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POR JUAN PEDRO RODRÍGUEZ, profesor jubilado y autor de la Gramática gráfica al juampedrino modo y de la novela El paripé o los desertor@s de la tiza.                                                         www.juampedrino.com

 

El vocablo compuesto “quiéreteme” de la publicidad de El Corte Inglés es de una corrección supina no sólo por sus correctas Morfología ( verbo querer en imperativo seguido por los dos personales te y me enclíticos) y Sintaxis [Suj (tú), V quiere, CD te y CI me] sino también por su correctísima Fonética (la doble –sí, doble- tilde que enarbola está perfectamente colocada sobre la vocal e, aunque eso en modo alguno le permite ser tildado de sobreesdrújulo), y ello pese a su extrañeza Semántica (comprensible en su integridad si aceptamos que una madre aconseja a su entristecido hijo un “¡Sonríeteme ya de una vez!” o una esposa fumadora suelta a su borracho marido un “¡Prohíbeteme el alcohol y yo te me prohibiré el tabaco!”, ambas oraciones con entonación exclamativa, única pega lingüística que tendría el eslogan publicitario. Pero la corrección del dichoso vocablo no cumple con las caprichosas normas ortográficas de la Real Academia. Intentaré explicarme lo más afinadamente posible.

Los muchos años que he sido profesor de Lengua, los millones de renglones en castellano que han pasado ante mi vista, y muy especialmente la temprana constatación que hice de que el inglés, por ejemplo, no precisa de tildes para su pronunciación, me han ido dando a conocer el sutil mecanismo de que dispone nuestra lengua para aclarar a sus lectores, mediante una simple tilde (o su ausencia), sobre cómo ha de ser pronunciada cada una de sus palabras. Y, cual maestrillo que tiene su librillo, di a luz un esquema en forma de H para mis alumnos, al que ponía en los exámenes el epígrafe de “La regla de las 4 tildes o tilde tetracolora”, el cual, desde que fue concebido a finales del siglo pasado, no sólo no ha encontrado excepción que lo trastoque, sino que además ha ido soportando (y refutando) opiniones asentadas de antiguo tanto en normas realacadémicas como en libros de texto como en profesores y alumnos de tendencia más memorística que crítica. Así, defender ante empollones de COU que “las sobreesdrújulas no existen en castellano”, o que “la Real Academia no hizo bien en suprimir la tilde en aconteCIÓme”  (que pasó a aconteCIOme), o que “palabras como GUION o TRUHAN no podían llevar tilde de ninguna de las maneras, lo dijese el libro de texto de toda la vida o la profe del año pasado o la Academia paraguaya”,  fueron batallas siempre ganadas en clases memorables en las que los más aventajados quedaban eternamente convencidos y los restantes hechos un divertido lío, incapaces entonces de concebir que LÍo llevara tilde y no pudiera ponérsele al tío que los LIO (no tiene el castellano la variante que falta: *liÓ).

Y es que el asunto tiene migas estudiantiles y hasta internacionales si no se toma en consideración el gran pequeño detalle de que, para un solo acento castellano, la lengua española dispone del simbolito tilde (´), -o de su ausencia-, pero con 4 variantes distintas, en perpetua disputa entre ellas mismas, aunque prevalezca siempre una sobre las restantes y aunque a veces sean dos o tres las que de modo superpuesto habrían de ser estampadas sobre el vocablo en cuestión. En efecto, cuatro son las tildes castellanas -pese a que sea una sola la que aparece impresa sobre su vocal correspondiente-, y su perfecta comprensión puede tener lugar si se me permite la licencia metodológica de aplicar un color distinto a cada una de ellas: la de los hiatos (roja, por ejemplo), la de las agudas, llanas y esdrújulas (azul), la diacrítica (verde), y la de los compuestos (amarilla). Y su liza se resuelve, además, por este orden de prioridad.

La primera tilde roja de los hiatos consiste en que cada vez que en castellano no se pronuncia diptongo o triptongo (SEria frente a seRÍa, por ejemplo, o PÚa frente a PUAF), nuestra lengua aplica una tilde sobre la i o sobre la u para indicar al lector que una de esas dos vocales no forma ni diptongo ni triptongo con cualquiera de las tres restantes  (a,e,o), estén colocadas delante (ai) o detrás (ia) o enmedio (iai). Esta tilde prevalece siempre –y siempre es siempre- sobre cualquiera de las otras tres, y por ello vaRÍa lleva tilde roja pese a resultar llana en su pronunciación y no precisar tilde azul por terminar en vocal; o leÍme también la lleva roja pese a que la Real Academia mantenga que los compuestos de verbo con pronombre han de seguir la tilde azul de las agudas, llanas y esdrújulas o, lo que es lo mismo, no la llevan si no producen esdrújulos (y ha de añadirse que leÍmelo, por ejemplo, que sí parece dar la razón a la Academia por su apariencia esdrújula, sigue manteniendo la misma tilde roja, pero no por ser ya esdrújulo azul, ni siquiera por compuesto amarillo, sino por el hiato rojo dominante; ¡o por los tres a la vez, si se prefiere!).

La segunda tilde azul de las agudas, llanas y esdrújulas sirve para que el lector (y muy especialmente el lector no castellano) perciba en su lectura la diferencia entre la esdrújula siempre marcada con tilde TÉRmino (no hay en todo el diccionario castellano una sola sobreesdrújula aplicable a esta tilde y ruego encarecidamente a que quien la encuentre me lo comunique de modo inmediato para desdecirme) y la llana terMIno y la aguda termiNÓ, las cuales (estas dos) se diferencian entre sí en el preciso sentido de que, terminando en vocal, n ó s, la aguda llevaría tilde pero la llana no (esTÁ, frente a ESta), y al revés (faROL frente a ÁRbol).

La tercera tilde verde diacrítica se apoya en la última idea expuesta en la tilde anterior sólo para afinarla: dado que las monosílabas no podrían confundirse nunca con las llanas (que son siempre bisílabas como mínimo) sería absurdo colocar tilde en ellas aunque terminasen en vocal, n ó s, por lo que nunca llevan (ni DE, ni SOL, ni LA, ni QUE, ni QUIEN, ni GUION, ni TRUHAN, ni HUI, ni FUE,…ni ningún monosílabo). Pero ciertas homonimias muy usadas (, del verbo dar, frente a DE, preposición, por ejemplo) han aceptado una tercera tilde (verde ahora) que ni es general para todos los casos (LA, artículo, frente a LA, pronombre personal, y ambas frente a LA, nota musical; FUI, del verbo ser, frente a FUI, del verbo ir,…) ni es exclusiva de los monosílabos (caso bisílabo: DONde, relativo, frente a DÓNde, interrogativo, o el absurdamente eliminado SÓlo, adverbio, frente a SOlo, adjetivo; caso trisílabo: aDONde frente a aDÓNde,…).

La cuarta tilde amarilla de los compuestos viene a solucionar los diversos casos en que las palabras dejan de ser simples para convertirse en otras totalmente nuevas pero, y aquí está el gran problema, arrastrando su simpleza originaria, por lo que en puridad lo que viene a plantear esta nueva tilde es una amplia casuística de vocablos relacionados con cada una de las tres tildes anteriores, como a continuación se desgranará. Por farragoso que se pueda plantear el asunto la lógica de la lengua (aunque no la norma académica) está bien clara: el vocablo compuesto ha de respetar lo hasta ahora dicho respecto al simple y en ello consiste la norma de esta tilde, en que todo queda como estaba, se añada mediante guion otro vocablo (hisPAno-HÚNgaro), o se añada un solo enclítico (DAme, DÉme, VEte, salVÉte), o se añada el sufijo –mente (RÁpidamente, FÁcilmente, aLEgremente, corTÉSmente, FIELmente, donde ni FIELmente es esdrújula azul, ni tampoco esdrújulo amarillo, ni corTÉSmente es esdrújulo amarillo pues mantiene tilde aguda azul, ni aLEgremente es *sobreesdrújula azul por su mera inexistencia). Es más: si lo que se añade son dos enclíticos o resulta un compuesto ortográfico (de esos que van sin guion) todo se vuelve a lo simple otra vez, es decir, se aplica la tilde azul, que siempre daría esdrújulos con tilde en el caso de los verbos (DÁmelo, salVÉtelo) o cualquiera de los tres casos azules posibles (decimoSÉPtimo, decimoterCEro, ciemPIÉS), subrogado y supeditado todo ello, como siempre, a la tilde roja de los hiatos (coGÍamoslo, pintaÚñas). ¡Lo compuesto reducido a lo simple!, como aconseja nuestra lengua madre. El verdaderamente único problema que presenta esta tilde amarilla de los compuestos es precisamente el creado por la Real Academia cuando indicó hace tiempo que los verbos que no producían esdrújulos perdían su tilde si la llevaban (*acerTÓlo), es decir, no la mantenían (acerTOlo), norma que está en flagrante contradicción con otra de su mismo grupo (amarillo) relativa a los compuestos en –mente (que sí la mantienen, como en corTÉSmente, y, además, no producen esdrújulos, como en FIELmente, ni sobreesdrújulos, evidentemente, como quedó aclarado al explicar la tilde segunda azul.).

¿Y qué tiene que ver todo esto, se preguntará el lector, con el famoso eslogan “QUIÉreteme”? Pues que la palabreja sirve perfectamente para la comprensión de lo hasta aquí dicho: el vocablo simple QUIEre no precisa tilde roja por ser diptongo ni tilde azul por ser llana; al sumarle el enclítico te, se convierte en esdrújula (QUIÉrete, azul o amarilla, como se prefiera; o ambas a la vez); pero al añadírsele me, no se convierte en un sobreesdrújulo azul (inexistente) sino que mantiene –repito, mantiene- la previa tilde esdrújula (azul o amarilla, da igual), tal y como hacen sus hermanos amarillos terminados en –mente (recordemos que corTÉSmente la tiene por azul pero la mantiene por amarilla), por lo que el vocablo en cuestión presenta superpuestas las tildes azul y amarilla, por este orden. Si el vocablo publicitario hubiese sido, por ejemplo,  “proHÍbeteme” habrían tenido que ser tres sus tildes superpuestas y la roja habría sido la dominante. Con “sonRÍeteme” habría ocurrido algo semejante pero no idéntico.

Como se habrá apreciado, el castellano ha creado un mecanismo perfecto para ser pronunciado al ser leído y su normativa también lo llegará a ser cuando se acepte que los verbos han de mantener su tilde en los compuestos para que no se “enfaden” sus compañeros de tilde, los adverbios en -mente, por un lado; y, por otro, que no tienen, ni han tenido ni tendrán, existencia en castellano las palabras sobreesdrújulas, por mucho que de un par de legislaturas a esta parte se haya extendido por nuestra lengua la fea y antinatural pronunciación de repelentes sobreesdújulos como RESponsabilidad, REferirme, CONfraternizar, LAteralidad, PARlamentario, LEgalismo, etc., que nunca verán una tilde azul sobre ellos por muy atrás que se pretenda retrotraer el único acento castellano.

 

 

 

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