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POR CARMELA COBO, psicóloga y sexóloga 

Había una vez una mujer pensadora, filósofa y feminista nacida en el Londres de 1805. Esta mujer, llamada Harriet Taylor, fue una de las grandes defensoras y luchadoras por el sufragio universal, estando casada, conoció a un hombre que le robo el corazón y que no tenía miedo de su inteligencia, es más, la disfrutaba, la compartía y la fomentaba. Harriet decía que era el primer hombre que la había tratado como a una igual. Después de muchos años de relación “ilegal” pues ella estaba casada con otro, tras la muerte del esposo, esta singular pareja decide casarse en el año 1851.  John Stuart Mill, que así se llamaba este gran hombre, escribe esta carta a su futura esposa.

“Estando a punto –si tengo la dicha de obtener su consentimiento-, de entrar en relación de matrimonio con la única mujer con la que, de las que he conocido, podría haber yo entrado en ese estado; y siendo todo el  carácter de la relación matrimonial tal y como la ley establece, algo que tanto ella como yo conscientemente desaprobamos, entre otras razones porque la ley confiere sobre una de las partes contratantes poder legal y control sobre la persona, la propiedad y la libertad de acción de la otra parte, sin tener en cuenta los deseos y la voluntad de ésta, yo, careciendo de los medios para despojarme legalmente a mi mismo de esos poderes odiosos, siento que es mi deber hacer que conste mi protesta  formal contra la actual ley del matrimonio en lo concerniente al conferimiento de dichos poderes; y prometo solemnemente no hacer nunca uso de ellos en ningún caso o bajo ninguna circunstancia. Y en la eventualidad de que llegara a realizarse el matrimonio entre Mrs. Taylor y yo, declaro que es mi voluntad e intención, así como la condición del enlace entre nosotros, el que ella retenga en todo aspecto la misma absoluta libertad de acción y la libertad de disponer de sí misma y de todo lo que le pertenece o pueda pertenecer en algún momento a ella, como si tal matrimonio no hubiera tenido lugar. Y de manera absoluta renuncio y repudio toda pretensión de haber adquirido cualesquiera derechos por virtud de dicho matrimonio” 

En el año 1851 un hombre fue capaz de entender lo injusta que era la ley del matrimonio para las mujeres y sin embargo la mayoría de la sociedad lo vivía con total normalidad. Harriet lucho toda su vida para conseguir el voto de la mujer porque creía que con eso la mujer alcanzaría sus derechos de cara a la sociedad y llegaría la ansiada igualdad. Aquí estamos más de ciento cincuenta años después y seguimos necesitando del día 25 de noviembre para que nos recuerde la triste realidad en la que seguimos sumergidos.

¿Qué es el amor? ¿Cómo puedo medir algo tan etéreo y abstracto como el amor? esta carta es amor, verdadero amor. Cuando amo admiro, entiendo, valoro, respeto, escucho. Cuando amo quiero a toda costa que la persona amada sea feliz. Cuando amo quiero, para la otra persona, lo mismo que quiero para mí. El amor necesita de la felicidad de la otra parte aunque eso suponga no estar conmigo. Si te miente no es amor, si te duele no es amor, si te oprime no es amor. Para mí el amor es como dice la canción de Rosario:

bonito verte, bonito sentirte, bonito saber que estas ahí junto a mi”.

Si yo no puedo ser yo, o tú no puedes ser tu, entonces lo nuestro no es amor, será miedo a la soledad, será dependencia emocional, será relación toxica, pero desde luego no es amor. Qué bonito seria el mundo en el que no hiciera falta la conmemoración del día 25 de noviembre.