“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

 

TREINTA Y CINCO

VALLECAS

Dos noches anduvo  Kevin perdido  y sumergido en su gran amigo y compañero: el alcohol. No sabía qué iba a contar a su esposa cuando llegara al hogar. “Quizás estuviera llorando como siempre atiborrada de pastillas y no se diera cuenta ni tan siquiera de que llegaba solo, sin lo que más quería en este mundo: su hija” pensó. Los ojos nublados y su andar vacilante le hicieron perder el equilibrio en más de una ocasión, cayendo delante del bloque donde se encontraba su vivienda ante miradas indiferentes de algún vecino que ya lo habían visto llegar así en más de una ocasión, algo a lo que ya estaban acostumbrados. Cuando consiguió alcanzar el tercer piso donde vivía después de varias caídas más, Gloria estaba esperándole en el descansillo de la puerta con los brazos cruzados. Parecía otra mujer, se había cortado el pelo y estaba: ¡Pintada! Enfocó sus ojos nublados en dirección a su esposa.

-¿Y María? –le preguntó alzando la voz.

Kevin titubeó. Esa no era la Gloria que la tarde anterior había dejado sollozando en el sofá, una vez más. Se parecía más a la que viniera con él desde Colombia, hacía ya algunos años.

-¿Quién te ha tomado el pelo? –preguntó con voz pastosa, como si ello fuera a resultar gracioso a su esposa.

Algo extraño sí que ocurría pues ni estaba sentada en su sillón, como siempre, ni tampoco lloraba. Además aquel peinado atrevido solo lo había visto cuando empezaron a salir y de ello hacía ya muchas noches. Le pareció bella.

Esta vez no recibió por respuesta el llanto al que tanto estaba acostumbrado. Pero la pregunta que ahora le dirigía su mujer era una vez más la pregunta que tanto se había hecho él en las últimas horas y que ni tan siquiera el alcohol consiguió apartar de su mente.

-¿Y María? –le gritó

Se encogió de hombros. Gloría bajó los tres peldaños de la escalera que le separaban de él. Ahora era Kevin el que deseaba ponerse de rodillas ante ella para pedir perdón por lo que había hecho. Sin embargó sacó una vez más a relucir la ironía fina que le salía cuando bebía como si el mundo se fuera a acabar ese mismo día.

-¿Quién es tu pelu…qu..era? Es “pa” no pasar ni por la puerta –señaló su pelo.

Gloria no llorisqueo, ni tan siquiera emitió una mueca de desaprobación. Iba a realizar lo que tenía que haber hecho hace ya tanto tiempo y que su grave depresión le impedía realizar. Así que sacó el puño cerrado de su mano derecha desde la espalda y fue a estamparlo directamente contra el rostro de su esposo. Kevin rodó por las escaleras cinco peldaños como si fuera un ovillo de lana. Como pudo, se incorporó y se sentó en el descansillo donde había ido a parar desde la segunda planta. Allí estaba ella, erguida, mirándole, desafiándole. Y ahí estaba él con un golpe fuerte en la nariz, sangrando, con sus ojos nublados aún por los restos de alcohol que corrían por su sangre y preguntándose si no se merecía otro aún más fuerte que el que había referido.

-¡Aquí ti…ran flechas! –dijo llevándose la mano hasta su mandíbula dolorida. (1)

-¿Qué pepes, eh? ¿Qué pepes? (2) –le espetó de forma irónica.

-No…no sé, ¿tú lo sabeeees? –balbuceó soltando su  propia baba y arrastrando la última sílaba.

El hilo de sangre que manaba de su nariz fue a parar hasta su boca. Le pareció salada.

  1. Expresión en su argot natal que viene a significar lugar peligroso.
  2. ¿Qué tal? ¿Cuál es el problema?

-¿Y María? –volvió a preguntar esta vez con  voz amenazante y el puño con el que le había golpeado alzado sobre su cabeza.

Aquella no era la Gloria española. Había vuelto la Gloria colombiana, la que se enfrentó a las peores organizaciones criminales de su país cuando no le gustaba que sus hijos anduvieran realizando labores de vigilancia. Kevin se puso a llorar como un niño en el rincón apoyando su espalda contra la pared y tapando su rostro. No lloraba por el dolor que quedaba en su nariz, lo hacía por su hijita, aquella a la que tanto amaba y que había perdido quizás para siempre. No le salían las palabras de su corazón y hubiera deseado que su mujer le siguiera golpeado hasta dejarlo inconsciente. En una inconsciencia de la que ya no te volvieras a recuperar. Así no tendría que enfrentarse con su dura realidad. Ahora todo estaba perdido: su hija había desaparecido y él no sabría cómo contárselo a su mujer. Gloria se acercó hasta él y lejos de volver a golpearle le abrazó acurrucándole contra su pecho mientras él se desahogaba. Lloró en  su regazo.

-¡¡¡Qué pinta!!! ¡¡¡Qué pinta!!! (1) –susurró Gloria a su oído.

Kevin se extrañó de aquella expresión de su mujer que se manejaba en la jerga popular de su país para decir que algo era bonito. Si supiera la verdad, lo que había hecho: vender un riñón de su hija por dieciocho mil euros, perderla y también el dinero que no había recibido porque el cura que se lo debía de entregar estaba muerto, no diría aquello, estaba seguro de ello. Sin embargo allí estaba ella, abrazándolo, diciéndole que todo parecía un chiste mal contado, como su propia vida, la vida de un inmigrante fracasado a punto de perder su vivienda, que era incapaz de alimentar a los suyos, que se pasaba el día bebiendo como si en ello fuera la solución a los problemas que le atormentaban y, lo que  aún era peor, lo que ningún ser humano puede estar nunca acostumbrado en esta existencia: perder un hijo o una hija por culpa de uno mismo.

-Gloria, debo…debo… –ella le tapó la boca y no le dejó hablar.

-No sigas.

-Gloria, yo, yo…solo pensaba que podía…que podía…

-Hoy se acabó el alcohol en esta casa. Empieza prometiéndomelo y te dejaré contar.

Kevin sollozaba al hablar y en ocasiones sus palabras eran inentendibles por culpa del alcohol que aún recorría por las autopistas de sus venas.

-Te… lo prometo, te lo prometo –susurraba llorando a  su lado- Pero debo decirte…

Y en esos momentos Gloria se levantó y miró hacia la puerta que daba entrada a su vivienda.

-Ya me lo han contado todo. No sigas.

-Todo, ¿quién?

Señaló hacia la puerta. La figura de un conocido de Kevin apareció. Allí, con su mismo abrigo cansado por el paso del tiempo, con su rostro curtido por el dolor y el abandono y con expresión seria pero serena estaba él.

-Martínez, ¿qué hace usted aquí? Yo le hacía…

-¿Bebiendo?

-Sí   bebi…endoooo en el retiro.

-Es una historia larga de contar, Kevin-repuso con voz seria y ronca-.

-Vino a ayudarnos –Gloria tomó el rostro de su marido entre las manos para hablarle-. Me ha contado todo, absolutamente todo. Tu desesperación por el desahucio, tu dolor por no poder consolar mi llanto diario, el amor por tu familia, la venta, la muerte del cura que te llevó hasta ellos y -su voz se quebró- la desaparición de María.

Kevin estaba desorientado. No sabía por qué un mendigo con el que había intimado había puesto en conocimiento de su esposa lo que él le contó bajo los efectos del alcohol rompiendo las normas que le había impuesto el párroco: no constar a nadie lo que iba a hacer. Menos aún comprendía cómo había conseguido llegar a dar con él, donde vivía. “¿Cómo le iba a ayudar a él un mendigo?” pensó.

-¡Ya jodimos! –espetó- (1) El mendigo que salió del vino y de la arboleda para rescatar se…res humanooos.

Gloria se levantó.

-Sí –observó la imagen penosa que desprendía Martínez-. El mendigo que fue inspector de la policía de Madrid hasta no hace mucho condecorado por méritos en el servicio en su lucha contra el crimen organizado. La persona que más y mejor conoce de las mafias que se dedican a la venta  y tráfico de órganos humanos. Él nos ayudará.

Kevin se quedó mirando de forma directa al impenetrable rostro del inspector y, volvió a romper en llanto.

-Que sea así –musitó.

  1. Expresión para definir un chiste mal contado.

JAÉN. UN AÑO DESPUES DEL CRIMEN

Embutido en la lectura del cuaderno que recogía las conversaciones entre su hija y su mujer, no se dio cuenta de que ella estaba allí, mirándole. Hacía meses que no se dirigían la palabra. Él se sentía culpable de haber sido condescendiente con su hija, de dejarla hasta altas horas de la madrugada con su novio. Total, ¿qué le podría pasar? Jaén era una ciudad tan tranquila…

Alzó la mirada y la vio allí, con la compra. Cerró con cuidado su lectura.

“…Estaba cerca de allí, a apenas doscientos metros, en el cortijo de la Casimira. Mi cuerpo sin vida yacía entre restos orgánicos, desechos humanos, ventanas sin marcos, puertas que dejaban paso al infierno en el que la vida se convierte para algunos seres humanos. A pesar de la cercanía de ambos cuerpos, te vi llegar. Me encontraste. Nos dimos la mano y una mueca extraña apareció en nuestros rostros. Tú viste tu cuerpo en aquel coche y yo el mío tirado en la habitación. No había vuelta atrás. Nos habían asesinado. Ahora comenzaba un largo camino hacia ese lugar que todo humano desconoce, la otra vida. Sin embargo alguna voz interior nos dijo que no podríamos llegar hasta que se rompiera el vínculo que tanto nos unía a lo terrenal. Deberían pasar meses, quizás años. Nuestras familias deberían dejarnos marchar y, cuando estuviéramos preparados, así lo haríamos. Pasaríamos juntos por esa etapa que llaman al otro lado de la fina línea que separa la vida de la muerte, la etapa de la espera. Esperar a que estemos preparados para asumir lo que nos ha ocurrido. Esperar a que estemos preparados para desprendernos del amor de quienes tanto quisimos. Espera, larga espera. No queríamos asumir nuestra nueva situación. Es difícil hacerlo. Éramos jóvenes y deseábamos con fuerzas vivir unidos, crecer juntos, dar nuevas vidas. Sentía tu mano apretar la mía y alguien me aferraba por la otra mano, alguien al que no podía ver, pero sí sentir. Un destello me hizo ver a mi madre agarrando con fuerza el cuadro de la imagen de la niña vestida de blanco con sus manitas unidas como si rezara. Mi madre, el cuadro, mi mano suelta que no se agarraba a la tuya, el vínculo terrenal que no nos dejaría partir. La espera. Fue entonces cuando derramé una lágrima al mirar mi cuerpo terrenal tendido en aquella habitación fría de emociones, pero cargada de energía negativa. La lágrima topó contra el suelo y pude ver en su reflejo todo aquello que se avecinaba; cómo el destino nos iba a jugar una mala pasada aún ya muertos. Así, lo iba a vivir junto a él, madre…

Se levantó y fue hasta ella. Cuando estuvo a tan solo un palmo de su cara la miró a los ojos y salieron aquellas palabras que tanto deseaba decirle.

-Lo siento.

Ella asintió levemente con su cabeza, aquella cabeza en la que de memoria, recitaba una voz interior las palabras de Ana.

“…Es extremadamente curioso. No estamos solos, pero los otros jóvenes a los que vemos no hablan, callan. Como te he explicado, al otro lado hay una cortina de humo que solo podemos correrla nosotros para ver lo que pasa en vuestro mundo. Esos chicos callados deambulan sin rumbo, como nos pasó a nosotros en las primeras horas acá. No dejan de llegar. Algunos tienen lágrimas en sus ojos. Si esto es el cielo, en el cielo también se llora. Nadie nos comunicamos con nadie. Este lugar es parecido a nuestro mundo donde también sentimos deseos de abrazar a los que hemos dejado atrás. Te preguntas ¿qué hacer? ¿Qué será lo próximo? No es cierto que una vez que te vas sientas una paz infinita, no es cierto. Lo vi en el rostro blanquecino y pálido de los demás chicos qué, como nosotros, debían de estar también muertos. Te preguntas dónde está el  Dios del que tanto nos hablaron al otro lado. ¿Por qué no podemos volver y estamos aquí atrapados? Y lo peor de todo, ves cuanto sucede detrás de la cortina de humo. Ves el sufrimiento de los tuyos abrazando un cadáver en una cama de un hospital, a las puertas de una clínica médico forense, a la entrada de un cementerio y, no puedes decirles nada de forma directa. No puedes acercarte a ellos para que sienta tu último aliento. Observas su deterioro por las noches en vela, su dolor interior. Cómo los días van destrozando sus esperanzas hasta que van asumiendo la nueva realidad. Quizás eso sea lo que ha de pasarnos a nosotros dos y a los demás que nos acompañan: asumir la nueva realidad. Me siento y observo nuevamente nuestros cuerpos trasladados hasta dos nichos comunes donde van a sepultar la materia. La energía que acompaña al cuerpo y que le llaman alma pasa al otro lado. Veo la comitiva fúnebre, a mis padres, a mis hermanos y, entonces, me pregunto otra vez: ¿dónde está Dios? Levanto la cabeza y los veo a ellos que, en su interior, deberán hacerse la misma pregunta. Entonces Oscar me afirma lo que yo a he sentido: ¡En el cielo también se llora!…”

-Yo también –murmuró.

Y sintió como su sombra se deslizaba por detrás de su espalda en busca de algo que calmara su dolor.

ALEPO. SIRIA

En el parque de Hawas con los esqueletos de hierro de sus bancos,  los mismos que un día acogieron a padres mientras vigilaban los juegos de sus hijos o a jóvenes parejas profesando su amor, oculto entre la muchedumbre presenció la crucifixión de cinco jóvenes Mustafá. Uno le pareció que podría tener la edad del chiquillo que le había acompañado en los últimos días por la ciudad más triste del mundo. Le parecieron horrendos los gritos de desesperación cuando las puntas atravesaban los pies para clavarlos en la cruz rompiendo cartílagos y huesos al atravesar la piel. No quiso mirar. Aquello parecía una diversión para muchos de los que se congregaban en la zona. Los hombres del ISIS vestidos de negro ejecutaban las órdenes de quien parecía al mando con una rapidez inusitada. Las cruces se quedaban en vertical hundidas en unos orificios previamente realizados y los crucificados miraban o lloraban pidiendo compasión. Los cuerpos se retorcían de dolor en la cruz.

-Cristianos –dijo el pequeño a su lado, mirando sin apartar la vista del horror.

-Vámonos, rata, no quiero ver más.

El niño lo miró. Comenzaron a moverse entre las gentes para salir del espectáculo que ofrecía a la ciudad una vuelta hasta la edad media.

-Al parque antes veníamos a jugar. Ahora la gente viene a ver las crucifixiones y a por leña para calentarse en invierno. ¿Has visto cómo están los bancos?

Mustafá había apreciado los esqueletos de hierro. La gente había arrancado sus maderas  para calentarse.

-Llévame a otro sitio.

-Vamos al barrio de los comerciantes, Tarek Al Bab. Con suerte podremos robar algunas piezas de fruta.

La luz del sol comenzaba a dejar paso a la noche. Pronto deberían volver al reducto donde vivía el rata. En Alepo la luz eléctrica había desaparecido hacía tiempo. Sus gentes se levantaban con el sol y se acostaban al ver aparecer la luna. Numerosas hogueras se veían ya lucir en las calles adyacentes al parque. La ciudad estaba partida y los enfrentamientos entre el ejército libre de Siria y el ISIS se desarrollaban a las afueras.

-Debemos darnos prisa –le pidió el rata- La noche es peligrosa en nuestra ciudad.

-Y el día –le espetó con seguridad-

Mustafá se puso a la altura del niño y por vez primera sintió necesidad de posar su brazo en uno de sus hombros. Le daba seguridad y era lo único a lo que podía aferrarse en aquel lugar de destrucción de la vida humana.

-¿Sabes?, el otro día vi cómo lanzaban a unos hombres desde el último piso de un edificio, desde su azotea.

Mustafá tragó saliva. Se vio asimismo crucificado o siendo lanzado desde varios metros por hombres armados.

-No deberías ver esas cosas.

-Los niños Sirios no podemos ver otras cosas. Hace tiempo que se acabaron nuestros juegos.

Apretó su hombro.

-¿Y qué crees que hicieron para que les lanzasen desde la azotea? –sintió curiosidad.

-Decían que les gustaban los hombres.

Mustafá se quedó pensativo: “Homosexuales”.

-Ya, comprendo. Deberíamos volver hasta las alcantarillas. Mañana buscaremos a tu amigo Yuma. Debe ayudarnos.

-¿Tienes dólares?

La pregunta cogió desprevenido a Mustafá.

-Algunos…-se tocó la bolsa que llevaba atada al cuello con una cadena y que ocultaba bajo su vestimenta cerca del pecho. Allí estaba la última paga recibida por parte del verdugo días atrás en la escuela, como adelanto al mes que aún no había terminado cuando se topó con el niño que intentaba tomar al perrito de entre el esqueleto del tanque calcinado. Habría recibido unos mil euros.- ¿Por qué?

-Porque Yumas no mueve un dedo de su check points si no ve dólares.

-¿Y sabes cuánto cobra?

-Unos quinientos por cabeza.

-Biufffff –silbó.

-Creo que me llegará.

El rata lo miró.

-¿Nos llegará?, recuerda…

Hizo referencia a lo que ya le había manifestado sobre su intención de partir con él de aquel lugar. Mustafá barajó la posibilidad de pagar los mil dólares, aunque también quizás pudiera regatear algo a Yumas.

-Bueno, que así sea.

El niño no volvió a hablar. Parecía haberse quedado mudo de pronto. En su vuelta a las alcantarillas se cruzaron con muchas miradas de miedo, de horror, de falta de esperanza. Las hogueras crepitaban y sus luces iluminaban la noche. Allí estaban ellos. Niños aferrados con fuerza a las manos de sus padres o a su cuello, abrazados intentando buscar protección que a pasó rápido buscaban un lugar seguro, si es que aún existía tan solo uno en aquel antaño pueblo bello de la paz: Alepo.

TREINTA Y SEIS

MADRID

David odiaba los juicios con jurado. El sistema judicial español era lento, a veces desesperante, en muchas ocasiones injusto si no tenías los medios económicos a tu alcance para demostrar con pruebas de toda índole tu inocencia. Pero el jurado era otra cosa. La institución se instauró en España en el año 1.995 y hasta ahora no existía persona ducha en Derecho que no se quejara del mismo. Había tenido dos juicios con jurado por homicidios y los dos habían terminado en condena. Dos fracasos sonados que a punto estuvieron por costarle la absoluta confianza que los socios mayoritarios del bufete habían depositado en su persona. Afortunadamente los dos juicios fueron anulados en su veredicto por la instancia superior tras los recursos formulados ante la falta de motivación del veredicto. Y es que sentarse ante hombres y mujeres de la calle sobre los que pensaba, no sabrían distinguir un asesinato de un paseo en bicicleta, era parecido a ir al servicio estando estreñido. Normalmente tomaban la tesis del fiscal y punto, por muchas explicaciones que les diera al efecto. ¿Qué podrían decidir al respecto aquellos hombres y mujeres sobre una cuestión tan compleja como la que ahora le tocaba defender? Posiblemente la condena de la chica. Además todo se complicó con el examen forense de la hija menor de Almudena y las múltiples heridas que su cuerpecito presentaba. “Madre drogadicta que deja que abusen de su hija pequeña por parte de su pareja a la que luego da muerte tras una noche de alcohol y drogas”. Dieciocho o veinte años de condena por asesinato y un veredicto de culpabilidad era lo que le esperaba. No había escuchado los consejos de su tío que, por experiencia, sabía a lo que se exponía: “Hijo, esa chica es carne de cárcel en los próximos años. No conviene a tu carrera como abogado su defensa. Déjala y que le nombren un abogado del turno de oficio” No atendió a sus palabras y, la última vez que habló con él en su despacho la cosa se puso tensa. “No queremos que utilices el nombre de nuestra firma para su defensa. A título personal haz lo que te venga en gana pero no eches a perder el prestigio profesional que hemos ganado durante años de duro trabajo”. Estuvo noches dándole vueltas a sus palabras. ¿Qué le iba a reportar su defensa? Nada, absolutamente nada. No iba a cobrar y el varapalo del jurado sería enorme. Tenía que hablar con ella y dejar el asunto. La chica lo entendería. Así las cosas David ya le había dejado claro en sus diferentes visitas a prisión a su defendida lo difícil de su situación. Escuchó con atención sus explicaciones pero, aunque convincentes, no sabía si calarían tan a fondo en el jurado popular, hombres y mujeres de su ciudad cuya única condición para ser jurado era que supieran leer y escribir, que llevara hasta su absolución. Al día siguiente había concertado una nueva visita y ya tenía a disposición la autorización del Colegio de Abogados de Madrid para ir a visitarla en prisión. Allí había sido mandada por el Juez de forma preventiva. Se lo diría por duro que fuera y por mucho que, por no decirlo, aquella chica hiciera que ardieran sus entrañas cuando la veía. Nunca había sentido nada igual pero los asuntos internos del alma debían quedar fuera del trabajo profesional. “No puedo hacerme cargo de tu caso” le diría. Se marcharía y no la volvería a ver más. Por si fuera poco la prensa se había hecho eco de la noticia y voces feministas y también de hombres hartos con la defensa a ultranza que la justicia en connivencia con la prensa hacían de la mujer, comenzaron a hacerse ver en grupos ante las visitas que Almudena tuvo que hacer al Juzgado para declarar y escuchar los cargos que contra ella pesaban: Asesinato.

La mañana de primeros de octubre llegó pronto al despacho, antes de su visita a prisión y su primo le había indicado  que la primera visita que tenía sin cita previa era la de una mujer que, precisamente, quería hablar sobre el caso de Almudena. Al entrar aprisa en su despacho no reparó ni tan siquiera de su presencia en la sala de espera junto a una chica de pelo empinado y de color, colgantes en la vestimenta y  botas militares.

-Dile que no la puedo atender –le dijo a su primo- Si queremos ser un despacho serio no podemos recibir al primero que se presente sin más. Hay que concertar visita.

El bobalicón de su primo le miró con ojos de ardilla.

-Parece que no lo entiendes primo. Han venido de muy lejos para hablar contigo sobre Almudena y, me han dicho que no importa que las atiendas ahora, que pueden esperar todo el día a que decidas perder unos minutos con ellas –se acercó hasta él- Pero mi padre me ha indicado que las largues cuanto antes. Hay una hippie  muy extraña, capaz de espantar a las visitas que tiene concertadas hoy. No quiere que se crucen en el vestíbulo con semejante…

-Bodrio. Así califica tu padre a las personas que no visten como él.

-Yo no pongo las normas.

David dejó la cartera en el suelo, se quitó la chaqueta azul marino que llevaba sobre camisa blanca y corbata negra y se sentó.

-Que pasen –alzó las manos como indicando voy a largarlas cuanto antes.

Su primo salió afuera y las invitó a pasar al despacho de David. Al ver a la chica Punki al joven letrado no le desagradó en absoluto su aspecto. Antes de que las invitara a sentarse ya habían tomado asiento y, a su lado y sin su permiso, su primo. Las chicas miraron la orla de la promoción del noventa y dos de David, sus títulos universitarios y las fotografías gigantescas que, tras la mesa de nogal en la que se sentaba, representaban la imagen de los socios del despacho recibidos por su Majestad el Rey el día en que los socios del despacho profesional para el que ahora trabajaba, fue premiado con la Cruz de San Raimundo de Peñafort.

-¿Y bien? –preguntó mirándolas-.

-Mi nombre es Clara y trabajamos para una asociación de protección a la mujer maltratada: La mujer es una Diosa, ¿le suena?

David se encogió de hombros pero, sin querer ser descortés les contestó que no.

-Queríamos hablar con usted sobre la defensa que tramita de Almudena, la chica que se defendió de la agresión de su proxeneta y que acabó con su vida.

A David le sorprendió las palabras de aquella mujer decidida y directa. “Se defendió”. Sería sin duda una buena candidata al Jurado que habría de formarse para decidir su futuro.

-He pensado…-iba a decirles que terminaba con su defensa, que se lo iba a indicar esa misma mañana a ella y que seguir con esa conversación solo haría perder tiempo a él y a ellas. Sin embargo la chica no le dejó seguir.

-¿Ha conocido usted a una mujer maltratada alguna vez?

La pregunta directa pilló desprevenido a David. Como buen abogado respondió pronto.

-Alguna he conocido. He llevado la defensa de algunos hombres denunciados en falso por su pareja para obtener beneficios en su Divorcio, alejarlos de su domicilio conyugal con rapidez con orden de alejamiento y he visto el teatro que en muchas ocasiones montan ante los puntos de encuentro para la entrega y recogida de los hijos menores a los que no dejan de influir para que repudien a su padre. Creo que la justicia española ha podido tramitar unas doscientas mil denuncias falsas que terminaron en nada.

David esperó la reacción indignada de la mujer. Sin embargo lo único que observó fue una pompa de chicle explotar en la cara de la chica que la acompañaba y a su primo mirarla como si no hubiera visto jamás una mujer. Sin embargo David  no recibió la respuesta que esperaba.

-En España hay un abogado por cada diez españoles. Diríamos que puede que sean unos quinientos mil abogados –El joven letrado asintió con la cabeza- Conozco más de diez mil sentencias contra abogados corruptos, que engañan a sus clientes, defraudan a hacienda y no son leales con quienes les encomiendan sus asuntos. Y, por ello, ¿diríamos que la abogacía está llena de sinvergüenzas?

David tragó saliva. Su primo negó con la cabeza con demasiada exageración.

-En esta vida del señor hay de todo. También mujeres que utilizan técnicas no debidas, curiosamente aconsejadas por abogados como usted.

El letrado comenzó a sentirse incómodo.

-Pero mi pregunta es si usted ha llegado a conocer verdaderamente a una mujer maltratada.

Nueva pompa de chicle por la chica que cruzó las piernas retrepándose en la silla.

-Si se refiere a si he defendido a alguna, le diré que no. Mi defensa ha ido más por el lado masculino.

-Bien. Ahora tiene a una chica maltratada que está acusada de asesinato, Almudena se llama. La hemos visitado en prisión antes de venir a hablar con usted y sabemos su calvario. Es más, le diría que la creemos.

-¿La creen? ¿Les contó lo de las graves heridas y abusos que presentaba su hija pequeña?

-Nos contó todo. Absolutamente todo.

-¿Y por qué creen que es maltratada? ¿Acaso no podría ser consentidora de su situación y de la de su pequeña?

-Conozco a una mujer maltratada. Nosotras –miró a su compañera- lo fuimos. Sabemos cuándo quien narra su historia ha sufrido.

-La defensa es complicada.

-¿Ha visto usted alguna vez un lobo?

-Si, en el zoológico de Madrid.

-¿Si estuviera encerrado en su jaula con uno que haría?

El primo de David tragó saliva.

-Posiblemente me quedaría inmóvil, sin moverme, esperando que no me atacara y deseando con todo mí ser que alguien me ayudara.

-Pues así se sienten las mujeres maltratadas. Tienen a un lobo en su casa, hacen y consienten todo lo que le ordenan y no se mueven para intentar por todos los medios no ser atacadas.

David paladeó las palabras de la mujer. Ahora iba a decirle que había decidido abandonar la defensa. Sin embargo, Clara, esa mujer  que empezaba a impresionar a David se adelantó.

-¿Cuándo presentará su renuncia?

“Maldita sea” Miró a su primo. Les habría adelantado a aquellas mujeres lo que ya le había comentado a él la semana anterior tomando cerveza.

-Hoy se lo iba a comunicar a ella.

Nueva pompa de chicle. Esta vez quedó expandida por el rostro de la chica y comenzó a despegarse algunos restos con las uñas largas pintadas de verde. El primo de David dejó entrever una mueca de puro asco.

-Usted mismo. Esa es la causa de nuestra visita. Queremos que se lo piense. Nuestra asociación pagará sus honorarios. Ella personalmente nos ha pedido que hagamos lo imposible porque usted fuera su abogado –silencio- Aunque después de esta conversación no estoy muy seguro de si eso es lo mejor para ella.

David quedó sorprendido.

-Pero…

Ambas se levantaron. Clara le extendió un papel con su número de teléfono.

-Si decide seguir con su defensa llámeme. Llegaremos a un acuerdo. Acuérdese del lobo.

Estrecharon su mano y salieron del despacho. David miró a su primo. No sabía qué decirle.

-¿No pensarás…?

-Sí. Creo que la voy a defender. Me ha impresionado lo del lobo.

-Hay algo más detrás de tu defensa, lo veo en tus ojos…-gritó mientras hacía aspavientos con las manos sobre su cabeza -¿Quién se lo explica a mi padre?

David se detuvo ante su primo. Lo tomó de ambos hombros con sus manos como si le abrazara y le dijo.

-Tú, primo. Tú. Tenemos un caso que dará mucho que hablar. Después de él es posible que ya nunca nada sea igual.

Le vio salir por la puerta y dar un portazo.

-Loco. Aquel crimen de los novios lo dejó trastornado –comentó para sí su primo.

Si, quizás hubiera algo más en los ojos de ese letrado. Había vivido el sufrimiento que puede experimentar una madre cuando pierde a un hijo. Si ese hijo además ha sido asesinado, el sufrimiento es inabarcable. Le pasó en Jaén, cuando empezaba su carrera profesional. Quizás Almudena hubiera actuado por el miedo a perder a su hija más que por ella misma. El abogado de la acusación en el crimen de los novios de Jaén se empeñaba una y otra vez en que leyera notas del diario de Ana, la chica asesinada. Y él, como tonto, las cogía y las dejaba apartadas de su vista hasta que la tentación le invitaba a no esperar más. Entonces leía y leía y se quedaba con aquel dolor interior que ya no le dejaría el resto de sus días y que le acompañaba en cada momento. Comprendes, papá” Recitaba de memoria las palabras que iba a decir a su padre Gómez cuando se dirigía hacia su despacho, situado una planta más arriba de donde ellos estaban y que ocupaba, síntoma de humildad, la totalidad de la planta. Sus piernas empezaron a temblar.

DESIERTO DEL SÁHARA. ANOCHECER DEL SEXTO DIA

Nmachi sentía cómo la vida se le escapaba; su visión se apagaba y pudo apreciar cómo los Dioses de los que tanto hablaba la hechicera venían a por ella para llevarla a las Montañas lejanas que de niña observaba en los brazos de su madre a la entrada de su choza. Lamentaba que todo terminara así, que no pudiera reunirse con quien tanto amó y que perdiera la oportunidad de despedirse de su sobrina y de su hijo. Quizás ellos tampoco tardarían mucho en reunirse con ella a no ser que Orji y Akin consiguieran llegar con ayuda. Todo lo había podido en la vida pero enfrentarse a aquellos soldados armados hubiera sido toda una temeridad. Abrió algo los ojos y le pareció ver volar sobre su cabeza buitres del desierto que pronto se cebarían con su cuerpo. Empezarían por las partes más blandas, los ojos, y terminarían con el resto en poco tiempo. Pensó si realmente su vida no había sido lo que ahora era: carroña para buitres. Fue carroña para los hombres de su país, para aquellos que la engañaron con falsas promesas de una vida mejor, los que se llevaron a su esposo para combatir en Siria igualmente engañado. “Carroña, solo carroña” pensó. Una lágrima de las que había prometido no verter corrió por su mejilla; ahora sí, estaba dispuesta a abandonarse y dejarse llevar en los brazos de las almas del más allá. Abrió levemente su ojo derecho y lo vio allí, frente a ella; no lo había escuchado llegar por mor de su inconsciencia. No era un ángel pero así le pareció. El único soldado que no había participado en la violación en grupo se situaba justo sobre su cabeza. Le estaba tomando el brazo y no sabía de sus intenciones. “Habría vuelto para rematarla, para no dejar huella de las acción de sus compañeros” pensó. Vio algo parecido a una jeringa en las manos de aquel ser. “Si eso era, le inyectaba algo para que no sufriera más”

-¿Qué…qué vas…hacer? –balbuceó.

No contestó. Se limitó a actuar cuando le encontró la vena e inyectó lo que contenía la jeringa.

-¿Qué…qué?- no podía hilar dos palabras seguidas.

-Tranquila –escuchó- Son estrógenos que momentáneamente y hasta que te puedan tratar cortarán la hemorragia –le dijo casi con dulzura aquel joven de ojos marrones y barba bien afeitada. En su mejilla derecha tenía tatuada una media luna como las que se representaban en la bandera de algún país cercano con fondo rojo-. Debemos darnos prisa. Si se dan cuenta de que me hice con el camión en la noche me decapitarán y más aún si saben el uso que le he dado.

Nmachi cerró levemente los ojos y sintió cómo la sangre dejaba de correr por su entrepierna. Era como si hubieran cerrado el grifo que dejaba que se escapara. El soldado la tomó sobre sus brazos y la dejó en la parte trasera del camión.

-¿Y…ellos…debes…debes…? –Intentaba con las pocas fuerzas que le quedaban avisarle de la lamentable situación en que estaría su hijo y los demás niños del grupo unos kilómetros más allá en dirección contraria a la frontera-.

-Descansa –le repitió.

-Ellos…ellos, más al este…hacia allá –alzó levemente su mano señalando.

En solo unos segundos estaba montada en el camión y emprendieron la marcha. Nmachi se sumió en un profundo sueño entre el balanceo que lo adusto del terreno y las pequeñas dunas del desierto formaban en el trayecto que habían tomado. Miró hacia el cielo del amanecer en el desierto, un cielo plomizo que pronto se transformaba en un azul intenso y  al cerrar los ojos,  se vio en un parque lleno de flores de todos los colores, árboles de extensas sombras y hierbas frescas en las que aparecía tumbada viendo los juegos de su hijo junto  a su esposo. Volvió a llorar cuando se acordó de ellos. Quizás ella se salvara, pero qué iba a ser de los pequeños abandonados a su suerte en aquel lugar sin alma. No sabía cuánto tiempo había permanecido dormida tras la brutal violación, una, dos, tres horas. Un día…”Posiblemente ya estuvieran todos muertos” pensó.

-Más allá, hacia el este…hacia el este –gritó dando con la palma de la mano en el metal frío de la caja del camión donde había sido depositada sobre una manta por el soldado.

Aquel rostro nunca lo olvidaría, menos aún el tatuaje en su mejilla derecha, la media luna.

-Mustafá, Mustafá –llamó a su marido mientras deliraba-.

La sangre hacía unos minutos que había dejado de brotar, de salir de su cuerpo. El soldado no atendió sus súplicas. Ella no quería ir hacia Argel, no. Deseaba ir en busca de ellos, llevarles agua, salvarlos del caliente Sáhara. Volvió a perder el conocimiento y observó una ola grande en su sueño, una ola que se llevaba una vida a la que ella también amaba.

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