POR ALICIA LÓPEZ LATORRE, graduada en Filología Hispánica

“Ese es el problema con la bebida”, pensó Bukowski mientras se servía un trago. “Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo.” He aquí los tres condicionantes que justifican uno de los imperativos que la raza humana ha creado para la consolidación autodestructiva de sí misma. Envuelto por el halo de la celebración, dicho precepto se presentó la pasada Nochevieja en nuestro país de manera multitudinaria, jugándose a suertes la integridad de sus calles y rincones.

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En Jaén, la Plaza de San Ildefonso bullía de fervorosos fluidos en sus gentíos, desde el hielo derretido comprado en algún comercio pakistaní, pasando por el vaso de alcohol que besaba los labios hasta llegar al cerebro y circular por los pies, la sangre, la orina y la piedra imperecedera de la basílica. Era hermosa la imagen creada por ese conglomerado, formándose un mosaico vidrioso y plastificado de vivos destellos, totalmente diáfano. La excitación en la muchedumbre por comenzar un nuevo año era inexorable. Y debido a la embriaguez de los hijos díscolos de Dionisio, los cuerpos de los maceteros fueron arrebatados, sus brazos torturados y sus corazones arrancados. De sangre arenosa se tiñó los alrededores del templo.

Entonces sucedió algo inaudito. La Inmaculada Concepción de María daba gritos de terror y desesperación en su albina figura, delirando frases inconexas fruto de la urinaria afección del hedor a sus sentidos. Los restos de Andrés de Vandelvira borboteaban violentamente en su cripta, situada en el interior de la iglesia, al son del desencanto hacia las secuelas que la postmodernidad había provocado en la ciudad del Santo Reino, su tierra iniciática. La virtud se resentía, las vidrieras perdían su colorido, y San Ildefonso enloquecía en la oscuridad del retablo mayor.

Hoy se habla mucho de lo sucedido, y los jiennenses lo evocan con cierto resentimiento e irritación. Desde que descendió la Virgen en 1430 al arrabal que era el barrio de San Ildefonso, nunca antes había pasado nada parecido. Ni las almas de insignes figuras de la ciudad ni seres colmados de protectora santidad merecen sufrir esa clase de despropósitos.

En estos momentos, la plaza está en desinfectadas y redimidas condiciones, pero su purificación es una intermitencia que siempre nos creará desasosiego y temor. Como resultado de todo ello, solo nos ha quedado una consecuente e insólita contienda entre socialistas y populares, el desagrado de los negocios a los que se les prohibió el festejo del popular cotillón y desilusión generalizada hacia los cuerpos de seguridad. Y lo más importante, la confirmación de que El Abuelo, en su infinito amor hacia sus hijos, el Viernes Santo no pasará a molestar por allí.

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