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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

 

VEINTISIETE

MADRID

Las noches de David se convertían en años. A la difícil defensa de Almudena se le unía la imposibilidad por conciliar el sueño; aquellas muertes, la de los dos jóvenes novios de Jaén y la defensa del viejo deambulaban en su cerebro como los gorriones por los árboles. “Escribe sobre tu dolor” le dijo un día un amigo psiquiatra. Fue así cómo comenzó a hilvanar los hilos de la historia trágica de los novios de Jaén en una especie de cuadernillo desde el principio, cuando se inició todo aquella aciaga noche en el camino de las cuevas y la ciudad se preparaba para una semana de fiestas patronales. Llenaba hojas y hojas en blanco para dejar plasmado en ellas lo que en su alma ardía. Todavía, veinte años después y apunto de prescribir el doble crimen con muchas respuestas sin responder algo dañaba su ser. Ese algo que va inserto en el alma oculta de los abogados y que no te deja respirar. ¿Serían culpables de verdad los dos imputados y luego absueltos? ¿Fueron los errores de la policía los que condujeron a su terrible absolución? Daba vueltas y vueltas en la cama en noches interminables estremeciéndose y sudando. Era otra vez el sudor frío el que recorría su cuerpo como si alguien desde arriba le hubiera lanzado un cubo de agua. Se incorporó; vivía solo y sus casos, la mayoría de las veces, no le dejaban pegar ojo. Entonces miró a los pies de su cama y otra vez estaba ella, allí, dentro de su imaginación, con su pelo largo descansando sobre su espalda y su rostro bello e inmaculado. Pensó que estaba perdiendo la cabeza  y que debía de ir, cuanto antes, otra vez a su  psiquiatra. Sin embargo cuando comentaba esto con amigos abogados y con profesionales de la medicina duchos en el estudio del cerebro y lo que se cuece en su interior, le decían que aquello era totalmente normal. Cuando un caso te ha marcado de por vida, ya nunca lo borras del disco duro de tu mente. Entonces creyó escuchar la voz tímida de la chica una vez más, esta vez con los ojos como platos. Desprendía una paz cuando hablaba que a él le hacía erizar el bello de sus piernas, donde ella se hallaba sentada, mirándole.

-¿Cómo es posible? –pareció preguntarle.

-Yo solo hice mi trabajo, soy abogado –contestó para sí sin abrir la boca.

Dobló la almohada, se la introdujo por debajo del cuerpo e intentó no mirar en esa dirección. Una y otra vez su cerebro reproducía conversaciones relativas a ese crimen. Así se lo había contado a su primo  la tarde anterior mientras apuraban cerveza tras cerveza en el London Club, un pub situado en el Pardo y escuchando música relajante de ambiente mientras miraban a la camarera que les servía detrás de la barra.

-Últimamente lo que me viene mucho a mis pensamientos –pausó sus palabras y pareció mirar al infinito- es la chica de Jaén.

-¿La asesinada, la del crimen de los novios? –preguntó su primo pegando un largo trago de cerveza, saboreando su sabor amargo.

-Sí

Silencio. La camarera tampoco quitaba el ojo de encima a David. Era apuesto y su vestir descuidado pero siempre con traje de marca parecía llamar la atención de todas las chicas. No ocurría lo mismo con su primo.

-Deberías acudir a un buen médico. Empiezas a perder el juicio.

Asintió.

-Otras dos birras –pidió Gómez-.

-La veo por todas partes, por todas partes. En el Juzgado, a los pies de mi cama, en este antro…

-Puede ser porque pronto prescribirá ese crimen impune.

La camarera le sirvió las dos cervezas.

-Así es.

No, no podía más. Se incorporó de la cama y tomó el teléfono móvil. Marcó un número. Nadie contestó. Volvió a llamar. Una voz soñolienta contestó al otro lado.

-¿Qué demonios te ocurre? Son las cuatro de la madrugada.

-Paso a recogerte en una hora. Haremos un viaje relámpago.

-Pero…pero, ¿estás chiflado’

-En una hora.

Y cortó la comunicación…

JAÉN

Cuando entraron en la provincia del Santo Reino, David se quedó prendado con el mar de olivos que a ambos lados de la carretera le daban la bienvenida. Antes de salir había efectuado una llamada telefónica a su amigo de facultad en Derecho, luego reconvertido en policía nacional por las pocas posibilidades de ejercer la profesión de abogado que tuvo y, finalmente, se había convertido en uno de los jefes de la policía científica en la comisaría de Jaén. No tardó mucho en devolverle la llamada indicándole la residencia donde Benito Collado, el testigo del crimen al que tacharon de borracho, pasaba la última etapa de su vida: Las hermanitas de la Caridad de Jaén.

-¿Quién plantaría tanto olivo? –preguntó su primo a su lado, en el asiento del copiloto, dando cuenta de un bocadillo de tortilla que habían comprado por el camino en una gasolinera.

“Mejor no contestar” pensó David.

-Llevas sin hablar dos horas y treinta minutos. El tiempo exacto que ha transcurrido desde que salimos de Madrid hasta que hemos llegado a Jaén –le expuso con el bocado en la boca dejando que algunas miajas de pan saltaran fuera al hablar-. Me dirás el motivo por el que hemos hecho este viaje relámpago.

David giró la cabeza.

-Quiero saber más.

Su primo se encogió de hombros. Miró al frente y vio al letrado que señalaba con el dedo índice hacia un cartel que indicaba que la ciudad se encontraba a poco menos de veinte kilómetros.

-Es ese crimen de los novios, el que te tiene aturdido estos días –se detuvo- Esos años, diría yo.

David asintió con la cabeza.

-Últimamente, desde que se acercaba su prescripción penal, no hago nada más que ver a la chica como ya te dije, Ana, en mis sueños, sentada frente a mí en el despacho, acompañándome a la sala de vistas, en cada expediente judicial que abro…

Su primo se quedó con la boca abierta mirándolo. Parte de la tortilla ingerida se escurrió por su labio inferior.

-¿Ves muertos?

David miraba al frente, observando la circulación. La pregunta se la había realizado su primo con algo de sorna y lo vio en su propio rostro de bobo.

-No es que vea muertos. Algo me dice que tanto error policial pudo dejar en libertad a uno o varios de los asesinos de los chicos.

-¿Ves muertos? –volvió a repetir la pregunta.

-No, no veo muertos. Es mi imaginación –alzó la voz,  casi enfadándose con su primo por la insistencia con aquella pregunta absurda.

Mirada desconfiada hacia él desde el asiento del copiloto.

-Para, para, que me bajo –le espetó en broma.

-Vamos a ver al mendigo que dice estuvo presente en la escena del crimen la noche de los hechos, Benito Collado, en el cortijo de la Casimira.

-El borracho.

-Sí. Así quedó en juicio, descalificado por todos.

-Y por ti.

Ante esa afirmación no había posibilidad de contestación alguna. Así lo había hecho él también pero siempre con fines defensivos para su cliente. Un testigo descalificado ante el tribunal y probada su afición a la bebida era una prueba ganada a favor.

La residencia de las Hermanitas de la Caridad se situaba en una arteria principal de la ciudad de Jaén, concretamente en el paseo de la Estación. Allí les recibió una monjita con suma amabilidad. Las campanas de la Iglesia llamaban a misa de  nueve. David miró su reloj. Con suerte estaría en Madrid al mediodía. Quería reunirse con Almudena para tratar asuntos importantes.

-Él les espera en el patio –les dijo la hermana.

Había pedido a su amigo policía que hablara con la superiora para que les permitiera ver al viejo Benito. Por eso la monja una vez se habían identificado le señaló el lugar entre las flores, en los jardines exteriores, donde pasaba la última etapa de su vida, mirando hacia el horizonte, esperando quizás a la muerte. Estaba en una silla de ruedas tapado con una manta que le protegía del frío de la mañana. La hermana les había advertido que padecía Alzheimer y que su enfermedad se había agravado en los últimos meses y que, muy probablemente, no recordara nada de su pasado.

-Este es nuestro hombre –dijo David señalándolo.

-El que incurrió en múltiples contradicciones en Juicio a preguntas tuyas y que insinuaste que estaba pagado por la policía.

David reconoció en su interior las palabras de su primo. Su defendido, el viejo, se enfrentaba a noventa y seis años de cárcel por dos delitos de homicidio, dos delitos de  violación, uno de detención ilegal y otro de tenencia ilícita de armas. Él se enfrentaba al ser o no ser en la abogacía. A podrirse en un despacho mísero el resto de sus días junto a un jefe alcoholizado o a conseguir abrir una puerta a un futuro mejor con ese importante juicio. Debía conseguir la absolución. Demasiadas cosas mal hechas en la investigación y en la instrucción de la causa como para no aprovecharlas. Todavía recordaba la cara que se le quedó al Juez instructor, el Sr. Cañada Clé, cuando solicitó a la policía las fotografías del lugar del crimen: “No hay fotografías” contestaron. La cámara no tenía carrete. Cuando  comenzó el juicio el quince de enero de mil novecientos noventa y siete por el  crimen contra los dos imputados, las pruebas eran débiles, insostenibles, y en algunos casos rozaban la nulidad absoluta por su forma de obtención, como las grabaciones a las que fueron sometidos en el interior de su celda en la cárcel donde se encontraban recluidos a la espera de juicio. De cualquier modo su sonido era tan malo que poco o nada se escuchaba. A alguien se le había ocurrido ocultar los micrófonos sobre la cisterna del inodoro.  Solo una prueba de las que pululaban por el sumario le preocupaba más que ninguna pero no iba en contra de su defendido: Los resultados de pruebas biológicas realizadas en la cátedra de medicina legal de Granada revelaban una alta coincidencia entre el acusado José Miguel Núñez y dos cabellos encontrados en las ropas de Ana María Torres. Sin embargo otro error más que añadir a la cadena que conduciría a la absolución. Esos resultados se extra papelan y llegan al juzgado con un retraso inaceptable para condenar a alguien a noventa y seis años de cárcel.

Se situó frente al anciano.

-Benito, Benito, me reconoce.

El hombre al escuchar su nombre dejó de mirar el verde de los jardines y posó sus ojos en la cara de David. Su primo se apartaba a un lado pendiente de lo que hablaban aquellos dos seres en los que el devenir de la vida, más de veinte años después, les unía fuera de un Juzgado. El viejo no habló.

-Soy David, el abogado defensor del viejo Juan Domingo León.

El anciano pareció estremecerse al oír ese nombre, pero no dejó salir de su boca ninguna palabra.

-Usted declaró en juicio. ¿Se  acuerda?

Meneo la cabeza a un  lado y a otro de donde estaba sentado y lo hizo de una forma brusca. La temperatura a esas horas de la mañana era fría y el cielo estaba despejado. Algunos gatos deambulaban por el lugar y el canto de los gorriones llegaba hasta ellos provenientes de las tejas de los tejados de la residencia.

-¿Dónde…dónde está él? –dijo con una voz débil, casi apagada.

-Murió.

El anciano agachó la cabeza. El caso del crimen de los novios de Jaén había dado un vuelco en la investigación con su declaración en Febrero del año mil novecientos noventa y cinco, casi tres años después de los luctuosos hechos, tres años de investigaciones inútiles, buscando furgonetas blancas por la capital y mujeres a las que pudiera pertenecer un zapato que apareció en la escena del crimen. Doce agentes destinados a esclarecer algo con muchos puntos oscuros.

-Benito, en juicio le preguntamos con vocablos técnicos que usted quizás no entendiera. Vengo a conocer la verdad de su propia voz, si usted me la quiere contar.

-Yo no…sé nad..a. ¿Por qué no me dejan en paz? –alzó algo más el tono, como si se hubiera enfadado ante la afirmación del joven. “Vengo a conocer la verdad de su propia voz”.

Algunas hijas de la Caridad se dirigían a misa con otros ancianos empujados en sus sillas de ruedas. La imagen tierna de aquellos ancianitos acució sentimientos encontrados en David. Su padre también pasó los últimos días de su vida en una residencia de ancianos y lo visitó menos de lo que le hubiera gustado.

-¿Qué vio usted aquella noche?

-No…no sé nada –masculló casi con rabia.

David miró a su primo. Quizás aquel viaje al absurdo en busca de respuestas no hubiera sido buena idea. El anciano decía no saber; quizás su Alzheimer no le permitiera recordar o quizás hubiera borrado de su cerebro los hechos que en su día narró primero a la policía y luego en juicio.

-Benito, ¿qué vio usted aquella noche?

Silencio. David respiró hondo. Le cogió la mano y le pidió perdón por importunar su paz.

-Siento haberle molestado, de verdad.

Entonces se giró para marcharse tras hacer una señal con la cabeza a su primo. Cuando bajó el primer escalón de las escaleras dejando atrás a Benito Collado escuchó:

-Me contr…adije. Me contr…adije. Pero sobre el hec…ho principal, lo que vi, a los que vi, lo que hicieron, dije lo que pasó. Me amenazó su cli…ente y usted lo vio…lo vio. Tu…ve miedo pero di…je lo que vi, lo que vi. Y los vi…los vi, con la chi…ca. To…davía oigo sus gritos…sus súplicas…Ese día juga…ba el Madrid en Tene…rife…Lo escu…chaba. La escu…ché.

David giró la cabeza y vio cómo el anciano agachó la suya para mirar al suelo. Luego los dos la alzaron y chocaron con sus miradas.

-No…no me creye…ron. Y, usted…tuvo parte de cul…pa en ello. Pero lo ví. Tenían a la jo…ven retenida. Lleva…ban un cuchi…llo y una escopeta. Lo dije tres vec…es y no me creyeron. ¿Por qué me va a creer usted aho..ra despu…és de tanto tiempo? Para los jueces no tu…ve credib…lidad. Usted di…jo que yo só…lo era un bo…rracho pagado…por la policía. Pero los vi…la vi….como a usted le veo ahora…mismo. Y, la ve…o, la ve…o tod…os los días.

David se quedó mudo, sin saber reaccionar. A su primo le pasó algo parecido. El viejo repitió sus últimas palabras.

-Y, la ve..o, la ve…o, tod…os los días. Ten..ían un cu…chillo y un..a escopeta…y, a la chi…ca.

Y enmudeció como si una losa pesada cayera sobre él. David miró al cielo y vio en él nubes pequeñas surcando la ciudad de Jaén, la del Santo Reino.

 

VALLECAS. MADRID

Kevin salió despavorido del piso al que había  llevado a su pequeña. Aún se encontraba aturdido por los efectos del narcótico pero no importaba. Ya no importaba nada, ni tan siquiera los problemas con la justicia y el próximo desahucio de la casa. Ahora solo pensaba en María. Corrió por las calles de Madrid en dirección hacia la Iglesia del Santo Sepulcro. Tenía que contar a su confesor, a quien le había conducido hasta ellos, lo que le había ocurrido. Pensaba en qué le iba a decir a Gloria cuando volviera a su casa sin la menor. Estaba aterrado, lloraba y no le importaba chocar con los viandantes con los que se cruzaba. No paró ni un solo instante. Tomó un taxi y pidió que le trasladaran lo más rápido posible a Vallecas, hasta la Iglesia del Santo Sepulcro. “María, María” repetía constantemente el nombre de su niña en su cerebro ante la mirada de extrañeza del taxista.

-¿Le ocurre algo, le puedo ayudar? –preguntó.

Pero Kevin negó con la cabeza. No, no podía ayudarle. Una hora después llegó hasta las inmediaciones de la Iglesia y le hubiera gustado morir allí  mismo para no tener que dar explicaciones a nadie. El lugar estaba acordonado por la policía con cintas que impedían el paso al interior del templo. Numerosos curiosos se agolpaban en la zona para intentar saber qué había ocurrido. Se  puso junto a ellos y miró por encima del cuerpo de un policía cerca del límite donde estaba el cordón policial.

-¿Qué pasó? –preguntó de forma inocente a uno de los policías que vigilaba que nadie traspasara el cordón tal y como se le había ordenado.

El policía no contestó. Si lo hizo uno de los chicos que como público asistía al espectáculo y que parecía llevar allí toda la vida.

-Mataron al cura.

Kevin se arrodilló. El joven lo miró extrañado.

-¿Le conocía?

Negó con la cabeza intentando apartarlo e intentando hacerle entender que estaba bien. Pero seguía de rodillas para sorpresa del joven.

-¿Le pasa algo, señor? –intentó incorporarlo cogiéndolo por las asilas.

El rostro de Kevin se había vuelto pálido y por la comisura de sus labios se escapaba su propia saliva, incapaz de controlarla y de pronunciar palabra.

-No, no, solo rezo por él –se excusó intentando no llamar demasiado la atención.

Era su fin. El fin de su pequeña, el fin de su familia. Pensó lo que iba a hacer en las horas siguientes. Bebería con el mendigo del retiro hasta perder el conocimiento  y luego saltaría al Manzanares. No sabía nadar. “La corriente me arrastrará hasta el infierno, lugar al que me merezco  ir” pensó.

Se levantó mientras sus piernas temblaban como todo su cuerpo. Observó cómo en una camilla cubierta por una manta blanca sacaban el cuerpo del párroco. Apretó los puños y maldijo al cielo. “Adiós, María, adiós” musitó.

 

VEINTIOCHO

DESIERTO DEL SÁHARA. AMANECER DEL QUINTO DÍA

Akin miró a su compañero de travesía sentado en el asiento del copiloto. El cielo del desierto se había cubierto de un inmenso negro bañado con miles de estrellas y solo el viento levantaba la arena que iba a estrellarse de forma directa contra el parabrisas del camión que ahora los reguarnecía de la fría noche.

-Si fueras una mujer, te haría el amor aquí mismo –bromeó Akin.

Orji puso  cara de asco.

-Se dejaron las llaves puestas –añadió Akin mientras las giraba en el contacto-: pero no hace nada el motor –se lamentó mientras esperaba un milagro- Ron, rommmm, rommmm –imitó el sonido del motor dejando escapar entre sus carnosos labios la saliva.

-¡No andas bien de la cabeza! –Silencio-. Si atrapara a ese mal nacido –masculló Orji en referencia al hombre que los había conducido hasta allí –Ojalá se abrase en el desierto –miró hacia el horizonte pero solo la oscuridad era dueña de aquel lugar aunque una tenue luz empezaba a levantarse.

En su fuero interno conocía que el hombre en el que descargaba su rabia se había marchado con los otros miembros de la organización que habían venido a por él hasta el lugar donde ahora ellos se hallaban subidos en un camión. Una situación que le pareció cómica: “Dos negros en un camión averiado en mitad del desierto”.  Ello significaba que jamás pasarían a recogerlos y, menos aún y lo que más le preocupaba: al grupo. Los habían abandonado a su suerte. Pensaba denunciarlo a las autoridades si conseguía salir con vida para que en lo sucesivo ninguna otra persona humana pasara por lo que estaban pasando ellos. Pensó en los niños que iban a morir. “¿Cómo se podía tener tanta sangre fría como para olvidase de unos niños?” “¿Se podía tener algo de conciencia?” Él, al menos, había vivido treinta años, pero los niños no iban a alcanzar ninguno  la mayoría de edad.

-Tengo sed, ¿pegamos un trago? –preguntó Akin.

-¿Qué hacen dos negros en un camión averiado en el desierto?

Akin le miró extrañado.

-¿Y dices que yo ando mal de la cabeza? Pues… me pillas –le contestó mirando el horizonte más allá de lo que le dejaba ver la absoluta oscuridad en dirección al punto de luz que aparecía cerca del infinito.

Orji dejó entrever sus blancos dientes relucientes.

-Deberíamos aprovechar la oscuridad de la noche y la ausencia de calor para avanzar –añadió Orji pasándole la botella- Son cinco los días con este que nace los que llevamos en esta barca de arena.

-Sabes como yo que no llegaremos a lugar alguno. Jamás alcanzaremos Argel y, menos aún, nuestro pueblo.

El otro miró hacia el frente a través del parabrisas.

-No tenemos salida.

-Hay una –repuso Akin ante el pesimismos de su compañero al que Orji no hizo mucho caso, pues sabía de sus constantes bromas. Giró nuevamente el contacto del camión sin percibir ruido alguno- ¡Éste trasto! –afirmó.

Orji giró la cabeza hacia Akin asombrado por las palabras del chico. Akin la desvió igualmente en su dirección y sonrió dejando ver unos dientes dañados por las caries en su totalidad.

-No te lo vas a creer, pero trabajé un mes de mecánico en mi pueblo, en Agadez.

Orji ahora respiraba agitado. ¿Sería de verdad posible reparar aquel camión y huir para buscar ayuda? Aquello sería una cosa maravillosa que salvaría sus vidas. En un instante pasó a adoptar una actitud positiva y alegre. No obstante no tenía tan seguro que un solo mes diera para tener suficientes conocimientos en el arte de la mecánica de aquellos complejos trastos como para poder arreglar un camión sin piezas que sustituyeran a las dañadas y menos aún sin herramientas.

-Y, ¿arreglaste muchos camiones? –preguntó deseando una respuesta rápida que le sacara de la duda que las palabras de Akin habían formado en su cerebro.

Akin negó con la cabeza. Ahí empezaron a derrumbarse las ilusiones creadas en su acompañante.

-¿Entonces?

Akin volvió a sonreír.

-¡Era un taller de bicicletas!

Orji se quedó estupefacto.

-No tiene gracia.

-Ya…ya. Pero ha habido un momento en que ha vuelto a nacer en ti un rayo de esperanza. Por cierto, ¿qué hacen dos negros en un camión averiado en el desierto? Me lo preguntaste antes y no me has contestado.

Orji respiró hondo.

-¿Quieres saber qué hacen dos negros en un camión averiado en mitad del desierto? Tú, mecánico de  bicicletas.

-Sí, si –le dijo sonriendo.

Silencio.

-Dímelo, no me dejes con la intriga. Soy un pobre negro atrapado en la arena y tú otro negro. Dos negros. Dos negros en un camión. ¿Qué hacen si el camión está averiado?

-¡Esperando a la puta madre del tercer negro que los trajo hasta aquí! –contestó Orji.

Ambos estallaron en risas. Difícil de comprender en una situación desesperada como aquella.

-Claro, claro –expuso Akin- nunca vendrá.

-Sí, sí, porque nadie conoce a la puta de su madre.

Unos segundos después ambos callaron de golpe, como si algo hubiera irrumpido en el interior de la cabina que les hubiese asustado o alarmado.

-Pienso en ella –dijo Akin rompiendo el silencio-. Lo he hecho todo por ella y voy a perder lo único que me queda: la vida.

Orji pareció entenderle.

-Mustafá es un buen hombre.

Akin asintió con la cabeza.

-No puedo defraudarla. Hay que pensar pronto en cómo salir de aquí.

Giró otra vez la llave. “Ron, rommmmm” volvió a dejar salir de su interior el sonido del camión.

-Intentamos echar un sueño. Está a punto de amancer –y señaló al punto blanco que se veía aún muy lejano.

-Perfecto, unas horas.

A Orji le despertaron los golpes que bajo el camión daba Akin. Cuando abrió los ojos, el sol golpeaba fuerte sobre sus cabezas. Salió fuera y vio a su amigo debajo justo del depósito de gasolina dando con un hierro que había cogido del interior de la caja donde habían sido transportados a través del desierto por las mafias.

-¿Se puede saber qué haces?

Salió fuera y Orji pudo apreciar el olor a  gasolina que desprendía.

-¿No me digas que has conseguido arreglarlo? –Preguntó de forma irónica-¡Lo tuyo son las bicicletas!

-No, no. Vamos a realizar con este camión lo único que podemos hacer.

Su compañero le miró extrañado.

-¿El qué?

-Retírate.

Orji obedeció. Akin encendió uno de los fósforos que tenía para encender su tabaco y lo echó debajo del camión.

La gasolina no tardó en prender. El camión comenzó a arder mientras los dos jóvenes se apartaban.

-¿Qué consigues con esto?

-Llamar la atención.

Observaron cómo el fuego comenzaba a devorar la panza del camión para luego extenderse por la lona superior dispuesta sobre la caja.

-¿De quién?

-Cuando nos quedamos averiados estábamos cerca de Argelia según oí comentar a los hombres que luego se marcharon para buscar recambios.

-¿Y?

-Si estábamos cerca de la frontera con Argelia, es muy probable que los guardias de fronteras vean el humo negro –miró hacia el cielo y observó la enorme columna que se elevaba hacia el infinito-. Si oí bien, no tardarán en venir a ver. ¡Son curiosos!

Orji deseó por el bien de todos que así fuera. Pero poco o nada confiaba en que así lo hicieran. A nadie les importaba lo más mínimo unos inmigrantes africanos pero el humo quizás consiguiera despertar la atención.

-¿Y qué hacemos? ¿Esperamos?

Akin movió la cabeza negando.

-Debemos seguir hacia nuestro pueblo. No es seguro que el incendio del camión dé resultado y debemos buscar ayuda para salvar a todos los niños del grupo.

-Y los adultos –añadió.

Akin negó con la cabeza.

-Los adultos no me importan. Ya vivieron lo suficiente. Los niños sí –dijo- Son el futuro, quienes algún día contarán al mundo nuestra aventura.

Akin y Orji emprendieron camino bajo un sol abrasador dejando atrás el camión incendiado al que devoraba las llamas como a ellos y al grupo devoraba la arena y el sol del desierto.

Con la vuelta de Abeke se terminaron las provisiones de agua. Todos  habían bebido sin saciar por completo su sed pero ahora, la situación, se antojaba desesperada. Nmachi sabía que sin comer podía una persona vivir hasta tres semanas pero, sin bebida, bajo aquel sol cegador, sería cuestión de menos de tres días cuando la deshidratación se cebara primero con los más débiles para llevarse después a los más fuertes. Durante la mañana habían visto un humo negro elevarse hacia el cielo con dirección a Níger, la que habían tomado Akin y Orji. Si ellos podían ver ese humo era evidente que alguien más que se  encontrarse en la zona podría haberlo visto e ir a conocer su origen, lo que podría suponer la llegada de ayuda. Era una tenue esperanza a la que había que aferrarse con fuerza. No sabía a qué se debía esa densa humareda y renacieron leves ilusiones también de que alguien supiera de su incierto destino y de alguna forma les mandaba alguna señal para que resistieran cuanto sus fuerzas se lo permitiesen. Algunos niños lloraban pidiendo agua y eran consolados en la forma en que podían por sus madres. Nmachi se acercó hasta las tres garrafas vacías puestas cerca de una de las ruedas del camión y vio cómo el joven al que había arrancado la oreja bajaba su mirada hacia el suelo. Pensó en esos hombres que son o aparentan ser demasiado fuertes frente a mujeres débiles pero que, cuando les plantas cara, son tan cobardes como los perros solitarios salvajes del desierto de quienes tanto había oído hablar y que, hasta el momento, por fortuna, no habían aparecido. Cuando actuaban en grupo acosaban, derribaban y desgarraban a su presa hasta que se desangraba. Sin embargo cuando estaban solos huían con el rabo entre las piernas al menor atisbo de resistencia por parte de su víctima. Tomó las garrafas y se puso en el centro del grupo:

-Escuchad. Quiero hablaros.

Los que dormitaban abrieron sus ojos y los que no, prestaron atención para escuchar a  la mujer  que se había enfrentado a los hombres por el agua.

-A partir de ahora siempre que alguien vaya a orinar lo hará en estas garrafas –las alzó sobre su cabeza y todos fijaron la mirada en ellas.

La hechicera se levantó y se dirigió hacia Nmachi.

-¿Pretendes…?

Nmachi la apartó. No tenía miedo ni a sus hechizos ni a sus brujerías. Nunca había confiado en esos seres que jugaban con el miedo y la ignorancia de los demás.

-Sí. La única forma de permanecer hidratados es beber nuestros propios orines -gritó.

Alguna mueca de asco pudo observar en los rostros de quienes la escuchaban.

-Moriremos –le dijo la mujer mirándola fijamente.

-Moriremos si no lo hacemos. Al principio apreciaréis un fuerte sabor agrio, pero os acostumbraréis. Yo mismo lo he visto hacer a alguna de las tribus de nuestro país cuando las sequías asolaban y secaban las charcas. Los niños lo harán en esta garrafa –la alzó y la situó a la derecha- Los demás en estas dos. A ellos no le daremos nuestra orina, beberán la suya propia –se acercó hasta los pequeños que la miraban entre asustados y sorprendidos por las palabras de la mujer- El orin lo haréis en esta garrafa. Luego, cuando tengáis sed, podréis beberlo. No es malo, no. En las barriguitas de vuestras mamas durante el embarazo, tomáis una mezcla en la que va incluida vuestra propia orina. Sobrevivís nueve meses. Así que ante la falta de agua tomaremos el pipi, ¿conformes?

Ninguno de los niños habló. Todos la miraban ensimismados, pensando si aquello sería bueno o malo para ellos. Pero tenían mucha sed y deseaban beber, aunque ello tuviera que ser sus propios orines.

-Sigo pensando en lo absurdo de lo que propones, Nmachi –alzó otra vez la mujer oronda y barrigona la voz cerca del viejo Adisa.

-¿Y qué otra solución puedes aportar? ¿Acaso tu magia hará que mane agua del cielo para saciar la sed de todos o abrirás con tus manos la tierra para que nazca un río de aguas puras y cristalinas?

“A veces no es necesario contestar ante las pocas respuestas que se puede tener frente a argumentaciones o afirmaciones tan veraces” pensó Nmachi que observó como la anciana se apartaba y volvía junto a los demás.

-Haremos nuestras necesidades tras el camión –se fue hacia el lugar y dejó allí  las garrafas.

Se dirigió al hombre al que arrancó la oreja de un mordisco que algo más apartado se encontraba con los otros dos que le habían acompañado en la custodia del agua.

-Vosotros –llamó su atención- Al amanecer iréis en busca de cactus. En la zona debe de haber sin duda cientos de ellos. Los machacaremos y podremos tomar su jugo para paliar en algo la  necesidad de tomar orina.

Ninguno contestó. Todos sabían que aquella mujer tenía algo que la diferenciaba de las demás: Su fuerza interior. Nmachi volvió al grupo. Se sentó junto a su hijo y lo abrazó. El humo en el horizonte se disipaba como se disipaban sus esperanzas de salir con vida del lugar. Tomó a Abeke y la besó en la cabeza.

-Has sido muy valiente, Abeke. Ninguna niña de tu edad se hubiera atrevido a enfrentarse con el gigante llamado desierto. Tú lo hiciste.

La niña la observaba postrada en su regazo con los labios cortados.

-Mama –llamó su atención el pequeño sentado junto a ella- quiero que venga papa.

Nmachi trajo hasta sí la imagen de Mustafá, enrolado en una guerra para conseguir dinero que los sacara de su país. Pensó realmente si algún día conseguiría volver a verlo. Vio su rostro, sus ojos, su cuerpo, lo sintió cerca como cuando se acostaban sobre el lecho de paja en la choza allá en Arlit. Una imagen posterior borró la de su esposo de su mente. En ella veía cuerpos sobre el ardiente sol del desierto sin vida, los hijos tumbados junto a las madres, los hombres clamando perdón a Alá antes de dar su último aliento y ella allí, de pie, viéndoles morir a todos sin poder hacer nada más por ayudarles. Fue entonces cuando tuvo claro que sería ella quién debía recorrer el camino que antes había hecho Abeke en un último intento por salvar al grupo. Lo haría al atardecer del quinto día cuando el sol saludara a la luna para dejarle paso en el cielo. Lo haría sin agua, sin comida, solo con su fe, la fe que solo el viento destina a mujeres como ella. Lo que el viento nunca susurró.

OHIO.  PENNYLVANIA. COMUNIDAD AMISH

Dos semanas después de enterrar a su padre la vida transcurría en la comunidad como si nada hubiera pasado. Sarah rememoraba la bonita ceremonia con la que despidieron a su progenitor y parecía ver en cada momento, aun estando despierta, la mirada escrutadora de Willian  el quesero, conocido así por ser el encargado de hacer los quesos que luego su propio padre intercambiaba en la ciudad. Su mujer, la bella Annika, había derramado muchas lágrimas en el funeral de su padre, algo normal si se piensa que ambas parejas, la formada por el quesero hombro en el que se apoyaba siempre su padre Lebanon y Annika,  y la su padre y su enfermiza madre eran inseparables; pero aquel hombre, en los días siguientes a la partida no querida del director espiritual de la comunidad, de su líder, parecía perseguirla a cualquier lugar al que fuera. “¿Qué querría ese hombre? ¿Deseaba contarle algo que ella debiera conocer acerca de la muerte de su padre? ¿Le habría dejado alguna última voluntad para que se la transmitiera cuando ya no estuviera?” Sin embargo, aun sintiéndose inquieta, había algo que la intrigaba en la forma de actuar de Willian. Antes de conocer sus propósitos, deseaba salir de una de las dudas que atormentaban su corazón: ¿Qué había tenido que ver en la muerte de su padre Saúl? Así que un amanecer tomó el caballo que padre usaba para ir a la ciudad, lo ensilló y se encaminó como rayo que cae en el bosque en busca de su amor roto. Aún su corazón latía fuerte por él, pero debía  explicarle ese chico que hacía el botón que le había regalado para anunciarle su amor prohibido entre las pertenencias del cuerpo de padre cuando apareció asesinado. Al tomar el caballo y dirigirse a la salida de la comunidad Willian se interpuso en su camino.

-¿Dónde vas?

Miraba en todas direcciones como si no quisiera ser visto por alguien. Sarah apreció su miedo en los ojos.

-A la ciudad.

No quiso contar lo que pretendía hacer allí.

-Esta noche, cuando la comunidad descanse ve al establo. Hay algo muy importante que quiero que sepas.

Y dicho aquello emprendió la marcha perdiéndose entre la arboleda donde se asentaban algunas de las cabañas de la comunidad. Sarah se quedó sorprendida. Como él, quiso saber si alguien les había visto hablar. ¿Sabría Willian quién asesinó a su padre? Espoleó con fuerza al caballo levantando al viento partículas de polvo que dejaron una estela en su camino. El polvo y la estela que dejarán todos cuando abandonen su propio camino.

14-AGOSTO-2017