pensaba poner orden en el desorden que había montado. Sabía que después de aquello ya nada le quedaría por hacer para intentar salvar unas vidas que estaban condenadas a muerte. El agua les daría tan solo unas horas más de vida. Tomó en brazos a su hijo y miró en dirección al joven que aullaba junto a Flama y el viejo Adisa.

-Todo hombre cruel –susurró al oído del pequeño-, tendrá algún día su merecido. Miró hacia el horizonte con la esperanza de que una nube de partículas de arena le anunciara la llegada de alguien que venía a salvarlos pero solo vio la inmensa paz que el lugar hacía respirar-¡El viento lo sabe y por eso siempre lo susurra! –terminó-No lo olvides, hijo.

Folami tomó otra de las garrafas del interior de la cabina del camión y caminó hacia Nmachi. Cuando estuvo frente a ella se la tendió para que fuera ahora ella quien pudiera beber.

-¡Que sacien antes su sed los niños! –le ordenó Nmachi rechazando el ofrecimiento.

-Que así sea –obtuvo por respuesta de la hechicera.

JAÉN. DOS AÑOS DESPUÉS DEL DOBLE CRIMEN DE LA PAREJA DE NOVIOS.

El psiquiatra recomendó a David que volviera a analizar el sumario del crimen de los novios. Aquella presencia extraña o la imagen de la chica proyectada por su mente le estaban sugiriendo la recomendación que él le acababa de dar. Dio instrucciones al chico que archivaba en el despacho de Gómez y Asociados para que le subiera los tomos del crimen de los novios y que nadie le molestara a lo largo de la mañana. Tampoco quería que le pasaran llamadas. Entonces repasó las anotaciones escritas con su propia mano y repasadas por su viejo profesor alcohólico, anotaciones que le sirvieron para luchar en juicio buscando  la absolución del viejo. La primera imagen que volvió a su mente fue cuando en febrero de 1.995 reabrieron el sumario archivado en mayo del año 1.994 por falta de pruebas sobre los autores. Entonces todo parecía estar resuelto pues el mendigo, Benito Collado, en una comparecencia relámpago ante la policía declaraba sin lugar a duda alguna que tanto Juan Domingo León como José Miguel Núñez, tío y sobrino, eran los responsables de los hechos y además alardeaban de ellos entre sus amistades. Y no tenía lugar a duda alguna porque vio a la chica con ellos en el cortijo de la Casimira donde residían, cerca del camino de las cuevas donde apareció el cuerpo del joven Oscar, desnudo en su automóvil con disparos en el hombro y en la cabeza. El cuerpo de Ana María aparecía a unos 300 metros del chico, con un disparo en la espalda y otro en la nunca. David respiró hondo. “El disparo en la nunca lo debió recibir la chica cuando estaba de rodillas” pensó. Pero había otra señal ineludible de su calvario. Presentaba señales de estrangulamiento y había sido violada por al menos dos personas. Ni el arma homicida ni los cartuchos disparados aparecieron nunca. “¿Serían las armas a las que se refería su defendido cuando fue grabado en prisión?” pensó. Y entonces volvió a ocurrir. Como si estuviera sentada frente a él, en la mesa de su despacho, otra vez la imagen de la joven. Otra vez ella y su voz que escuchaba en su interior, como si estuviera junto a él:

-“No busques la verdad entre tanto cúmulo de errores contenidos en el sumario”.

David creyó que iba a morir pues su corazón se aceleró cuando la imagen de la chica se distorsionó ante él. Cerró las pastas del archivador y pensó. Pensó. Pensó. Se levantó de golpe y marcó el número de la centralita que le ponía de forma directa con el despacho de su primo. Tardó en cogerlo y pensó que, como siempre, estaría en cualquier lugar menos trabajando. Cuando descolgó lo dijo con voz temblorosa:

-Voy a Jaén ahora mismo; quiero respuestas.

Al otro lado la respiración entrecortada de su primo que, una vez más, estaba comiendo.

-Voy contigo –terminó.

David volvía a su pelea constante con su conciencia. “¿Chivos expiatorios o asesinos?” se preguntó David en la mesa de su despacho ante el sumario que ya había repasado por dos veces. Elena Arias Salgado y su tribunal que juzgó a los dos asesinos eran mujeres de reconocida solvencia jurídica. “Si, ellas habían llegado a dicha conclusión”. “Pero lo habían hecho por la falta de una prueba sólida”. En las pruebas de ADN se confirmaba la posibilidad de un error de un 5% en el joven, pero también abría la puerta a la implicación de una tercera persona en los hechos. “Los vi…yo los vi” recordó las palabras del viejo y también las suyas propias a su primo de que iba a encontrar la verdad, pero la verdad no estaba en el sumario y él no podría dedicarse a investigar ese crimen, o sí, pensó. No podía comprender como después de hallar el cadáver de Oscar no buscaron a la chica porque precisamente se cambiaba el turno policial esa noche. “¿Dónde estaban los que habían de defender la vida?” Se marcharon porque terminó su turno. “Increíble” pensó. El crimen de la cenicienta, por el zapato que no se  encontró comenzaba con su cúmulo de despropósitos. Pero David quería más, quería más. Así que iba a buscar su verdad.

La madre de Ana agonizaba de dolor. Porque se agoniza cuando se desea besar y abrazar y esa tarea ya no es posible. Porque se agoniza cuando se desea decir “te quiero” cara a cara y ello ya no va a suceder. Porque se agoniza cuando más que nunca se desea hablar a quien se dio la vida, pero se ha de asimilar una dura realidad: ¡Ya no está! Su forma de combatir el día a día era escribiendo aquel diario que ya empezara días después de su muerte. No cabía nada más tan solo… Escribir.

-Todo empezó la noche del 7 de Junio…

“…La luna llena resplandecía en un rincón del cielo y las altas temperaturas que abrasaban la tierra de olivos que os vieron nacer hacían propicia la noche de amor a la que os aventurasteis. Ese camino ya lo habíais utilizado en multitud de ocasiones para encuentros donde poder susurraros al oído la ilusión que ambos teníais por compartir una vida en común. Todo sucedió muy rápido, casi en un respiro…”

Levanta la mirada y busca una imagen de su hija colgada en la pared. Aquella que se derrumbó como por arte de magia la noche de los hechos. Llora porque las lágrimas quitan comprensión a su corazón y deja que su alma se sienta más libre.

-Quieres hablarme, hija. Hazlo.

Baja la mirada hasta el papel.

-Háblame, hija.

“… Entonces comprendí que no íbamos a compartir una vida en común en la tierra, pero si una marcha de ella juntos, unidos, madre. Estábamos en la parte de atrás de su Renault Clío y oímos llegar la furgoneta blanca destartalada por su ronquido gripado del motor. Realmente no sé si era blanca, eso dijeron.  Luego, las tres figuras blancas a través de los cristales del automóvil, los gritos y, el primer disparo que se mezcló con el sonido de algunos cohetes que viajaban hasta el cielo para dar la bienvenida a las fiestas de nuestra patrona, la Virgen de la Capilla. Oscar saltó desde atrás hacia adelante, al asiento del conductor, para intentar por todos los medios arrancar el vehículo y huir de aquellos seres que venían con  intención de hacer daño. No dio tiempo para más, ¿recuerdas? Otro sonido seco segó su vida y, dio comienzo a mi calvario. Apenas a doscientos metros del lugar donde su cuerpo yacía sin vida, en el cortijo de La Casimira, nido de delincuente según también te contaron, terminaron con la mía. Ahora ya no hay rencor. Aquí se olvida todo porque el odio y el rencor dan paso a la pena por seres como los que terminaron con nosotros. El camino no ha sido fácil. Atrás dejamos mucho dolor y corazones congojados por la ausencia. Dio comienzo al largo calvario por el que pasaste, judicial, policial. Y así se inició la historia del crimen de los novios…”

Suspira. La pena le acongoja la garganta. A veces le falta la respiración. Su esposo y su vida se han convertido en muertos vivientes.

-Cuéntame, Ana. Cuéntame.

“…Estaba cerca de allí, a apenas doscientos metros, en el cortijo de la Casimira. Mi cuerpo sin vida yacía entre restos orgánicos, desechos humanos, ventanas sin marcos, puertas que dejaban paso al infierno en el que la vida se convierte para algunos seres humanos. A pesar de la cercanía de ambos cuerpos, le vi llegar. Me encontró. Nos dimos la mano y una mueca extraña apareció en nuestros rostros. Oscar vio su cuerpo en aquel coche y yo el mío tirado en la habitación semiderruida. No había vuelta atrás. Nos habían asesinado. Ahora comenzaba un largo camino hacia ese lugar que todo humano desconoce, la otra vida. Sin embargo alguna voz interior nos dijo que no podríamos llegar hasta que se rompiera el vínculo que tanto nos unía a lo terrenal. Deberían pasar meses, quizás años. Nuestras familias deberían dejarnos marchar y, cuando estuviéramos preparados, así lo haríamos. Pasaríamos juntos por esa etapa que llaman al otro lado de la fina línea que separa la vida de la muerte: la etapa de la espera. Esperar a que estemos preparados para asumir lo que nos ha ocurrido. Esperar a que estemos preparados para desprendernos del amor de quienes tanto quisimos. Espera, larga espera. No queríamos asumir nuestra nueva situación. Es difícil hacerlo. Éramos jóvenes y deseábamos con fuerzas vivir unidos, crecer juntos, dar nuevas vidas. Sentía su mano apretar la mía y alguien me aferraba por la otra mano, alguien al que no podía ver, pero sí sentir. Un destello me hizo ver a mi madre agarrando con fuerza el cuadro de la imagen de la niña vestida de blanco con sus manitas unidas como si rezara. Mi madre, el cuadro, mi mano suelta que no se agarraba a la tuya, el vínculo terrenal que no nos dejaría partir. La espera. Fue entonces cuando derramé una lágrima al mirar mi cuerpo terrenal tendido en aquella habitación fría de emociones, pero cargada de energía negativa. La lágrima topó contra el suelo y pude ver en su reflejo todo aquello que se avecinaba; cómo el destino nos iba a jugar una mala pasada aún ya muertos. Así, lo iba a vivir junto a él, madre. Espera. Eso era lo que ahora nos tocaba “vivir…”

Para un instante de escribir. Un grito desgarrador alarma el vecindario. Ana no ha podido con su pena y ha soltado su dolor. Un grito más, y otro hasta estallar en llanto. Suelta su bolígrafo y mira en dirección a la fotografía. Respira, respira, respira para no ahogarse en el océano de su desesperación. 

MADRID

David pegaba un trago a su cerveza con su primo al lado. Miraba a la joven camarera que con ropa ligera servía la bebida fría ante miradas libidinosas de clientes solitarios como ellos. Las luces del local apenas si iluminaban su silueta, pero David no podía apartar su vista de los pechos de la joven. Pensó en Almudena y en cómo iba a plantear su defensa pero, ante todo, no pudo evitar el rostro que noche tras noche se presentaba ante él a los pies de su cama, como si fuera un fantasma que venía a visitarle, como si le reprochara lo que hizo en juicio en defensa  de aquel viejo al que defendió. Entonces le dijo a su primo:

-En junio del año 2.012 prescribió el crimen de los novios de Jaén.

El acompañante estaba más pendiente de la chica que ponía las cervezas que de lo que su primo le dijo. Se giró hacia él y le dio un golpe en la espalda.

-¿Has escuchado lo que te he dicho?

-No, no –babeaba mirando a la joven.

-Que ha prescrito y ya no podrán juzgar a los culpables. Los que asesinaron a la chica y a su novio en Jaén.

-Dos cervezas –habló con dulzura a la jovencita.

-Ese crimen que tanto me marcó. En el que defendí al viejo.

-Me has hablado muchas veces de él, de esa defensa, de esas pruebas de ADN en mal estado, de su absolución y de la repetición del juicio que ordenó el Tribunal Supremo para que se escucharan las cintas que grabaron en prisión a los dos acusados.

David empinó el tercio de cerveza.

-Sí, esas grabaciones que apenas era audibles.

-Y me pregunto yo, la policía no escuchaba las grabaciones en los días siguientes a su realización. ¿Cómo pudieron presentar como pruebas para condenar a unos tipos unas grabaciones que no se escuchaban?

David meditó.

-Error tras error. Error tras error.

-Y esa fue la causa, quizás primo –tendió su mano por encima del hombro- por la que dos culpables estén en la calle.

-Nunca lo sabré ni tampoco los padres de esos pobres infelices ni la sociedad. Dos muertes impunes.

-¿Cuál fue tu conclusión?

David se terminó el tercio de cerveza. Era hora de marcharse pues había recibido copia de toda la instrucción de la causa del asesinato por el que se acusaba a  Almudena. Ahora se hacía preciso estudiar a fondo lo que la policía y el Juez habían instruido.

-No tengo una conclusión clara. Si sé que nunca me hubiera gustado que los policías que estuvieron a cargo de la investigación lo hicieran con ningún otro caso más. Hay unos padres que no tienen respuesta, veinte años después del asesinato de sus hijos y, eso, amigo, debe ser muy duro.

-¿Quieres otra?

Negó con la cabeza, aquella en la que tenía  la imagen de una joven chica sin vida; la misma que observó en las fotografías tomadas en el cortijo de la Casimira con su parte trasera destrozada. Le había descerrajado un tiro desde atrás después de someterla a todo tipo de perversiones.

-¿Has vuelto a ver al viejo, al que defendiste?

David no contestó. Miró al suelo, a la chica de la barra y a otra que al fondo de la misma bebía sola. Era ella, la imagen que le acompañaba en sus horas de vigilia. Era ella, Ana Torres.

VEINTICUATRO

ELCHE. CASA DE AGOGIDA PARA MUJERES MALTRATADAS

Clara pasó lo que restaba a la noche en vela en aquella habitación que compartía con otras mujeres y sus hijos intentando poner en orden sus nublados pensamientos sobre el nuevo rumbo que había tomado su vida; sobre el paso que había dado y si éste era lo mejor para su hijo. Recordó cómo su mundo había cambiado por completo a raíz de una decisión, la que adoptó el día en que dejó a su verdugo para irse a vivir a aquella casa de acogida con su pequeño como paso previo a su nueva vida.  Había escuchado muchas veces aquellas palabras de gente que de verdad la querían y que sabían por lo que pasaba en su matrimonio pero nunca se había parado a analizarlas y pensarlas detenidamente: “Si te quiere, ¿por qué te hace daño? Si te quieres, ¿por qué te haces daño?”. Es impensable que alguien con el que has decidido compartir el resto de tus días a través de la unión pueda convertirse en el mayor de tus enemigos. Es la pesadilla que jamás nunca hayas podido tener. Sueñas con una vida dorada junto al que consideras el amor de tu vida y te encuentras  con el fango del dolor hasta el cuello, de la desesperación, del no saber qué hacer. Miró a su alrededor sentada en el filo de la cama. En aquel lugar no había intimidad pero de esto último ya había sido despojada también en su casa por su esposo, así que poco le importó. La chica que se había cruzado con ella en el pasillo cuando llegó  gemía en una de las camas dispuestas en litera frente a la suya. Imaginó que también ella sufría con aquel nudo caliente que se forma en la boca del estómago y que se traduce saliendo al exterior en forma de nervios, deseando en ocasiones, en muchas ocasiones la muerte, para que así todo termine cuanto antes. Ella había pensado muchas veces en la muerte  e incluso la había deseado, pero entonces habría alguien en este mundo que sufrirían muchos más que ella: su madre y su hijo. Pronto desechó la posibilidad de terminar con su calvario por sí misma. Se había acostado vestida la punkie y la cresta aún permanecía incólume, como si fuera inmune a cualquier roce de la almohada. “Debe llevar kilos de gomina” pensó Clara saliendo de lo más oscuro de sus pensamientos. Su hijo dormía profundamente y ello la tranquilizó. Parecía que llevaba viviendo en el lugar años y, sin embargo, sabía que la tranquilidad había vuelto a su existencia en un solo día. Cuando un niño sale del horror del domicilio donde se maltrata a diario con insultos o vejaciones, solo la mano unida a la de  su madre hace que una enorme paz invada su ser. Eso era lo que parecía haber ocurrido con Jesús pues no había extrañado en lo más absoluto ni el lugar, ni la cama, ni sus gentes. Se levantó y se fue hacia la litera de la chica punki. Se sentó en el filo de la misma en la parte baja y le habló con voz dulce y apenas audible:

-¿No duermes?

No obtuvo respuesta. El color morado con el que había pintado sus ojos se había extendido por el rostro producto de sus lágrimas. Ahora se entremezclaba con el negro del rímel igualmente corrido como río seco descendiendo por debajo de sus parpados hasta llegar cerca de su barbilla donde moría.

-¿Tan importante era para ti qué lloras por él? Ningún hombre se merece ninguna lágrima de nosotras –acarició sus brazos-. ¿Me dices al menos tu nombre? –trataba de ganarse su confianza.

Aquella niña pues su edad no sobrepasaría los veinte años ya sabía lo que era sufrir junto al sexo opuesto. Si estaba allí debía de ser sin duda porque tenía algún procedimiento judicial abierto contra su pareja, porque había huido de su lado como le había ocurrido a ella o porque alguien en su situación, le había dicho donde le darían el calor que le faltaba en casa, el cariño que nunca le habían blindado y, lo que era aún más importante, los ingredientes necesarios para que volviera a sentirse persona. Nuevamente el silencio por  respuesta. Pensó que sería mejor dejarla allí con su pena. Cuando se levantó para volver junto a su hijo en su cama para ver si podía descansar algo la chica  le habló:

-Puta. Me llamaba puta.

Clara se giró. Su corazón latía acelerado. Ella sabía el significado de esa palabra porque también la había escuchado en muchas ocasiones.

-¿Te llamó tantas veces puta que ya ni tan siquiera recuerdas tu nombre? –preguntó mirándola de forma directa a los ojos.

Volvió hacia ella y se sentó otra vez en el borde de la cama. Se echó sobre su cuerpo posando su rostro junto a su pecho en una muestra de acercamiento. Una de las cadenas que colgaban de su cuello incomodaba la posición que había adoptado para estar aún más cerca de la chica y ganarse su confianza.

-Puta, puta, puta, más que puta –repitió como si un martillo sobre su cabeza la golpeara una y otra vez.

Clara respiró hondo, alzó su cabeza y la miró directamente a los ojos después de tomar con sus manos ambos lados  de su rostro.

-Bien, a partir de hoy dejarás de llamarte puta. ¿Qué tal si te llamo hermana? –sonrió.

Hizo un leve encogimiento de hombros y gimió.

-Mi madre me llamaba de pequeña Lucía.

Clara tragó el nudo de saliva que se había formado en su garganta al oír la palabra madre. Se acordó de la suya y de las veces que había ocultado a la misma su verdadera situación, los golpes recibidos, los cardenales del cuerpo y, los que aún era peor: los del alma.

-Bien, pues desde ahora mismo serás mi hermana Lucía. ¿Sabes?, podríamos hacer mucho por gente que como nosotras pasa miedo, lloran desconsoladamente y no tienen a dónde ir.

Lucía se incorporó automáticamente de la cama.

-Aquí no cabe nadie más –miró a su alrededor.

Clara la calmó dejando iluminar su rostro por una leve sonrisa.

-No me refiero a ello. Cuando me acostumbre a mi nueva vida, voy a luchar por quienes como nosotras sufren junto a su pareja. Me da igual que sean de Cádiz, de Valencia, de Murcia. Nada ni nadie va a impedir que podamos ayudarlas. Para ello precisaría alguien que me acompañara –Clara parecía pensar y esperaba su sí-.

Lucía comenzó a llorar y se echó sobre su hombro incorporándose desde su posición de tumbada. Clara la abrazó. Cuando se tranquilizó se separó algo de ella para volver a mirarla de forma directa.

-¿Sabes?, cuando venía hacia aquí desde la seguridad de mi hogar para adentrarme en un mundo desconocido para mí hasta ahora, he llorado mucho. Mi hijo me vio y se entristeció. Antes de llamar a la puerta de esta casa de acogida me dije –alzó la voz aun sabiendo que en el cuarto otras chicas dormían junto a sus hijos-: ¡Se acabaron las lágrimas! –Y lo dijo como si de una heroína que alza una bandera victoriosa se tratara.

Lucía emitió una mueca alegre en su rostro pues Clara vio como la comisura de sus labios se alzaban hacia arriba en busca de una sonrisa.

-¿Se acabaron las lágrimas? –preguntó con voz entrecortada.

-¡Se acabaron las lágrimas! –gritó otra vez en voz alta ante algunas cabezas que se alzaban desde sus camas para escuchar la conversación entre la chica nueva y la joven extraña de pelo empinado y colorido.

-Pues lo llevas claro –se levantó de la cama y se marchó de la habitación dejando a Clara sentada en el borde de su lecho.

A Clara le hizo gracia la actitud de Lucía. Era impulsiva como ella a su edad, lloraba con facilidad aún a pesar de su aspecto rudo externo y tenía una sensibilidad especial que ella misma había notado cuando la abrazó. Porque en los abrazos, le dijo un día su madre, se puede percibir el dolor, el amor, la sensibilidad, el coraje, la decisión. Solo hace falta abrazar y, a pesar de lo fácil que es, pocas veces se hace.

-Vaya, empezamos bien –se dijo muy bajito.

Muchas chicas se habían  incorporado ya de sus camas. Ninguna protestó el que hubieran sido despertadas antes de tiempo porque les llamó la atención la frase de Clara: “Se acabaron las lágrimas”.

-¿Sabéis una cosa? –preguntó a quienes la miraban de pie en el centro de la habitación en la que se disponían no menos de diez literas y en la que una tenue luz  procedente del pasillo se filtraba hacia su interior. Escuchó alguna tos pero ninguna palabra a su pregunta- Os diré que la mujer es una Diosa y que, como tal Diosa debe ser amada, nunca mancillada. Escucharlo y meterlo en vuestras cabezas: ¡Somos unas Diosas!

Al momento asomó la cabeza por el marco de la habitación Lucía dejando ver su cresta verde.

-¿Vas en serio? –preguntó en voz alta.

Clara asintió con la cabeza.

-El enemigo que tenemos enfrente, a los maltratadores, me refiero –siguió hablando en tono despreocupado y comprensible- son más peligrosos que las balas en una guerra y, aún así, ¿vas en serio con tu idea de ayudar a otras chicas de España en nuestra misma situación?

Clara volvió a asentir. Lucia desapareció y por el pasillo se la escuchó gritar:

-¡Una loca, hemos recibido en la casa de acogida a una loca!

En las camas se escucharon algunas carcajadas ahogadas por temor a que Clara se sintiera mal. La última palabra fue para ella:

-No quiero ni una sola lágrima más en esta casa.

Cuando terminó, se fue hacia la cama en la que su hijo permanecía ajeno al primer contacto de su madre con el grupo, se metió en el lecho y lo abrazó. Sintió con aquel abrazo la sensación experimentada cuando por primera vez  se lo trajo la matrona en el hospital tras el parto. Vio a su madre a los pies de la cama, a sus  amigas más cercanas pero, ni tan siquiera en aquel acto tan íntimo y especial en la pareja, el primer encuentro de la pareja con su recién nacido, estuvo él. Fue el primer eslabón de una cadena de maltrato que había comenzado a formarse desde el primer momento en que dijo sí ante el cura que los unió. Pero algo había empezado a cambiar en su vida y, su frase, “No más lágrimas” la iba a conducir por senderos oscuros y a veces intransitables destinados solo a quien tiene una fuerza inmensa en su interior que duerme agazapada hasta que el enemigo la despierta. Una fuerza  que no se ve, que no se oye, que no se escucha, pero que se transmite frente a los demás seres que campan por el universo. Es aquello que el viento nunca susurró. Luego volvió a pensar en Lucía, en su hijo y en las miles de mujeres que vivían con miedo.

-Se acabó –se dijo en un susurro.

Y miró alrededor. Y las vio a ellas desnudas en su dolor, intentando taparlo en aquella casa fría, oscura, sin risas.

VALLECAS. MADRID

Martínez esperó paciente el sonido de las campanas de la Iglesia dando las cuatro de la tarde. Su nueva visita se debía al temor que ardía en su interior desde su primer encuentro con el párroco cuando quiso conocer el nombre del contacto con las mafias a las que había conducido a Kevin y a su hija. Miró por los alrededores y observó como un grupo de jóvenes se inyectaban su dosis de heroína ante los ojos de niños que deambulaban por allí. Sintió pena. La misma que sentía por él mismo. Unos tomaban heroína para viajar en caballo a otros mundos y él bebía vino para no volver al lugar de sobriedad donde  la conciencia te dicta quién eres. “No era momento para ser débil o sentir nostalgia del pasado” pensó. Así que se levantó del banco que en una plazoleta nauseabunda se alzaba como último resistente al vandalismo y se fue directo hacia la Iglesia. No había nadie en su interior. La hora no animaba  al rezo. Esperaba que el párroco recapacitara y tomara en cuenta su serio aviso en el día anterior. El padre debía conocer algo que él sabía por sus muchos años de lucha contra aquella escoria. Esa organización criminal tenía una estructura piramidal donde él era el último eslabón de la pirámide al que le aplicarían una de sus conocidas reglas. No entendía Martínez qué le llevó a ese hombre de Dios a actuar de esa manera conduciendo a desesperados a entrar en ese terrible mundo del que muy difícil se conseguía salir con vida. Él salió triturado del juicio y la sociedad lo calificó como policía alcoholizado que no hacía bien su trabajo. Se le escaparon y por lo que ya había visto actuaban nuevamente a sus anchas en la capital de España. No podía estar constantemente detrás de Kevin para ver a dónde llevaba a su pequeña pues  el alcohol le arrebataba la mayor parte del día y de su lucidez, aunque su deseo era ayudar a aquel infeliz cuya vida no distaba mucho de la suya donde los recuerdos dolorosos le hacían intentar volar de la realidad, como estaban haciendo aquellos jóvenes ante las puertas del templo cuando dejaban que en sus venas entrara el caballo. Ahora deseaba advertir al cura. Lo mejor era averiguar a través del contacto del ministro de Dios en la tierra, el lugar a dónde debía llevar a la pequeña María su padre Kevin. Con ello sería más que suficiente para pasar la información a los de la Brigada criminal y conseguir desmantelar al grupo organizado de delincuentes que traficaban con órganos de los demás. Pasaban cinco minutos de las cuatro de la tarde y supuso que ya estaría esperándole en el confesionario. Así se lo advirtió en su última visita después de su atropellada acción ante el altar mayor y la pila bautismal y la presencia en el último instante de unas monjas que aparecieron como por sorpresa desde la sacristía y le impidió conocer más de lo que ya le sonsacó al corrupto ministro de Dios. Se dirigió hasta él, se arrodilló en el mismo lugar en el que lo había hecho por la mañana, en el lateral izquierdo,  y espero a que se abriera la rejilla que le  acercaba al pastor. “Ave María purísima” pensó en decir, algo que no entendía, pero calló. También, esta vez sí y de corazón, quería pedirle perdón por su acto en la mañana anterior. Todo fue producto de la resaca a la que le conducía el maldito alcohol que hacía que no fuera dueño de sus actos. Quizás esa resaca fue la que condujo a la ruptura en su matrimonio, a que su mujer, harta de desprecios, buscara consuelo en los brazos de otro: su mejor amigo. Recordó la última vez que se encontró así, de rodillas, cuando era un niño antes de recibir su primera comunión. “Cómo nos engañaban entonces” pensó. “El Dios que todo lo puede y que te ve te castigará si no haces esto, o lo otro, o no sigues  los consejos de la sociedad marcados por intereses poderosos” “El Dios que se olvida de los humanos”. Después se había olvidado él del Dios de los cristianos. En sus últimos años  se había ocupado en destrozar su cuerpo y su cerebro hasta extremos impensables y ahora, como tantos otros, había extirpado de su existencia al Dios del altar y del cristianismo para  venerar al dios de la calle: ¡el dinero!

El párroco sin embargo no daba señal alguna de su presencia aunque un bulto oscuro en el interior del confesionario, perfectamente visible desde la posición en la que se encontraba Martínez, hacía notar que se encontraba allí. La rejilla permanecía cerrada. Decidió entonces hablar.

-Padre preciso que me escuche atentamente. Siento lo de ayer. Mucho más de lo que usted piensa.

Silencio al otro lado. Miró sus manos apoyadas en la tablilla de madera del lateral del confesionario y observó su temblor. Ya le habían hablado de él. El cerebro dañado transmitía mensajes a su cuerpo para que sus ojos vieran lo que hacía el alcohol.

-Padre, vengo a darle una advertencia importante. Está en juego su propia vida.

Nada. Ninguna respuesta. Martínez se sorprendió. Golpeó levemente la rejilla esperando que esta se abriera desde dentro pero al otro lado parecía no haber nadie a pesar de que en su penumbra se distinguía el cuerpo de una persona. No podía ser otra que la del propio párroco. Se levantó y se fue hacia la parte delantera. No iba a permitir irse sin que conociera aquel maldito mal nacido lo que quemaba su interior, la preocupación que había nacido en él aún cuando pensara que estaba ante una persona detestable, sin escrúpulos, un ser que pasaba a ojos de los demás como un creyente que transmite la palabra de Cristo pero que en sus ratos libres toma dinero de las Mafias para poner a  personas desesperadas en sus fauces. El confesionario estaba herméticamente cerrado. Decidió pasar a la acción y abrió la puerta que permitía el acceso al interior e, instintivamente, Martínez se echó hacia atrás angustiado con lo que vio.

El cuerpo del párroco se desplomó ante él con los ojos abiertos y una herida profunda en la yugular.

-¡Malditos sean! –Exclamó- Se adelantaron a mi advertencia –masculló sin que ahora el temblor se extendiera también al resto de su cuerpo.

Miró en todas direcciones dentro de la Iglesia por si alguien le hubiera podido ver  en la escena del crimen. Dirigió su mirada hacia la sacristía desde donde en el día anterior aparecieron como por arte de magia aquellas monjas de edad avanzada y le vieron con el padre agarrado de la sotana junto a la pila bautismal. No tuvo más remedio que soltarlo de golpe y salir al galope del lugar en la creencia de que no sería denunciado por el cura a sabiendas de la situación desesperada en la que se hallaba y lo que sabía aquel mendigo de él. Al saberse solo abandonó el lugar andando de espalda, mirando al cuerpo degollado del párroco y meditó: “Cuarta regla que se ha de tener en cuenta por la organización en el tráfico de órganos: Matar al intermediario cuando el donante ya está en sus manos”.

Martínez lo sabía mejor que nadie. Si el párroco había sido asesinado, la niña ya estaba en poder de ellos. Se lo iba a contar  esa misma tarde a Kevin cuando estuviera bebiendo con él en el retiro para advertirle de que no la llevara a sitio alguno, en la creencia de que aún no lo había hecho; que la vida de su pequeña  corría peligro y que poca gente en Madrid conocía como él cómo actuaban esas Mafias. Ahora acababan de borrar de la faz de la tierra el último triangulo que culmina la pirámide: el mensajero. No esperaba que los hechos se desarrollaran de forma tan repentina. Pensó que tendría tiempo para reaccionar pero se le habían adelantado y no había avisado a Kevin, el manitas. Miró hacia el cuello del cura y se quedó pensativo, analizando cómo le podían haber ocasionado esa herida de forma tan limpia sin que él hubiera mostrado la menor resistencia. Observó el interior de la Iglesia. “¿Y si quien le había matado  estaba viéndole en aquel momento?” La herida era fresca y aún emanaba sangre que teñía de rojo el vestido blanco del párroco por su parte delantera, en la Estola y el Alba. “Matar al intermediario. Te ha matado quien te traía la recompensa de tu acción, la persona que te llevó hasta ellos” se dijo. Entonces giró hacia el margen derecho del confesionario y vio cómo la rejilla de madera que le separaba de quien confesaba sus pecados estaba arrancada. No lo había visto antes pues nada más llegar se había ido de forma directa hacia la parte izquierda, donde estaba arrodillado a la espera de respuesta. El cura debía  fingir estar confesando a alguien por si algún feligrés entraba en el interior y ese alguien arrancó en milésimas de segundo la rejilla derecha y rajó su cuello. Se pregunto si le habría contado antes de su acción a su asesino la  visita del día anterior de aquel mendigo desconocido y, lo que es peor aún: lo que ocurrió en la pila bautismal. Respiró hondo; pronto no estaría solo y si el asesinato se había producido hacía tan solo unos minutos, al asesino no le habría dado tiempo de salir del templo. Sintió como un frío escalofrío recorría su cuerpo. Sus manos seguían temblando y se dio cuenta de que sudaba. Echó de menos su arma, aquella que tenía enterrada junto a un gran árbol en el retiro y de la que prácticamente se había olvidado. Si era descubierto debía de aparentar aquello que había hecho en el último año: ser un mendigo que se había topado con la escena de forma totalmente involuntaria. Pero pronto conocerían su identidad y todos sabrían que su presencia allí, en una Iglesia que no pisaba desde hacía años, no se debía a una pura casualidad del destino. Que sabría mucho más de lo que podría contar a la brigada de homicidios. Debía de salir de allí cuanto antes. Se agachó junto al cuerpo derrumbado del párroco y observó cómo algo sobresalía del bolsillo interior del Alba, la túnica blanca que lo vestía. Apartó la Estola que aún con los símbolos de la cruz permanecían rodeando el cuello y lo cogió. El móvil del cura. Intentó no tocar nada con las manos para no dejar huella alguna  protegiéndolas con su largo abrigo. Miró otra vez en dirección a cada uno de los rincones de la Iglesia. Allí estaban los Santos siendo testigos involuntarios del crimen de uno de sus ministros. Manipuló el móvil y extrajo de él la tarjeta de memoria. Ella podría hablar sobre los contactos del cura, aunque la información que deseaba saber ya la había obtenido con métodos que detestaba. Puso la tapa cubriendo la parte trasera después de extraerla y limpió cuidadosamente todo lo que había tocado. Depositó el móvil de dónde lo había cogido.

-Esto es tuyo –dijo irónicamente mirando el rostro desencajado del párroco- A ti también te pudo el Dios de los humanos –miró hacia la cruz que se alzaba en el altar- No ese –musitó.

Se  marchó con paso ágil mientras sus pensamientos rodaron en recuerdo de una niña que pronto, muy pronto, sería también cadáver. “Una inmigrante más asesinada en el paraíso: España” pensó. Tenía que ver a Kevin aunque con seguridad ya sería demasiado tarde. Se marchó no sin antes girase hacia el Cristo imponente crucificado ante el altar y pensó: “Qué clase de Rey eres que no proteges ni a tus ministros”.

Entonces se dijo mentalmente el nombre que había recibido del párroco en el día anterior junto al lugar donde los recién nacidos entraban en el reino de Cristo tras su bautizo. El nombre que hacía de  gancho entre el cura y  las Mafias de tráfico de órganos. “No, no iré a la policía. Debo de actuar a mi manera”.

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