“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXV Y XXXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXVII Y XXXVIII)

 

TREINTA Y NUEVE

ALICANTE. CONCIERTO DEL CANTANTE HUECO

La música atronaba en los oídos de Clara y la chica Punkie que en las últimas semanas la acompañaba como si fuera su sombra, sin separarse ni un instante de ella y a la que admiraba por  cómo había encauzado su vida, buscando un solo objetivo: ayudar a las mujeres maltratadas. De eso sabía ella bastante pero, jamás se le habría ocurrido hacer lo que ahora hacía aquella mujer de ojos claros, decisión fuerte y arrojo inconmensurable. La miraba apenas a un paso de ella y apreciaba como estaba disfrutando bailando. Parecía que aquella fuera la última vez que lo iba a hacer; desde que Huecco saludó para dar comienzo a su concierto no se detuvo ni un solo instante sacudiendo su cuerpo en posiciones imposibles, moviendo la cabeza de arriba abajo, saltado.  Estaba cansada de tan solo verla pero le habían parecido interesantes las letras de muchas de las canciones que estaba escuchando y que nunca antes había oído:

“No corren tiempos bonitos, no corren tiempos sinceros.
Morimos sin hacer ruido, lo llaman “tiempos modernos”.

Nuestros sueños divididos en trocitos valen menos.
Fabrican nuevos peligros y juegan con nuestro miedo.

Pero yo no tengo miedo, no tengo.
Guarda la pólvora y te doy un beso.

Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida.

Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida”

La gente se movía al compás de cada palabra que envolvía una música pegadiza y pensó en las estrofas de la canción que aquel hombre dejaba escapar de su boca:

“Amar en tiempos violentos para curar heridas.

Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida”

Clara tampoco dejó de pensar mientras bailaba en cómo su organización crecía día a día con las vidas de mujeres y niños que a diario rescataba ella misma como si fuesen perros abandonados a su suerte en una carretera desierta para separarlas de sus maltratadores. Se sentía contenta y satisfecha con la labor que estaba llevando a cabo y con las nuevas hermanas que tenía a su lado en la andadura que había comenzado.  “La mujer es una Diosa” afirmó en su interior para sí.

-La mujer es una Diosa –gritó a su compañera para que la escuchara.

El estruendo del sonido hacía imposible comprender qué le quería decir.

-¿Qué? –gritó.

-Que la mujer es una Diosaaaaaa.

Seguía preocupada por Almudena, la chica que había dado muerte a su compañero y camello; la chica cuya senda quedó destrozada desde el mismo momento en que conoció a aquel hombre. Sus reuniones habían sido más constantes con David, el joven letrado que la defendía y que le había comunicado que el Juicio se iba a celebrar en breve pues la instrucción de la causa ya había terminado y la Audiencia Provincial de Madrid no tardaría en fijar fecha para que tuviese lugar uno de los juicios más interesantes para una sociedad dividida sobre la inocencia o culpabilidad de esa chica. Para ella sin duda era totalmente inocente. Otra cosa era lo que pensara el Jurado y tenía sus dudas sobre él, a su juicio, inexperto abogado. En un principio renunció a su defensa y así se lo transmitió a la propia chica en prisión. Pero cuando escuchó el calvario por el que pasó, las humillaciones, las palizas, la introducción que hizo de esa mujer en el mundo de la droga cambió de opinión. Clara le trasladó en un su desaprobación cuando supo que dejaba el caso pero luego fue ella la que recibió un mensaje en su blog “la mujer es una Diosa” del abogado diciéndole que retomaba la defensa. Ese blog creado por ella misma con una compañera que conocía fundamentos básicos de informática recogía entradas constantes de chicas que demandaban ayuda. Era entonces cuando se ponía en marcha la maquinaria, aún sin medios, para ayudarlas estuvieran donde estuvieran, no importaba la distancia que las separara estando siempre ella allí, dispuesta, con su grupo de legionarias que defendían lo que nunca se ha de agredir en esta vida: la mujer. Aquel mensaje fue bonito y nunca lo olvidaría: “Voy a intentar ayudar a la presa que mató a su lobo. Acepto seguir con el caso”

La música de aquel joven calaba profundamente en su ser, pero ella, aquel día, buscaba otra cosa que no contó a nadie.

“Nos crecen al enemigo para exportar gatillo y fuego.
Firman tratados “amigos” pero se inyectan veneno.

Nos alimentan con venganza y odios en estos tiempos violentos.
Nos cosen a los retales del circo para que aplaudamos y nos callemos.

Pero yo no tengo miedo, no tengo.
Guarda la pólvora y te doy un beso.

Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida.

Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida.

Yo te declaro mi amor, No, No, que no es batalla perdida.
Yo te regalo mis besos, mi boca, te regalo mis caricias.
Y te regalo mi alma hasta el fin de los días.

Y te regalo mi alma hasta el fin de los días.

Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida.

Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida.

Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida”.

Cuando terminó el concierto, Clara se empeñó en hacerse acompañar  hasta el camerino donde se cambiaba Huecco. Insistieron al guardia jurado de la puerta que, tras preguntar al cantante, las dejó pasar. Él, pensando en que no se trataban sino de alguna de sus fans les pregunto al verlas:

-Tengo fotografías, ¿deseáis una con mi firma? –miró a la chica de pelo extraño que no le contestó. Se limitaba a mascar chicle de forma provocante y a mirar al cantante.

-Eso es importante –dijo Clara- pero precisamos de tu ayuda para curar las heridas en estos tiempos revueltos.

A Huecco le gustó cómo jugó en su contestación con las palabras de su canción.

-¿En qué os puedo ayudar? -preguntó-.

Clara le miró a los ojos. Le gustaba aquel hombre cantante-poeta.

-Somos una asociación un poco extraoficial: salvamos mujeres.

El cantante se quedó sorprendido. No, no eran unas simples fans.

– Nos llaman de emergencia amenazadas de muerte por sus novios o ex maridos, cojo un coche, me pago la gasolina, las recojo en la otra punta de España y las cambiamos de ciudad para que empiecen una vida nueva. A veces llegamos a tiempo, otras no. Hay gente que critica nuestro método, pero el resultado son mujeres vivas -dijo contundentemente-.

Huecco se quedó paralizado por las palabras de aquella mujer.

-¿En qué os puedo ayudar? –se sinceró repitiendo su pregunta con los brazos cruzados. Deseaba colaborar con esa asociación. “Menudo objetivo el suyo” pensó.

Las  dos se miraron.

-Pedir un deseo para vuestra asociación –le guiñó un ojo de forma cómplice a Clara.

Entonces contestó sin titubeos.

-Tener una furgoneta de nueve plazas para poder transportar más mujeres amenazadas. En mi coche no cabemos y está muy viejo.

Hueco sonrió, movió la cabeza de arriba hacia abajo y espetó:

-Mañana por la mañana haremos cumplir vuestro deseo. Todo sea por las Diosas.

Clara se abrazó a él y le dijo:

-Pero yo no tengo miedo, no tengo, guarda la pólvora y te doy un beso.

Ambos terminaron tatareando el estribillo de la canción:

“Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida.

Amar en tiempos violentos para curar las heridas.
Amar en tiempos violentos que va trayendo la vida”

VALLECAS. MADRID

Adanya pensaba mientras subía las escaleras en los ojos de la niña. Tenía las facciones típicas colombianas con ciertos rasgos de mestizaje propio de los Misquitos, unos ojos grandes y una piel oscura sin ser negra del todo. La nariz pequeña era lo que más destacaba en su rostro. Se veía junto a ella sentadas en la cama. “Habían venido muy pronto a por los órganos de la menor” pensó mientras veía a la niña ante sus ojos como si la tuviera enfrente. “¿Por qué había tomado aquel camino en su vida, el de  vigilar a inocentes?”. Su respuesta fue rápida. En la vida a las personas se les ofrecen varias alternativas o vías como solución a encrucijadas que en el devenir diario se presentan. Ella solo tenía esa para subsistir: aliarse con el mal. Nadie le daba empleo a su llegada a España, a nadie parecía importarle, todos  daban de lado a esa negra obesa sin papeles y  no tenía medios para  sobrevivir. Entonces  vio en aquella oportunidad una escapada que ahora se mostraba sin  retorno al mundo de los buenos. Sintió hambre a esas horas de la madrugada pero no tenía nada que llevarse a la boca fuera de lo que le acercaban  sus cómplices y ahora, subía peldaño a peldaño aquellas escaleras sin saber bien qué hacer, pues su conciencia le dictaba una cosa, denunciar e intentar salvar a la niña y, la razón, otra. Tenía dinero en sus bolsillos, dinero sucio de su última vigilancia y pensó conforme a su razón que una pequeña parte la destinaría a comer bien mientras que la otra la mandaría a su familia que dependían de ella para subsistir. Sintió escalofríos al rememorar el momento en que llegaron hasta la casa tan solo hacía unos minutos el médico y los dos jóvenes que le acompañaban, escalofríos que se habían adentrado en su enorme cuerpo desde el mismo instante en que desde fuera de la vivienda en aquel barrio pobre abrían la puerta, extraño a aquellas horas de la noche mediada la madrugada, le pagaron y le pidieron que se marchara. Algo empezó a arder en sus entrañas cuando trajo hasta sí la imagen de uno de los jóvenes en el marco de la puerta de entrada a la vivienda. Entonces rememoró sus últimas palabras: “Dejadme al menos despedirme de ella”.

El hombre no contestó pero la entendió. Adaya pidió a María que se había despertado que se tumbara en la cama. La niña obedeció y ella la tapó  con el cuidado y mimo que hubiera hecho su propia madre. Apenas le quedaban unas escaleras para llegar al lugar. “¿Y si avisaba a la policía?” era lo mejor que podía hacer le narraba su conciencia, pero la razón la conducía por otro lugar. “Prométeme que serás fuerte” le dijo a María antes de marcharse. La pequeña la miró con sus grandes ojos. ”Te lo prometo”. Andaya la besó hasta tres veces en la frente. “Descansa, mañana será un largo día”. “Ir a la policía supondría la muerte segura de sus padres y hermano y, muy probablemente, la de ella” meditaba.

Último escalón. Ya estaba en el descansillo de la puerta. Se acordó cómo al dirigirse hasta el  joven musculado que acompañaba al médico este la miró de forma despectiva. Quizás en su vida de lujo no tuvieran cabida las gordas como ella. Volvió a rememorar como le hizo con los dedos de la mano la señal del número dos. Dos eran los riñones que le iban a extraer a la jovencita María, sin apenas tiempo para disfrutar de su vida. “¿Qué sería del manitas y de Gloria, su madre, aquella mujer que se pasaba el día llorando?”. “Algún día tendréis lo que os merecéis y yo espero vivirlo. Ser protagonista de vuestro dolor”.

-¡Dos!-musitó con la mirada perdida.

“Dos” se repitió mentalmente Adanya. “Dos”. Avanzó hasta situarse ante la puerta de entrada a las mazmorras, como ella la solía llamar en su soledad, cuando se encontraba tumbada en su jergón de la vivienda que compartía con veinte compatriotas más. Sintió enormes deseos por desandar el camino, bajar las escaleras y acudir a la policía. Otra vez su conciencia pero, ya se lo habían advertido: Ellos pagarían cualquier desliz si hablaba más de la cuenta. “Ellos, sus padres”. Intentó dar media vuelta pero se detuvo. No estaba dispuesta a dejar morir a una niña. “¿Qué hacer?”. Y sin darse cuenta, se vio llamando a la puerta de la vivienda. Respiraba de forma agitada y sus pensamientos deambulaban entre la imagen de sus padres y los de la niña María. Llamó dos veces. Esperaba unos segundos y luego volvía a repetir la operación pero esta vez por cuatro veces seguidas sin descanso. Esa era la contraseña que utilizaban entre ellos cuando llegaban hasta el piso donde estaba la “presa”. Aunque ella no podía abrir desde dentro, así sabía de la llegada del médico antes de que con sus propias llaves abrieran la puerta desde fuera. El joven ruso que le señalara momentos antes de partir el número de riñones de los que iban a disponer de la pequeña le abrió. Adanya observó a Ewansiva preparando el material sobre la mesa y una mirada de sorpresa al verla de vuelta a la casa. Quizás pensara que el carnicero ya habría dado cuenta de ella y de ahí su agitación al verla. Se equivocaba. Ya se lo habían dicho siempre que hacía una guardia. Cuando todo terminaba debía  desaparecer hasta nueva llamada. Jamás debía de volver al lugar de donde había salido. Era extremadamente peligroso pues podría haber sido seguida por alguien. Ella obvió esa maldita regla y se plantó nuevamente ante ellos. Sin saberlo había salvado momentáneamente su vida. Azgba había dado órdenes tajantes al médico y éste al carnicero, por eso la estaba esperando abajo en su coche y él mismo los avisó de que volvía al piso. Algo  decía a Adanya en su interior que no volvería a ser feliz si veía a otro niño o niña metidos en un saco roto.

-¿Dónde vas? –preguntó el chico poniendo su mano sobre su pecho e impidiendo la entrada con un acento apenas entendible.

-Me dejé…me dejé –señaló el sofá donde había estado tumbada- El móvil –mintió.

El chico miró en dirección al sofá y fue hacia él mientras Adanya esperaba en el marco de la puerta. Al otro lado y en una de las esquinas apartadas, Ewansiba tomaba con la jeringa  la dosis de anestesia para aplicar en las venas de la  menor que la dormirían para siempre. Le miraba con ojos tenebrosos. El otro joven encargado de la última vigilancia antes de tomar el trofeo la hizo pasar aprisa y salió al descansillo  mirando hacia ambos lados para comprobar que había llegado sola. Cerró la puerta tras de sí y se puso detrás de Andaya.

-Parece que no entiendes las reglas, ¿no? –le espetó desde la distancia Ewashiba.

-Pero yo, el móvil –titubeó al dar la respuesta-. Sabía que mentía pues el teléfono lo llevaba oculto en la parte trasera de su pantalón. Pero ya su conciencia era más fuerte que su razón.

-Buscarlo y dárselo. Que se marche enseguida-pidió a sus hombres conociendo que abajo alguien la esperaba. Cuanto antes desapareciera aquella mujer, mejor para todos.

-No lo veo –le dijo el chico ruso que había ido a buscar el móvil hasta el lugar que le había indicado Andaya. Escuchó la voz de María preguntando por su mama con voz pegajosa y pastosa producto de los numerosos tranquilizantes que debían de correr por las autopistas de sus venas hasta llegar al cerebro para adormilarlo desde la habitación donde estaba recluida.

-Me permites….-pidió al joven.

-Ewansiba –le llamó para saber si debía conceder o no a la petición de la chica “gorda” como la conocía cuando hablaban de ella o, “la mole de color”.

Ewansiba asintió con la cabeza. Adanya fue hacia el sofá reteniendo como podía la rabia e impotencia que invadía su ser. En sus oídos retumbaba una y otra vez la voz de María llamando a su mamá y a su papá. Por mucho que quisiera ayudar a la pequeña, una mujer, aunque corpulenta, no podría hacer nada contra aquellos tres hombres, dos de ellos altos y musculados. Cuando estaba a la altura del joven que fue hacia el sofá a buscar el móvil,  se giró de repente hacia el médico negro situado tan solo a unos pasos de ella, tomó el brazo donde tenía la jeringa con la anestesia cogida en su mano y con fuerza la dirigió hacia el cuello del doctor. La sorpresa hizo el resto.

-¡Qué demonios…!

Ewansiba no hubiera nunca imaginado lo que estaba haciendo aquella chica. La aguja se clavó en su cuello penetrando hasta el fondo y la poca resistencia que opuso hizo el resto cuando Andaya pulsó el líquido hasta dentro. Cayó fulminado al suelo con los ojos extremadamente abiertos al abismo mientras el ruso intentaba sacar su arma. Fue entonces cuando Adanya soltó su enorme brazo con el puño cerrado sobre el rostro del joven sintiendo como los huesos de la nariz se partían al recibir la rabia de la centinela del mal. No tardó en acudir en su ayuda el otro joven que los acompañaba al apreciar la escena que le había dejado boquiabierto, sobre todo el golpe certero que recibió su compañero en la nariz que le dejó prácticamente anulado durante unos segundos. Ese derechazo no lo había visto ni en los mejores combates de boxeo que de forma clandestina practicaban con apuestas durante los fines de semana.  Adanya ya no era la joven temerosa que había salido tan solo unos minutos antes de la casa; ahora se había convertido en un búfalo salvaje imposible de parar. Se fue hacia el joven ruso y lo tomó por el cuello levantándolo dos palmos del suelo. Ni siquiera ella había podido imaginar la fuerza que albergaba en su interior. El joven sujetaba las manos de la mujer intentando zafarse de ella y le soltó un fuerte gancho en uno de sus ojos haciendo que su visión se volviera borrosa, pero aquella mujer no dejaba de apretar.

-Aggggg

-Malditos hijos de puta.

Otro golpe ahora con la derecha del joven al que tenía cogido del cuello impidió que continuara con su acción y la lanzó de espalda contra el sofá cediendo en su misión de ahogarlo. Unos instantes después, el primer joven golpeado en la nariz se levantaba del suelo y tomando una silla la estrelló contra la cabeza de la joven que cayó al suelo desde el sofá casi inconsciente sangrando de forma abundante por la cabeza y la frente. La niña María estaba asustada en la cama al desconocer lo que estaba pasando fuera de la habitación pero su estado le impedía dar un solo paso. Entonces aumentó los gritos de angustia llamando a sus padres.

-Papa, papi, papi.

Adanya esperaba que alguien la pudiera escuchar en el edificio.

-Hijos de…-otro golpe con lo que quedaba de silla, pues tras el primero las patas volaron por los aires, esta vez lo recibió en su posición en cuclillas.

Al abrir un poco el ojo derecho golpeado observó al médico en el suelo con la jeringuilla clavada en la yugular y al joven ruso intentando incorporarlo.

-No te mueves de ahí –le gritó dirigiéndose a ella apuntándola con un arma esta vez ya tirada completamente en el suelo.

Adanya no pensaba obedecer e intentó incorporarse pero la habitación entera daba vueltas y su visión estaba completamente borrosa. Solo veía bultos. Fue entonces cuando recibió un último porrazo con un objeto romo en lo alto de la coronilla que le hizo perder la conciencia.

-Papa, papa –gritaba María.

-Mala Puta –atinó a decir el ruso con lenguaje trapajoso llevándose la mano hasta su nariz partida por la que no dejaba de sangrar.

La última imagen que vio  Adanya antes de viajar al mundo de la nada estaba clavada en su cerebro. Era  la de María la primera vez que la vio cuando inició su vigilancia aferrada a la almohada a modo de protección temblando con su rostro blanquecino producto del miedo. “No temas mi niña, no, Andaya nunca te dejará sola”.

 

CUARENTA

MADRID

Al joven David, de Gómez y Asociados se le agolpaban los problemas. A la toma nuevamente de la defensa de Almudena, cuestión que le estaba ocasionando demasiados contratiempos en el despacho profesional, pues los socios le habían señalado la puerta de la calle al ir en contra de sus principios profesionales de no defender a nadie sin recursos. Solo la mano diestra de su tío evitó  su salida. Sin embargo él consideraba que había  hecho lo que nunca un letrado podría hacer en su carrera profesional: dejar en la cuneta a un cliente con la soga al cuello. A ese caso se unían otros asuntos que le iban a tener muy entretenido. No daba crédito al correo urgente que había recibido de la Dirección General de la Policía: defensa de tres de sus miembros acusados de golpear en los calabozos de Carabanchel a tres rumanos hasta terminar con la vida de uno de ellos. Otra vez debía ponerse manos a la obra y entrar en las cloacas de los que debían poner orden para defender aquello que ya le había dejado marcado con anterioridad: ¡La injusticia!. A pesar de su juventud, se encontraba harto de la profesión que no había elegido. Su padre se empeñó en que fuera abogado y de él heredó las buenas artes de la abogacía. Sin embargo se planteaba muchas interrogantes sobre cómo se debía de actuar en juicio para conseguir buenas sentencias de cara a sus clientes y precisamente las buenas artes no llevaban nunca a excelentes sentencias. Ya lo había visto cuando ejerció la acusación particular contra ese monstruoso médico negro acusado junto con otros compatriotas de extraer riñones a niños pequeños para venderlos en el mercado negro. Los abogados de la defensa lo humillaron y de aquel juicio salió muy tocado. Lo del inspector que llevó a cabo la investigación, Martínez se llamaba, mejor ni hablar. Se había reunido con él en numerosas ocasiones y en todas comparecía en su despacho atiborrado de alcohol. Su declaración ante el Jurado fue patética y los miembros que lo componían parecían sonrojados ante aquel policía desquiciado y alcoholizado. Ahora debía de volver a la defensa de tres polis acusados de una brutal agresión a inmigrantes rumanos. La versión oficial es que hubo que reducirlos ante la inusitada violencia que los mismos desplegaban resistiéndose a su detención. En dicha reducción a uno le sobrevino un infarto y murió en la celda. Al menos esa era la versión oficial. El informe del forense diría lo que la policía quería que dijese. Ya estaba acostumbrado. Debía de reunirse con ellos y empezar a preparar la estrategia defensiva. Desde que tomara la defensa de los hombres encargados de hacer cumplir la Ley a través del sindicato policial ya habían sido mucho los juicios a los que se enfrentó. Pocas condenas, casi ninguna, pero un  borrón imperdonable en su  brillante carrera, la del juicio contra los nigerianos. Su ridículo fue espantoso y aquellos hombres se fueron de rositas libremente para volver a actuar en España si no lo estaban haciendo ya. Tomó su cartera negra de piel y metió en un expediente la comunicación urgente recibida por correo electrónico. Llamó a Gómez, su primo y compañero también abogado  que sacó la carrera a golpes de talonario de su padre al profesorado de la complutense. Era tan torpe como gordo. Su tío, socio mayoritario del bufete le había encargado su formación y, a su primo, lo único que le gustaban eran las mujeres y las hamburguesas. Precisamente cuando le llamó se estaba comiendo una y apareció ante la puerta de su despacho con la boca llena  y restos de tomate por sus labios. La corbata le llegaba a la altura del pecho y la camisa sacada por la parte delantera del pantalón, junto con sus piernas regordetas y arqueadas parecían la viva imagen del picador recién bajado del caballo tras varear a un toro.

-Nos vamos –le dijo al verle ajustándose su elegante traje de Armani que, puesto en su cuerpo, presentaba a ojos de los demás una escultura del propio Miguel Ángel.

-¿Dónde? –preguntó dejando salir de su boca alguna de las migajas de la hamburguesa, su desayuno a tempranas horas de la mañana.

-A la policía. Tenemos que entrevistarnos con tres de sus miembros denunciados por homicidio imprudente a un rumano por manos limpias.

-¿Otra vez esos? –una gota de tomate cayó sobre la camisa. Gómez la limpió con la mano y la extendió a modo de medalla, pero la imagen era lo que menos le importaba.

-Sí, otra vez esos haciendo el trabajo que nosotros deberíamos hacer y no defender.

Su primo se quedó pensando en las palabras recibidas por David.

-Entonces no seríamos abogados –nuevo bocado al pan crujiente y mostaza saliendo por entre los bordes del mismo.

David creyó estremecer ante la afirmación estúpida de aquel ser, de buen corazón pero de poco cerebro.

-¿Te vas a terminar la hamburguesa o nos podemos marchar ya? Tengo prisa.

-¿Has vuelto a pensar en Almudena, verdad?

No quiso contestarle. Ese gordinflón tenía un instinto que, aunque difícil de ver, siempre acertaba. Negó con la cabeza. Pero las palabras que les dijo a través del cristal en la prisión los dejó aturdidos. Hasta él volaron como palomas en los tejados de los edificios.

“En una ocasión me cogió y me colgó de los pies sobre una viga” escuchó David la voz de Almudena. El juicio se acercaba y la mujer acusada de asesinar a su pareja le relató desde detrás de un cristal, el calvario que había pasado con ese hombre. David tenía la cabeza en otro sitio, el crimen de los novios de Jaén que acababa de prescribir por al paso del tiempo, pero tenía que volver a su realidad: la pelea diaria ante los Juzgados. El joven abogado posó sus ojos sobre los de Almudena. “Estaba completamente desnuda, colgando de los pies boca abajo y todo porque se me ocurrió llamar a mi hermana y él me escuchó. Golpeó mis nalgas con una vara fina y me tuvo encerrada sin comer durante siete días. No sirvieron de nada mis súplicas. Estaba allí, sin luz. Sólo con agua. Perdí hasta siete kilos y de nada sirvieron mis llantos. Era habitual que me encerrara cuando hacía algo que a él no le gustaba o cuando no me sometía a los deseos sexuales de otros hombres que a él le pagaban”

David tragaba el nudo que se le había formado en la garganta al recordar a la joven chica.

-Hay más, mucho más.

Le mostró sus brazos lleno de picotazos de lo que parecían mosquitos.

-Me agarraba el brazo y me pinchaba de forma directa la droga en vena. Lo hacía siempre que venían varios hombres para abusar de mí. Y lo hacía para que no prestara resistencia. Daba igual que mi niña llorara en la habitación de al lado; daba igual. Pero lo peor de todo era la abstinencia a la que me sometía cuando pensaba que me había comportado de forma diferente a la que él deseaba. Entonces mi cuerpo moría en vida. Me retorcía con fuertes dolores y le pedía que me pinchara, que me pinchara. Pero él no atendía mis súplicas. Solo contaba el dinero recibido ganado a costa de mi cuerpo y luego solo pensaba en el tiempo que le duraría hasta que nuevamente debiera venderme a otras personas. Y fue en uno de esos momentos de abstinencia, en la oscuridad de mi habitación cerrada por fuera cuando nació en mí esa idea. Esa idea que ya no me pude quitar de la cabeza hasta hacerlo- La mujer soltó la palabra que él quería escuchar: -Matarlo-.

Gómez se metió el último bocado mientras David rememoraba las palabras de la chica y observó cómo se limpió las manos en su pantalón. Su primo se impacientaba.  David en el fondo de su corazón sentía un profundo aprecio por él y, sobre todo, por sus asquerosas e impresentables formas aunque fueran todo lo opuesto a él. Gómez no había tenido la culpa de haber sido un niño mimado al que no le faltó de nada en su infancia y adolescencia, al que le reían todas las gracias. En el fondo, cuando no estaba, a aquel joven al que la profesión le ardía por dentro y le provocaba un fuerte ardor, le faltaba algo. Ahora pensó en los tres rumanos, en su vida en España y en la muerte de un infeliz al que debería de tachar en juicio ante el Juez de ladrón, agresivo y delincuente. Esa era la imagen que la sociedad española tenía de ellos ¿Por qué un Juez no iba a tenerla? Parecía un trabajo fácil; también lo parecía el juicio contra los traficantes de órganos y estuvo a punto de terminar con su reputación. Tomó la cartera y salió del despacho deprisa. Quería terminar pronto y volver a ver a Almudena con la excusa de preparar lo mejor posible su defensa. Era una excusa entendible y fácil de ocultar sus verdaderas intenciones; aquellas por las que latía su corazón.

OHIO.  PENNYLVANIA

Sarah pasaba la mayor parte del día buscando plantas medicinales en el bosque que discurría muy cerca de su comunidad. Su padre siempre le había indicado que en aquel bosque donde los rayos de sol intentaban alcanzar el suelo entre las ramas de la espesa arboleda, se hallaban los espíritus de sus antepasados. Que en él encontraría todo lo que precisara para calmar el alma y también las enfermedades que de forma inesperada se presentaban en la vida de una persona. Allí hallaba consuelo a su pena interior. Hacía tan solo unos días todo discurría perfecto. Se acordó de sus ansias por llegar a la comunidad montada en el buggys que dirigía con fortaleza su padre; sus deseos de ver a Saúl, la imagen de su progenitor en las noches leyéndole pasajes de la Biblia. Ahora había perdido a su padre y, quizás también, la llama del amor encendida por Saúl. En sus cavilaciones se agachó para tomar algo de planta de Lavanda. Su aroma llegó hasta ella. La utilizaba frotando su cuello siempre al amanecer, pero también tenía una función importante en las infusiones que daba a su madre para aliviar su dolor, tumbada en su cama desde que su padre se marchó para nunca volver. Cogió también en el camino algo de Salvia y de Jengibre. Mejoraba la palidez del rostro de su madre y la falta de fuerza ni tan siquiera para salir unos instantes de la cama y compartir unas horas junto a ella y su hermana. No quiso contar nunca nada acerca del descubrimiento del secreto de su padre oculto en las pastas de la Biblia a su madre. No quería aumentar el dolor que ya debía sentir por la pérdida irreparable que había sufrido del que fue el hombre de su vida. A veces no tenía fuerzas ni para asearse ella sola con el agua que en un cubo de madera le alcanzaba hasta el lecho. “Me quiero morir” eran las palabras que siempre dirigía a su hija. “Has de vivir. Por la hermana, por mí y sobre todo por ti” recordaba contestarle a cada momento. Miró hacia el cielo que se dejaba ver entre los pequeños huecos de aquellos árboles que parecían quererla abrazar con sus ramas. Allá arriba su padre debía de proteger y velar por ella, su hermana y su madre. Cuando se dio la vuelta dejó escapar un grito por el susto que supuso la imagen de aquella bella joven plantada delante del camino que pensaba tomar con un camisón blanco. Se quedó sorprendida.

-¡Annika!

La chica no contestó. La miraba como si estuviera ausente y le llamó poderosamente la atención que su cuerpo solo estuviera cubierto por aquella tela blanca, casi transparente. No iba vestida con la vestimenta habitual de las chicas Amish y también había dejado el gorro que cubría su larga melena rubia en algún lugar que Sarah no llegaba a comprender. Se acercó hasta ella y tomó sus manos. Estaba helada. Al sentir su tacto sus ojos se fijaron en Sarah.

-Debo hablar contigo, esta noche, en mi casa –le susurró con palabras casi imperceptibles. Como si la que hablaba estuviera ausente del lugar en el que lo estaba haciendo. Como si escuchara a una persona que se ha levantado de la cama aún dormida y ha llegado hasta allí, al bosque sonámbula.

Sarah respiraba de forma agitada.

-¿Qué te ocurre, Annika?

La joven la volvió a mirar.

-Esta noche, recuérdalo. Cuando la comunidad duerma.

Entonces se dio media vuelta y se perdió por el camino que llevaba hasta la comunidad. La última vez que alguien quiso contarle algo que debía saber, apareció ahorcado en el establo. Si Annika quería contarle lo suyo con su padre debería escucharla. Estaba ansiosa por conocer quién era el tercer vértice del triángulo amoroso formado entre ambos y, de paso, conocer alguna pista que la condujera a lo que más deseaba en ese mundo: dar con el asesino de su padre. ¿Sería posible que Annika supiera algo? La forma en la que se la encontró en el bosque la presentaba como una persona extraña. Sarah lo achacó todo a la pérdida traumática de su esposo. Algo empezó a arder en su interior. No obstante la noche llegaría pronto, muy pronto, y entonces todo debía encontrar respuesta.

DESIERTO DEL SÁHARA. DIRECCIÓN ARLIT. SÉPTIMO DÍA 

Akin contaba los segundos que le quedaban por vivir. El cielo se presentaba más azul que nunca y pensó que era lo último que iba a ver. Sin embargo, cuando estaba a punto de cruzar el umbral hacia el lado en el que habitaban los espíritu y del que tanto le habían contado y le gustaba escuchar, no pensaba en él sino en las vidas que no iba a poder salvar: En aquellos niños que iban a morir también si no lo habían hecho ya y que pusieron sus esperanzas en Orji y en él. Las piernas las tenía atrapadas, sin poder moverlas, y solo de cintura hacia arriba podía menearse algo, pero cada vez que lo hacía se hundía más y más. Entonces pensó en algo que de niño le llamaba la atención. Cuando cazaba moscas iba en busca de las telas de araña tejidas entre las rocas. Las soltaba en ellas y veían como las patas de la araña no tardaban en tejer alrededor de su víctima una cortina de tela que las asfixiaba en poco tiempo, como le estaba  ocurriendo a él al que ya le faltaba la respiración. Sin embargo en una ocasión ocurrió algo que le llamo la atención. Su amigo Orji que entonces le acompañaba había echado sobre la tela una mosca de la que andaba dando cuenta la araña cuando él echó la suya. La mosca se revolvía y retorcía en la tela sin poder escapar. La observaba en todos sus movimientos. Fue entonces cuando la vio soltar una de sus patas traseras primeramente y mantenerla alejada de la superficie de la tela. Observó. ¿Por qué la mosca alejaba la pata que ya había conseguido liberar? Pero entonces vio como así consiguió soltar la otra y luego las siguientes hasta escapar de las garras de la araña que no tuvo tiempo para reacionar. Él era ahora la mosca y afortunadamente no había araña pero no tardaría en morir tragado por la propia tierra. Intentaría hacer lo que la mosca. Forzó su pierna derecha hacia atrás cuanto pudo en intentos consecutivos. Comprendió que si solo movía una de sus piernas no se hundía más en las arenas movedizas. Una hora después aún se esforzaba por liberar una de sus piernas como hizo la mosca con su pata. Un silencio recorrió el sudor que caía por su frente y un gritó lo rompió:

-Sí. Sí. Siiiiiiiiiiiiii.

Había conseguido posar la pierna derecha sobre la superficie de la tela de araña ahora convertida en arenas movedizas. En esa posición con una pierna dentro y la otra fuera observaba como no se hundía. Sus brazos se posaban a modo de remos sobre el resto de la arena extendida.

-Soy la mosca. Soy la mosca. Soy la moscaaaaa –gritaba mientras intentaba soltar la otra pierna hacia atrás, la izquierda, para posarla en paralelo a la que ya tenía fuera: la derecha.

-Sí. Sí. Siiiiiiiii –ahora las dos piernas estaban fuera y se encontraba tumbado boca abajo sobre la trampa-¡Gracias, mosca!.

Vio a la mosca girar con sus piernas sueltas sobre la tela de araña hasta  salir volando y él hizo lo mismo. Se giró sobre su cuerpo como si las arenas movedizas fueran un colchón inestable y fue a topar a tierra firme. Boca arriba en la arena dura y caliente del desierto miró al cielo.

-¡Alá eres grande! –gritó.

Respiró de forma agitada. Se levantó y comenzó de nuevo su camino en busca de la carretera esta vez con pasos temblorosos y apesadumbrados por la terrible experiencia que acababa de sufrir.

-Alá enséñame el camino. Enséñame el camino. Si no he muerto allí ha sido por algo. Ha sido por algo. Quizás aún pueda ayudarlos. Tú me guiarás.

Mientras avanzaba sin un rumbo cierto se dio cuenta de que por vez primera en su corta vida se encontraba llorando.

ARGEL. PRISIÓN CIVIL DE BLIDA

Nmachi se despertó alterada. El camión con el rugido de su motor se había convertido de pronto en un tren de pasajeros. “Un tren, un lugar desconocido, una mujer que no había visto en su vida y que le hablaba mientras la tomaba de la mano, una curva, un terrible accidente” “Mi niño y mi sobrina, ¿qué habrá sido de ellos?” Fue el primer pensamiento que tuvo al despertar de su pesadilla. ¿Qué sería ese motor? ¿Y ese tren de pasajeros con aquella extraña mujer montada frente a ella? Por unos instantes pensó que quizás Akin y Orji habrían llegado a su destino para pedir ayuda y el grupo ya estaría a salvo. Cerró los ojos e intentó contestar a las preguntas que el sueño le había provocado; a los interrogantes que ahora más que nunca se presentaban ante ella. Su absoluta inmovilidad no le permitía levantarse y hurgar en las entrañas de aquel sucio lugar en el que se hallaba para encontrar respuestas.

Nmachi siguió con la mirada a la enfermera y esperó a que pasara junto a ella. Fue entonces cuando agarró con fuerza su bata blanca, lo que la obligó a detenerse cerca de su cama. Vio rabia en los ojos de la mujer que desde donde estaba postrada demandaba respuestas.

-¿Dónde está la persona que me trajo hasta aquí? –preguntó desesperada a la enfermera Nmachi aún muy fatigada.

Ella no contestó.

-¿Dónde está? –alzó el tono en la medida que su delicado estado en el camastro dispuesto para su descanso le permitía.

-Todos los días traen a mujeres como tú –le dijo.

Ajustó el suero para que goteara con menos rapidez y comprobó el estado de la aguja del antebrazo derecho.

-Normalmente os dejan en la gran antesala que precede al pabellón. Muchas mujeres son salvajemente violadas y sus agresores se convierten luego en sus salvadores. Cuando las dejan se marchan para que no puedan ser denunciados a las autoridades. Eso debió pasar contigo.

Nmachi suspiró. Ello significaba lo que ya sabía. La habían dejado allí abandonada a su suerte. Dos días después de su partida del grupo nadie  en el desierto quedaría ya con vida. Desvió la mirada y quiso llorar; lo que vio fue el infierno. Aquel hospital estaba infectado de gente que lloraba, sufría y, como ella, había otras muchas mujeres posiblemente también agredidas sexualmente que miraban hacia el techo ennegrecido. El olor era insoportable y solo una enfermera atendía al menos a las cien pacientes acostadas algunas de ellas en el suelo ante la falta de camas. Nunca sabría el nombre de su salvador y tampoco nunca encontrarían los suyos la salvación que con ahínco ella había buscado.

-¿Dónde estoy? –preguntó.

-En una prisión civil.

Nmachi dejó que el nudo que se formó en su garganta pasara como pudiera hacia el interior de su alma. No iba a llorar más. Lo había prometido a quienes más quería. Dejó volar otra vez su mirada y esta salió por entre los sucios cristales del ventanal. Viajó con ella dentro del sueño que había tenido hasta el desierto pero, para su sorpresa, allá donde debía encontrar cadáveres solo halló un camión decorando el paisaje, una lona tirada sobre la arena ardiente y varios botes de agua vacíos desperdigados como setas por el campo. Poco o nada podía pensar en aquel momento en que la imaginación busca el dolor en el pasado, la escena que se vivió en el grupo unas horas  antes de recobrar la conciencia en la prisión civil. Pudo oír el palpitar de su corazón. En su sueño no había visto el camión, ni los seres que luchaban para salvar su vida en el desierto. En el sueño no había visto ni a su hijo ni  a su sobrina. Tenía la boca seca y comenzó a llamar a voces a la enfermera para que le trajera algo de agua. Agua, eso era lo que pedían los niños en el desierto antes de partir ella en busca de la esperanza que les permitiera salir del Sáhara. Una esperanza se iluminó delante de ella pero en su interior admitió que ese ruido ronco que había escuchado en sus sueños y que se había clavado en su cerebro era el del camión cuando fue rescatada por el soldado en el preciso momento en que su vida pendía de un hilo. Pero ese sueño…

DESIERTO DEL SÁHARA

…Al principio fue el ruido parecido a un ronquido el que despertó de su estado moribundo a Folami, la hechicera. Después el ronquido se fue  haciendo cada vez más audible. Se incorporó de la fresca arena del desierto que los acogía en la madrugada y levantó la cabeza para intentar descifrar la procedencia de aquel extraño sonido. La gente dormitaba alrededor formando un círculo. Algunos habían bebido de los orines pero la gran mayoría decidió no hacerlo. No quedaba nada ya qué beber ni qué comer. Todo iba a terminar en horas. Sin embargo Folami estaba segura que lo que oía no era algo que hubiera extraído de su propia imaginación. Como ella, otras mujeres levantaban la cabeza y miraban en dirección hacia el sur, el lugar por el que había marchado Nmachi. El humo que veían hacia el norte de procedencia desconocida y que sin saberlo venía del incendio del camión que los jóvenes Orji y Akin habían provocado  hacía ya horas que se había disipado en el cielo y con él, las últimas esperanzas. Otros yacían más alejados, desesperados y desperdigados en un radio no superior a un kilómetro del grupo. Vio sombras que se levantaban de la arena: con seguridad habían oído lo que ella. Algunos niños ya ni se quejaban; sabía que la muerte no tardaría en venir a por ellos.  Miró hacia el horizonte y observó levantarse el polvo en dirección a ellos con la poca luz que proyectaba el alba.

-Sí, sí, -balbuceó sin que sus palabras fueran capaces de salir en aquella boca sin dientes-. Vienen, vienen…

Los adultos comenzaron a gritar de forma jubilosa, abrazándose entre ellos. Los niños permanecían quietos a los pies de sus madres. Todos vieron una mosca en la lejanía que se iba agrandando hasta estar cerca de sus visiones nubladas. Unos minutos después el camión se detenía ante el grupo jaleado por gritos de desesperación y alegría y un hombre bajito y rechoncho vestido de soldado descendía de la cabina. Un tatuaje que reflejaba una media luna sobre su mejilla era la característica más significante de su amable cara.

-Los hombres, los hombres –les gritó corriendo hacia la caja en la parte trasera y retiró la lona que cubría la mercancía.

Un pale con garrafas de agua apareció ante los llorosos  y agonizantes de los supervivientes.

-Agua, agua, agua –gritaban llenos de alegría mientras se besaban y abrazaban. Algunos se arrodillaban dando gracias a Ala por mandarles la salvación cuando pensaban que iban a morir.

Las provisiones se repartieron con celeridad entre los niños  y adultos que comenzaron a beber de forma ansiosa pasando las garrafas de manos en manos. Hubo alguna trifulca entre los mayores que pronto se disipó pues aquel camión venía cargado del líquido salvador  y también de alimentos. La hechicera se acercó hasta él y le preguntó:

-¿Cómo pudiste dar con nosotros?

El hombre la miró fijamente. Señaló en dirección al camino que le había llevado hasta donde estaban y le contestó:

-Fue la mujer de pelo trenzado –sentenció sin dar más explicaciones.

-¡Nmachi! –gritó ella para sus adentros. Corrió hacia su hijo y su sobrina  y los abrazó.

-Mama vive. Mama vive –los besó- Pronto nos reuniremos con ella –les dijo aguantando su emoción y enjugando sus lágrimas.

Volvió hasta dónde el soldado estaba después de dejar a los dos niños llorando por la noticia recibida.

– ¿Por qué lo hiciste? –preguntó la hechicera mirando a los ojos de ese hombre que había puesto en juego su vida por salvarlos.

Pareció pensar lo que le iba a decir. Pero luego, mirando hacia el suelo dijo:

-Lo hice Bismillahir rahmanir rahim (1) 

-Allahu Akbar (2)  –añadió la mujer con el corazón encogido. 

Fue la respuesta que la hechicera quiso dejar en el corazón de quien les salvó.

Y en ese instante en el que fueron rescatados del regazo abrasador e inmisericorde del desierto del Sáhara, ninguno de ellos podía pensar o intuir que un infierno peor al vivido se encontraba a tan solo unas millas del lugar en el que estaban siendo salvados…

  1. En el nombre de Alá, el más compasivo, el más misericordioso
  1. Dios es grande
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