POR ALICIA LÓPEZ LATORRE

Hoy, 8 de marzo, mis primeros pensamientos van dedicados al género que ya debería de haberse visto libre de desconsideraciones, desde el desafío que aún mantiene firmes trincheras de frustración. Hoy, 8 de marzo, mis primeras palabras van dedicadas al género cuya integridad el ser humano debería de reivindicar no solo hoy, sino todos los días, ensalzando la trascendencia de la toma de conciencia en el hogar, en el trabajo, en los bares, en el gimnasio, en el supermercado, en las calles.

Hoy recordamos cuántos sudores y lágrimas han costado que la femineidad alcanzara amplitudes antes inimaginables, cuando los únicos horizontes que se dilucidaban hace siglos eran los de ser madre y esposa, monja o prostituta. Los ámbitos en los que estaba dividida la sociedad eran férreamente inamovibles, ocupando el hombre la dimensión de lo público y la mujer la de lo privado. Esta división se presentaba como si fuese el orden natural de la vida, ligando al hombre al ejercicio de un amplio abanico de oficios y a la mujer a su acción natural: la de parir.

Cuando la moral hacía gala de una pedregosa rigidez, el hombre era considerado como un ser independiente y la mujer como una subordinada. No podía tomar decisiones por sí misma, sino que los dueños de su voluntad eran bien su padre, su marido o su hermano. La razón de su ser se focalizaba en la reproducción, y sería ardua y lenta la lucha por poder acceder a oportunidades como las de los estudios y la educación. Siendo anuladas sus posibilidades en los pasados siglos, fueron singulares los casos en los que la mujer optó por vestirse de hombre para franquear las limitaciones expuestas, como fue el caso de Elena de Céspedes, la primera mujer cirujana en España.

Hoy queremos recordar la perseverancia y actitud incansable que ha sido necesaria para que la mujer pueda ser abogada, médica, maestra, periodista, empresaria y cualquier empleo ajeno a lo tradicionalmente considerado como “trabajo para mujeres”. Recordamos el espíritu feminista que propició la oportunidad de que la mujer pudiera votar –siendo Marmolejo la cuna de las primeras mujeres que votaron en España, allá por 1933-, poseer una propiedad no perteneciente también a un varón, tener derecho a un propio salario aunque haya contraído matrimonio o un hombre forme parte de la familia, poder obtener la custodia de los hijos tras un divorcio o separación, tener derecho al acceso al mundo intelectual, la oportunidad de poder escribir.

Tenaz ha sido el duelo entre lo justo y lo inaceptable, entre la igualdad y el machismo. Y tenaz lo sigue siendo. Aún queda mucha perseverancia que destinar a este duelo contra la estructura de poder que representa el machismo, cuya ideología le da fundamento a toda la organización social que venimos presenciando. Pero aún queda esperanza, esperanza en nuestro afán de seguir construyendo nuestro propio discurso, como bien lo evocaba Belén Gopegui al darle forma a los sueños de Irene Arce, en los cuales vi parte de mí. “Como a algunas niñas, a mí me gustaban las películas de vaqueros; como algunas niñas, cuando las veía jamás soñaba con ser la mujer que aguarda haciendo tartas de manzana, ni siquiera la mestiza cuya melena negra arranca corazones. Nosotras soñábamos con ser el pistolero.” Es cierto que el marido de esta voz narrativa era un hombre considerado, y respetó que fuera a desempeñar una labor poco común entre mujeres casadas entonces. “Pero él nunca quiso imaginar que algunas niñas no estuvimos enamoradas de Gary Cooper ni de Gregory Peck, y fue nuestro deseo cabalgar, imponer la justicia, ser el viento sin raíces, disparar el revólver y morir una tarde a la intemperie, caer en una calle de tierra o en mitad del monte, abatidas a lomos de nuestro caballo.”

bannner-completo-ortopedia-lopez3