banner-peque;o-cuidate-natur

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

 

 

TREINTA Y UNO

DESIERTO DEL SÁHARA. ANOCHECER DEL QUINTO DIA

Solo unos pocos se atrevían a apagar su sed tomando algún sorbo de orines de los dispuestos en las garrafas que Nmachi había dejado tras su marcha y que se encontraban llenas hasta la  mitad. Los que lo hacían ponían muecas de evidente asco seguidas de arcadas que no animaban a los demás a seguir su ejemplo y prefirieran aguantar  su sed cuanto pudieran antes de atreverse a cruzar el umbral hacia lo desconocido, hacia lo nunca probado, el destinado a beber desechos líquidos de los otros. Abeke cuidaba de su primo después de haber sufrido por la marcha de su tía y del  sol abrasador del día mitigado algo por la lona del camión que les proyectaba sombra sobre sus cuerpos  cuando observó cómo el hombre al que había arrancado parte de la oreja su tía Nmachi se dirigía hacia ellos dos. La niña apenas si pudo reaccionar cuando recibió una fuerte patada en su costado que la lanzó hacia adelante separándola de su primo. El hombre tomó al hijo de Nmachi y comenzó a pegarle con fuerza ante los gritos del pequeño que protegía su cabeza con las manos y con sus brazos finos. Descargó sobre él cuanto le hubiera gustado hacer sobre su madre por medio de puñetazos y patadas que iban destinadas a hacer el mayor daño posible. Abeke se levantó y se fue hacia el hombre agarrándose a su  brazo flexionado sobre el que soltó un fuerte mordisco a la altura del antebrazo. La reacción de la fiera fue levantarla en el aire con el brazo derecho aún con la dentadura de la pequeña clavada sobre él y  lanzarla lejos como si de un saco repleto de harina se tratara. El niño permanecía acurrucado, esperando la próxima patada o puñetazo del ser que con ira se  imponía ante él como montaña infalible y rocosa. Nadie en el grupo se decidía a actuar, a defender al pequeño. Cuando soltó la otra patada sobre el cuerpo del menor, Elín sitió un fuerte golpe sobre su cabeza que le dejó aturdido. Después otro más que le hizo perder el conocimiento y caer cerca de su prima con los ojos abiertos y la cabeza sangrando. El niño, al recuperar algo la conciencia, vio entre las nubes que parecían haber sido dispuestas sobre sus ojos  nublados el rostro de su salvadora.

-¡Se acabó! –gritó Folami, y dejó caer sobre la cabeza del agresor la herramienta destinada a aflojar los tornillos de las ruedas del camión que con mucho esfuerzo había tomado con las dos manos hasta alzarla por encima de sus hombros.

Un sonido hueco  se escuchó en el grupo ante el último golpe recibido por el joven cerca de la coronilla y que asistían perplejos a lo que sus ojos veían sin hacer nada, totalmente pasivos, paralizados por el miedo que sentían ahora que la que fue su salvadora se había marchado, la madre del pequeño que estaba siendo salvajemente apaleado.

La hechicera de la aldea soltó su arma con la que había golpeado al joven en la arena  y se fue hacia el pequeño. Lo tomó en sus brazos y lo acogió entre sus pechos intentando consolar su llanto cuando volvió a retomar el conocimiento del todo antes parcialmente perdido. Le dolía profundamente el cuerpo por los golpes recibidos y sobre todo la cabeza. Los demás en el grupo, hombres o mujeres, habían permanecido inmóviles ante la agresión  al pequeño hijo de Nmachi y solo la actuación de la hechicera salvó su vida. Abeke corrió junto a su primo.

-Todo pasó ya, todo pasó –se abrazó a él.

-Prima –gritó llorando-.

Su llanto era difícil de calmar. Abeke examinó su cuerpo, su cara, su frente. Tenía un fuerte golpe en su mejilla pero no era grave y la sangre que salía de su cabeza del hijo pequeño de Nmachi apenas si llegó a contaminar alguno de los cabellos del niño formándose pronto una costra que evitó que emanara más. Aún peor eran las heridas del niño en su rostro inflamado producto de alguna patada recibida. Más graves eran aún la del valiente sin parte de oreja que yacía sin respirar sobre al manto marrón del Sáhara. Al pasar por su lado Folami escupió sobre su rostro.

-¡Cobarde! –le gritó.

Y se fue hacia el lugar cubierto por la lona del camión con su corazón acelerado, pensando que quizás aquel hombre no volvería nunca a despertar.

ALEPO. SIRIA

-¿Te has fijado? –preguntó el mocoso señalando a Mustafá enormes socavones en el terrero.

Algunos contenían agua procedente de la rotura de tuberías de la red de saneamiento de lo que quedaba de la ciudad muerta.

-Sí –respondió-.

-Son ocasionados por los barriles  explosivos.

Mustafá se acarició la sien.

-¿Barriles de explosivos?

-Sí, los lanzan helicópteros del presidente y están llenos de metralla.

-Vaya –musitó intentando digerir lo que el niño le contaba-.

-¿Y sabes que es lo mejor? –Sonrió al hacer la pregunta-.

El niño miró hacia el cielo evitando al andar por lo que antes debía ser una calle llena de vida y que ahora tenía agujeros tan grandes como un campo de futbol.

-No, ¿qué es lo mejor pequeña rata?

El mocoso de personalidad apabullante volvió a sonreír mientras miraba al cielo ahora azulado.

-No, no sé qué es lo mejor.

-Solo se escucha un silbido.

-¿Un silbido? –Mustafá miró en dirección al cielo azul donde algunas nubes se movían como si abajo, en aquel lugar, todo fuese un remanso de vida y paz.

-Sí, un silbido..fiffffffffffff –hizo el sonido con sus labios dispuestos en forma de o- y luego la explosión. Y…-se detuvo.

-¿Y? –preguntó intrigado Mustafá.

-¡Y se acabó la vida!

Al jovenzuelo le parecía divertido lo que le había contado a Mustafá que intentaba asimilar sus palabras y que se imaginaba el silbido antes de poder ver, si es que se conseguían ver, aquellos barriles llenos de metralla volando por el cielo en busca de vidas inocentes. Cada hora que pasaba con aquel sorprendente adolescente aprendía más y más de una guerra que solo conocía desde las ventanas de una clase en una escuela.

-Oye, rata.

El niño se volvió.

-Me dijiste que sabías cómo se sale del país.

El pequeño asintió con la cabeza.

-Lo haremos por la frontera de Tal-shihab.

Mustafá se detuvo.

-¿Y dónde cae eso?

-Al suroeste del país, a unos quinientos kilómetros de aquí.

Mustafá creyó desfallecer. El adolescente contaba aquello como quien toma una taza de café al levantarse pero, en aquel país, recorrer un kilómetro y permanecer vivo ya era una proeza.

-¡Quinientos kilómetros! ¿Y los haremos  andando?

-No, no, lo haremos en los checkpoints.

Un coche pasó a toda prisa en el horizonte, dos manzanas más allá perfectamente visibles pues los edificios que contenían aquellos barrios de varias alturas ahora se hallaban por los suelos o, simplemente, en esqueleto formado por hormigón donde se podía ver el interior de lo que antes debían de ser las estancias de los diferentes pisos: cocina, cuartos, aseos.

-¡Mira, uno! –le gritó entusiasmado.

-¿Pero, que es un checkpoints?

Abdel Salâm como se llamaba y cuyo compañero aún desconocía su verdadero nombre se acicaló el pelo.

-Sabes muy poco de una ciudad en guerra, ¿no es cierto?

Mustafá no tuvo más remedio que asentir. Cada paso que daba tropezaba con alguna de las piedras levantadas de la calzada.

-Son los coches de particulares que trasladan a los heridos camino de Jordania. Mi amigo Yunes ya ha viajado catorce veces.

-¿Y ha vuelto?

-Sí, las catorce.

-Vaya.

-Si, en cada viaje se lleva a alguno de los suyos. Él aparenta estar herido y de uno u otro bando se respeta a los vehículos, no los atacan.

-Vaya con Yunes.

-Sí, es muy listo. Lo conocí en las alcantarillas, pero luego aprendió que el negocio de los checkpoints es más rentable que comer ratas allá abajo –el pequeño volvió a dejar entrever en su cara mugrienta una sonrisa.

Mustafá cada vez se encontraba más sorprendido con Abdel Salâm No había nada que no supiera. Caminaba detrás de él como el niño que camina de la mano de su padre, con una seguridad tranquilizadora. ¿Cómo podría haber vuelto a sonreír después de perder a sus padres y hermanos, después de llevar la vida que llevaba en la antesala del maligno, allá en las alcantarillas?

-¿Y por qué me has dicho antes lo haremos? –le preguntó Mustafá deteniéndose y observando a una familia que corría pegada a lo que quedaban de fachadas de edificios, mirando al cielo.

-¿El qué?

-Sí. Has dicho lo haremos, te he escuchado perfectamente. La forma verbal que has utilizado es haremos y no harás cuando te referías a la manera de salir de esta ciudad, de este país a través de la frontera…-se detuvo.

Otra sonrisa pícara del niño.

– Tal-shihab.

-Eso. Vaya nombres ponéis a los sitios por aquí.

-Porque yo también me voy de aquí. En mi tierra solo puedes encontrarte con la muerte al doblar cada una de las esquinas. Ya no recuerdas al perrito. Yo podría haber volado antes que él de no haberme apuntado un francotirador con ojo de tuerto –sonrisa-. Así que he decidido  marchar y lo haré contigo. Ya no tengo a nadie a quien llorar y me gustaría ver mundo.

-Buff –emitió un resoplido-. Pero si no puedo hacerme cargo de mí mismo, ¿cómo lo haré de ti?

Abdel Salâm  el rata se detuvo de golpe.

-Sé cuidarme sólo.

-Ya, eso no lo dudo.

-¿Entonces?

-Bueno, quizás no sea mala idea.

-Además yo conozco a Yunes y sin él no saldrás de aquí. Me necesitas.

-Vale, hecho.

Ambos chocaron sus manos, como si de dos adultos se tratasen. Luego Abdel Salâm  miró hacia el cielo.

-¿Oyes?

-El qué.

-El silbidooooooooooooo.

Instintivamente Mustafá miró hacia arriba. Intento afinar su oído pero no tenía tanto alcance como el del pequeño. Unos instantes después volvió a escuchar las tremendas explosiones que el niño le explicará sobre los barriles explosivos rellenos de metralla. Detrás de ellas, columnas de humo que buscaban las nubes blancas del cielo que parecía en paz pero de cuyas entrañas vomitaba muerte. El chico comenzó a correr y Mustafá, tras unos segundos de desconcierto, hizo lo mismo tras él para intentar alcanzarle. Sin embargo las piernas del niño parecían la de una gacela perseguida por lobos. En la distancia Mustafá le gritó:

-Ni tan siquiera sé tú verdadero nom…bre –le dijo fatigado por el esfuerzo de la carrera de obstáculos, pues no solo debían adivinar de dónde provenían los helicópteros que lanzaban los barriles, sino también sortear los numerosos baches y socavones del terreno por el que corrían para intentar ponerse a salvo. Y es que Mustafá, hasta ese día, siempre había tratado al niño con el apodo de rata, como las que vivía con él en las alcantarillas de Alepo.

El silbido del que le hablara el niño volvió a sonar. Con él se entremezcló las palabras de quien le apodaban la rata contestando al mercenario Mustafá.

-Abdel Salâm.

El esposo de Nmachi saboreó el significado del nombre del mocoso. A continuación dejó traslucir en su rostro una mueca irónica.

-Ojalá tu nombre sirva para algo en este país.

El niño doblaba lo que quedaban de edificios en pie y se detuvo ante una rejilla que accedía a las alcantarillas de la ciudad. La abrió y esperó la llegada de Mustafá.

-Vamos, adentro.

Mustafá se introdujo en ella como el que se pone un traje a medida. Detrás el pequeño cerrando tras de sí la boca de lo que era la entrada a su inmensa casa. Otra vez en la oscuridad y jadeantes, Mustafá le miró.

-Así que, …-respiración agitada- Sirviente de la paz.

El mocoso le miró.

-Cuando mis padres decidieron ese nombre Siria vivía en paz. En esa época vine yo a este mundo.

Mustafá asintió con la cabeza.

-Abdel Salâm, sirviente de la paz –y tocó su frente con su mano derecha-.

Mustafá tocó con la palma de su mano izquierda su corazón,  la subió y tocó sus labios;  un poco más arriba volvió a   tocar su frente, para finalizar señalando al cielo taponado por el techo que era el suelo de la ciudad y con el codo doblado a 90 grados le dijo:

الله يكون معك ، أنت قلبي ، والكلمة والفكر (1)

(1) Que Allāh este contigo, te lo deseo de corazón, palabra y pensamiento.

JAÉN

Ana y Oscar descansaban de forma eterna en un cementerio hoy ya cerrado con nombre de santo: San Eufrasio. David sintió el aliento jadeante de su primo a su lado y sus palabras:

-No me gustan estos sitios, no sé por qué te empeñas en venir a visitar unas tumbas.

Pero David no contestaba. Tenía su mente puestas en las palabras de Benito Collado, el mendigo:

“Los vi…los vi cómo te veo a ti, ahora”

-Oye, ¿y las cintas grabadas en la prisión? –le preguntó mientras caminaban entre cipreses por las calles del camposanto.

Se giró y le miró. Detrás de él vio también lápidas con nombres olvidados en la memoria del ser humano. Alguien que un día vivió como él y que ya cumplía con la única verdad de la vida: la muerte.

-Pusieron los micrófonos para grabar sus conversaciones ocultos sobre la cisterna de la celda. Eran prácticamente inaudibles.

“Joder, joder” pensó.

-¿Y no había otro sitio mejor?

David estaba llegando al lugar donde estaban enterrados los novios de Jaén. En su interior pensaba que aquellas lápidas e inscripciones le podrían susurrar algo desde el más allá. Eran ya muchas noches sin sueño.

-Los jueces que los juzgaron no pudieron hacer mucho con las pruebas que le dieron –miró a su primo que jadeaba aún más por el caminar rápido de David bajando una empinada cuesta entre lápidas, flores y el trinar de algún gorrión sumergido entre las sombras de la arboleda del campo santo- Y escucharon una y otra vez las cintas grabadas porque así lo ordenó el Tribunal Supremo para que se repitiera el juicio ya con ellas como pruebas, pero nada. Nada de nada. Solo fragmentos interpretables en muchos sentidos. Así es imposible. El crimen costó el puesto a muchos.

Su primo comenzó a meditar en voz alta a su lado.

-Pruebas de ADN que se pierden o llegan tarde para ser analizadas, objetos de la víctima que aparecen días después, cintas mal grabadas en prisión, un testigo poco creíble, fotografías del lugar del crimen tomadas sin carrete por la policía –se detuvo en sus divagaciones- ¿Qué más se puede hacer mal en una investigación?

Habían llegado junto a sus lápidas. David se estremeció al ver las fotografías sobre ellas de ambos jóvenes con toda una vida plasmada en sus rostros y arrebatada en una noche sangrienta. “¿Qué más se puede hacer mal en una investigación?” Escuchó en su interior la voz de su primo como si fuera otra persona quien le hablaba. En los últimos días su mente comenzaba a presentar síntomas de una persona paranoica. Miró a su primo y asintió a sus palabras.

-Eso no fue todo –murmuró, como si alguien desde su interior le dictara lo que tenía que decir.

-¿No fue todo, no fue todo? –alzó la voz su primo sin importarle la mirada de algunos visitantes del campo santo que llevaban flores o arreglaban tumbas.

Negó con la cabeza.

-Hay algo más, mucho peor. Te lo contaré camino de Madrid. Voy a encontrar la verdad. La voy a encontrar. Dos o tres asesinos andan sueltos en la ciudad de Jaén.

Su primo le miró de forma descarada.

-Tú has estudiado de primera mano todo el sumario. Has hecho el juicio, te has entrevistado con tu cliente y has visto al otro acusado, el oso le decían, ¿no? –le miró de frente cuando David se detuvo-. ¿Fueron ellos?

El abogado agachó la cabeza y miró la tumba de Ana. Ana parecía mirarle a él. Sus ojos en la fotografía de la lápida y los nublados de David se fundieron en una sola mirada. Una bandada de pajarillos emprendió el vuelo desde las tejas de uno de los pabellones de nichos contiguos. David tragó saliva pero no dio respuesta a lo que pareció escuchar de boca de la propia Ana.

JAÉN. UN AÑO DESPUÉS DEL DOBLE CRIMEN

Y las palabras le salían del corazón, habladas por ella. Su madre solo se limitaba a escribirlas.

“… Es extremadamente curioso. No estamos solos, pero los otros jóvenes a los que vemos no hablan, callan. Como te he explicado, al otro lado hay una cortina de humo que solo podemos correrla nosotros para ver lo que pasa en vuestro mundo. Esos chicos callados deambulan sin rumbo acá, como nos pasó a nosotros en las primeras horas sin vida. No dejan de llegar. Algunos tienen lágrimas en sus ojos. Si esto es el cielo, en el cielo también se llora. Nadie nos comunicamos con nadie. Este lugar es parecido a nuestro mundo donde también sentimos deseos de abrazar a los que hemos dejado atrás. Te preguntas ¿qué hacer? ¿Qué será lo próximo? No es cierto que una vez que te vas sientas una paz infinita, no es cierto madre. Lo vi en el rostro blanquecino y pálido de los demás chicos qué, como nosotros, debían de estar también muertos. Te preguntas dónde está el  Dios del que tanto nos hablaron al otro lado. ¿Por qué no podemos volver y estamos aquí, atrapados? Y lo peor de todo, ves cuanto sucede detrás de la cortina de humo que da a la vida. Ves el sufrimiento de los tuyos abrazando un cadáver en una cama de un hospital, a las puertas de una clínica médico forense, a la entrada de un cementerio y, no puedes decirles nada de forma directa. No puedes acercarte a ellos para que sienta tu último aliento. Observas su deterioro por las noches en vela, su dolor interior. Cómo los días van destrozando sus esperanzas hasta que van asumiendo la nueva realidad. Quizás eso sea lo que ha de pasarnos a nosotros dos y a los demás que nos acompañan: asumir la nueva realidad. Me siento y observo nuevamente nuestros cuerpos trasladados hasta dos nichos comunes donde van a sepultar la materia. La energía que acompaña al cuerpo y que le llaman alma pasa al otro lado. Veo la comitiva fúnebre, a ti y a papa, a mi  hermano y, entonces, me pregunto otra vez: ¿dónde está Dios? Levanto la cabeza y los veo a ellos, a los nuevos que han llegado y que ha sorprendido la muerte de forma inesperada y que, en su interior, deberán hacerse la misma pregunta. Entonces Oscar me afirma lo que yo a he sentido: ¡En el cielo también se llora!

TREINTA Y DOS

VALLECAS. MADRID

-¿Dónde estoy?

Adanya sonrió a la niña. Sus ojos parecían querer enfocar el objetivo humano que se presentaba ante ella. Los tenía nublados y su visión borrosa mostraba a la pequeña el enorme cuerpo de una mujer de color que se sentaba en el borde de la cama, como hacía su madre muchas mañanas para darle los buenos días antes de que cayera en su tristeza perenne. “Le pasaba mucho a los adultos” pensó. Se ponían tristes por algo y ya no había persona o pastilla que les sacara de ese mundo en el que se introducían: el del dolor del alma. Pero no, aquella no era su madre, ni tampoco su casa. Le dolía mucho la cabeza y solo deseaba salir de allí lo antes posible. Lo último que recordaba era haber tomado de la mano a su padre y haber ido a una casa desconocida donde una niña de su edad debía de conocerla. Una nueva amiga. Luego no sabe lo que pasó hasta el momento preciso en que se estaba despertando en un sitio extraño, oscuro, casi vacío de mobiliario.

-En tu nueva casa. Come –le dijo la mujer desconocida extendiéndole un plato con algo de fruta cortada y un danone. Se levantó y fue hacia la mesita para tomar la pastilla que le daría tras la cena.

-¿Y mi papi?

Adanya tenía que actuar. Lo hacía con todos: la única forma de tranquilizarlos. Primero besaría su frente, luego le tomaría la mano y se le  apretaría con dulzura para intentar transmitirle calma. Comprendía el miedo que debía experimentar un niño al que de repente le han separado de sus seres queridos y de su entorno.

-Está trabajando y me ha pedido que cuide de ti. No tardará en venir si te portas bien -le sonrió y le dejó entrever su caja de dientes blanca y reluciente. La niña no comía, rehusaba la fruta al carecer de apetito que le había presentado en un plato de papel pintado con referencias a dibujos de Disney.

-Mi padre no trabaja –dijo algo contrariada y todavía afectada por el narcótico que le dieron con la limonada.

-¿No trabaja?

Negó con la cabeza. Andaya no sabía por dónde seguir la conversación con ella y mostrar su cara amable.

-¿No comes?- preguntó.

Negó una vez más. Se sentía enfadada. Quería salir de allí, ir con su padre, volver con su madre y sus hermanos. Echaba de menos sobre todo al pequeño y sus gorgoteos junto a ella en el sofá de casa.

-Bueno, tú te lo pierdes –tomó el tenedor y ella misma comenzó a dar cuenta de la manzana, la pera y el melocotón. El danone lo dejaría para el final-. Bebe al menos –señaló el vaso de agua y esperó su reacción. Pero la niña estaba ojerosa y no parecía tener la menor intención de colaborar aunque solo fuera un poco para facilitar la difícil tarea de su guardiana. Además se encontraba aturdida por los efectos de los somníferos vertidos en su limonada y que la hizo sumirse en un profundo sueño del que ahora empezaba a despertar.

-Quiero irme de aquí –miró a su alrededor. Adanya se puso tensa. No quería utilizar la fuerza  pero lo haría si era necesario.

-Mira, si te portas bien veremos juntos los dibujos, ¿te apetece? –le preguntó con dulzura, como la madre que acude a la cama de su hija recién despierta apretando su mano. Acicaló su cabello y tocó levemente su mejilla.

La niña no contestó. Andaya salió afuera hasta la habitación contigua a por el pequeño televisor en blanco y negro y que ya le había valido para ganarse la confianza de otros pequeños a los que vigiló. Cuando lo tomó en pulso vio en uno de los rincones de la vivienda un saco. Se le hizo un nudo en la garganta y hasta ella viajó la imagen del pequeño que había visto en el televisor de los grandes almacenes en aquel descampado desconocido y que ocultaba su cuerpo. Sabía que encender el televisor  contravenía las órdenes recibidas pero no le importaba. Quizás al principio hubiera tenido más en cuenta el cumplimiento estricto de las normas, pero ya no. Nadie lo iba a saber y, posiblemente a esa pequeña, no volviera a verla más y tampoco, con seguridad,  contaría nada sobre el televisor a sus captores quienes nunca se hacían ver por sus presas. Cuando llegaban actuaban con mucha rapidez y casi siempre encontraban al pequeño o a la pequeña bajo los efectos de algún tranquilizante, aturdidos. Puso la serie de los Simpson que tanto le gustaba y que había disfrutado junto al anterior pequeño al que tuvo que vigilar y que tantas noches después de su partida le había quitado el sueño viendo la manita suya sobresalir por la parte lateral de un saco mal cosido: aquella manita que ella misma había cogido en infinidad de ocasiones para intentar transmitirle tranquilidad o simplemente para entregarle una chocolatina. Recordó el último juego que practicó con él para entretenerle consistente en averiguar la edad que tenía, el año, el mes y el día en que nació.

-No me gustan esta habitación–gritó asustada, empezando a tomar conciencia de que estaba en un lugar desconocido, quizás muy lejos de su casa y de sus hermanos y que su padre no iba a volver a por ella. Si no qué sentido tenía que una mujer gorda le estuviera dando de comer y que ahora intentara amenizar su estancia con dibujos. Sin embargo aquel grito no gustó a su vigilante.

Adanya se levantó, la tomó por los brazos debajo de las axilas y la alzó sobre su cabeza como quien coge una muñeca de trapo; no podía perder autoridad ni permitir que los gritos fueran escuchados por alguien del vecindario.

-¡Si vuelves a gritar, te estampo contra la pared! –le espetó con los ojos desorbitados.

La pequeña pudo ver las venas hinchadas de aquel enorme cuerpo negro que la sostenía en alto sobre su cabeza. Comenzó a llorar. Poco a poco lo soltó sobre la cama hasta dejarla en posición de sentada; no era su intención hacerle daño alguno. Acicaló nuevamente su pelo y le enjugó las lágrimas con la manga de su camisa.

-No, mi pequeña, no. No era mi intención asustarte –le susurró como su madre le hacía noche tras noche en su cama cuando acudía a taparla y lo hizo  con palabras que parecían salir con pasión de los labios de esa mujer. -¿Cómo te llamas? –preguntó intentando tranquilizarla.

No contestó. Sus lágrimas corrían por su cara y la pena enterneció aún más a Andaya.

-Mi nombre es Andaya y voy   a cuidarte en los próximos días. Pero si gritas no nos llevaremos bien. Si no comes me enfadaré. Si lloras, lloraré –y le sonrió-.

Se levantó, tomó el plato que ella sola se había terminado y la dejó a solas con los dibujos que representaban la imagen de  familia ante ella, reunidos en el salón de su casa. Sobre la cama, sentada, musitó su nombre.

-María, me llamo María, hija de Gloria  y   de Kevin, el manitas.

Volvió y se sentó junto a ella cuando dejó el plato en el fregadero de la cocina.

-¿Kevin, el manitas? ¿Por qué ese nombre?

María no contestó, no sabía qué decir. La mujer empezaba a mostrarle confianza. “No parecía mala como su maestra”, pensó.

-Arregla las cosas, es bueno –otra lágrima-  Y mami llora mucho –dijo con pena-.

-¿Llora mucho? ¿Por qué?

Se encogió de hombros.

-Bueno, tú no vas a llorar más, al menos conmigo. Quiero que me perdones por haberte cogido con tanta fuerza. A veces parezco una mula o, al menos, eso parece mi cuerpo, ¿verdad?

La niña emitió una pequeña mueca parecida a una aprobación de lo que había escuchado mientras la observaba. Parecía un buey o un hipopótamo, eso era cierto. Había visto uno parecido a ella en el zoo de la casa de campo.

-Papi es bueno, muy bueno. Mama llora porque no tiene trabajo.

Andaya respiró hondo. Tragó saliva y pasó su mano sobre los hombros de la pequeña. Miró el televisor y vio ella también la imagen de la familia Simpson junta. Luego vino hasta su mente algo que la dejó aturdida: un saco en un descampado, una mano de un pequeño y un subtítulo debajo de la imagen anunciando la aparición del cuerpo de un niño.

-Entonces papi es bueno según me has contado y mami llora mucho –le extendió una chocolatina intentando apartar aquello que le impedía conciliar más de una hora seguida de sueño  los últimos días.

La niña la mordisqueo con desganas. Al apreciar el sabor dulce volvió a morderla.

-No llegué a conocer a la niña –dijo con voz dulce María.

-¿La niña? –preguntó extrañada Andaya.

-Sí, papi dijo que había venido de nuestro país. Fuimos a ese piso y ya no lo he vuelto a ver ni a él  ni a la niña hasta que tú me has despertado. Por eso tengo miedo.

Andaya sintió un pellizco en el corazón. Parecía como si se lo hubieran perforado. La forma en que esa niña había llegado hasta la organización no era la habitual. Normalmente se tomaba a los hijos de las extranjeras traídas por las mafias de otros países para garantizar el pago del pasaje desde su país. Pero no era habitual que un propio padre llevara a su hija hasta el abrazo de la muerte.

-Bueno, como eres buena chica –besó su cabeza- pronto la conoceremos. Te llevaré a verla.

Se levantó de la cama y salió afuera. Cuando se apartó de la vista de la pequeña se apoyó en la pared dejando posar su frente sobre el brazo. Respiró hondo: estaba mareada y confundida. No quería ver más niños metidos en un saco. No en esta vida.

OHIO.  PENNYLVANIA. COMUNIDAD AMISH

Sarah terminó sus quehaceres en la huerta comunitaria y volvió hasta su cabaña. No se paró a saludar a nadie. Los demás miembros la miraban como si tuviera el diablo dentro cuando la veían pasar a su lado, pero justificaban su conducta por lo mal que lo estaba pasando tras perder de forma trágica a su padre y, a su primer amor. Todos comentaban en la comunidad la imagen del chico abandonándola apuntado por la escopeta del gran Lebanón. Andaba hecha una furia camino de su casa situada muy cerca de la Iglesia: solo tenía ganas de descargar el dolor que llevaba dentro. Hacía tan solo tres días que habían enterrado a su padre y parecía que hubiera pasado toda una vida. Echaba tanto de menos sus palabras cariñosas, sus consejos, sus besos. En esos tres días además había perdido a quien encendió la llama en su interior y su mente le decía que debía volver a verle con el fin de conocer los últimos pasos de su encuentro entre padre y él en la ciudad antes de su muerte. Corrió hasta la habitación de sus padres; en ese momento en casa no había nadie pues acababa de comenzar el culto a cargo de la mano derecha de su progenitor, aquel hombre al que profesaba un temor grande y que  había sucedido a su padre tras el repentino e inesperado adiós del mismo en las tareas religiosas: Levi. Se tumbó en la cama y dejó que su rabia saliera fuera en forma de lágrimas. Cuando se creyó con algo más de fuerza sintió necesidad de acariciar alguna prenda que su progenitor hubiera llevado en vida. Eso le hacía sentirse más cerca de él. Fue al armario y tocó los trajes negros, las camisas blancas y los tirantes que sujetaban sus pantalones. Acercó su nariz para olfatear el olor peculiar de quien tanto amó. Acarició sus zapatos siempre limpios. Sobre una de las estanterías estaba la Biblia, su libro de cabecera al que acudía todas las noches para leer antes de dormir y con la que compartía lecturas junto a su madre y la tomó. Siempre le habían dicho, ya desde pequeña, que si querías escuchar la palabra de Dios solo hacía falta abrirla al azar, leer un párrafo y dejar hablar en forma de latido al corazón. Así lo hizo, pero lo que leyó no tenía mucho sentido con el malestar que almacenaba en su alma frente a todo lo que la rodeaba.

“Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de Nos sabiendo el bien y el mal: ahora, pues, porque no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre: Gn 3:23 Y sacólo Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Gn 3:24 Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía a todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida”.

Aquello no significaba nada para ella o, al menos no lo entendía. Si Dios le estaba hablando se había equivocado sin duda de tema. Ella quería saber y conocer cómo un ser humano puede ser capaz de comprender el daño de otro para con sus semejantes, justificar una acción como el asesinato de su padre. Por qué estamos sufriendo día a día y por qué a quienes más quieres parten sin avisar, sin poder despedirte de ellos. Eso es lo que ella deseaba conocer de la palabra de Dios. Decidió abrir otro pasaje:

“Y dijo Jacob: Dios de mi padre Abraham, y Dios de mi padre Isaac, Jehová, que me dijiste: Vuélvete a tu tierra y a tu parentela, y yo te haré bien. Gn 32:10 Menor soy que todas las misericordias, y que toda la verdad que has usado para con tu siervo; que con mi bordón pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos cuadrillas. Gn 32:11 Líbrame ahora de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo; no venga quizá, y me hiera la madre con los hijos. Gn 32:12 Y tú has dicho: Yo te haré bien, y pondré tu simiente como la arena del mar, que no se puede contar por la multitud

La palabra de Dios terminó por desconcertarla. Posiblemente a su padre le hablase a través de la Biblia pero ella se sentía aturdida, como si estuviese hablando con alguien que había perdido el juicio. Aquel pensamiento la hizo sonreír aún en su desgracia: Dios había perdido el juicio. Quizás fuera así pues no entendía el porqué de tantas desgracias a gente buena. Si él era nuestro padre y era bueno, no debía permitir que los buenos se marcharan antes que los malos, pensó. Decidió cerrarla mientras tocaba las pastas del libro sagrado. Las olió. Sin embargo no olían al olor característico que desprendía su padre al tabaco de liar que tanto le gustaba saborear fuera del alcance de la vista de los demás: Las pastas de la Biblia olían a cola de las que hacían en casa con harina y agua y creyó apreciar el olor a planta de lavanda que su madre utilizaba. Pensó que sería como consecuencia de que ella misma habría tocado la Biblia cuando consultaba alguna de sus páginas en las noches y días que permanecía en cama por su constante debilidad y enfermedad a la que nadie ponía nombre. Fue entonces cuando vio hilos de cola blanca uniendo los bordes superiores de las pastas de la palabra de Dios, algo que la dejó desconcertada. Se veía una burda manipulación. Por puro instinto tiró levemente del papel que se pegaba por la parte interior a la pasta y vio cómo se soltaba con facilidad. Cuando lo hizo salieron fuera tres notas manuscritas perfectamente dobladas y ocultas en aquel libro sagrado. Su cara de sorpresa solo la ocultó durante unos instantes llevándose las  manos hasta la boca para no gritar.

-¿Qué…qué?

No le salían las palabras. Sarah respiró agitada: ¿Qué serían esas notas escritas y ocultas en las pastas de la Biblia? ¿La habría puesto Dios en el camino de la verdad? ¿Si leía algo que no debía podría estar condenada al infierno?” Su curiosidad era mayor que cualquiera de las normas o reglas a seguir aprendidas en la comunidad desde edad muy temprana. Tomó la primera, le quitó los dobleces y la puso ante ella. Entonces leyó en voz baja:

-Siento tanta necesidad de estar contigo. De amarte, de besarte. Escucho con tanta atención tus palabras en el culto diario que haría cuanto estuviera en mi mano por pasar el resto de los días junto a ti. Sin embargo él está allí, observándome, observándonos; se ha cruzado en ocasiones conmigo y me ha pedido insistentemente que te deje. Pero te amo tanto…Debes hablar con él, decirle que lo suyo y lo mío no tiene sentido, que solo te amo a ti. Debes expulsarlo de nuestro territorio. Él hará lo que esté en su mano por hacerte daño y eso no lo soportaría. Una vida sin ti no es vida.

Sarah se quedó aturdida. La sorpresa inicial había dado paso a un sentimiento interior extraño. Aquella letra de caligrafía ágil, de letras bellas tumbadas y abrazadas con lazos las unas sobre las otras no era de su padre. No venía firmada y de pronto su corazón intentó salir de su pecho cuando vio quién se las remitía en la última nota manuscrita oculta en las pastas del libro bendito y que apresuradamente también desdobló. Allí aparecía el nombre de ella, sin firma. ¿Quién era esa tercera persona a la que se refería y que había de poner nombre en el tercer  vértice de lo que parecía un triángulo amoroso? Porque la primera nota manuscrita era sin duda una declaración de amor. Pensó en su padre y, cómo no, en su madre.

-¡Dios mío! –musitó.

Jamás podría haber imaginado una persona en el corazón de su padre que no fuera su propia madre, su hermana y ella.

-Papa –le llamó como si fuera a recibir respuesta de un momento a otro.

Sarah estaba nerviosa. En varias ocasiones se levantó para mirar por la ventana y ver si su  madre o su hermana se acercaban a casa tras el culto. Ninguna de las dos debía de conocer aquel secreto guardado celosamente por su padre en el corazón mismo de la palabra de Dios. Luego meditó si su madre al coger la Biblia no se habría dado cuenta como ella de que las pastas de la palabra sagrada escondían un secreto que como se había puesto de manifiesto tras los acontecimientos pasados era mortal. Desde el alfeice se veía la Iglesia y ninguna persona salía aún de su interior. Solo unos niños jugaban con unos perros en la misma entrada. El sol comenzaba a pegar con fuerza y el canto de las aves al despertar junto con los ladridos de los canes era lo único que se escuchaba dentro de aquel remanso de paz. Ahora ella estaba ante el secreto mayor guardado por su padre. Volvió hasta la segunda nota manuscrita, la volvió a desplegar ante ella con cuidado y leyó algo  que le provocó angustia:

-Esta noche se lo contaré todo. No puedo más y tú debes hacer lo mismo con Teresa. Ocultar un solo día más lo nuestro va en contra de nuestros corazones y atenta contra los mandatos divinos, aquellos que tanto nos une. Le pediré que no venga más hasta mí. Que solo hay un hombre en mi vida que eres tú. Debes avisar a tu hija, debes hacerlo. Sarah no debe pasar por lo que yo pasé. Hazlo.

Esa nota si tenía fecha y Sarah se quiso morir. Estaba escrita el día anterior a la muerte de padre cuatro días atrás cuando accidentalmente se había topado con ellas en las pastas de la Biblia. ¿Qué debía de avisar su padre a ella? ¿Qué era lo que pasó a esa mujer que cohabitaba con su padre al margen de la ley divina y las normas de la comunidad que no quería que le pasara a ella? ¿Qué pintaba en todo esto ella?  Sarah volvió a levantarse para mirar por la ventana. Los árboles se cruzaban en su visión y contenían en sus ramas cientos de pajarillos que revoloteaban y cantaban sin cesar. Vio entonces como comenzaban a salir personas de la Iglesia. Tendría que darse prisa en devolver la Biblia a su lugar en el armario. No lo haría así con las tres notas manuscritas que guardaban un secreto de padre que nunca le hubiera gustado conocer: El amor hacia otra mujer. El amor oculto a ojos de la comunidad: El amor con la mujer de Willian, con la bella Annika. ¿Quién era el otro involucrado e inmiscuido entre ellos? Sarah pensó que podría ser  alguien muy cercano a su padre, alguien que…Se llevó las manos hasta sus labios, nunca hubiera permitido un escándalo entre los Asmish. ¿Sería ello lo que le quería contar Willian el día en que le habló en el entierro de su padre con gestos? ¿Sabía aquel hombre y de ahí el temor en las notas manuscritas, esa historia entre dos seres dispuestos a romper las reglas sagradas para los demás miembros? Sarah ocultó las tres notas debajo de su vestido blanco e inmaculado y salió a la puerta para recibir a su madre y hermana que ya llegaban: Si padre  iba a dejar a su madre el mismo día en que fue asesinado eso significaba que  hubiera sido igualmente condescendiente con ella y su relación con Saúl, persona ajena a dicha comunidad. Ahora había varias preguntas sin respuestas pero, dentro de todas ellas, había una que la martirizaba: ¿Estaría ese tercer nombre desconocido detrás de la muerte de su padre para evitar  la escisión de la Comunidad y de las normas cerradas que tanto les había costado mantener con el paso de los años? ¿Qué sabía de todo ello Willian? Sudaba profusamente. Su mente debía de haber sido bloqueada por un ser superior. Precisaba con urgencia conocer qué le quería decirle el esposo de Annika. “Debes de avisar a tu hija” leyó mentalmente la frase de Annika. ¿De qué tenía que ser avisada? “En ocasiones la vida se tuerce por nuestros actos” pensó. Y ello fue lo que le ocurrió a su padre. Pero, al margen de todo, ¿correría su vida el mismo peligro de muerte por la que ya pasó la de su padre, el gran Lebanón?