“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS I Y II)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS III Y IV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS V Y VI)

LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS VII Y VIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS IX Y X)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XI Y XII) 

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIII Y XIV)

¨LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XV Y XVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XVII Y XVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XIX Y XX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXI Y XXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIII Y XXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXV Y XXVI)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXVII Y XXVIII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXIX Y XXX)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXI Y XXXII)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXIII y XXXIV)

“LO QUE EL VIENTO NUNCA SUSURRÓ” (CAPÍTULOS XXXV Y XXXVI)

 

TREINTA Y SIETE

VALLECAS. MADRID

El móvil sonó de madrugada en la cuarta noche que Andaya pasaba junto a la niña María. Estiró la mano para tomarlo pues estaba en la silla que se situaba a la derecha del sofá en el que se encontraba tendida, fuera del cuarto que ocupaba la pequeña pero contiguo a ella. Era la voz de Ewansiba.

-Hay que adelantar la operación. Llegamos en una hora.

Adanya se quedó perpleja y aturdida. No le dio tiempo a decir una sola palabra cuando la comunicación  se cortó al otro lado. Su trabajo iba a terminar en solo una hora. Había estado con la niña conviviendo unos días intensos en la que le contó su vida en España, el carácter de sus padres, el paro que llevó a la bebida a su progenitor, narrando todo ello con una personalidad aplastante para una pequeña de tan corta edad. Le había tomado algo de afecto rompiendo la primera de las reglas que debía guardar cualquier centinela del mal, como ella se gustaba llamar. Se sentó en el sofá y pensó, pensó, pensó… Fue en ese momento cuando llegó a su mente la imagen del rostro del pequeño al que vigiló antes que a María en el saco, con la vida aún en la comisura de los labios, arrancada por el grupo del que formaba parte como un eslabón más de una cadena en cuyo final se aferraba un órgano humano, o dos. Les tenía miedo, mucho miedo y, aunque quisiera ayudarla no podría. La puerta de la vivienda solo se abría desde fuera y ella no tenía llaves y, las ventanas tenían barrotes metálicos, lo que hacía imposible cualquier tipo de huida. Si pedía ayuda dando voces hacia la calle ella sería la primera en ser detenida y condenada a años de cárcel, algo que no se podía permitir pues tenía que seguir mandando dinero a sus padres y hermano enfermo con los que también terminarían en cuestión de horas utilizando alguno de los tentáculos que operaban en su país. Sintió pena por la niña María pero no quedaba ninguna otra salida al efecto. Abrió levemente la puerta del cuarto y la observó profundamente dormida. Se vistió y se preparó una taza de té. No quedaba nada más que esperar. Su respiración estaba muy agitada y se sintió nerviosa. Sudaba. Una hora después escuchó la puerta abrirse al otro lado. Respiró hondo. En un instante vio el rostro negro del médico y los dos chicos jóvenes rusos que le acompañaban como si fueran garrapatas agarradas con fuerza a un perro del cuello o de sus orejas. Porque Ewansisba y quien le mandaba eran, seguro, perros humanos insaciables de dinero. Sacó el médico dos billetes de quinientos y se lo entregó.

-Has terminado. Volveremos a llamarte.

La angustia se apoderó de ella; “la próxima vez que viera a la niña, si la veía, sería dentro de un saco” pensó. Todo estaba ya preparado. Aquel viejo de pelo blanco con su maletín médico comenzó a hacer su trabajo sacando el instrumental para operar. “Sería solo uno, sí seguro” se dijo asimismo. “¿Y si fueran dos? ¿Y si los televisores del comercio le volvieran a enseñar un saco con una manita dentro?” Apartó rápido de su mente aquel mal pensamiento. Cuando volvió al cuarto para coger alguno de los enseres personales que en él guardaba vio a María dormir de forma plácida sobre su cama. Tenía un rostro angelical y deseó besarla, decirle que nada le pasaría mientras ella estuviera con ella. Que volvería a ver a ese tal Kevin, el manitas, el hombre que la quería pero que la había dejado en manos de lobos y, cómo no, a Gloria, esa madre que tanto lloraba de impotencia día a día embutida en pensamientos negativos. Entonces otra vez volvió hasta ella el saco, la mano, la cabellera del niño asomando por entre los pliegues  mal cosidos en forma de rombo. Detrás de aquella escena debería de existir una familia destrozada, una madre explotada que había perdido a su fruto por la errónea decisión de confiar a las mafias la salida de su país de origen obligándose al pago de cantidades astronómicas que luego eran imposibles de devolver. Todo estaba calculado desde el principio; preferiblemente mujeres con niños pequeños a los que se les presentaba una vida llena de felicidad frente a las penurias que se vivían en su país. Si no podían devolver el dinero, siempre estaban los órganos del pequeño o pequeña. Apreció el asco que le producía el médico al que le hubiera gustado estrangular con sus propias manos. Sintió su propia respiración y el palpitar de su corazón. “María no” pensó y una sonrisa iluminó su rostro.

Andaya tomó el dinero de Ewashiba y lo guardó en su bolsillo. Mil euros eran meses de subsistencia en su país. Aquella vigilancia había sido la más rápida de las que habían ejercido y sin embargo se llevaba un recuerdo precioso de la niña a la que había vigilado. Recordaba lo que le había contado de su hermano el pequeño que siempre estaba metido en la cama y que hacía gestos con las manos y emitía sonidos ininteligibles cuando su padre le tarareaba las canciones de Héroes del Silencio; también le habló de sus dos hermanos mayores, de sus problemas menores con la justicia y, vio los ojos llorosos de la niña cuando le habló de su madre y su estancia perenne en un sillón llorando a diario añorando su país. Se disponía a marcharse pero antes de cruzar el umbral de la puerta se giró y miró a Ewansiwa.

-¿Uno o dos? –preguntó sin esperar respuesta pues intuía que no la iba a recibir.

El último chico al que vigiló lo vio en un saco a través de la imagen que emitían los televisores de un centro comercial. Entonces supo que fueron dos. Era algo en lo que ella nunca se había metido pero, si era solo uno de los riñones de la menor todavía tenía esperanzas de que pudiera sobrevivir a la operación y se marcharía mucho más tranquila. Quizás algún día sus caminos se podrían volver a cruzar y así abrazaría a la pequeña, la besaría por todo el rostro y le pediría perdón. “¿Pero y si eran dos?”.

Como esperaba no recibió respuesta alguna. Cuando pisó el descansillo fuera del piso donde había pasado los últimos días,  uno de los jóvenes le enseñó su mano antes de cerrar la puerta. Tenía el puño cerrado y el dedo índice y anular levantados.

-¡Dos! –confirmó para sus adentros.

Bajó las escaleras contándolas como si fueran las que dirigen al cadalso a una persona condenada a muerte. El cielo encapotado del Madrid dormido la recibió con una bocanada de frío que recorrió  sus entrañas.

-Mi pequeña María –musitó.

Un hombre montado a los mandos en un coche aparcado cerca del portal por el que salía Andaya recibió una llamada.

-¿La ves?

-Imposible no verla –dijo en tono sarcástico.

-Ya sabes las órdenes de Azgba: los perros tienen hambre.

Asintió con la cabeza.

-Así se hará.

El Carnicero se bajó del vehículo y esperó a que Andaya se acercara hasta él. Entonces la introduciría en el coche a punta de pistola y en unas horas sería pienso humano para los animales. Sin embargo ocurrió algo que no esperaba. Andaya dio media vuelta sobre sus pasos y volvió al portal del que había salido hacía solo unos segundos. El carnicero tomó el móvil algo nervioso y realizó una nueva llamada esta vez él al médico de la organización.

-Vuelve- le dijo cuando la vio entrar en el portal.

-¿Cómo?

-Parece que sube nuevamente al piso.

-Bien, habrá olvidado algo. No te mueves de ahí, la despachamos enseguida.

La comunicación se cortó y volvió al interior del vehículo para esperar. A esas horas de la madrugada solo algún perro callejero con hambre deambulaba por la calle. El carnicero encendió un pitillo que iluminó el interior de su vehículo de cristales oscuros y se retrepó en el respaldo. Dejó el móvil cerca esperando la llamada de Ewansiba cuando la negra, como la conocían entre ellos, volviera a bajar. Por su mente pasó la imagen de los canes gigantescos dándose un festín de carne con aquella chica con sobrepeso. La mataría como a todas, estrangulándola. Con bala era más cómodo pero uno de los perros se atragantó con el metal que no se trituró y se mezcló con el resto de carne de la última víctima, un camello que debía dinero a Azgba. Le costaría trabajo terminar con ella pero lo haría. Quizás le fuera toda la mañana y parte de la tarde. Los animales por orden de su jefe llevaban ya sin comer cinco días y la cogerían con ganas. Aquel trabajo no le desagradaba en absoluto, lo peor era cuando debía de coger las boñigas de aquellos chuchos y comprobar que no existían en ellas trozos de hueso que, en un análisis de ADN, pudieran conducir a identificar a la víctima. Cuando existían entre sus heces los tomaba en pequeñas bolsas negras y los debía de machar con un buen mazo hasta reducirlos a la nada en una pila de mármol. Luego expandiría esos restos convertidos en polvo por la ventanilla del vehículo cuando volviera de camino hasta la ciudad. Exhaló el humo del cigarrillo en el interior del vehículo y masculló:

-Los perros tienen hambre, no tardes en bajar, negrita.

MADRID. PRISIÓN PARA MUJERES DE ALCALÁ MECO

En Alcalá de Henares se levanta un edificio uniforme, aparentemente sencillo en cuyo interior se recogen millares de  historias femeninas y sus enfrentamientos con la justicia. Allí, pendiente de juicio, había sido recluida Almudena. Con un sistema innovado de identificación para las visitas de forma fotográfica y con la huella de la propia mano, David recibió el permiso de instituciones penitenciarias y el oportuno pase de su colegio profesional.

David se sentó frente a Almudena en el locutorio de la sala de visitas de la cárcel de donde había sido enviada por el Juez con prisión comunicada y sin fianza. El lugar era frío. Había unas diez cabinas distribuidas en una especie de ala a la que se accedía desde el exterior de un patio después de pasar dos controles por parte de los funcionarios de prisiones y máquinas que detectaban cualquier metal que pudieras llevar encima. David ya conocía de sobra las normas de seguridad de Alcalá Meco pues la había visitado varias veces para hablar con clientes del despacho de su tío. Siempre le acompañaba su primo pero este no pronunciaba palabra por mandato expreso de David. Solo debía escuchar y, en la medida de lo posible, ir empapándose de las técnicas laborales de un buen abogado. El locutorio te separaba del cliente por un cristal blindado, imposible de romper y, aunque así se hiciera, se hacía imposible pasar por los dos controles para lograr huir al exterior sin que te atraparan las grandes puertas blindadas que cerraban el paso manualmente por el funcionario situado en una sala contigua a los locutorios. Un teléfono al otro lado permitía la conversación entre ambos, abogado y preso. Almudena le miró con ojos llorosos y parecía estar completamente derrumbada. David había pensado mucho durante el trayecto la decisión que iba a tomar con respecto a aquella mujer. Su encuentro con Clara le había servido de mucho y, si a la mañana tenía decidido el abandono de su defensa, impulsado además por los deseos de los socios del despacho para los que trabajaba, ahora no lo tenía tan claro. Ante aquel juguete roto que se presentaba ante sus ojos, no sabía si iba a tener el arrojo suficiente para tomar la decisión y transmitirle que ya no era su abogado.

-¿Cómo está mi niña?

David se mordió los labios antes de contestar.

-Estabilizada –le dijo.

Después de la llamada de su madre la llevaron de urgencias al centro de salud y de  allí  la mandaron a maternidad en Madrid donde quedó ingresada en pediatría del hospital con una fuerte hemorragia interior. Ahora sí, la comunidad de Madrid se había hecho cargo de ella y con seguridad la darían en adopción tras los trámites oportunos de rigor hasta que Almudena saldara cuentas con la justicia.

La chica rompió a llorar al escuchar al letrado. El primo de David miró hacia otro lado. Si había algo que no soportaba era el llanto de una mujer. Precisamente la persona que más amaba en este mundo era una mujer: su madre. Nunca había tenido novia ni pareja y su primo siempre le había insinuado que quizás su interior le decía que no era precisamente una mujer a la que debía de unirse. Él siempre protestaba ante tamañas palabras carentes de sentido.

-¿Por qué no me dijiste nada? –Le espetó David con rabia contenida- Ahora la cosa se complica. Ya no eres la mujer que puso fin a una vida de maltrato en defensa propia. Ahora eres la madre que dejaba que un hombre abusara de su hija pequeña, que la violara ante tu mirada cómplice. Debiste denunciar. El jurado no se va a creer nada –guardó un breve silencio antes de lanzar la afirmación que quería que escuchase quien todavía era su cliente-. Eres tan culpable como él.

Almudena se enjugó las lágrimas. No podía hablar. David pensó si no habría sido demasiado duro, pero a los clientes era mejor trasladarle la verdad desde un principio. Alargar una mentira se convertía en un problema profesional y, precisamente, él no pensaba hacerlo. Se levantó. Quería decirle lo que le dijo y ya se sentía vaciado de lo que le corroía por dentro. Dio unos pasos por el diminuto habitáculo situado frente al de Almudena y volvió con la conversación.

-Esta semana me ha visitado una chica que ayuda a personas maltratadas, Clara se llama.

Almudena le miraba directamente a los ojos.

-Estuvieron aquí, interesándose por mí, por cómo me encontraba –le costaba articular palabras pues contenía una gran pena en su interior-. Me dijeron que ayudarían en cuanto pudieran con la custodia de mi pequeña y que hablarían contigo.

-Lo han hecho. También he hablado con la fiscalía y te acusarán de asesinato y cómplice en el daño que presenta tu hija, en los abusos sexuales que sufrió. Desean que sea dada en adopción de por vida y que pierdas la Patria Potestad sobre la misma.

Un breve silencio invadió el locutorio.

-Significa no poder volver a verla –musitó sin agachar la cabeza, mirando de forma directa al abogado-.

David afirmó con la cabeza. Su primo sin embargo no la había levantado y  miraba hacia el suelo en toda la conversación.

-Lo tienes muy difícil, Almudena.

-Lo sé, lo sé –espetó débilmente y le miró a los ojos con una mirada penetrante. El estómago del abogado ardió por momentos.

-Quería decirte…

-Que me dejas tú también, que no seguirás con mi defensa.

El letrado asintió.

-Comprendo.

-Es la última vez que vendré a verte –no le hubiera gustado jamás decir aquella frase-.

Su primo se quedó boquiabierto. No esperaba que esa fuera la decisión de David cuando precisamente a la mañana le había comunicado después de hablar con Clara que quizás no dejara su defensa. Que había un caso importante en el despacho y que esa mujer se merecía la mejor defensa posible.

Se levantó y su primo hizo lo mismo. Se iba a marchar cuando Almudena le habló.

-¿Con…continuarás al menos informándome de cómo está mi hija?

David se volvió. La miró y sintió realmente deseos de abrazarla. Era curiosa la atracción que sentía por esa niña rota. Desde los primeros juicios en que defendió a su esposo se había sentido muy atraído por ella. No era solo su cuerpo, era su mirada dulce, el rostro angelical, el habla mimosa.

-No lo sé. No sé si podré obtener información de la familia a la que se la darán en adopción. Es difícil.

-¿Cuándo crees que habrá fecha para el  juicio?

-Realmente todo va rápido, en los próximos días se espera el escrito de acusación y, tras mi renuncia te nombrarán un abogado del turno de oficio. Quizás en unos tres meses tengas fecha.

Almudena asintió con la cabeza y le miró con sus bellos  ojos incrustados en un rostro marcado por las cicatrices del dolor.

-Sabes que  hice lo que hice en defensa mía y sobre todo en defensa de mi hija.

David se quedó pensativo. Si él no se creía lo que estaba escuchando, cómo iba a hacer que lo creyeran los miembros de un jurado. No había vuelta atrás en su decisión. La acusación ya no era por asesinato donde jugaría con la baza de la defensa propia y del maltrato; ahora también la acusaban en su calidad de cómplice en abuso sexual reiterado a menores de edad. Hasta él viajaron las palabras de Clara y el mensaje que quiso transmitirle sobre el lobo y la persona encerrada con él en una jaula.

-¿Por qué no lo denunciaste nunca? –fue al grano el letrado. A su primo le gustó esa pregunta y asintió con la cabeza esta vez levantando la vista del suelo.

Almudena miró primero a David y luego a su primo. Entonces les dijo algo que se quedó clavado en el alma de ambos:

-¡Por amor!

Esperaban que les hubiera dicho que fue por miedo, por el terror que le infundía quien la obligaba a mantener relaciones con otros para satisfacer sus deseos  y así obtener dinero con el que comprar las siguientes dosis de droga, pero no fue esa su respuesta.

-¿Cómo se puede querer a alguien que viola a tu propia hija ante ti? –preguntó el primo de David rompiendo la norma que le impedía hablar en las visitas a prisión.  Aun así David no le reprochó esa pregunta.

-Quiero contaros algo. Total, es la última vez que os veré –volvió a mirar a David-.

Los dos se acercaron hasta posar sus narices prácticamente con el cristal que los separaba y Almudena comenzó a hablar…

DESIERTO DEL SÁHARA. ANOCHECER DEL SEXTO DÍA.

Akin caminó sin descanso durante horas pero no atisbaba a ver nada que no fueran dunas de arena. Ni una sola sombra, ni un solo árbol, ni un solo ser vivo. Había oído hablar que en raras ocasiones de un único árbol que se levantaba en mitad de la arena del desierto como Dios majestuoso. Quizás fueran tan solo leyendas de perdidos como él en un terreno desconocido; engullidos hasta dejarlos en huesos como los que vio en el camino. Tenían raíces tan profundas que alcanzaban las capas húmedas y por ello sus hojas proyectaban sombra al viajero o aventurero. Él no había visto ninguno. “Pronto serás arena, pronto serás arena” repetía durante el fatigoso trayecto acordándose del cuerpo del que hasta hacía unas horas había sido su apoyo en el camino: su amigo muerto. Sudaba y su visión borrosa le impidió ver aquello que se lo tragó hasta la mitad del cuerpo. En unos instantes se sintió perdido.

-¡Ayuda, ayuda! –gritaba desesperado realizando movimientos bruscos para intentar zafarse de aquellas arenas que se lo comían.

Era impensable que en un mar de arena en pleno desierto se pudiera topar él de forma directa con arenas movedizas. Si hubiera estado más descansado y las sombras del anochecer no le hubiera reducido a la nada su visión, las habría visto pero, ahora, estaba perdido. Se movía en intentos desesperados por salir de ellas pero comprendía que con cada movimiento se hundía más y más. “Maldito final” pensó.

-Socorro, socorro –lanzaba aullidos de desesperación, como si alguien le pudiera oír-.

¿Quién le iba a escuchar allí? O Salía por sus propios medios o pronto estaría con Orji. Intentó tranquilizarse. Tomó aire y pensó. “Si piensas, actúas” escuchó decir a su padre. “Si actúas sin pensar, te estrellas” “Sí, papá, ¿pero quién diablos piensa en mi situación?” Se dio cuenta de que si no se movía su cuerpo no se hundía, pero estaba atrapado, sin poder apenas mover ni un solo dedo. Se sentía como el insecto que queda atrapado en una planta carnívora. Sabía que las arenas movedizas no se lo tragarían por completo pero el sol, el maldito sol cuando volviera a aparecer acabaría con él. Las manos las tenía libres pero estaba atrapado de cintura para abajo. Miró al frente, único ángulo que le  permitía su visión. Nada. Arena. Intentó alcanzar el borde de la arena dura pero era imposible moverse sin hundirse cada vez más.

-Me llamo Akin, único hijo vivo de Folami, la hechicera, y juro por mis antepasados que voy a salir de ésta –gritó desesperado mientras las lágrimas comenzaban a recorrer su rostro.

Respiró hondo y pensó. La base del movimiento de una persona está en sus piernas. Liberando estas si están atrapadas es posible caminar. Y eso pensaba hacer. Si no lo conseguía moriría con  honor.

-Maldita Nmachi. ¿Por qué te haría caso? –Gritó- ¿Por qué?

Se sumergiría hasta el interior y esperaría a morir asfixiado. Las moscas volvieron para revoletear por su rostro. Se paraban en la nariz y seguía su movimiento con los ojos. Una de ellas se posó sobre su labio inferior. Abrió lentamente la boca y, cuando la tuvo dentro la cerró. Quería que la mosca se sintiera como él y no pensaba dejarla salir hasta que él hiciera lo propio con su persona.  La situación podría ser cómica pero era tan real como la vida misma. Él y una mosca atrapados en la nada. “¿Qué tal se está ahí adentro, amiga? Al menos estás a la sombra” pensó.

-Akin, hijo de Folami, solo tú eres capaz de caer en las arenas movedizas del desierto. Maldito imbécil, con lo grande que es. –Sonrió mientras intentaba escucharse él mismo lo que decía con los dientes cerrados, mandíbula superior sobre inferior para evitar que la mosca no huyera-.

El insecto se movía dentro de su boca de un lado a otro. Eso debería de hacer él con las piernas. “Piensa, piensa inútil” Y como ya observara en su propia vivencia, pensó  cómo era posible que también allí, en aquel lugar, las pegajosas moscas aparecieran como si estuvieran en una urbe cualquiera. Algo impensable, como su propia y angustiosa situación.

-¡Puta mosca! –masculló.

TREINTA Y OCHO

ALEPO. ZONA VIEJA DE LA CIUDAD

Yuma vivía en la zona vieja de Alepo. El rata condujo a Mustafá hasta su casa por calles estrellas, grandes mansiones que ahora se desperdigaban por el suelo dejando solo la estructura en pie, con grandes espacios vacíos en lo que antes debían ser habitaciones de sus moradores, zocos encubiertos y caravasares dañados por la metralla. El tipo al que buscaban vivía cerca del caravasar (1) Khan al-Wazir prácticamente destruido. Mustafá no dejaba de apreciar la belleza de una ciudad que, aún con toda la destrucción a la que había sido sometida por las constantes bombas caídas sobre ella, destilaba un olor a belleza y paz inimaginable, en aquellos días enterrada, para persona que no hubiera pisado sus calles y ello aunque muchas zonas, como la  del Zoco Al-Medina y otros edificios medievales de la ciudad vieja fueron destruidos y quemados debido a un incendio provocado el 29 de septiembre de 2012 como resultado de la batalla de Alepo. Otros muchos edificios fueron destruidos por bombas y barriles explosivos lanzados por aviones, tanques y la artillería del gobierno sirio. De entre los escombros de uno más de los edificios en ruinas salió un chico delgado, con una gorra negra con la visera hacia atrás con la marca del zorro, pantalones vaqueros y camiseta también negra. Portaba una fusta de tabaco en la boca.

-Ahí viene mi amigo Yuma –dijo el niño.

Parecía un personaje recién salido de una película del oeste. Llegó a la altura del pequeño y chocó la palma de su mano con la suya que ya  la tenía alzada para recibirlo, como si hubieran jugado juntos un partido de baloncesto y uno de los dos hubiera conseguido una canasta antológica.

-¡Que Alá el grande esté con vosotros! –Saludó- Perdonar que no os pueda invitar a un té en el Khan al-Wazir –dijo con cierta ironía mirando lo que quedaba de él: Nada.

-Mi amigo quiere usar tus servicios, Yuma.

-Ah, es eso –lo miró de arriba abajo-. Tú no eres de aquí o acaso me equivoco.

-No, no soy, entré…

No le dejó terminar.

-Te costará el doble.

-¿El doble?

Yuma se dio media vuelta e hizo ademán de introducirse de nuevo entre los escombros del lugar de donde había salido como si de una sombra se tratara, algo que al parecer tenía ya ensayado. No se despidió ni de su amigo el rata.

-Espera, espera –le gritó  Abdel Salâm -. Te pagará lo que pidas.

De nuevo volvió hacia donde estaba Mustafá y el adolescente.

-Ten en cuenta que si nos cogen yo seré historia, una más que se fue de Alepo hacia… –miró hacia arriba y señaló el cielo- Alguien al que nunca sus seres más queridos podrán enterrar.

-Ya, ya, y cuanto es el doble –interrumpió su explicación Mustafá que ya conocía a tipos como aquel, mentirosos, mezquinos, listos y que sabían hacer negocio con la desgracia de los demás fingiendo que se jugaban la vida.

-Mil dólares.

Su fortuna. Lo que tenía para pagar el resto del pasaje de su mujer, hijo y sobrina a las mafias y que había conseguido ahorrar con aquel trabajo asqueroso al que se tuvo que prestar en la escuela una vez que entró en la ciudad.

-¿Mil dólares? Eso es, eso es…

Nuevamente media vuelta de Yuma en  busca del esqueleto del edificio por donde esta vez sí  se perdió.

-Los tengo –gritó desesperado viendo desvanecerse la figura del hombre entre la oscuridad de algo que algún día tuvo vida y que ahora parecía la figura misma de la muerte.

Sin darse ni siquiera cuenta de por dónde salió aquel individuo y de las miradas de algunos de los ciudadanos de a pie de Alepo que corrían de un lugar a otro con mucho miedo, volvió a plantarse delante de él.

-Los quiero ver.

Mustafá extrajo el fajo del pequeño  bolsito de piel que tenía colgado al cuello de una cadena. Sacó los dólares y se los entregó para contarlos al joven.

-¡Perfecto! –Terminó de contar y se los metió en el bolsillo- Vamos.

Se dirigió nuevamente al interior y Mustafá le siguió. Abdel se quedó paralizado.

-Eh, eh –le miró desafiante cuando se volvió ante su llamada-. Dijiste que me llevarías.

-Pero no tengo más dinero, es lo único, de verdad, amigo. Gracias por todo, pero no puedo más, no teng…

El chiquillo se cruzó de brazos y pegó una patada a una lata de conservas vacía que tenía cerca y que rodó hasta pararse cerca de los pies de Yuma que se había detenido antes de entrar en el esqueleto de escombros para observar la escena. Se agachó y la cogió.

-¿Cuál es el problema? –preguntó Yuma mirando al niño y pasándose la lata de mano en mano.

-Quiero irme del país, me dijo que me llevaría y ahora no tiene para pagar el viaje. Le salvé la vida, le di de comer, lo conduje por calles de esta ciudad hasta ti y ahora, me deja solo.

Yuma lo miró como si sintiera asco de aquel negro que también miraba sorprendido la pericia con la que hablaba aquel mocoso. Cualquiera que no lo conociera hubiera sentido una lástima infinita. Pero en los pocos días a su lado, Mustafá ya conocía cómo se las gastaba.

-¿Cuánto tienes? –miró a Mustafá.

-Mil dólares, no tengo nada más. Los que te he dado. El niño salvó mi vida y le estoy agradecido, pero qué más puedo hacer si es lo último que recibí del régimen antes de que él me sacara de la escuela.

-¿La escuela? –se preguntó extrañado Yuma.

-Es largo de contar –respondió anticipándose el pequeño-.

Yuma lo examinó de arriba hacia abajo a Mustafá. Tocó su muñeca. Señaló el reloj regalo de su mujer con corazones bordados en su correa. Solo tocarlo por las noches le traía su recuerdo. Sabía las intenciones de aquel joven y llegó a pensar si todo no era algo tramado entre el pequeño y el señor que se hacía llamar Yuma para desvalijar toda su fortuna.

-Pero no puedo dártelo, fue un regalo muy especial para mí.

El rata lo miró con cara de pena agachando la mirada hacia el suelo, buscando otra lata a la que patear.

-¿Qué importa la hora en un país donde un minuto puede ser el último? –Preguntó en voz baja Abdel mirando hacia la lata que ya divisó cerca-¿Ya no recuerdas que te traje de tu último minuto hasta dónde estás ahora?

-¡Maldito zagal! –gritó en voz alta.

-El reloj –inquirió Yuma.

Se lo des aflojó y lo entregó a su interlocutor. No tenía más remedio que aceptar y esperar el desarrollo de los siguientes acontecimientos.

Ahora Yuma tocó la medalla con la que sujetaba la bolsa con el dinero en su cuello que ya estaba vacía regalo de su hijo y sobrina el día en que cumplió treinta lunas.

-Pero mi, mi hi…jo y mi…

-¿Qué importa…?

Esta vez Mustafá tapó la boca del niño.

-¿Qué importa un recuerdo en un país sin recuerdos pasados, verdad, Abdel? –dijo Mustafá como si quisiera anticiparse a una nueva verdad del menor.

Abdel asintió con la cabeza.

-Eso quería decir.

-Ya, ya –masculló Mustafá- El pequeño poeta de la ciudad olvidada.

Se la quitó y se la entregó a Yuma.

-¿Qué es lo siguiente?

Miró sus botas militares.

-¿Y cómo piensas que voy a caminar cuando salgamos del país? Si salimos, claro. ¿Qué más me vas a pedir?

El niño lo miró.

-Un paso en este país puede ser el último qué…

-¿Qué importa, verdad, pequeño ratón?

Abdel no habló. Esta vez calló.

Minutos después un flamante vehículo color amarillo atravesaba lo que quedaba de los barrios sirios de Ard al Hambra, Jabal Badro y Tarip al-Bad. Iba descalzo Mustafá montado en la parte trasera pero se alegraba de que aquel piojoso le acompañara. Junto a él iba una parturienta a su derecha, el niño en el centro mirándole y dedicándole una sonrisa llena de mugre alrededor de su cara y él a la izquierda. Conducía Yuma y como copiloto iba un hombre que no se identificó pero que dejó ver un revolver al esconderlo en su espalda y taparlo con su camisa ancha y larga, vestimenta muy típica en la zona. Mustafá tuvo sus dudas si aquel hombre no la utilizaría con ellos cuando salieran de Alepo.

-Los ciudadanos se han ido de la ciudad –comentó Yuma-. No sabemos quién controla muchos de los lugares por los que vamos a pasar, por eso llevo a Bashar Asad.

A Mustafá le sorprendió que aquel hombre se hiciera llamar como el presidente del país. Algunos caminantes observaban el vehículo que, a toda la velocidad a la que podía circular entre baches y socavones que conformaban la carretera de las calles, salía de la ciudad situada al norte de Siria.

-Mira –señaló el niño con un dedo- Allí estaba el minarete de la Mezquita de Omeya. ¡Estaba! –sonrió-.

-Esta ciudad fue patrimonio de la humanidad, ¿lo sabías, pequeño –Se dirigió a él Yuma.

-No, no sé qué es eso ni lo que significa.

-Alepo se desangra, pequeña rata.

El niño dejó que su visión saliera por el espacio que la embarazada dejaba ver a través de los cristales del vehículo tintados en negro.

-Se fue la Mezquita Omeya, la ciudadela de Saladino, el zoco milenario, sus ciudadanos. Mierda de guerra. ¿Para qué? Ya no puede uno hacer lo que nos gustaba –golpeó en el brazo de su acompañante- ¿Te acuerdas de las veces que hemos fumado narguile en los cafés?

Su interlocutor era mudo, o, al menos, parco en palabras. No recibió contestación.

– Alepo, mi querida rata, es la segunda ciudad más poblada e importante de Siria después de Damasco. Está dentro de una terna. Es de aquellas tierras que se disputa el honor histórico de ser la ciudad poblada de forma continua y más antigua del mundo. Se tiene constancia de que puede tener algo más de seis mil años y que a ella arribaron hititas, amorritas, asirios, persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, mongoles y otomanos, siendo además un enclave principal en numerosas rutas comerciales o una entrada de europeos en plenas Cruzadas de la Edad Media. Sin duda Alepo está anclada a una diversidad de pueblos, culturas y religiones que además han dejado rastro de su paso por la misma –Mustafá atendía a las explicaciones de Yuma con mucho interés –Y mira, rata, seis mil años destrozados en unos meses.

La conversación se detuvo cuando un grupo armado con alambres con espinas cortando la carretera les dio el alto a la salida de la ciudad. Mustafá comprendió que había llegado el final del viaje en Siria cuando empezaba a comenzar. El acompañante de Yuma en la parte delantera tomó su arma y la escondió entre la parte lateral por debajo de su muslo, donde fuera más fácil cogerla para utilizarla como así parecía iba a ser. Abdel miró a Mustafá. Cuando este dirigió su mirada hacia el pequeño observó cómo se pasaba su dedo índice por la garganta de lado a lado. “Maldito mocoso” pensó.

  1. Es un antiguo tipo de edificación surgido a lo largo de los principales caminos donde las caravanas que hacían largos viajes de muchas jornadas —de comercio, peregrinaje o militares— , podían pernoctar y descansar y reponerse viajeros y animales. Eran verdaderos antecedentes de los modernos hoteles y hostales de carretera

OHIO.  PENNYLVANIA

Los días se habían vuelto oscuros para el corazón de Sarah. Había perdido a su padre y, cuando pensaba que alguien podía  arrojar luz sobre su extraña muerte, Willian el lechero apareció colgado de la viga central del establo. “¿Suicidio? ¿Asesinado y después colgado para fingir que él mismo había puesto fin a su vida? ¿Qué le habría querido contar aquel  buen hombre que ayudaba a su padre en el culto y que pasaba la mayor parte del día junto a él? ¿Sabría algo tan importante sobre su muerte y quien estaba detrás  que solo ella hubiera de conocer?” Sobre su cabeza se arremolinaban preguntas sin respuesta. Al amanecer y antes de  que la comunidad se desperezara, tomó el caballo  y lejos de miradas ajenas fue hasta la ciudad para buscar vías en las que apuntalar la propia investigación que de los hechos por su cuenta había iniciado. Nadie le iba a contar quién había matado a su padre porque ella no estaba dispuesta a aceptar cualquier versión oficial de la muerte de un hombre que predicaba la no violencia y al que tanto había amado. Lo que había ocurrido con su primer amor, Saúl, cuando su padre le apuntó con la escopeta para que abandonara la comunidad al sorprenderlos detrás del establo, era algo anecdótico pues sabía que él nunca emplearía un arma contra un ser semejante; no lo hacía ni tan siquiera contra un animal, algunos de los cuales hacían incursiones peligrosas en el gallinero para cenar gallinas o huevos recién puestos. El motivo de no disparar contra los zorros u otros depredadores se  lo contaba a ella en las largas noches de vigilia ante la luz tenue de una vela y era algo que, al margen de  su religión, cuando se quedaba con él para hablar de cuestiones de la vida que se vivía fuera de la comunidad, le narraba con voz dulce, impensable en alguien que imponía a simple vista: En los seres vivos de cuatro patas habitaba el alma reencarnada de un ser humano. Ella le escuchaba con atención y creía verdaderamente en la reencarnación. Esa afirmación impura para un Amish caló muy hondo en el corazón de Sarah.

Cuando llegó a la ciudad fueron muchas las miradas extrañas que se posaron sobre ella y que  la reconocían como la hija mayor del hombre que había aparecido degollado en su propio carro de viaje pero poco importó a Sarah. Siempre había sido tímida, pero conforme avanzaba la edad en su vida se fue convirtiendo en toda una temeraria en cada una de las acciones que tomaba: salir con alguien que no pertenecía a la comunidad, contravenir muchas de las órdenes de padre en orden a las tareas que debían realizar las mujeres, tomar aparatos tecnológicos que le hubieran supuesto la inmediata expulsión; había tomado cierto sabor dulce a ir en contra de la corriente marcada por su sociedad. Sabía dónde encontrarlo. Su establecimiento se encontraba frente a una de las tiendas donde su padre cambiaba productos para la comunidad por creaciones propias de la misma, como quesos de cabra o dulces de miel de abeja. Saúl trabajaba como dependiente con su padre, así que no sería nada difícil dar con él. Se acicaló el cabello bajo su gorro blanco y se alisó la falda que se había arrugado al montar sobre el caballo. Entonces fue a la tienda con rabia contenida en su ser y ávida de respuestas. Aún no habían abierto, así que esperó. Cuando vio al padre de Saúl sintió desfallecer al observar que él no venía con el hombre que iba a abrir el negocio; no sabía dónde vivía ni sabía nada más de él, solo conocía su trabajo y que le había abierto su corazón al amor deseado. Tuvo que volver resignada tras algunas horas de espera. El trayecto de su comunidad a la ciudad apenas si transcurría en una hora a caballo por lo que al llegar a casa aún muchos de los miembros desayunaban en el interior de sus viviendas. La temperatura era agradable y numerosos jilgueros comenzaban el juego del cortejo en la gran arboleda que la rodeaba. Un sol magnífico iluminaba el lugar. No tardó en ver a  Saúl entrar en la tienda de su padre, aquella que les daría de comer si decidía abandonar la comunidad y se entregaba a él. Era una tienda en la que se vendía de todo un poco, ropas baratas, aparatos tecnológicos, golosinas para los niños y productos de alimentación. Una pequeña torre de Babel como definió Saúl al negocio familiar. Estaba solo; Sarah pensó que era el momento de abordarle y preguntar por qué su padre portaba el día en que apareció muerto el botón rosa gigante que como algo que significaba lo prohibido para ella, como el amor que estaba viviendo con alguien ajeno a los Amish, le había regalado  cuando él le entregó la margarita marchita que guardaba con tanto celo entre las páginas de su Biblia. Saúl se quedó boquiabierto al verla al volverse hacia atrás tras sonar las campanillas de la puerta que avisaban de la entrada de algún cliente y quiso acercarse. Cuando lo hizo, Sarah estirando su mano se lo prohibió.

-Sarah…

-Saúl, ¿sabes lo de mi padre? –fue directa al grano, esperando la reacción en su rostro o algo que  delatara que estaba mintiendo.

Calló como si se sintiera avergonzado. Sabía lo que le había ocurrido al hombre. Había sido corrillo de comentarios entre las gentes de lugar desde que sucedió. Vivían en una zona tranquila donde casi nunca ocurría nada. Algún accidente doméstico, algún que otro atropello, pero un asesinato en un miembro de los Amish o fuera de esa comunidad jamás había acontecido en los años de vida de Saúl.

-Sí, lo sé.

-He venido porque quiero saber algo. Sé que eres uno de los sospechosos de su asesinato para la  policía y que te están investigando, aunque no el único. Yo misma les dije que habían encontrado en la ropa de padre ese  botón rosa que te di el día anterior a su muerte. También hay alguien que contó que la última persona que estuvo con mi padre fuiste tú. Te vieron con él en el interior de esta tienda y hay comentarios de que discutisteis fuertemente hasta que tu padre pidió al mío que se marchara.

Saúl asintió con la cabeza.

-Verás, yo…

No salían las palabras de su interior. Se sentía atenazado. Quería decirle tantas cosas que era imposible resumirlas en una sola frase.

-Saúl, padre llevaba entre sus pertenencias el botón  que te regalé y también la dirección de tu casa escrita en una nota y la de esta tienda.

Agachó la cabeza y se fue detrás del mostrador. Se llevo  las manos hasta el rostro y lo tapó como si no quisiera ser visto por los ojos azules más bellos que jamás hubiera visto. Por la chiquilla que le había devuelto las ganas de vivir. Se lo había dicho a todos: nadie le iba a separar de ella y fue  esa frase escuchada por muchos de sus vecinos la que ahora pesaba para él como una losa en la investigación, además de los indicios ya apuntados por Sarah en su conversación.

-Tu padre me pidió que te dejara, que habías decidido después de la rospronga…

-Ruspringa –le rectificó.

-Eso, Ruspringa, permanecer en la Comunidad. Que acercarme hasta ti desestabilizaría las relaciones con los demás miembros y con su propia familia. -Sarah escuchaba con atención- Cuando le dije que no estaba dispuesto a dejarte alzó la voz, me amenazó y me indicó que la próxima vez no se limitaría a apuntarme con el arma si me volvía a ver por allí.

-Mi padre nunca haría daño a nadie. No te creo, Saúl –alzó el tono de su voz-. Y no te creo no solo porque encontraran en su cuerpo el botón que te regalé y las direcciones donde vivías, también…-se calló.

-Sarah, yo, yo…

Movió la cabeza negando. “También porque…” no quiso decirlo ni tan siquiera pensarlo.

En ese instante apareció en la tienda Levi, el hombre que ahora regía el destino de la comunidad, el mismo que le inspiraba recelo y miedo y que su padre le había insinuado en multitud de ocasiones como magnífico candidato a ser su esposo.

-¿Sarah? –Gritó con voz amenazadora- ¿Sabe tu madre que estás aquí? –La chica apreció la rabia contenida, los puños cerrados y los ojos desorbitados en sus cuencas.

Sarah no contestó. Miró a Saúl se dio media vuelta y se marchó dejando tras de sí a un chico destrozado y a ese hombre que ya había aparecido en varios de sus sueños como si fuera el verdadero Lucifer. No le dejó terminar tampoco a él. Le hubiera gustado contarle a Sarah  que el día que su padre  apareció con los demás miembros Amish cuando estaba junto a ella detrás del establo, cuando lo hizo con el arma, interrumpió su beso y rompió el amor nacido entre ambos y, además la obligó a marcharse a ella primero, fue entonces cuando arrancó el botón rosa de sus propias manos, sin posibilidad de discutir ante un hombre armado. Esa era la causa por la que su padre tenía aquel detalle prohibido para ella cuando lo encontraron muerto. También le pidió que le escribiera su dirección y así lo hizo mientras temblaba, motivo por el que también tenía las notas escritas con el lugar exacto donde trabajaba y vivía. Así se lo había contado a la policía y quería decírselo a ella antes de que lo supiera por los investigadores. Explicarle que el único deseo de Lebanon, el padre de Sarah, era hablar con su propio padre para decirle que no quería verle más rondando a su hija.

-Él, él me lo quitó. Sarah yo, yo te quiero –musitó con la cabeza agachada y el corazón destrozado. Cuando la alzó vio ante él a Levi con productos en ambas manos para intercambiar. Saúl se quedó blanco al verle. Le imponía aquel hombre de gran estatura, barba negra y espesa sin  bigote y hombros anchos. Ya le vio una vez acompañar al padre de Sarah en las compras que hacían en su tienda y no le gustaba el mensaje que transmitía su ruda mirada.

-¿Qué quería? –preguntó con voz ronca.

Saúl calló. El hombre se acercó a él y debido a la gran diferencia de estaturas miró hacia abajo.

-Chico, he realizado una pregunta y me gustan que me contesten.

-¿Quién? –murmuró.

-La chica que acaba de marcharse a la carrera.

-Respuestas –contestó.

El hombre cogió productos de alimentación en la tienda sin volver a dirigirle la mirada. Cuando los intercambió por otros realizados por ellos mismos salió con paso diligente.

-Solo Dios tiene respuestas, él y su discípulo Jacob Amman de quien tomamos sus enseñanzas tienen las respuestas –gritó antes de marcharse para que le escuchara-. Si Sarah quiere respuestas debe buscarlas en mí –subió el tono de voz y terminó- Sólo tú acompañabas a su padre por el camino el día de su muerte y sólo tú has de saber qué te llevó a hacer lo que hiciste.

Le vio montarse en su buggys tirado por el caballo que le esperaba en la misma puerta. Saúl se preguntó por qué no le gustaría ese hombre.

Sarah durante el camino de vuelta repitió una y otra vez para sí la última frase que quiso decir a Saúl y de la que no consiguió respuesta al entrar de forma inesperada Levi: “También porque…tras ser expulsado de la tienda por tu padre, un testigo expuso que saliste tras él, subiste a la carroza y desapareciste junto a mi padre por el camino que busca nuestra comunidad desde la ciudad. Después apareció muerto con la hoz clavada en su cuello. ¿Qué tienes que explicarme, Saúl?”

Levi tomó las riendas y  alzó la vista  hasta el cielo y, señalando con el dedo índice hacia arriba repitió en voz alta ante algunos viandantes que se apartaban para no ser atropellados:

-¡Solo Dios y su discípulo Jacob Amman tienen respuestas! Recuérdalo, chico.

ARGELIA. PRISIÓN CIVIL DE BLIDA. ARGEL

A cuarenta kilómetros al oeste de Argel se encuentra la prisión civil de Blida. Cuando despertó Nmachi escuchó llantos a su alrededor y un potente olor a vómitos, orines y sudor rancio mezclado en el ambiente. Estaba débil y una enfermera volvía a poner la inyección con el mismo contenido que en el desierto ya le pusiera su salvador. El rostro del joven se difuminaba ante ella y recordaba de él sus facciones, ojos marrones dibujados debajo de unas pobladas cejas cuya mirada penetraba profundamente en la persona a la que miraba y la barba recortada, no muy larga. Un lunar debajo de uno de los párpados inferiores junto a su mejilla jamás lo olvidaría. Los camastros a su alrededor estaban llenos de mujeres que se quejaban y se extendían por aquella nave amplia sin ventanas de forma rectangular y paredes en las que se escurrían lo que parecía excrementos ya secos. Tomó con fuerzas la mano de la enfermera que la atendía de edad cercana a los sesenta y, con los ojos muy abiertos le preguntó:

-¿Cuánto tiempo he permanecido dormi…da? -balbuceó

-Estás débil y has perdido mucha sangre. Debes descansar.

No, no deseaba esa respuesta. Quería saber el tiempo que había permanecido inconsciente. No le importaba la sangre que hubiera perdido, ni el dolor que atenazaba todo su cuerpo, ni aún su propia vida, menos aún los gritos de otras pacientes en algunas ocasiones agónicos pidiendo ayuda. Quería conocer el tiempo que llevaba así, sin conocimiento y cuándo había llegado hasta allí y, ante todo, dónde estaba.

-Por…favor…es importante para mí…-suplicó ante las voces de otras enfermas postradas que no podían moverse y que llamaban a la única enfermera que atendía el pabellón.

La mujer la observó con atisbo de lástima en sus ojos. Miró hacia su muñeca a la que aún permanecía aferrada la mano de Nmachi como intentando darle a conocer que con aquella postura no iba a obtener ni una sola palabra de más ella. Cuando la soltó contestó:

-Dos días. Has estado inconsciente dos días.

Dejó de apretar. Entonces comprendió que todo habría acabado para ellos. No habrían podido resistir después de su partida en busca de ayuda ni un solo día más sin agua y beber sus propios orines solo era un parche en un globo terráqueo que se desinfla por los cuatro costados. Cuarenta y ocho horas era demasiado tiempo. Había perdido. Ya solo quedaba la resignación y el dolor. Cerró los ojos e imaginó  a su pequeño corriendo junto a ella, jugando con las dos gallinas que componían su riqueza en un pequeño corral realizado con ramas de arbustos. Ya no volverían jamás esos instantes porque el viento nunca le susurró que el destino es cruel y que siempre, en la vida, algo peor puede venir y empeorar tu existencia. Maldijo el día que dijo “si” a salir de su país para buscar una vida mejor. Ahora había encontrado la muerte de su pequeño y de su sobrina, la incertidumbre de no saber qué fue de su esposo en Siria y la soledad en un camastro de un envejecido hospital de no se sabe qué lugar. Quizás aquello era un castigo de su Dios a la forma en que Mustafá fue a ganar dinero a una guerra como mercenario para que ellos pudieran ser más felices en otro lugar. Las moscas revoloteaban a su alrededor y el hedor a heces alcanzó el lecho donde estaba postrada. Escuchaba voces y quejidos  pero era el dolor de su alma el más grande de los que allí se pudiera dar aún a pesar de desconocer el que las otras mujeres pudieran tener. A su lado una chica joven se encontraba amarrada con cuerdas a unos hierros fijos en la pared y permanecía con los ojos tapados. No era el momento de preguntar por su situación pues el punzón de la angustia apretaba fuerte sobre su pecho.

-Dos días –musitó mirando hacia el techo. Y su vista se fue detrás de uno de los ventanales que en uno de los laterales dejaba filtrar la luz del día.

Cerró los ojos y antes de volver a dormirse  suplicó a Alá no volver a despertar. Y entonces un sueño invadió su descanso…Era el ruido de un motor en el desierto y unos gritos en la lejanía…

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