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POR PLÁCIDO CABRERA IBÁÑEZ

Las guerras y conflictos en distintos lugares y países, al igual que la actuación maliciosa y violenta de muchas personas, no se explican por la sola actuación humana, evidencian la presencia del mal en el mundo, el proceder invisible y misterioso, pero real y eficaz el demonio. En la actualidad cada vez son más las personas que tienen experiencia del daño sufrido de naturaleza espiritual y física por culpa del demonio, y acuden a exorcismos. La Sagrada Escritura habla del demonio con mucha frecuencia. Por esto, durante muchos siglos se cree en la existencia del diablo y su presencia en las personas y en la sociedad. Para que no lo olvidemos, todos los años durante el tiempo de Cuaresma, así como en otros momentos litúrgicos, la Iglesia Católica vuelve a recordarnos la presencia desde el principio del mundo y actuación del demonio: padre de la mentira; del pecado; de la discordia; de la desgracia; del odio y de lo malo que hay en la tierra. Es el gran enemigo del hombre que le presenta bienes falsos y una felicidad ficticia, que se después se torna siempre en soledad y amargura, sembrando de forma astuta y envidiosa el mal en su corazón a pesar que frecuentemente, pero de forma temporal, triunfa el mal y es derrotada la justicia. Jesucristo se manifiesta en numerosos pasajes del Evangelio como vencedor del demonio y nos ha entregado los medios (la oración, la mortificación, la humildad, la Confesión, la Eucaristía y la Virgen), para que las personas venzan en todas las tentaciones y ha dispuesto un ángel para que les ayude y proteja. Sin embargo, el demonio no puede violentar nuestra libertad para inclinarla hacia el mal, según Casiano. “Es un hecho cierto que el demonio no puede seducir a nadie, si no es aquel que libremente le presta el consentimiento de su voluntad”. San Josemaría Escrivá recomendaba el uso del agua bendita, siguiendo lo escrito por Santa Teresa “De ninguna cosa huyen más los demonios, para no tornar, que del agua bendita”. El famoso cardenal inglés Newman, decía: “Suponed, por ejemplo, que sobre las calles de una populosa ciudad cayera de repente la oscuridad; podéis imaginar, sin que yo os lo cuente, el ruido y el clamor que se produciría. Transeúntes, carruajes, coches, caballos, todos se hallarían mezclados. Así es el estado del mundo”. El santo Cura de Ars dice que “el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado”. San Juan Pablo II sugería rezar dándonos más cuenta de lo que decimos en la última petición del Padrenuestro: “no nos dejes caer en la tentación, líbranos del Mal, del Maligno. Haz, oh Señor, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el comienzo”. En definitiva se trata de procurar no olvidarnos de la presencia y actuación constante, invisible y maliciosa del diablo y de protegernos contra él.

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