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POR LUIS HEREDIA, abogado y escritor

Cuando de pequeños nos hablaban del infierno al que iríamos si nos portábamos mal, nunca nos explicaron que está aquí, en la tierra. En sólo un segundo, un maldito segundo. De pronto, aparece el infierno en el que se convertirá la vida de ese padre y esa madre que han perdido a su hijito o hijita por ese segundo que nunca debió existir en el que se los pierde de vista y cuando nos encontramos con ellos ya son sólo seres inertes, sin vida. Lo vemos a diario en los medios de comunicación, niños ahogados, niñas que andan por las vías del tren presuntamente y que termina su vida de forma trágica. Y yo me pregunto: ¿Podemos culpar a esos padres de ese desenlace trágico, brutal, porque  han perdido de vista a ese pequeño un maldito segundo? Soy padre y, os puedo asegurar que humano. Y como tal, es imposible estar las veinticuatro horas del día con ellos atados a nuestra cintura. Siempre hay un momento en que te despistas: una llamada de teléfono, una conversación con un amigo, una mirada hacia otro lugar. Lo suficiente para que nazca en ti el infierno del que nos hablaron de pequeños y que está, por supuesto, aquí abajo, sin ir a buscarlo más lejos. Para mí no son, no somos culpables en absoluto.

Resulta que todos tenemos una página escrita ya al nacer que nos va a determinar la forma en que vamos a partir de aquí. Y esa página escrita es rellenada de las formas más inverosímiles en esta vida por muchos remedios que los progenitores queramos poner para que no sea así. Fijaros la muerte de la cría en una playa de Portugal atropellada por una avioneta. ¿Acaso sus padres que estaban cerca de ella podrían prever esta tragedia? ¿Cuántos accidentes de la forma más inimaginable posible aparecen día a día y termina con la vida de un pequeño aún con sus padres delante (véase accidentes en globos hinchables o atracciones de feria donde fueron sus propios padres quienes los subieron? (Me acuerdo mucho de una mujer muy grande, Vanesa, que perdió a sus dos hijos en el incendio del Puente Tablas de Jaén hace ahora un año. Poderosa, fuerte, humana, tan grande como la Catedral) Hoy quiero acordarme de los padres que se culpan de perder de vista a su retoño un instante, el suficiente para que también sus vidas acaben en vida, porque jamás volverán a vivir. Y quiero decirles, aunque muchos penséis que a los pequeños ni un solo instante fuera de nuestros ojos, que esos angelitos se marcharon de aquí por ese medio sin que quepa atribuir culpa alguna al progenitor y que, de no haber sido así, el destino se lo hubiera llevado de otra forma. Sé que hay padres sombras de los pequeños. Pero es posible ser su sombra las veinticuatro horas del día con sus sesenta minutos por hora y sesenta segundos por minuto. Las cosas pasan estés o no estés encima de ellos y ya está… Han culpado a los padres de la niña de Pizarra, a los padres cuyos pequeños se han ahogado trágicamente en una piscina, pero yo os digo, desde aquí, que sois humanos y, por tanto, no estaba en vuestras manos evitar ese maldito segundo que vuestros hijos ya traían escrito desde su cielo. Por eso, desde el cielo del que también nos hablaron de pequeños, donde deben estar ellos, asumir  que no tenéis culpa alguna. Y ahora quienes se consideren perfectos, quienes crean que a sus hijos no porque están con ellos momento sí, momento también, os aseguro que la barra de datos ya escrita al nacer que tenemos todos, no la podemos  evitar por mucho que pongamos de nuestra parte. Las tragedias están ahí día sí y día también y no podemos buscar o señalar como culpables a esos padres que, como humanos, perdieron a quienes más querían en ese segundo donde todo es oscuro, hasta su propia visión, aunque los hubieran estado mirando de forma directa. Hay algo contra lo que no se puede luchar y es el destino.

PARA LOS PADRES QUE SE PERDIERON EN ESTA VIDA POR UN MALDITO SEGUNDO.