“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

 

VEINTICINCO

MADRID. PASEO DE LA CASTELLANA

Azgba ya había comunicado todo al Senador. Se habían cumplido sus órdenes. No había remedio; la madre no había pagado lo pactado como precio por su viaje y tuvo que ser su hijo quien, con sus dos riñones, pagara el pasaje de ambos. El senador no recibía a nadie de la organización en su mansión de la Moraleja y hablaba a través del móvil en contadas ocasiones; así que Azgba comunicaba sus intenciones de las formas más inverosímiles posibles: en alguna ocasión se sentaban en mesas contiguas en una cafetería, ambos  de espalda  en mesas diferentes y entre sorbo y sorbo del café o del té que apuraba el cabeza visible de la organización, Azgba, le daba el parte generalmente relativo a la aprehensión de otro menor con el que traficar o del cumplimiento de lo ordenado. Siempre sabía el significado de las acciones del senador realizadas en la mesa contigua a la suya porque así lo había aprendido en las muchas noches que ambos vivieron la movida madrileña antes de dar el paso al margen de la ley. Si Don Mateo pedía otro café después de haber consumido el primero, significaba que autorizaba la extracción porque ya había un comprador para la venta del segundo riñón de la presa, como así se dirigían a los niños que retenían y siempre, según las reglas, niños extranjeros. Era curioso como la sociedad española era indiferente a la muerte de un menor si éste no era de su país. Si ellas, sus madres, no cumplían con el pago de lo debido por el pasaje hasta España, el mensaje hacia las demás para que aprendiera con quién estaban tratando debía  ser claro y contundente: no ver nunca más a su hijo y la desaparición inmediata de la madre. De esto último se encargaba perfectamente el carnicero y los perros hambrientos que se hacinaban en jaulas en una empresa tapadera que el propio Azgba tenía y que se dedicaba, presuntamente pues así constaba en actividades económicas en hacienda,  a la exportación de carne de cerdo. Esas máquinas trituradoras hacían un trabajo impecable con la carne humana que luego devoraban los perros mastines a los que expresamente en la semana anterior se les había dejado a dieta para que su voracidad fuera algo descomunal. Los huesos que no conseguían triturarse del todo en las máquinas le servían de juego entre sus dientes en los días siguientes. Eso es lo que habían hecho con su última víctima, la madre del niño que apareció unas madrugadas atrás en un descampado introducido en un saco. Todas comprendieron, absolutamente todas. Con Azgba como imagen visible y con el senador en la sombra no se jugaba. En alguna ocasión propusieron a Don Mateo que esa debía ser la forma en que despareciera el cuerpo del menor. Sin embargo sus órdenes también fueron tajantes: “Si así lo hacemos, las demás nunca recibirían el mensaje”. En aquel encuentro en la cafetería centro, Azgba se hizo acompañar del médico de la organización, Ewashiba. Todo había finalizado para el pequeño y el parte de incidencias era nimio, sin que los hombres hubieran observado atisbo alguno de la presencia de policía. Sí le habían advertido de la existencia de una nota con el nombre de Andaya y un teléfono en los pantalones del niño, en uno de sus bolsillos.

-Buen trabajo –dijo el senador como si hablara solo ante la primera taza de café.

La cafetería estaba concurrida, el ruido, aunque ensordecedor de vasos y platos y voces preparando tostadas y dulces, no impedía que la persona que tenía a su espalda le hubiera escuchado perfectamente. Estaban ante una amplia ventana que daba de forma directa al paseo de la Castellana.

Azgba tomó un sorbo del té y asintió con la cabeza sin que el senador hubiera podido apreciar su gesto.

-¿Y la chica? –preguntó esperando la respuesta adecuada. Después de un intenso silencio a su espalda la recibió.

-El carnicero hizo su trabajo.

Don Mateo pareció destilar en su rostro una mueca que expresaba satisfacción por el trabajo bien hecho. Así le gustaba que marchara todo, sin fisuras, sin errores, con sus contactos avisando de cualquier movimiento extraño de la policía y con mensajes claros y contundentes para todas. De ese se encargaba a la perfección su sobrino, su ahijado.

-¡Han comido bien los perros…!-Azgba no pudo ver el gesto de satisfacción que emanó de su rostro que  descansaba sobre una enorme papada a la que se aferraba de forma poco elegante una corbata negra sobre una camisa blanca que pareciera iba a estallar de un momento a otro en los botones que abrochaban a duras penas sobre su cuello.

-Así es –confirmó el otro mirando a Ewashiba, como si hablara con él y no con su interlocutor situado a su espalda.

-¿Tenemos algo nuevo? –otro sorbo de café.

-Una niña  –dijo Ewashiba quien ahora, para sorpresa de Azgba fue el que contestó- El gancho ha convencido al padre que atraviesa una grave situación económica para la venta de uno de sus riñones. Nos la llevó al lugar acordado.

-¿Extranjera?

-Sí –contestó ahora Azgba.

-Bien, bien. Ya conocéis las normas. Ningún niño español. Los de fuera parecen no importas a nuestros conciudadanos –sonrió.

El senador respiró hondo y dejó caer sus manos sobre su oronda barriga. Miraba alrededor y escrutaba con la vista a todos los que se sentaban en las mesas de alrededor. No estaba dispuesto a perder por un simple error todo lo que le había costado tanto conseguir, noches de trabajo y falta de sueño, búsqueda a través de múltiples contactos en las redes de compradores extranjeros para los que el dinero no era problema siempre que sus niños o niñas pudieran vivir de forma digna. Los compradores nunca preguntaban sobre la legalidad o ilegalidad de la procedencia del órgano. Y, lo que era aún más asombroso, tampoco lo hacía el dueño de la empresa de helicópteros encargada de transportarlos a miles de kilómetros de distancia de donde se hallaban y menos aún las clínicas ilegales que luego operaban a la niña o niño enfermo para incrustar en sus cuerpecitos, el órgano del desgraciado o desgraciada de turno. Nunca se preguntaba por su procedencia. Si lo hacían por el dinero antes de viajar o de operar. Era increíble lo que el dinero podía hacer. Podía con todo pensaba el senador sin pestañear mirando al frente, concretamente al cuerpo coqueto de la camarera que servía las mesas. Otro de sus platos favoritos: el sexo con jovencitas.

-¿Habéis avisado a la negra para la nueva vigilancia? –se detuvo en su nueva pregunta- ¿Habéis conseguido saber por qué el pequeño tenía en su pantalón un papel con su nombre y el móvil?

Ambos se miraron en la mesa contigua. Aquello les preocupaba, pero debían de transmitir al senador algo aún más importante.

-Hay un problema –añadió Azgba.

El senador apretó los puños con fuerza como si quisiera estrujar la taza del café.

-Mmmmm… ¿Cuál? –pegó otro sorbo.

-El infiltrado.

Sorbió una vez más del café y apreció el sabor amargo que tiene cuando no le pones azúcar. Sin embargo a él le gustaba el café amargo, sin ningún edulcorante.

-Mi sobrino –asintió como si ya esperara que tarde o temprano les ocasionara problemas- ¿Y cuál es el problema?

-Quiere seis mil para él de la nueva remesa por callar e informar.

-¿Seis mil….?-masculló.

Ewansiba pidió otro té.

-Le dijimos que es mucho y que está por encima de lo acordado.

-Es mucho –repitió el senador- Pero no podemos romper la cadena por uno de los eslabones más importantes –no quería defraudar a su hermana cuando le prometió que en Madrid nada le faltaría a su hijo.

-Amenazó con no darnos cobertura a nuestras acciones con sus contactos si no le damos lo que pide –añadió Azgba.

-¡Maldito hijo de puta! Esperaba algo de él así. Ya de niño era un puñetero egoísta. Pero, ¿qué podemos hacer? Es muy importante para nosotros.

Azgba giró levemente la cabeza para acercar el oído lo más posible a la boca del senador, pegando casi la espalda con la suya.

-¿Conocía bien al nuevo gancho, no es así?

-Sí. Él lo puso en contacto con nosotros.

-Ya le pagamos cinco mil la última vez y tres mil para el gancho. ¿Cómo puede exigir tanto? Inmiscuir a la familia en los negocios es un error.

Ewashiba intervino.

-Precisamos de él. Considero que deberíamos pagarlos. Además, aplicó a la perfección la regla de la organización sobre el contacto, un cura de no sé qué parroquia. Trabaja bien. Está metido en esta mierda como nosotros y solo pide un poco más del pastel.

El senador pidió un segundo café y Azgba supo cuáles iban a ser las órdenes para la próxima presa.

-Ha limpiado bien el rastro. Como el rastro está limpio, cortar el césped seco. Decidle que lo pensaré antes de darle un sí.

Azgba supo a lo que se refería con la expresión “cortar el césped seco”. Aquella era otra de las reglas no escritas de la organización. Esta vez serían dos los riñones y después deberían hacer desaparecer a la niña. Quizás los perros dieran también buena cuenta de ella. ¿Cuántos seres humanos desaparecen al año en España sin que nadie dé con su paradero? Entonces volvió al segundo de los temas que acaparaban su preocupación y al que el senador parecía no haber prestado atención cuando al principio se lo comunicó.

-Han encontrado una nota con el  nombre de la negra y un teléfono en el pantalón del pequeño. Su sobrino nos ha informado.

Don Mateo frunció el ceño.

-Pero, ha conducido a algún lado. Os lo habrá dicho el confidente si se ha averiguado algo de ello.

-No. El teléfono no pertenecía a nadie y el nombre de la chica es muy común entre los inmigrantes de Madrid. Andaya.

-Puta negra –masculló el senador- ¿Podemos fiarnos de ella?

Azgba y el médico se miraron antes de contestar. Parecían hacerse la misma pregunta.

-Creo que sí. Además esta vez mandaremos un recado a sus padres y a su hermano en su país. Se encargarán de hacérselo llegar antes de la nueva vigilancia. Su hermano desaparecerá de su casa hasta que la termine.

-Mmmmm…No la perdáis de vista. Que le llegue la noticia de la desaparición de su hermano. Es la única forma de  contar con garantías de que no se irá de la boca. Averigua porque el niño tenía su nombre en el pantalón y utiliza con ella cuando termine  la vigilancia de la nueva presa al carnicero. Que se ocupe de ella. Que los perros dejen de comer las dos semanas anteriores al término de nuestro nuevo negocio.

Respiraciones agitadas al otro lado.

-Así lo haré –dijo Azgba.

-¿Habéis averiguado algo de la nueva niña, de su familia?

Azgba habló.

-Son inmigrantes, lo que buscamos. Gente sin recursos. Ya la tenemos en la guarida y avisaremos a la negra tal y como nos ordenas. Le diré al confidente que te pensarás lo del nuevo pago y que pronto le contestaremos. La familia de la niña no tiene medios alguno para iniciar su búsqueda de inmediato. Pondrán la denuncia pero la policía, como hace en estos casos, tardará en buscar.

-Claro, no es española y posiblemente sus padres sean ilegales.

-Nos avisarán de dentro en todo caso cuando comiencen a buscar.

-En eso siempre trabaja bien mi sobrino.

Azgba pidió la cuenta.

-Bien, bien –atinó a decir el senador para que ambos le escucharan-. Ya sabes los cafés lo ricos que están.

Azgba comprendió. Como también la expresión “cortar el césped seco”. El gancho del confidente ya estaba muerto. Cuando extrajeran los dos riñones de la niña, habría que acabar también con su guardiana.

Pagaron y se marcharon de la cafetería.

-Asqueroso  corrupto –musitó el senador- Seis mil. ¿Qué se ha creído? Es un verdadero hijo de puta, aunque la puta sea mi hermana –habló solo-.

Azgba y el médico que le acompañaba eran esperados por un tercero en un Mercedes negro con cristales tintados de oscuro. Al subir en la parte trasera se miraron.

– Busca a Andaya en el piso. Que esté en el lugar que conoce mañana a las dos de la madrugada. Cuando termine su última vigilancia llama al carnicero y que le dé el pasaporte en la máquina de triturar carne. Tendrá un  trabajo pesado con ella.

Los ocupantes del vehículo rompieron en risas. Azgba no se iba a preocupar del por qué apareció el nombre de la chica en una nota en el pantalón del menor. No lo iba a hacer porque en unos días ella ya sería historia, como la nueva niña a vigilar. Además el confidente le había garantizado que esa pista no conducía a ningún lado.

Miró al conductor.

-Llama a Nosakere. Que haga desaparecer por un tiempo al hermano de Andaya. Después que haga con él lo que quiera. Ahora tenemos un largo día por delante.

Se centró en el siguiente orden del día. Debían de apalear a algunas de las chicas que en la casa de campo habían invadido territorio destinado a su propia organización. Era una tarea fácil pues ninguna contaba con protector. No volverían a aparecer por la zona marcada. Lo de la niña colombiana podría esperar y al contacto, el párroco, el único rastro que podría dejar la nueva presa, ya se le había aplicado  la importante tercera regla de la organización. El sobrino del senador trabajaba bien, aunque realmente no sabía si era justa o no la nueva cantidad que había solicitado. Seis mil euros.

Adanya deambuló sin rumbo por las calles de Madrid después de dejar el piso que compartía con otros inmigrantes. Durante su camino se cruzó con varios niños a los que dedicó su mayor sonrisa y pensó en el menor que había custodiado días atrás. Las luces de las calles se clavaban en sus ojos rojos aún llorosos. Se detenía en varios escaparates para observar los regalos con los que la sociedad donde ahora vivía ponía al alcance de los demás por tan solo unos euros. Televisores, videos, proyectores, tantas y tantas cosas que no había en su civilización que, si se lo contara a sus padres y hermano no lo comprenderían. Su mente volvía una y otra vez al pequeño y a su madre, el sufrimiento que ella llevaría sobre sí al no saber nada de él. Recordaba sus conversaciones con el pequeño en los largos días de cautiverio. “¿Cómo te llamas?” le preguntó el primer día. Y ella no quiso decir su nombre. Cuando se lo volvió a preguntar pensó que nada malo habría en decírselo. “Andaya, me llamo Andaya” “¿Andaya?” preguntó extrañado. “Sí. Se pronuncia diferente a como se escribe”. Entonces tomó un pequeño papel y le escribió su nombre. El último día del cautiverio del pequeño supo del año y día de su nacimiento. Tomó aquella nota escrita con su nombre que descansaba junto a una mesita de noche a la cabecera de la cama y le propuso jugar al juego de adivinar los años, meses y días de nacimiento de cada uno de ellos. “¿Qué año dirías que nací?” le preguntó acicalando algo los pelos de barba que nacían de color blanquecino cerca de su enorme papada. “Setenta y ocho” gritó el chico. Andaya sonrió. “Demasiado joven”. Negó con la cabeza. Después gritó: “Sesenta” “Demasiado vieja”. Estuvo acercándose con los números al contestar el menor y con las respuestas de Andaya entre joven y vieja. Parecía el juego del frío y calor que ya aprendieran siendo muy niños, cada uno de ellos en sus países de origen. Al décimo intento atinó: sesenta y seis. Al lado de su nombre en la nota escrita le puso el año de su nacimiento: 66. Después jugaron con su mes de nacimiento y día hasta atinar con el mismo. Detrás del año puso el mes 07. Finalmente el día 28. 660728. “¿Y tú, en que año viniste al mundo?” Sonrió el pequeño. Empezaba a tomar confianza con aquella negra de gran volumen. Abrió la mano y puso cinco dedos delante de ella después de varias combinaciones erróneas de la mujer. “2.005” Una nueva sonrisa de aquel ángel. Y Andaya escribió al lado del día de su nacimiento los dos números finales del año en el que nació el pequeño: 05. “Déjame que adivine el día en que tu mama te trajo. “El siete” El menor que negaba con la cabeza. “El doce” nueva negativa. La chica deambulaba por la habitación y se giraba cada vez que le decía un número. Aquello le hacía gracia al niño. “El dos” Pero no daba una. Nuevamente acuño los cinco dedos de la mano derecha delante  de la cara de la mujer. “El cinco”. Risas en la habitación. Añadió este último número detrás del año de nacimiento del pequeño y se obtuvo un número debajo del nombre de la mujer con su año, mes y día de nacimiento y con el año y día de nacimiento del pequeño: 660728055. Iba a preguntar por su mes cuando recibió la llamada de Ewashiba y su inminente llegada a la casa. Corrió fuera de la habitación cerrada y dejó sobre la mesita aquella nota escrita. El pequeño pensando que todo era un juego cogió la nota y la metió junto a la chocolatina que le diera su guardiana en el bolsillo derecho del pantalón.  Y fue allí, ante un escaparate de luces blanquecinas durante su paseo en la noche donde su rostro se quedó inmóvil, descompuesto. Uno de los televisores emitía la imagen de un descampado en la noche madrileña donde las luces de la policía iluminaban con destellos el lugar fantasmagórico. Contaba algo la imagen que no atinaba a escuchar detrás del grueso cristal que le separaba del interior inalcanzable. Pero leyó la reseña que en la parte inferior hablaba de posible tráfico de órganos y de un menor hallado muerto. Entonces no tuvo la menor duda. Separó su cara del cristal y vio su grueso cuerpo en él reflejado. Se alejó cada vez más del mismo, como si al otro lado hubiera una fiera dispuesta a saltar sobre ella. Respiró hondo y comenzó a correr en la soledad de la noche con la rapidez que sus kilos se lo permitían, sin importarle chocar de manera directa con algunos de los que se cruzaban en su camino mientras maldecía a su ser  y a su conciencia que la golpeaba sin cesar sintiéndose culpable y parte de la cadena que había llevado hasta la muerte a aquel pequeño. Se detuvo cansada por el esfuerzo y rompió a llorar. La gente la miraba sorprendida pero ella solo deseaba llorar, echar fuera lo que dentro la carcomía. “No, no había ayudado al niño” Se calmó. Algo atenazaba su garganta. Y entonces se sorprendió con un bello pensamiento: “No había prestado lo necesario al niño que vigilaba para que viviera pero lo haría con el siguiente, pues si de algo estaba segura es que volverían a llamarla”. Se incorporó jadeante de la posición que había adoptado apoyando sus brazos sobre las piernas mientras dejaba salir hacia fuera todo lo que llevaba dentro. Una familia pasó junto a su lado con un niño de la mano. Los miró y  les dijo con voz suave:

-Mañana empieza un nuevo día.

El padre tiró con fuerza de su hijo que la miraba extrañado, desconfiado, alarmado por la imagen que transmitía aquella mujer tan grande y negra. Ella le sonrió. Cuando se alejaban de donde estaba les volvió a decir:

-Mañana empieza de nuevo. No lo olvides, pequeñín.

DESIERTO  DEL SÁHARA. CUARTO DÍA

Al atardecer del cuarto día la calma había vuelto al grupo después después de la tensión vivida entre Nmachi y los hombres que ocultaba las garrafas de agua en el interior del camión y sobre todo lo acontecido con el joven Ola. Con pequeños sorbos todos dieron cuenta del líquido salvador casi hasta su agotamiento. Nmachi sabía que era un error no racionar el agua, pero en sus adentros pensaba que era indiferente morir antes que después pues estaba segura que ello iba a suceder así. Nadie iba a ir allí a por ellos. “¿A quién le importaba un grupo de inmigrantes negros? “Que beban cuanto quieran” pensó, y así lo ordenó. Porque la muerte era lo único que acechaba entre la arena y poco o nada confiaba en que llegaran a su destino para pedir ayuda tanto Abeke como Akin y Orji. El hombre al que había arrancado la oreja no se atrevía a mirarla y ella, aunque afectada por los golpes recibidos, se sentía tranquila y en paz consigo misma pues ahora, también, era protegida por todo el grupo conocedores del engaño al que habían sido sometidos en aquellos cuatro primeros largos días en el desierto por los tres hombres. El sol volvió a aparecer para brindarles una nueva jornada luminosa. Parecía increíble cuanto había acontecido en tan solo setenta y dos horas entre las arenas del desierto del Sáhara. Fue entonces cuando una mujer del grupo se levantó y señaló hacia el norte. Un punto en el horizonte llamó poderosamente su atención. Se levantó y fue a mirar apartada de los demás. Venía en la misma dirección en la que se había marchado su niña y el ojo medio cerrado después del golpe recibido por Ola apenas si la dejaba ver. El punto aparecía y desaparecía. En unos instantes su corazón la avisó.

-¡Abeke!

Corrió en dirección a la niña que avanzaba lentamente  trastabillándose hacia ambos lados. Cuando caía una fuerza interior solo innata a su raza y a la sangre que llevaba dentro la hacía levantarse para seguir en dirección hacia  el grupo. Debía ser fuerte, tan fuerte como su tía. Cuando Nmachi llegó hasta ella, la niña cayó en sus brazos. Tenía la boca seca y la cara llena de arena. Los ojos denotaban que había llorado durante el camino y entonces Nmachi sacó de su interior una frase que toda mujer poderosa llevaba dentro de sí para gritar a las demás:

-¡No más lágrimas! ¡No más lágrimas, mi niña!

-Tía, tía –atinó a decir antes de perder el conocimiento.

Nmachi la tomó en brazos y con su figura siempre erguida avanzó hacia donde se encontraban los demás arrastrando sus pies por entre la arena. Fue entonces cuando supo que estaba ante las últimas horas por compartir con quienes más quería en este mundo. Solo pensaba en Abeke. Ya le contaría qué pasó durante el camino. Ahora solo deseaba darle algo de agua y comida para que recobrara fuerzas.

-No más lágrimas, mi niña –se repitió a ella misma pues su sobrina no podía escucharla mientras caminaba con porte firme, con fuerza en su alma y el ánimo, aún frente a la adversidad, inquebrantable.

Aquello solo significaba una cosa, una sola cosa que empezó a anidar en su cerebro primero como una pequeña semilla y luego como una planta poderosa que agarra con fuerza en la tierra y levanta su tallo poderoso hacia el cielo: Debía ser ella la que siguiera el rastro marcado por Abeke en su camino para buscar ayuda, para llegar hasta Argelia. Y lo haría esa misma noche.

ARGELIA

الجزائر

VEINTISEIS

ALEPO. SIRIA

Mustafá se sintió completamente feliz cuando vio cómo la niña respiraba sobre sus brazos. Esa sensación en la que el alma se siente repleta de dicha la había experimentado cuando presentó a su hijo recién nacido a la luna llena, como era costumbre en su tribu. Así lo habían hecho con él su padre y antes su abuelo. La luna llena representaba para ellos el Dios inalcanzable pero visible. Era adorada todos los años en una fecha determinada y cada recién nacido era presentado a ella para darle las gracias por la nueva vida que acababa de llegar al seno familiar y para que le condujera con sabiduría por los difíciles avatares de la vida. Tenía el rostro completamente manchado de polvo la pequeña y de arena, y con la ayuda del niño, aquella rata que le había devuelto a él la vida, sacaron trozos de tierra de su boca. En un principio, cuando empezaron a caer las bombas sobre la ciudad buscando víctimas inocentes se sintió desconcertado y solo escuchaba a su recién estrenado compañero indicándole que corriese. Pero no podía dejar allí a la chiquilla. Debía tener la edad de su sobrina y su corazón se paró cuando la vio dentro de las posibilidades a las que alcanzaba su vista pues todo estaba rodeado de humo, cubierta por cascotes de uno de los edificios contiguos donde había golpeado el explosivo y lo había derrumbado como si fuera un castillo de arena. Después los gritos le alertaron de la presencia de humanos debajo de los escombros donde él ya se encontraba por pura casualidad, pues había tropezado con el cuerpo cuando deambulaba agachado por indicaciones del rata para respirar mejor. Su corazón humano, aquel que le impedía disparar contra seres semejantes hizo el resto.

-Agua, agua –le pidió al niño alterado sin saber qué hacer con el cuerpo que agonizaba y el humo negro aún sobre sus cabezas. Todavía en la lejanía se oía el “run run” tenebroso de los aviones que abrían sus panzas para lanzar muerte.

El rata salió corriendo para buscar lo que le había ordenado Mustafá mientras él deambulaba sin sentido alguno con la niña en brazos esquivando piedras y muebles que había sido disparados tras la explosión en todas las direcciones de la calle. Otras personas se acercaban hasta él. Un grupo de milicianos armados corrió hasta el lugar y arrancaron de sus brazos a la niña para llevarla a una furgoneta que esperaba cerca de lo que antes fue un sitio transitable en el que circulaban vehículos y discurría probablemente una vida en paz y ahora se había convertido en una sucesión de  cráteres. Mustafá observaba lo que hacían con la niña paralizado, esperando a que el rata apareciera en cualquier momento y temeroso de que pudieran descubrir su procedencia y, lo que era aún peor: el trabajo que había desarrollado para el régimen. Aquellos hombres no pertenecían al ejército Sirio. Uno de los milicianos vestido completamente de negro se acercó hasta él, se puso delante y le quitó el pañuelo de la cara. Le habían descubierto. Su respiración se volvió agitada y lo que sentía no era miedo, se asemejaba más al pánico. Cómo le iba a explicar que él no había dado muerte a ningún civil como francotirador en la escuela, que se había equivocado cuando decidido venir al país para combatir a favor del régimen de su presidente o que lo hizo porque precisaba dinero para costearse una vida diferente a la que llevaba en su pueblo, Arlit. De nada le iban a servir sus excusas e imaginó su cabeza cerciorada y clavada en un mástil a la entrada de la ciudad para ejemplo de los que como él, se atrevían a cruzar las fronteras con Siria y entrar en el país para luchar en un bando quizás equivocado o quizás no. Le explicaría la muerte del verdugo, su encuentro con el niño y esperaría compasión. Cuando esperaba que llamara a los demás  el joven miliciano éste le dijo:

-¡Assalaamu Álaikum! (1) “la paz esté contigo”.

Mustafá asintió con la cabeza y le observó marcharse. Dejó de temblar. Antes de llegar al camión junto a los otros milicianos que le esperaban al final de la calle le gritó haciéndole aspavientos con su arma:

-¡Vete. Esta es  la Dar-al-harb! (2) Casa de la guerra.

El rata no tardó en llegar con el agua y escuchó las palabras del hombre armado y a Mustafá sin el pañuelo que cubría su rostro tosiendo por el humo que se adentraba entre sus fosas nasales hasta provocar ahogo.

-Ya no hace falta –le dijo al chico y le tomó del hombro mientras veían avanzar al camión como podía entre los agujeros del terrero detrás de la furgoneta en la que viajaba la niña que habían sacado de las mismas entrañas de la tierra porque el destino así lo había querido.

-¡Salaam! (3) –exclamó el pequeño.

-Exactamente, rata, paz es lo que necesita este bello pueblo. ¡Salaam! –terminó.

(3) Salam. Paz.

DESIERTO DEL SAHARA. DIRECCIÓN HACIA ARLIT

El remolino de viento se disipó en el camino.

-Tampoco era para tanto –soltó  Orji dejando escapar con aquellas palabras toda la tensión que había almacenado en su interior.

Su compañero emitió un bufido. Se habían salvado por momentos. Continuaron andando tras haber dejado pasar una hora intentando conocer la dirección que seguía aquel demonio del diablo en su argot, denominación que recibía los pequeños tornados que se formaban en el desierto del Sáhara. La oscuridad de la noche apenas les dejaba ver las huellas de los camiones en la arena. Fue Akin quien lo vio antes.

-¡Por Alá! –exclamó.

Apenas a unos metros más allá de ellos se encontraba el otro camión que les había conducido hasta el lugar donde se averió el primero. Con él supuestamente habían ido a por repuestos los mafiosos y por lo que se podía apreciar, también éste se había averiado.

-Era nuestra última esperanza –se hundió Orji de rodillas en la arena tapando su rostro con las manos.

Akin meneó su cabeza negando su dura situación.

-Míralo siempre desde el lado bueno –musito-. Esto nos anuncia que ellos nunca vendrán a por nosotros. Que fuimos llevados al matadero y no lo vimos a tiempo.

-¿El lado bueno, el lado bueno? –Gritó Orji alzándose del suelo y trastabillándose cayendo sobre la arena al intentar caminar. Ahora estaba de rodillas ante su compañero de fatigas, como si le estuviese implorando- Hemos sido víctimas del engaño. Pagamos cantidades astronómicas para que nos llevaran hasta España, los ahorros de toda una vida propia y de nuestras familias que esperan también salir y ahora estamos en medio del desierto esperando nuestro final, sin apenas agua y unos mendrugos de pan duro como comida bajo un sol que quema. Que quema mucho, amigo Akin.

Akin dejó entrever entre sus labios los dientes blancos y enormes que conformaban una boca reluciente, inusual para alguien que había pasado calamidades y que había malcomido durante toda su corta existencia. Tocó la cabeza de Orji como si quisiera transmitirle en una ceremonia su perdón.

-Míralo siempre desde el lado bueno – repitió y sonrió Akin-. Esta noche la pasaremos en  lugar seguro –y señaló al camión-. ¿No has escuchado nunca aquello de que no hay mal que por bien no venga?

Orji pensó si tantas horas bajo aquel sol no había hecho ya mella en la cabeza de su compañero.

-¿Hablas enserio? –se levantó y miró hacia la figura majestuosa del camión en la nada, cubierto de arena a ambos lados, como si él también fuera presa de las adversidades y pidiera ayuda para salir de allí y surcar nuevamente caminos asfaltados.

Orji lo vio correr hacia el camión.

-Sí, habla en serio –masculló.

OHIO.  PENNYLVANIA. COMUNIDAD AMISH

Sarah se sentó en el primer banco de la Iglesia junto a su madre y su hermana ante el sencillo ataúd de su padre. No habían desaparecido en ella los remordimientos por la muerte de su progenitor cuando miraba en su dirección con la vista perdida. Sabía que era la culpable de cuanto había sucedido y que todo debía ser obra de alguien que le odiaba: Saúl. La mano derecha de su padre, Levi, era ahora quien emitía el pregón mientras los demás, sentados en los bancos de la Iglesia dispuestos en hilera, entonaban salmos sencillos con sus libros abiertos y leían pasajes de la Biblia. Miró en dirección a su madre que permanecía con las manos cruzadas observando en dirección a la madera que ahora contenía los restos de quién más había amado en vida. Debía de contarle lo del botón, el encuentro entre su padre y Saúl el día anterior, las amenazas para que no volviera por la comunidad y la inmediata muerte de éste. Quizás ya lo sabría porque su padre o su hermana se lo habría dicho. No obstante declararía ella su culpabilidad ante la comunidad para así enmendar en vida el dolor de su conciencia. Habría tiempo para ello. Escuchaba atenta las palabras del Señor de boca de su ministro.

-Hoy despedimos a un gran hombre que lo dio todo por su comunidad. Amó a los suyos y desprendió trabajo y vida siempre por y para los demás. El que en los últimos días hubiera deseado abrir las puertas de nuestra Comunidad a seres ajenos a  ellas –Sarah se sintió sorprendida- no puede servir de reproche alguno a quien ya está en presencia de Dios –añadió con voz potente aquel ser, Levi, mirando a los miembros masculinos, separados de las mujeres en la mitad derecha de la iglesia, y entre ellos a Willian, el esposo de Annika, que sentado en el primer banco asentía con la cabeza. Ese hombre que ahora había dicho unas palabras que entraron como una puya en el corazón de Sarah: “El que en los últimos días hubiera deseado abrir las puertas de nuestra comunidad a seres ajenos a ella”, era el hombre que su padre quiso para ella como esposo y  que la atemorizaba solo con mirarlo.

“¿Habría sido deseo de padre permitir que Saúl entrara en la comunidad Amish para hacerla feliz?””¿Podría estar detrás de su muerte alguien más que por propios intereses no permitiera nunca esa apertura al mundo exterior?” Sarah vio una luz más allá de la culpa tan solo en el propio Saúl el chico que tenía todavía aferrado a su corazón o en ella misma. Siguió escuchando. Alzó la mirada y giró levemente la cabeza hacia su derecha. Allí vio a Willian, en primera fila, alzando los ojos del libro de salmos para posarlos en ella. Su mirada no era limpia, estaba recubierta por el deseo de hablarle, de comunicarle algo que callaba para sí y que le quemaba por dentro pues hay miradas que reflejan temor y esa era una de ellas.

-¡El exterior atrae al maligno y se ha de cortar de raíz cualquier contacto! –ahora gritaba como si ello fuera una orden alzando la mano derecha hacia el cielo y señalando con el dedo índice en esa dirección Levi. Cesó en sus palabras para que todos asimilaran lo que les estaba diciendo. Tras unos segundos de silencio sepulcral los miembros Amish presentes comenzaron con el rezo de uno de los salmos. Un salmo que hablaba que la muerte solo era el camino hacia él, hacia la vida eterna, hacia la resurrección.

Sarah se llevó la mano a la boca y observó la ira en el rostro del que tanto amaba a su padre y que había terminado con su exposición: “¿Desearía Levi ser la voz principal de la comunidad en la Iglesia? ¿Sería esa la causa de la muerte de su progenitor?” Willian se levantó y fue hasta el altar donde parecía esperarle Levi que se apartó a un lado. Ninguno de los dos se miró. Entonces tomó la palabra mirándola siempre a ella.

-Hoy empieza una nueva era en nuestra Comunidad. Personalmente –Sarah estaba estremecida y ahora no podía pensar en la persona que se hallaba dentro del ataúd- me encargaré de que las reglas de Ordung se cumplan con fidelidad a los principios de nuestro mentor. Nadie podrá burlarlas bajo pena de expulsión y excomunión –sus ojos se clavaron en Sarah que bajó la mirada hasta el suelo de madera de la Iglesia sin entender muy bien esa especie de reprimenda en el día más doloroso de su vida.

El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que se le saldría de su pecho. ¿Por qué la miraba con tanto descaro cuando  hablaba? Sin duda la destinataria de aquellas palabras no podría ser más que ella.

-Demos sepultura conforme a nuestras costumbres a nuestro hermano –expuso después de realizar una nueva retahíla de reproches para todo aquel que se atreviera a contravenir el Ordung.

Varios hombres se levantaron desde el ala derecha de la Iglesia y tomaron a peso el ataúd de madera. La madre de Sarah rompió en llanto. Su hermana parecía ajena a todo, como si aquello no fuera con ella. Cuando se llevaron el ataúd de su padre varias mujeres fueron hasta donde ellas se hallaban para intentar consolarlas. Fue entonces cuando descubrió a Willian, el hombre bajito y enjuto que había conseguido casarse con la mujer más bella de la comunidad nuevamente posando sus ojos en los ojos de la hija mayor de Lebanon. Desde su posición frente a Sarah le habló sin emitir sonido alguno, solo con el movimiento de sus labios. Lo hizo varias veces hasta que ella comprendió lo que le quería transmitir:

-Debo contarte algo. Algo que te estremecerá.

Levi, en la distancia en el altar, observó la comunicación entre Willian y Sarah. Cuando ella se dio cuenta bajó la mirada y se dispuso a recibir el consuelo de las demás mujeres y niñas que estaban ya frente a ella. No obstante no podía dejar de pensar en aquellas palabras: “Debo contarte algo. Algo que te estremecerá”.

VALLECAS. MADRID

Adanya recibió una llamada al atardecer en su móvil. Una voz ronca al otro lado no se identificó. Solo le dijo:

-Te necesitamos.

Adanya se sintió desfallecida. No quería volver a hacerlo pero no tenía otra opción. El último dinero recibido lo había destinado a mandárselo a  sus padres y a sobrevivir en la ciudad de Madrid apestada por el desempleo. Precisaba los mil quinientos euros y aquello era una ocasión única.

-¿Cuándo? –preguntó apartada de vistas ajenas.

-Esta noche.

Adanya salió de la vivienda sin recoger pertenencia alguna. Sabía a dónde tenía que ir, ya lo había hecho en otras ocasiones. Durante el trayecto pensó si sería niño o niña la nueva presa a guardar. No importaba. Por encima de su conciencia, de la conciencia de los humanos, estaba el dinero y ella no iba a ser la excepción. Se acordó de las terribles imágenes que vio en la televisión del niño muerto metido en el saco. Aquello punzaba su corazón pero los pobres no pueden elegir, menos aún una inmigrante ilegal, obesa, que ni tan siquiera para ejercer la prostitución valía. “¿Quién se iba a acostar con ella?” pensó en la última vez que yació con un hombre y casi ni se acordaba. Ella sería la guardiana de la nueva víctima y la trataría como a un verdadero ángel los días que debiera permanecer a su cuidado.

-Allí estaré.

La comunicación se cortó. El siguiente paso era ir a por una nueva tarjeta de móvil de prepago.  El número que tenía debía desaparecer. Un nuevo número sería facilitado al demonio cuando llegara al piso. Esas eran las normas, borrar todo atisbo que supusiera una sola posibilidad de ser perseguido por quienes debían de andar buscando ya a la organización: la policía. Jadeante continuó el camino que la llevaría hasta el alma de una nueva vida a la que custodiar.

Azgba llamó a Ewansiba.

-La negra no tardará en llegar.

-¿Cómo te fías de ella? Su nombre apareció en uno de los bolsillos del menor. Y ese teléfono… Ha estado a punto de dar al traste con todo, de que terminásemos entre rejas.

-El teléfono no pertenecía a nadie. Ya nos hemos encargado de comprobarlo. Por tanto no entendemos porque figuraba debajo de su nombre.

Silencio  al otro lado.

-Tengo mis dudas con la negra.

-Nosakere tiene ya a su hermano. Antes de ir a la casa la llamarán sus padres para contarle que no saben nada de él. Ella sí sabrá lo que le ha pasado. Si quiere volver a verlo con vida callará.

-Lo que tú digas, Azgba.

-No obstante, cuando termine esta vigilancia quiero que el carnicero se ocupe de ella. Los perros tienen hambre, comerán al menos durante  un mes.

Escuchó las risas al otro lado por parte del médico.

-Así se hará.

-Quítale el teléfono móvil cuando llegue a la casa y dale uno de los nuestros que solo reciba llamadas entrantes. Bloquearle la posibilidad de hacer llamadas. No debe tener comunicación alguna con el exterior y cerciórate de que uno de los hombres esté pendiente de Andaya en todo momento. No me fio de la negra. Quiero un coche aparcado en la puerta día y noche mientras dure la próxima vigilancia.

-Por cierto, ¿esta vez uno o dos?

-Dos.

La niña ya estaba tendida en la cama y había recibido su dosis de tranquilizantes cuando despertó tras pasársele el efecto de los que le habían mezclado en la limonada cuando su padre la llevó hasta la vivienda acordada en la dirección que le facilitó el párroco con la excusa de visitar a una niña de su edad.

-El negocio no se detiene –masculló con satisfacción el médico.

Cada extracción le suponía a él un beneficio de nueve mil euros.

-Te avisaré en su momento. Esta vez el carnicero se dará una vuelta por la casa. Ya encontraremos otra mejor que ella para próximos eventos.

Ewashiba se fue hacia la niña. Cargó la jeringa y se la introdujo en vena. María volvió a dormir. Esta vez soñó con su hermano pequeño. Ya no estaba en la cama ni gorgoteaba cuando su padre le silbaba canciones de Héroes del silencio. Ahora lo veía con unas alas a su espalda y caminaba y le sonreía entre las nubes. Ella, como él, también tenía alas blancas en su espalda y desde su posición recostada sobre la nube blanca podían ver en la tierra a sus padres caminar llevando flores a un lugar determinado lleno de cruces: ¿un cementerio, quizás?

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