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“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

 

 

TREINTA Y TRES

ALEPO. SIRIA

Después de ponerse a salvo de los barriles explosivos en las alcantarillas y tras unas horas ocultos en ellas, cuando dejó de retumbar el subsuelo de la ciudad olvidada y borrada de la faz de la tierra, el niño Abdel Salâm llevó a Mustafá a las afueras de Alepo.

-¿Dónde me llevas?

-A comer algo, tengo el estómago vació y aquí no hay ratas. Los barriles las han dispersado.

-Curioso. ¿Y dónde crees que han ido?

Se encogió de hombros.

-Muy probablemente habrán recorrido el laberinto de túneles hasta buscar algún lugar en paz. Aquí ni las ratas viven tranquilas.

A Mustafá se le descompuso el cuerpo y pronto sintió ganas de ir a descargar su barriga. Salieron sin grandes esfuerzos levantando la tapa de alcantarilla por la que habían descendido y se pusieron a caminar. Después de unos minutos sin hablar llegaron hasta una zona deshabitada, una especie de monte que bajaba hasta lo que quedaba de la  ciudad en uno de sus costados. Había columnas de humo en diferentes puntos de la ciudad, gritos, carreras, vehículos dañados por la metralla que intentaban circular en lo que antes habían sido carreteras. Mustafá vio al pequeño agacharse en la tierra, tomar algo del suelo y llevárselo a la boca. Extrañado por su conducta  le preguntó:

-¿Qué comes?

-Pasto -respondió.

Mueca de asco. Aquello le sonaba a comida de ganado. De vacas.

-¿Pasto?

-¿Tienes algo mejor en los bolsillos? –Le preguntó mientras rumiaba.

Mustafá no quiso contestar porque no sabía qué decir. Una vez más estaba sin palabras ante el pequeño. Se metió la mano en el bolsillo por puro instinto y lo encontró vacío. Allí solo existía la nada, como ahora se encontraba el alma que habitaba en él; sin su esposa, sin su hijo, sin su sobrina y con un sirviente de la paz que le había salvado la vida y que le conducía por una ciudad desconocida para él, arrasada hasta en el último de sus cimientos, prácticamente sin vida y mucho peor aún que perder la vida porque ya se deja de sufrir en aquellas extremas circunstancias: sin comida. Mustafá desde que llegó a Alepo solo la recorrió de pasada en unos camiones que junto al verdugo y otros francotiradores llegados de diferentes puntos del planeta llamados por el dinero fácil le condujeron hasta la escuela. Desde allí no salió hasta el día en que el niño dio muerte al verdugo, su jefe. Todo era nuevo para él y debía de aprender a marchas forzadas: los barriles, su silbido, los coches que atravesaban a toda velocidad la ciudad y que eran respetados por ambos bandos, las alcantarillas, las ratas y el pequeño que deslumbraba en cada paso que daba la paz a la que servía su nombre. Tenía hambre. Llevaba sin comer día y medio. Se fue hacia el  jovenzuelo, lo vio engullir pasto y pensó que podría ser bueno para él. Tomó su ración y se la llevó a la boca. “El ser humano es capaz de todo. Hasta de comerse a sus semejantes. Imagino que lo habrán hecho ya” pensó.

-Es bueno para los animales –le dijo Adbel Salâm.

-¡Y nosotros no nos diferenciamos mucho de ellos!

Mustafá sonrió, luego dio varias arcadas. El pasto era de difícil digestión y le costaba tragarlo. El niño lo hacía con tal facilidad que le pareció que toda la vida hubiera estado ingiriéndolo. En ocasiones le salía algo entre los dientes y los labios pero corriendo lo tomaba con sus manos ennegrecidas y lo introducía nuevamente en la boca.

-Vi a un pequeño de cinco años hacerlo. Lo aprendí de él. En otras ocasiones tengo suerte y encuentro algún yuyo –le expuso entre bocado y bocado.

-¿Yuyo?

El niño vio la cara de extrañeza que presentaba Mustafá.

-Sí, verduras silvestres que nacen en el campo y que pasan desapercibidas para la gente. Pero la suerte se me terminó hace años. Los Yuyos han desaparecido.

Sonrió y dejó entrever una dentadura negra, con restos de pasto entre las mueles picadas aún sin digerir.

-No tendrás un buen té para acompañar mi plato –bromeó Mustafá intentando asimilar que esa era la dieta que había en aquella ciudad desaparecida, mancillada y asesinada en cada uno de sus rincones.

-¿Sabes?, pronto llegará el frío. Es más peligroso que los barriles de explosivos. Fffffffffff….¿Recuerdas? –E imitó su sonido, el que ya pudiera Mustafá escuchar instantes antes proveniente del cielo- Debemos llegar cuanto antes a Jordania. Me han hablado de un campo donde recogen a las gentes que allí llegan.

-¿Campo de refugiados?

-Sí. Bueno, yo ya he terminado –le dijo-. Ahora vamos a ver algo que te llamará la atención en la plaza principal, si no caen más barriles.

-Sorpréndeme –le dijo caminando a su lado mientras pensaba en ese campo de refugiados del que le había hablado el rata.

-¿Has visto alguna vez un crucificado?

Mustafá se detuvo.

-¿Un crucificado?

-Sí, un crucificado.

-En el Dios de los cristianos lo representan mucho, ¿aquí también?

-Si –sonrió-. Pero aquí los yihadistas crucifican a humanos. La primera vez te quedas en blanco, pero luego te acostumbras a los gritos del hombre cuando lo clavan a la madera –el pequeño contaba aquello como si fuera algo normal, sin alterarse ante la aberración humana que estaba narrando-. El otro día también vi como apedreaban a una mujer.

A Mustafá se le hacían aquellos hechos más difíciles de digerir que el propio pasto que le habían dado a probar.

-¡La lapidaron!

-Sí, decían que había sido infiel a su esposo. Él fue quien tiró la primera piedra.

Tragó como pudo el nudo de su garganta. “Crucifixión. Lapidación. Pasto” ¿Qué más le enseñaría aquel ser sorprendente?

-No, yo no quiero ver crucifixiones ni lapidaciones. Creo que en los meses que he estado aquí ya he visto bastante. Además, si alguien descubriera lo que hice en esta ciudad, ocuparía yo un lugar en la cruz, ¿no crees?

-Vamos, cobarde. Solo tienes que mirar.

El pequeño se levantó y comenzó a andar. Mustafá tomó otro trozo de pasto y se lo llevó a la boca antes de marcharse.

-Eh, ehhh, no me dejes solo. -Se sacó de entre los dientes una brizna del pasto que había ingerido y la  sacudió de entre los dedos donde se había quedado pegada- Sabes, eres un libro repleto de sabiduría. ¿Qué será lo próximo con lo que me sorprendas pequeño diablo?

-Sígueme y lo verás.

No tenía otra opción que la de seguir a Adbel Salâm aun sabiendo el peligro que su propia vida corría. Quería conocer por aquello de la curiosidad humana qué tremendas acciones se acometían en Alepo por alguien que se hacía llamar humano. Y caminando hacia no sabía dónde se topó con un ciudadano de Alepo vestido de payaso. Su cara estaba sonrojada y una nariz muy colorada destacaba en su nariz. Caminaba con grandes zapatos y un traje descolorido y roto en diferentes puntos a los que se hacía remiendos de diferentes colores. Los pantalones eran abultados en sus muslos. Lleva un sombrero amarillo repleto de flores de trapo. Mustafá se quedó mirándolo. Adbel Salâm también.

-¿No te parece sorprendente? –le preguntó.

-Ante todo me parece extraño.

-Es Anas al Basha.

Cuando se cruzaba algún niño con él se detenía ante ellos y les hacía oler una flor que luego desprendía un chorro de agua. Mustafá sonrió.

-Su familia se marchó de aquí –le contó el niño-, pero él decidió permanecer para dar ilusión a los niños y esperanza a los mayores entre el silbido de las balas.

Mustafá se emocionó al escuchar su historia. Cuando el niño que olía la flor se topaba con el agua sonreía sin parar.

-¡Es el payaso de Alepo! Todavía hay gente así en este mundo –tragó el nudo que se le formó en la garganta- ¿Le conoces?

-No, pero me ha sonreído muchas veces al verme pasar ante él–contestó Adbel Salâm.

Mustafá se acercó hasta él. El buen hombre intentaba hacer sonreír a los niños que le rodeaban, algunos aún manchados por el polvo de las calles destruidas y con rostros cubiertos por el miedo pidiendo todos oler su flor. Mustafá también dejó entrever una mueca de aprobación a aquella conducta humana. El payaso se topó con sus ojos. Entonces el payaso dejó que entre los lagrimales salieran disparados dos chorros de agua que le alcanzaron.

-Es una forma más de llorar, a su manera –y el rata tiró del brazo de Mustafá para llevárselo de allí.

Poco podría imaginar el mercenario esposo de Nmachi que aquel payaso moriría días después bajo las bombas explosivas del régimen.

OHIO.  PENNYLVANIA. COMUNIDAD AMISH

La noche había alcanzado a la comunidad desplegando un inmenso manto de paz entre las actividades diarias a las que se dedicaban sus miembros como agricultura, ganadería, carpintería y el culto que se desarrollaba durante la luz solar, pues no había luz artificial, plenamente prohibida entre sus normas, y los grillos comenzaron con su canto cansino y extenuante alterando en ocasiones el descanso. Excusándose ante su madre indicándole que tenía que dar de beber al caballo, algo que la dejó profundamente extrañada en su lecho donde dormitaba pues como de costumbre  pocas eran las veces que se levantaba por sus continuas fiebres que parecían se hubieran agravado aún más desde el lamentable fallecimiento de su esposo, abandonó momentáneamente la mesa donde cenaba junto a su hermana.

-No tardo –le dijo-.

No le prestó atención. Parecía ida en sus pensamientos. La besó en la cabeza y salió. Había llegado el momento acordado con Willian. Recordó el encuentro con él después de venir de pasear a su caballo por las inmediaciones del bosque entre las copas altas de los árboles que tanta paz desprendían. Se bajó del caballo y lo llevó hasta el establo para que descansara y repusiera fuerzas. Cuando lo dejó en su redil y se giró, estuvo a punto de gritar. Allí estaba él, mirándola, Willian el quesero. No le salían las palabras cuando  le dijo con rostro blanquecino y ojos desorbitados.

-Debes saber algo…

Estaba nervioso, se le notaba en el habla y también en su forma de moverse, asomándose a través de la puerta que cerraba las cuadras  para ver si alguien se acercaba porque le hubieran visto entrar. “¿A quién temía?” se preguntó Sarah.

-Es sobre la muerte de… –le inquirió ella.

No le dio tiempo a terminar.

-Sí, pero ahora no te puedo decir nada. Esta noche, cuando la luna salga y la gente descanse vuelve aquí.

Aquellas palabras resonaron en su mente con fuerza y se sintió desfallecer. Temblaba al recordar cuando  le vio salir de forma apresurada  del establo. “¿Qué debía contarle?” Respiró hondo. Se adecentó para que nadie notara su nerviosismo y se marchó a casa aquella mañana; quizás madre aún descansara y se habría repuesto algo con las plantas que recogía del bosque para tratar la fiebre. Tras la muerte de Lebanon había perdido aún más las ganas de vivir y se pasaba la mayor parte del día en la cama. Cuando la noche llegó, sus ansias por saber la condujeron al lugar exacto donde había quedado con el quesero. Él debía de conocer algo más sobre la muerte escalofriante del ser al que más amó en su corta existencia. Por otra parte se sentía sumida en una profunda confusión ante las palabras del esposo de Annika, Willian: “Debes saber algo…”. ¿Le tendría que contar quién era el que había puesto fin a su vida o qué sospechaba sobre la muerte de su padre, sobre su terrible asesinato?¿Le contaría ella lo que había descubierto acerca de la relación entre su padre y su mujer o era ello de lo que Willian quería hablarle? Estaba a punto de salir de dudas. Quizás estuviera a punto de abrir una puerta que le condujera de forma directa al asesino de su progenitor. Estaba dispuesta llegar hasta el final por averiguar costase lo que costase aún aunque tuviera que poner en peligro su propia vida. Hasta ella corrieron igualmente las frases escritas de Annika en las notas manuscritas que halló entre las pastas de la Biblia: “Debes de avisar a tu  hija” ¿De qué tenía que haber sido avisada? Se centró en lo que la  había llevado hasta el establo.

Las indicaciones de que era tarde para salir, que ya lo haría al amanecer por parte de su temerosa madre más aún después de lo ocurrido a su esposo, no la hicieron declinar en la decisión tomada: quería saber, conocer, llegar hasta el final de lo que se escondía detrás del asesinato de su padre y Willian sabía algo que le tenía que transmitir o al menos eso creía. Temblaba cuando llegó hasta el establo. La puerta estaba entreabierta. Una vela era toda la luz que tenía para alumbrar la enorme estancia que se abría ante ella como boca de lobo, totalmente oscura; la encendió cuando empujó la puerta  y la llama iluminó levemente el lugar. Algunos de los caballos relincharon ante la extraña presencia pero, al olfatear su peculiar olor a margaritas silvestres se calmaron como si supieran quién se adentraba en las cuadras.

-Willian, Willian –llamó con  voz débil al quesero esperando contestación en cualquier momento.

Con la tenue luz de la vela iluminó zona a zona el establo. “No habrá llegado aún” pensó. Continuó caminando en el interior. Iluminó los rostros de alguno de los burros y caballos y vio cómo también ellos parecían asustados presentando unos ojos grandes y abiertos como si hubieran visto al propio Diablo.

-Willian –volvió a mencionar su nombre en voz baja, como si estuviera contando un secreto a alguien cercana a ella.

No estaba, parecía no haber venido. “¿Se habría arrepentido de lo que pensaba contarle?” Esperaría unos minutos y después se marcharía. Sintió su respiración agitada y, a pesar de la calidez de la noche, sudaba. A la mañana le interrogaría y le sacaría costase lo que costase aquello que le quiso contar si no aparecía tal y como había quedado con él. Acarició el hocico de su caballo que se tranquilizaba con la mano de Sarah sobre su tez cuando llegó hasta él.

-Tú eres el único testigo de la muerte de papá –besó su nariz-. Lástima que no sepas hablar.

Unos minutos después de sentir la piel suave y tersa de su caballo decidió marcharse. Estaba realmente asustada. Fue entonces cuando escuchó un ruido extraño, como de balanceo sobre las vigas que sostenían el tejado de madera del establo y que antes le había pasado desapercibido por el nerviosismo de los equinos.

-Willian, ¿estás ahí?

Su temor se había acrecentado. Ahora temblaba y se sentía nerviosa ante el silencio. Solo un crujido extraño parecía acompañarla en su soledad.

-Willian –volvió a mencionar su nombre.

Decidió iluminar hacia el techo, el lugar de dónde venía aquel crujido. Fue entonces cuando de la impresión al ver la imagen que se presentó ante ella, soltó la vela al suelo y se llevó las palmas de sus manos hasta la boca. Su grito se escuchó en toda la comunidad Asmish. Corrió despavorida y la vela prendió sobre la paja esparcida por el suelo  y el fuego comenzó rápidamente a devorarlo todo. Comenzó a gritar esta vez pidiendo ayuda obnubilada por el miedo que recorría cada rincón de su cuerpo.

-¡Fuego, fuego! ¡Ayudar a Willian!

Algunos miembros salieron a la carrera fuera de la seguridad y tranquilidad de sus hogares para dirigirse al establo, lugar de donde provenían los gritos y la luz luminosa de las llamas que comenzaban a alcanzar la madera  del techo, las vigas y todo lo que en él se encontraba.

Sarah estaba confusa, aturdida. La lengua de fuego se extendía rápidamente y decidió abrir cada uno de los rediles de los caballos y los burros para que salieran fuera lejos de lo que empezaba a ser ya un infierno. Las gallinas revoloteaban histéricas a su alrededor y las llamas se transformaron en un ogro imposible de controlar.

-Correr, correr –les gritaba dándole  palmadas sobre sus lomos a los animales. El humo la hacía toser, se introducía por su garganta y fosas nasales y la ahogaban. Tenía que salir ella también de allí si no quería que aquella, la noche en la que iba a conocer el secreto que Willian quería compartir con ella, fuera la última de su existencia.

Abrió también el gallinero y las gallinas y los gallos saltaron sobre su cabeza perdiéndose algunas de ellas en dirección al fuego, como si quisieran terminar con la agonía que el humo estaba provocando en sus cuerpos alados. Antes de Salir fuera Sarah miró al techo del establo nuevamente. Quería confirmar lo que la llama de su vela le había delatado.

-No, no –gritó llevándose las manos hasta la cabeza.

Allá, en lo alto, iluminado con mayor intensidad ahora por las llamas, sobre la viga transversal que sujetaba el techo del establo se balanceaba de un lado a otro colgado por el cuello con los ojos abiertos el cuerpo de Willian el quesero. Con él se había marchado el secreto que en aquella noche iba a conocer Sarah de lo que ella pensaba, podría ser el conocimiento que aquel hombre tenía sobre el posible asesino de su padre. Antes de salir corriendo y después de poner a salvo a todos los caballos y burros, así como a patos y gallinas, cruzó una última mirada con el muerto y se preguntó por qué se habría quitado la vida antes de contarle lo que él sabía. Como su padre, se había llevado su secreto al otro lado dejándola a ella con el corazón y el alma compungida y lo que era aún peor: vacía de respuestas. Porque sin duda aquello apuntaba a un suicido, ¿o no? Esa última pregunta aceleró lo angustiosa de su situación y otra vez las palabras de Annika retumbaron en su mente. ¿Se habría suicidado Willian o habrían acabado con su vida y después los  colgaron de la viga que atravesaba el establo desde una de las escaleras de madera que accedían de forma directa a ella? Miró las escaleras que conducían a la parte alta del establo, directas al lugar donde el cuerpo sin vida de Willian yacía con los ojos abiertos y la boca en una posición extraña torcida en su gesto hacia la izquierda. “Si no era un suicidio, la persona que le hubiera subido hasta arriba debería ser alguien muy fuerte” pensó. Tembló. Dos muertes en muy poco tiempo en una comunidad llena de paz hasta aquel día. “Debes avisar a tu hija” fue la última frase que escuchó como si el nuevo difunto se la hubiera transmitido desde su alta posición en el establo.

TREINTA Y CUATRO

SEVILLA. AFUERAS DE LA CIUDAD

Se marchaba la madrugada cuando el Renault 4 con Clara, Manuela y Lucia se adentró en la zona marginal de un pueblecito de Cádiz en busca de la dirección exacta de la chica que había pedido auxilio a través del blog “La mujer es una Diosa”. A su entrada, apreciaron varios chicos jugando con unos perros entre latas, colchones tirados por el suelo y aguas sucias y, a algunos hombres que miraban aquel destartalado vehículo. Al fondo se veían muchas chabolas construidas a los pies de un edificio en ruinas pero que contenía vida humana entre sus paredes apreciables por la ristra de tendederos con ropa que recorrían toda la fachada desconchada a la que faltaba una mano de pintura desde hacía años. Las miradas intentaban escudriñar el interior del vehículo y a sus pasajeros y a Lucía aquello la asustó. Los perros ladraban sin cesar como si de forma automática lo hicieran para avisar a los vecinos de aquel poblado de que alguien desconocido llegaba hasta allí.

-Estaba más tranquila con mi novio –dijo Lucía.

Clara pidió calma y Manuela saludaba con la cabeza a los hombres que con sombrero cordobés la miraban.  Algunos adolescentes trapicheaban en las esquinas con vehículos que llegaban y que apenas unos minutos después, partían a toda velocidad en dirección contraria al poblado.

-¿A ver quién pregunta ahora por Paquita? –preguntó Manuela que, si bien estaba curtida en la peor de las batallas en la vida: el maltrato,  aquello le imponía demasiado.

Clara detuvo el vehículo y se bajó. Se dirigió a uno de los hombres con el que conversó y  que con una garrota señaló uno de los pisos en el edificio en ruinas. Era un bloque envejecido sin pintura maltratado por el tiempo y la falta de reformas. Cuando volvió al vehículo y emprendió la marcha les dijo a sus compañeras de viaje:

-Allí debe  estar –y señaló con la cabeza en dirección a uno de los pisos situados en planta baja –Le he dicho que somos de Caritas y que le traemos alimentos.

Manuela miró a Lucía y luego fijó su mirada en la cresta de colores, en sus ropas de cuero y en las cadenas que le colgaban por cada uno de sus costados.

-¡Y tú crees que lo habrá creído, claro! Hija –miró a Clara-, te podías haber vestido para la ocasión. ¡Si tú eres de Caritas yo soy Santa Teresa de Jesús!

Las tres comenzaron a reír. La risa era buena consejera para dejar aparte las tensiones. El vehículo avanzó lentamente por un camino embarrado. Las tres no perdían detalle de lo que estaban viendo.

-Vivir aquí debe ser un calvario –dijo Manuela.

-Y peor aún si eres maltratada –añadió Clara.

Detuvieron el turismo en la puerta del bloque. Pronto acudieron unos chicos con camisas de tirantes que se acercaron hasta ellas. Su edad no debía sobrepasar los quince veranos; aún así, su aspecto era tenebroso.

-¿Buscáis  a alguien? –preguntó a Clara a través de la ventanilla en tono chulesco quien parecía al mando de aquel grupo de cinco chavales, a los que antes había visto trapichear con los coches que se acercaban hasta ellos. Todos fumaban portando fustas de tabaco en sus labios, tenían el pelo largo y un rostro al que le faltaba grandes dosis de aseo. En sus manos tenían palos.

-A Paquita. Somos de Caritas y traemos alimentos –manifestó Manuela.

El más joven y que parecía al mando  no se convenció mucho de lo que le decían cuando fijó su mirada en Lucía.

-¿Y ésta? –la señaló con la fusta del cigarro pegada a su labio inferior.

-Nos ayuda –salió al quite Manuela.

No pareció muy convincente su respuesta.

-Es mi cuñada –siguió el joven-. Pero voy a llamar a mi hermano…

-No, no –interrumpió Clara- Verás, nosotros dejamos la comida y nos vamos.

“¿La comida?” se preguntó Manuela. “¿Qué comida?” “De esta no salimos”, pensó. En aquellos instantes salió una mujer joven con los ojos morados y el pelo enmarañado por la puerta del edificio. La acompañaban dos niños de muy corta edad.

-¿Eres Clara? –preguntó.

-¿Paquita?

-Sí.

Y sin mediar palabra se bajó Clara para echar hacia adelante el asiento del conductor para que  pudiera montar la mujer y sus hijos. Entonces miró al balcón y se dio cuenta de que la mujer había estado al tanto de su llegada por el camino embarrado.

-Llama a mi hermano –dijo el chico dando una orden a uno de los jóvenes que le acompañaban- ¿Dónde creéis que vais? –preguntó a Clara alzando su puño.

-Mira niño, vamos a llevar a tu cuñada al médico, para que vea las heridas que le ha ocasionado tu hermano –se encaró a él sin miedo. Lucía desde el interior observaba el valor de Clara.

El chico se apartó a un lado.

-Bueno, eso  se lo vas a explicar a mi hermano ahora.

Cuando estaban montadas. Clara subió al vehículo. Bajó la ventanilla y arrancó al motor. El joven no se apartaba de la parte delantera y ordenó que en la trasera se pusieran los otros tres.

-De aquí no os vais –amenazó.

-Eso lo veremos –espetó Clara.

Fue entonces cuando vio la cresta de Lucía asomar por entre Paquita y la ventanilla delantera.

-Quítate de ahí, mierda. Y dile a tu hermano que la próxima vez que le ponga la mano encima a una mujer le comeré el hígado.

El joven escupió la colilla y comenzó a mover el coche, intentando inmovilizarlo y la vez asustarlas. Cosa que consiguió.

-Deprisa, deprisa, vámonos –dijo con pánico Paquita.

-Acabas de arreglar las cosas, Lucía –la reprendió Manuela.

-Cago en toda la mierda de los que se creen que la mujer es suya –gritó otra vez la Punki.

Clara aceleró. El coche derrapó en el barro pero el chico no se apartaba.

-No se quitará –dijo Lucía- Pásale por encima.

-¿Estás loca? –preguntó Manuela.

-No, no está loca –dijo Clara pisando el acelerador a fondo, golpeando las piernas del  chico que cayó sobre el capot del turismo y giró sobre el mismo hasta caer en el suelo. Entonces  comenzó su huída por el camino dejando en el barro tirado al hermano de la chica rescatada. Miraron hacia atrás y lo vieron levantarse.

-Lástima, no te lo has cargado –dijo Lucía ante la mirada asustada de los dos pequeños.

Observaron  Llegar otros hombres, entre ellos el que debía ser el esposo de Paquita. Visiblemente alterados hacían aspavientos con las manos. Vio cómo uno de ellos se llevaba las manos a la cabeza y luego caía de rodillas en el suelo como si se lamentara de la situación. Veía como se llevaban a su objeto.

-¡Valientes! –gritó Lucía.

Miró a los niños que entre asustados por la imagen de aquella mujer y la salida precipitada comenzaron a vomitar.

-Lo siento –dijo Paquita-. Es la primera vez que suben a un coche.

-No importa –tendió Manuela un pañuelo para que se limpiaran. Vio llorar a la mujer-. Y a ti te voy a decir una cosa –Alzó la voz y observó su oscura tez, su pelo largo y sus ojos negros y sesgados pero morados en sus alrededores. También en ambos carrillos de la cara tenía síntomas del maltrato-: Hoy eres una nueva mujer y….-Manuela se detuvo porque se sentía algo emocionada. Miró a Clara y terminó.- ¡Mañana serás libre!

El Renault 4 avanzó aprisa dejando atrás el poblado. Clara se sintió orgullosa de ella y de sus dos  compañeras de viaje. Habían rescatado a una de las víctimas del maltrato; a una que como ellas había sufrido el dolor y la impotencia en una vida que no era vida.

-Es la primera. Pero no será la última –dijo.

Lucía intentó calmar a los pequeños que dieron otra arcada y la mancharon en los pantalones de cuero.

-Joder, niños, ¿qué habéis comido?

Clara fijó su mirada en Manuela que hizo lo mismo en ella y, en un instante, ambas rompieron en carcajadas.

DESIERTO DEL SÁHARA. AMANECER DEL SEXTO DÍA

Mientras caminaban Orji daba señales de debilidad a su compañero Akin. Se había caído varias veces desde que dejaran atrás el camión incendiado y le costaba levantarse y avanzar. Akin hacía cuanto podía pero veía signos de descomposición en su rostro. El calor lo estaba abrasando por dentro y por fuera. Sobre la arena ardiente, de rodillas, le indicó en diversas ocasiones que siguiera él solo, que no podía más. Sin embargo Akin no estaba dispuesto a dejarlo allí y tiraba de él con todas sus fuerzas para intentar levantarlo. Lo apoyaba sobre sus hombros y avanzaban de forma lenta y parsimoniosa. Orji volvió a caer a los pies de Akin. Su respiración agitada mostraba a su compañero que algo no marchaba bien, que el final de su camino andaba cerca, muy cerca. Pensó que lo mejor era detener su marcha durante unos minutos, quizás una hora y que Orji volviera a sacar fuerzas de su interior y así lo hizo. Tras treinta minutos parados ambos, sentados el uno junto al otro mientras aguantaban un sol incendiario, Orji dijo unas palabras apenas perceptibles por su compañero:

-Esta noche, esta noche…

Akín le miró e intentó comprender.

-Vendrá, sí, vendrá.

-¿Quién, Orji? ¿Quién vendrá?

Los labios se le habían hinchado y su rostro estaba descompuesto.

-El, Muhammad  el Enviado de Allah –musitó.

Akín lo levantó como pudo e iniciaron de nuevo la marcha. Orji ardía cuando lo tocabas; Akin comprendió que padecía una fuerte insolación y que deliraba; avanzó unos pasos intentando escudriñar a lo lejos algo de vida, pero solo eran dos puntos en mitad del universo.

-Somos dos huevos en una sartén –dijo, pero nadie parecía ya escucharle.

Akin miró hacia atrás tras unos minutos en los que le pareció andar solo, sin la sombra de su compañero y vio a Orji sentado en la lejanía. Hacía unos minutos que no se movía del mismo lugar; ambos habían sufrido calambres en brazos y piernas y el intenso sudor que sus cuerpos desprendían al caminar bajo la canícula eran síntomas evidentes de que su misión no iba a llegar a parte alguna. Estaban muertos de sed y los pies y el cuerpo les quemaban como si los hubieran introducido  en una pira funeraria. Volvió sobre sus pasos y se puso a su altura. Posó su mano sobre la frente de su amigo.

-¡Estas ardiendo! Vamos –puso nuevamente el hombro bajo sus asilas e intentó levantarlo- Orji no podemos parar ahora, no ahora. Sigamos –se afanaba en darle consejos, pero Orji hacía tiempo que había partido en su conciencia y solo le mantenía a la vida el delirio.

-El viene ya vestido de verde…Así entraremos en el para…íso en forma de av…es.

-¿Quién, Orji? ¡Muhammad! ¿Dónde lo ves, amigo?

Orjí le miraba con ojos que parecían salir de sus órbitas. Solo observaba la figura borrosa de quien le había acompañado en el trayecto durante cuatro días. A Akin le llamó poderosamente la atención que su amigo no sudara y el exceso de calor en su piel seca. Ardía. Después cayó sobre su costado tirando de él hacia el suelo y comenzó a vomitar. Tomó su pulso y lo notó extremadamente acelerado.

-Orji, Orji –gritó desesperado Akin.

-Allá, allá…-le escuchó decir mirando a ras de arena con su rostro pegada a ella en dirección a su derecha.

Akin no veía nada cuando miró en dirección a dónde le indicaba. Comprendió que su amigo hablaba sin sentido.

-Orji, vamos, vamos –lamentó no tener ni una sola gota de agua con la que enfriar el cuerpo de su compañero.

Tocó su corazón que palpitaba con debilidad. También respiraba de forma agónica, como si el aire no entrara hacia sus pulmones. Se sentó junto a él, tomó su cabeza de la arena y la puso sobre sus piernas.

-Orji, Orji –le dio varios empujones sobre su cuerpo inerte- No me puedes abandonar ahora. No ahora, Orji. ¿Qué dirán tus padres cuando le cuente que me dejaste solo en esta empresa imposible?

Miró en dirección al norte y solo volvió a ver arena. “¿Cuánto hemos recorrido en estos  días?” se preguntó.

-A….llá –le escuchó decir Akin. Sabía que su mente estaba siendo engañada con algún espejismo en la lejanía o quizás supiera que los espíritus de sus antepasados bajaban para llevarlo consigo a lo alto de la montaña mágica- He cumplido con la Sharia (1) Ley musulmana que significa camino.

-Orji, hazlo por tu familia, levantaaaaa –le daba con la mano sobre su rostro para apartar la arena que se introducía en sus ojos entreabiertos y en su boca seca- Te vas, mi amigo. Recitemos  la shahada (2) credo musulmán.

Se asombró al ver cómo una marabunta de moscas circundaba alrededor del rostro de su amigo. Intentaba apartarlas con las manos como podía. “¿Cómo era posible que en aquel lugar tan inhóspito y alejado de la humanidad hubiera tantas moscas?” Parecía imposible pero era cierto. “Estaban en todos lados aquellos insectos alados” pensó.

Durante unos minutos atinó a escuchar poniendo el oído sobre su pecho la respiración agitada bajo el sol del desierto. Finalmente un ronquido fuerte le espantó seguido de una palabra:

-Ella…la mueeer…te.

-Orji, Orji….

Tocó su corazón y observó que no latía. Intentó reanimarlo apretando fuerte con ambas manos sobre su pecho pero Orji no reaccionaba. Había muerto: El sol lo había matado. Lamentó su mala suerte. Apenas unas horas antes estaba con vida y ahora yacía sin ella en la magnitud del desierto del Sáhara. Las altas temperaturas habían acabado con él como lo iban a hacer con su vida si no seguía caminando en dirección hacia Arlit. Ambos podían aguantar la sed pero el sol, el sol te quemaba primero, te cocía por dentro después y te arrancaba la vida finalmente como había hecho con Orji. La temperatura no debía de bajar durante el día de cincuenta grados. Cerró sus ojos y besó su frente. Se levantó, miró en dirección al horizonte y emprendió la marcha. Ya no le quedaba nada que hacer por él y no había sitio donde permanecer oculto bajo una ligera sombra que te protegiera del astro rey del universo. Solo le quedaba caminar, caminar y caminar en busca de la salvación o de la muerte. Sabía que la carretera que unía Arlit con Argelia, aquella que habían evitado atravesando en camiones el propio desierto no debía estar muy lejos de allí. Si consiguiera llegar hasta ella quizás se topara con algún vehículo o camión que a diario la cruzaban provenientes de las minas de uranio de su pueblo. Se intentó situar. El sur estaba en dirección al grupo, hacia Argelia. El norte se lo enseñaba el sol y el este quedaba a su izquierda. Allí debía encontrar la carretera. Tomó dirección hacia el este y rezó a todas las divinidades que conocía para que alguien lo rescatara de la nada. Porque el desierto del Sáhara era la nada más bella que jamás nadie hubiera podido conocer pero, en definitiva, la nada. Solo arena. Hubiera dado su vida por una sombra. Sudaba intensamente y pensó que aquello era bueno, que su cuerpo estaba eliminando sales a través de su piel. Orji no sudaba, había sufrido una terrible insolación, la que se llevó su vida.

-Adiós, Orji, adiós, amigo.

DESIERTO DEL SAHARA. SEXTO DÍA

Nmachi enseguida comprendió lo terrible de su situación. Estaba prácticamente deshidratada pues no había ingerido gota de agua en más de doce horas y, además, ahora, comenzaba a desangrarse. Su vista se nublaba y su mente viajaba hasta las montañas de Air, donde le habían contado que los espíritus se instalaban hasta dar el paso definitivo hacia el más allá, donde habitan seres que se reúnen tras la muerte cuando abandonan la vida de dolor para atravesar la línea que conduce a la  felicidad. Pensó que ella pronto estaría en las montañas de Air esperando la llegada de Mustafá. Se arrancó parte de sus ropas superiores y se las llevó hasta la entrepierna para taponar la salida de la sangre. Sabía que lo único que conseguiría era retrasar su muerte desangrada, pero el daño interior se hacía imposible de reparar en su situación. Se sentó en la arena y esperó. Su dolor era inmenso, tanto como cuando de niña su madre la llevó hasta Folami y la pusieron sobre la camilla. Entonces la hechicera hizo con ella algo que su madre consintió porque era la norma en su tribu. El paso de  niña a mujer. Sintió cómo la hechicera hacía su trabajo entre las piernas y tanto dolor como el que ahora padecía. Después vinieron esas fiebres malignas en las que vio el rostro de su padre fallecido  cuando ella no acababa nada más que nacer. El sol golpeaba intensamente sobre su cabeza y se sintió mareada. Sus manos estaban ensangrentadas y la prenda de tela que había introducido en el interior de su ser se había empapado de su sangre. Nmachi cayó de bruces de costado sobre la arena. Fue en ese momento  cuando viajó hasta las montañas de Air para encontrarse con su padre.

-Padre, ¿es…estás a…hí? –musitó.

Un remolino de viento pasó sobre su cuerpo tumbado en la arena. Su cabeza dejó de pensar.

-Soy Nmachi y voy …hacia ti –deliró.

El final, su final, estaba cerca. Nmachi  la Diosa moría lentamente y dejaba escapar su vida…Se vio vestida con el overgarment (abaya) (1)   y se preparó para  saludar a su padre mediante el  Ahlan wa sahlan (2) Finalmente escuchó sus palabras: “

“¡No hay más dios que Allah y Mahoma es el enviado de Allah! Después perdió el conocimiento.

  1. Vestimenta que en la mujer árabe cubre casi todo el cuerpo.
  2. Saludo árabe común que significa recepción.